De manifestaciones, proclamas, arengas y protestas
Esquilmados casi todos los derechos, en este neodarwinismo político y socioeconómico, solo les quedan a las masas las plazas, las vías y las redes. Es poco, pero lo simboliza todo. Como lo dejó ver el manifiesto de la premiada actriz judía Hannah Einbinder en los Emmy: “…que se joda el ICE (control aduanero y migratorio), y libertad para Palestina”; y que han hecho suyo y ampliado y mejorado otros valientes actores y actrices que van de Cate Blanchet a Javier Bardem, pasando por Julie Christie, Livia Colman y Josh O’Connor.
Enseña, que han gritado pacíficamente más de cien mil personas en Madrid en el cierre de la Vuelta a España, en medio del trasnochado debate de si el deporte, como las artes, deben separarse de la política, y que la UCI, ese otro conglomerado de mercachifles del ciclismo en provecho propio, quiso aislar, como lo querrá hacer la FIFA, pidiendo, para colmo de atrocidades, respeto por valores olímpicos y ¡por la paz!
Si es así, en nombre de lo que queda de humanidad, que todo el calendario deportivo se reemplace por manifestaciones hasta que cesen el genocidio en Gaza y el sportwahsing o lavado de imagen del estado de Israel, al que hay que distinguir de los judíos, como pedía Eibinder.
Proclamas que deben ser extensivas contra asesinatos sin juicio previo en aguas internacionales del Caribe, pero también contra el talante autoritario, vetusto y humillante con el que nos acaban de descertificar simbólica e injustamente en la lucha contra las drogas, calvario de esta nación que echó a perder su norte y la vida de algunos de sus mejores hijos, mientras el resto son tratados como parias al vaivén de caprichos despóticos.
Faltan líneas para referirse desde las arengas en Ucrania hasta las justísimas protestas de ayer de los bogotanos, sin movilidad, con basuras y sin administración.
Pero, es lo que nos queda, antes que los darwinianos avanzados decidan, como hicieron en contra de la moral y la justicia que los humanos no somos una sola raza, así como han demostrado con la fuerza de su brutalidad que no pertenecen a la misma especie, la de los homos sapiens.
El país del desparche
Por Mario Morales
Cualquiera diría que aquí nos la pasamos de desparche; que como no hay nada que hacer, porque todo fluye en el país de las maravillas, hay que inventarse actividades para justificar salarios y parecer que trabajamos.
Basta mirar el desocupe de los alcaldes de grandes ciudades que, ante el florecimiento de sus urbes fueron a darse una vueltecita no sabemos si a Washington, donde tienen poco o nada que hacer y hay menos lugares certificados para entretenerse que Miami, por ejemplo, que tenía el atractivo de los premios MTV, cuyo primer ganador fue Ricky Martin que puso a gozar a todos con su Living la vida loca, como si los alcaldes hubieran estado en el escenario.
A última hora se bajó de ese Transmilenio el “alca-rénder” Galán, no solo porque prefería ver el inocuo viaje en realidad virtual, sino porque anda de holganza recolectando fotos de los vagones del Metro que, vaya paradoja, llegan a Bogotá en camiones y que durante añitos servirán, si acaso, como lugares turísticos para quienes, como su burgomaestre, no tengan mejor plan.
Es evidente el desocupe de Vargas Lleras que en su realidad paralela funge y finge como
presunto determinador de lo que pasa en su país imaginario, a pesar de que para el resto de ciudadanos su nombre no suena ni truena, ni siquiera en las falsas encuestas falsas que hoy llenan el ocio de los más de 102 candidatos que no tienen otra cosa que hacer que lanzarse a las urnas como si estuvieran en el balneario de moda.
Menos mal no faltan pasatiempos para la oposición, como el de vestir o criticar el gusto personal del presidente, montarle o difundir videos con inteligencia artificial o de apostarle a sus juegos de (debajo de la) mesa, o a los juegos de roles para hacer trizas al país para ver si alguien acierta a refundar la patria.
Quizás sea hora de repensar lo de la disminución de la jornada laboral, la ley Emiliani, las pausas activas antes que, fruto de la envidia, terminemos certificados ya no como el país de belleza, sino de la pereza.
Entre la decadencia y la incredulidad
Por Mario Morales
La decadencia de una casa comienza cuando al jefe del clan dejan de creerle. Solo la sostienen la costumbre y un poco respeto que termina de minar el jefe venido a menos, cuando no la ambición por la pretendida herencia.
Es lo que dejan ver los entretelones de la extrema derecha y la rapiña por una candidatura. Porque no han sido pocos los errores del expresidente Uribe, como nominador, ni las veces que ha violado los acuerdos con sus seguidores que solo lo obedecen porque al fin y al cabo es el dueño del partido, como dicen entre dientes.
Uribe ha pasado de ser, como dijera Baltasar Gracián a propósito de las metáforas de las edades, “a los cincuenta, una serpiente; a los sesenta, un perro, y a los setenta un mono”, como lo dejan ver sus argucias, groseras por obvias, como la renuncia a la prescripción de su caso por el que está condenado, para que la sentencia en firme se siga extendiendo a su antojo.
Difícil creer que la iniciativa fuera de Miguel Uribe Londoño para aprovecharse, sin hígados, del asesinato de su hijo para autopostularse como precandidato. Sabe que no tiene fondo. Discretísimo concejal, discretísimo congresista, será un discretísimo precandidato cuando las rabias reposen. Pero esa decisión ha dejado ver por primera vez el malestar y la rebeldía de los otros cuatro aspirantes, que mutatis mutandis ha ido confrontando los visos autoritarios e inconsultos de su jefe, en nombres y plazos, mientras da tumbos en busca de un perfil que le dé alguna opción.
Perdida la plena confianza, las precandidatas solo atinan a ponerle freno; otros, como Abelardo, aspiran sin disimulo a sustituirlo, algunos como Pinzón quieren imitarlo y el resto sueña con heredarlo, mientras lo lisonjean hasta donde se los permite la ambición, la necesidad o la hipocresía, haciéndole creer que todavía es el gran elector, en contravía de las encuestas; o que este país es el mismo de hace cinco lustros… Parafrasendo a Iñaki Gabilondo: “…convencidos de que gestionan una verdad de orden superior, se están negando a entender su decadencia.”
