La contradicción como estrategia

Por Mario Morales
Pedirle coherencia al gobierno es arar en el desierto. Primero por su desconocimiento que lo ha hecho patrasearse sin asomo de vergüenza. Segundo por su impertinencia que lo tiene enfrentado con podercillos económicos o políticos que pasarán factura cuando esté en juego la gobernabilidad. Y tercero, porque sigue experimentando para impactar las emociones ciudadanas.
Por eso la recurrencia en contradicciones y paradojas, una estrategia común entre outsiders, para ocultar improvisación o la falta de una hoja de ruta, barnizar equivocaciones para que parezcan intencionales o para exacerbar la tribuna y tomarse la agenda vía escándalo.
Eso pasa con la pistola al cinto del presidente. Nada más contradictorio que las armas para razonar sobre seguridad. Nada más eficiente que soliviantar el miedo para que el ciudadano se pliegue y deje de tener reparos.
O hablar de transparencia e institucionalidad mientras se ataca a los jueces, se les despoja de competencia para conocer en primera instancia tutelas contra el presidente y entregársela al Consejo de Estado. Se infunde la idea de legítima defensa presidencial, mientras el ciudadano pierde garantías para controlar eventuales desmanes gubernamentales.
O la exigencia de claridad y probidad en las cuentas oficiales, acudiendo sin descanso al “petrovisor”, pero evitar la rendición de cuentas sobre donaciones recibidas, usos del helicóptero, nombramientos de parientes de (ex) familiares o acerca de la idoneidad de funcionarios que no tienen pelo para moño.
O la del tal imperativo de no iniciar negociaciones con personas al margen de la ley, salvo que pudieran ser conocidos o pudieran dar pistas sobre otros delincuentes no tan conocidos.
O la de hablar austeridad para terminar presentando un presupuesto 2027 superior en casi sesenta billones de pesos al del gobierno anterior.
Y así una lista larga que incluye la de despachar  desde el Palacio de Nariño y no desde el Palacio de San Carlos, las idas y vueltas con el banco de talentos, las vocerías gubernamentales, el respeto por la libertad de expresión… en fin.
La estrategia es entonces hablar a veces como gobierno, a veces con tono de oposición (a la clase política, por ejemplo) para descolocar a adversarios. Sobredimensionar la inseguridad para que la población sacrifique derechos para recuperar la “calma perdida”. Polarizar a todos los niveles para impedir alianzas entre grupos rivales. Pero sobre todo distraer con globos de ensayo (con el festival de anuncios en trinos y alocuciones) o cortinas de humo, con acciones espectaculares como la de Santa Marta.
A su favor juegan la fractura de la oposición, la creencia de que se trata de efectos aislados, la pérdida de autoestima y la ausencia de una comunicación unificada que dispute el monopolio de la agenda pública. Llegan tarde. Por eso siguen cayendo en la trampa.

De rabias, rencores e intolerancias

Por Mario Morales

Una cosa es hacer política con la rabia, otra dejarse llevar por ella. En el primer caso esa emoción, asociada a indignación, es estrategia para vehicular sensaciones colectivas. El político bebe o hace como si bebiera de ella y la transfunde en pegante social.

En el segundo caso el gobernante es presa de la exaltación, asociada a la ira, a lo visceral, que le hace perder el control y lo arrastra a terrenos de la vindicación, donde se confunde lo personal con la ideología.

La historia recuerda al séptimo presidente estadounidense Andrew Jackson, famoso por sus duelos; al irascible y rencoroso Richard Nixon y, como no, al Trump salido de casillas, especialmente frente a preguntas incómodas. Hay más ejemplos, casi siempre relacionados con autoritarismo.

No son pocas las veces en las que el actual presidente pareciera navegar en las aguas brumosas de esa rabia como se puede deducir de su abrupta decisión de prescindir del director del Dane, cuyo único error fue reconocer que no hubo manipulación de cifras en el pasado gobierno. Un mensaje preocupante que deja ver que no solo van por las imágenes, las palabras sino también por las estadísticas.

Expresión de enfado profundo fue la orden de levantarse de las mesas de empalme que hoy tanta falta hace y que no suple el libro de la Verdad, que ha tenido tan malograda vigencia.

Manifestación de enojo ha sido la actitud frente a Uribe, Paloma y su partido luego de que se negaran a recibirlo como precandidato en épocas de campaña.

Muestras de furia se vieron durante sus entrevistas de radio de entonces o debates como con Ariel Avila. O cuando interrumpió su intervención en Montería porque alguien hablaba por teléfono.

Es el síndrome de Hubris, como se le llama en sicología política a la intolerancia a escuchar, a la crítica o al disenso, como lo sabe el gobernador de Nariño o quienes, sin filiaciones políticas trabajaron en el gobierno pasado.

Y es que en este trastorno explosivo intermitente es un torbellino en el que hay un paso de la rabia al rencor y otro de allí a la venganza que no deja ver que, en estrategia, la rabia es mejor producirla que sentirla.

No todo es show o persuasión

Por Mario Morales
Todo lo previsible sucedió. Ante la escasez de espacios mediados masivos, las percepciones y emociones para estas elecciones, como antesala de la primera vuelta, quedaron en manos de las encuestas, algunas más que polémicas, controvertidas; de redes sociales, viciadas con desinformación y efectismo; de relatos periodísticos, algunos contaminados por sesgos imperdonables; y la plaza pública, con relatos no siempre transparentes para quienes no asistieron.
Es decir, es una campaña deficitaria desde la perspectiva ciudadana, sobre todo para ese 40% de indecisos, con poco de donde echar mano, más aún con la oleada frenética de pretendidos influenciadores que creen que pueden inducir con retórica desgastada el voto ajeno.
Pero subyacen otros elementos poderosos en el comportamiento del votante, poco trabajdos pero con enorme incidencia:
1. La perspectiva de futuro, asociada a la esperanza, para cambiar lo que no funcionó, reforzar lo que no estuvo mal, pero pudo ser mejor, o incluso preferir lo conocido frente a la incertidumbre de lo bueno por conocer.
2. La gratitud o el sentimiento de deuda por favores, prebendas, beneficios o resultados recibidos.
3.- La rabia, genuina o insuflada y no siempre confesada, así las experiencias recientes evidencien su inconveniencia.
4.-El reconocimiento, entendido, parafraseando a Martín Barbero cuando hablaba de tv y comunicación, como la identificación hasta el punto de la legitimación de causas sociales o políticas, de sus protagonistas, la emergencia de otros actores, de nuevas culturas populares, o viejas pero invisibilizadas, saberes cotidianos, resistencias y movilizaciones que ciudadanos de a pie transforman en referentes políticos y personales porque por fin se pueden ver representados y pertenecientes a “un algo” que los convoca y conecta, que los hacer ver útiles en algo alcanzable.
Entender esos comportamientos, más allá de maquinarias, tejas y tamales, ayuda a entender las recientes encuestas, pero también a performar la larga campaña presidencial que se avecina y a respetar la inteligencia de los ciudadanos. No todo es show o pura persuasión.

¿Y si es como lo pintan?

Por Mario Morales
 
A este paso los seguidores de Abelardo de la Espriella van a necesitar casi que una consulta interna para definir cuál de las versiones que hoy circulan del candidato, se acomoda más con sus expectativas.
Han sido tantas y tan diversas las transformaciones del personaje que casi hay que leerlo con pie de página. Y son tanto los condicionantes que él mismo pone para interpretar lo que ha dicho o hecho que su campaña está signada por el efecto cebolla, si se tienen en cuenta cada una de las capas de significados, que algunos ven como insignificantes y que no hablan de habilidad camaleónica, sino de las múltiples contradicciones que tienen en ascuas a sus prosélitos que ya no sabe qué creer.
Parte de sus antecedentes han sido contados con weasel words o palabras comadreja, asociadas a la ambigüedad, la vaguedad o estrategias evasivas que, no obstante, no logran llenar los numerosos vacíos entre su concepción de la ética, su apropiación de la estética y sus redundantes aseveraciones políticas que, y no precisamente por concretas, cabrían en un tuit.
Muestra de su escasa acrobacia, además poco original, ha sido la manera como se acomodó sin ruborizarse al incremento del salario mínimo con la misma promesa golondrina de sus colegas a rebajar impuestos. Un globo que no pudo afinar con su melodiosa voz en medio de su desconcierto.
Esos movimientos de cintura que le aplauden sus áulicos son, a esta altura, la mayor flaqueza de su plataforma estilizada. Y la soberbia construida a coro con el inflamil de encuestas polémicas, casas de apuestas y frases relamidas es talvez el mayor factor de desconfianza entre la derecha, el uribismo, los cristianos de veras, los animalistas de conciencia y los cultores de la ética que comenzaron creyendo que estaban frente a un candidato de personalidad múltiple y hoy, sin más poder que el que dice tener, lo ven  inubicable en el espectro, hasta el punto que ya cerca de la primera vuelta, y a falta de señas particulares concretas, es posible dudar de su existencia real.

Cuando fallan las formas

Por Mario Morales
No hemos entendido que el mundo cambió si seguimos pensando que la forma está supeditada al fondo o, aún peor, que este último es más importante. Fallar en la forma no solo desvirtúa el “qué”, sino que suscita emociones que, a su vez, moldean imaginarios. De ahí a los mitos sociales hay un solo paso, como decía Barthes.
Por eso en el periodismo y en la política es inexcusable perder las formas en aras de privilegiar el fondo. En el primero se traduce en pérdida de la neutralidad emocional, leída como parcialidad o agresividad, como viene sucediendo en el maltratado género de la entrevista, sobre todo en espacios radiales.
En la política el uso inadecuado o descuidado de la forma construye representaciones difíciles de revertir, más aún si el primer argumento es descalificarla como banal. Ese fantasma lo enfrenta la campaña de De la Espriella por el tono cínico, displicente, contradictorio o vindicativo de su candidato cuando se refirió a animales, creencias religiosas o investigaciones periodísticas sobre su pasado laboral o comercial.
Vargas Lleras no se recuperará del coscorrón; tampoco lo harán la Cabal, Paloma y Holguín de su gritería, así fuera estratégica, más cercana en la percepción a la neurosis que a la firmeza. Imposible disociar la imagen de Vicky insultando a un colega.
Peñalosa no se pudo bajar de sus formas de decir soberbias ni Roy de la sinuosidad de sus expresiones que lo han dibujado en su devenir político.
La falta de energía y la sensación de cansancio de la acción política no abandonan a Fajardo, a pesar de sus recientes esfuerzos, justo es reconocerlo.
Un breve repaso sobre la percepción de Cepeda, aún a disgusto entre sus contradictores, lo define en sus formas como vertical, transparente, ponderado o reflexivo.
Se equivoca la comunicación política si no está alineada con lo formal que también produce significado. En esta feria de disfraces, performances y expresiones religiosas desangeladas se evidencia no solo la incoherencia de los candidatos sino la desconexión de los estrategas con el contexto y su electorado. Esa platica también se perdió.

Paloma Valencia y el vuelo al pasado

Por Mario Morales

Álvaro Uribe y María Fernanda Cabal, cada uno por su lado y por distintas razones, ya saben de la infalibilidad de la ley de Murphy 2.0 que dictamina en estos tiempos convulsos que, si algo puede salir mal, saldrá peor. Tanto manoseo a las reglas para la escogencia de candidato, en un partido que fue más un redil, debía terminar con estupor, insatisfacción, frustración y hasta desconfianza de los métodos en las huestes propias y extrañas y que ya había ocasionado el desistimiento de una encuestadora extranjera.

Como sea, las dichosas encuestas internas, sobre las cuales la Cabal pide claridad, dizque determinaron que la candidata elegida es Paloma Valencia, la misma del 1,1 % en el puesto 14 de la reciente encuesta Invamer, con una bajísima votación en las últimas legislativas (63.062 votos le dieron el puesto séptimo en su partido frente a 196.865 que colocaron de segunda a María Fernanda Cabal), con una enorme falta de visibilidad ya que solo uno de cada tres colombianos la conoce y, lo más grave, dobla en desfavorabilidad su escasa imagen positiva. El colofón en el acta, si operase la realpolitik, debería decir nada que hacer.

Pero aparte de esa duda metódica de la Cabal, que cuestiona entre líneas los manejos internos del partido, no fue posible en estos meses establecer diferencias entre las 3 finalistas que adoptaron como estrategia los insultos y vociferaciones para ocultar su enorme candidez frente a los asuntos públicos, como se puede constatar en el reciente “debate” del 9 de diciembre en Noticias RCN. Nada que añadir.
Un pobre plante que más que un candidato parece buscar una interpuesta persona sin criterio ni voluntad propias más allá del capricho expresidencial. Y en el menos malo de los casos aspira a una boleta de entrada a una consulta interpartidista, con la que ahora parecen no estar de acuerdo por física sustracción de materia, o a otra encuesta con todas las prevenciones que pueda despertar.
Mientras, serán necesarios protectores auditivos, frente a la estridencia discursiva de la candidata en sus momentos explosivos intermitentes, y alertas para no dejarse confundir, como sucedió hace 60 años, cuando a punta de intervencionismo y pacificación, nos prometieron este futuro que hoy padecemos.
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