Dos metros bajo tierra se ganó un espacio dentro de la narrativa nacional merced a los premios obtenidos y a la aceptación del público que la agotó en librerías, como una novela convencional. No obstante, su gran mérito es el de ser la primera novela hipertextual de la literatura colombiana y una de las primeras en el ámbito latinoamericano. No fue escrita para ser leída linealmente. Sus ejes argumentales y la gran cantidad de vínculos de todo orden, como música, mitos, leyendas, estilos literarios, nuevas formas de decir, ciencia y tecnología, que componen cada capítulo obligan al lector a abordarla como una gigantesca búsqueda experimental en el hipertexto. En esta página tendrás la profundidad de leer y entender los primeros capítulos de esta nueva forma de narrar y de contar.

–  ACERCA DE DOS METROS BAJO TIERRA
PRESENTACION DE J. MARIO ARBELAEZ
(Poeta Nadaista)

–  RESEÑA DE ALONSO ARISTIZABAL

–  LO QUE DICEN LOS JURADOS Y CRITICOS

–  PRIMER CAPITULO
   PRESENTACION

–  CAPITULO I ( Hipertexto)

–  PREMIOS

–  ACERCA DEL AUTOR

–  PALABRAS DEL AUTOR

ACERCA DE DOS METROS BAJO TIERRA

Reseña de Jotamario Arbeláez (Poeta Nadaísta)

Dos Metros Bajo Tierra es un verdadero sputnik poético, melódico y novelístico a los cielos insondables del mito donde habitan las pléyades, en la forma de una novela que renueva todo el lenguaje a que estamos acostumbrados en esta Colombia de la prosodia y el whisky con soda.

Dos metros bajo tierra, es la concepción absolutamente genial de un periodista que se dedicó a convivir con la luna, y en sus noches de farra se le llenó el saco de la inspiración con sus experiencias vividas y comenzó a escribir esta mágica picardía al reverso de los vales armados por los amigos.

Mario Morales asciende con esta obra al Olimpo nadaísta por su rara manera de danzar entre líneas, de jugar con los ritmos interiores, de incrustar misteriosos signíficados que requerirían de una hermenéutica galáctica para desentrañarlos de veras, de formular una propuesta insólita para que la literatura empiece con pie bailarín el siglo XXI. Por algo sítúa la punta de su compás en el más mago de todos los magos de la novela de todos los tiempos, en James Joyce, el autor de Ulises, después de arrancar del terraplén del Dostoievski que se acordaba del subsuelo en la Siberia de sus amores, y termina pidiendo pista en las discotecas doradas de Andrés Caicedo y declarando con afecto su deuda con el profeta que nos sacó de la patria boba y nos puso a bailar go-gó, el finado y refinado Gonazaloarango que dos metros bajo tierra se debe estar bailando este misterioso gozoso.

Mario Morales es una herencia de los años 60, esa década que ha durado treinta años, y es un adelantado con su arte y con su sueño. Cada uno de los capítulos de esta obra es un disco cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en la barra. Si usted no tiene equipo de sonido en su casa, no se preocupe que con esta novela tendrá de sobra para oír todos los ritmos, y si no tiene pareja, tampoco se preocupe, que es un libro que se lee con la ricura de un coito. Lo aseguro en nombre de los maestros que han hecho grande la música y que con inspiración han puesto una hidroeléctrica en el cerebro de Mario Morales para que siga iluminándonos a medida que conquista premios. Esta novela no sólo merece el premio Pedro Gómez Valderrama, que era un verraco, sino que merecía el premio Oti.

Al fín  aparece el narrador perdido que buscaba Colombia. Perdido, pero a la manera de Barba-Jacob, es decir, ganado. De lo que nos estábamos perdiendo.

Alonso Aristizábal (Escritor y crítico literario)

Juego a la carta de Mario Morales por todas las razones que hay en los hallazgos felices de su novela inicial Dos Metros Bajo Tierra. En sus cruciales años, lleva consigo el signo devoto de Dios, del  cuasi seminarista que tampoco se ha podido desprender del latín. Ello a pesar de ser un hombre con los arreos del ser dionisíaco que le rinde culto al macho cabrío, a la música y a la fiesta.

Por esto mismo ha hecho todo lo necesario para lograr escribir, mas allá de su trabajo de periodista y de la necesidad de abrir un bar que le ha permitido captar una experiencia, y de ese modo llegar a la realidad de la imaginación que se halla en la novela. Yo

En estos elementos, se muestra al ser joyciano que hay en el autor, y que en la obra se convierte en la voz homocéntrica de este sonero que define una a una las dimensiones y sentido del texto. Asf reafirma que el único y verdadero personaje de las noveIas es el arquetipo a la manera de Don Quijote o de Stephen Dédalus. Por ello piensa que «amar es tener a alguien por quien morir».

Por lo mismo las palabras en esta novela son la gran avantura, el escudo y la coraza, los mitos de quien se siente un guerrero del pasado o un hedonista del presente. De alli que el soliloquio del personaje, igual que desvarío maravilloso, sea en su libro primero innovación de un depositario del sentimiento y la cultura de su época .

Por ello su novela es el acto de celebración al cual el lector accede de verdad si sigue instrucciones como leer en voz alta, escuchar al mismo tiempo la música que cita y rodearse de toda la fantasía de los mitos antiguos y modernos.

Para entender esta novela hay que vivirla. Es la manera de llegar a estos personajes, hombres y mujeres, como héroes míticos que viven detenidos en el tiempo de la memoria. En este sentido lo mejor es volver al libro, que suene la música -salsa, boleros y baladas- para que su bar exista cada que tomemos estas páginas.

Ese bar, Barytono´s, que así se llamó mientras existía, mientras perdura en la mente y en el recuerdo de sus asiduos que hoy son como una familia, es el centro de la noche, la celebración y la fiesta, el canto a la creación de la vida que imita el arte. Constituye la vuelta al origen del hombre dionisiaco anterior a la noción del pecado, del paraíso y del cielo.

La fiesta fue primero porque ella significó que había vida. De alli fluyen en forma de surtidores las palabras que se sienten en sus páginas con el inmenso caudal de la inspiración. Estas en sí mismas se constituyen en la historia de cada uno de los seres de la noche. Ellas revelan unas vidas pasadas y presentes.

Sin duda se trata de una novela hecha con el lenguaje, las palabras y Ias ilusiones de nuestro tiempo. Se vuelven múltiples juegos y malabares que transforman al lector en otro sonero y después de la fiesta, le dejan la honda certeza del lenguaje como «caballo de batalla» de la creación literaria. Por tanto debe nombrarlas para que su música dée lugar a los juegos multicolores, a la melodía y al baile.

Y a la vez alli está lo particular como verdad, el hombre que es el lenguaje mismo, como síntesis universal. Así crear es igual a celebrar y recrear las voces presentes y de muchos años, en medio de la noche sin fin porque termina y empieza luego.

El mito es pasado, conocimiento y cultura redivivos en el presente de la vivencia De este modo el arte se vuelve contemplación e imagen a través del lenguaje.

Por todo esto, digo que en la mesa de apuestas que tambión es escribir, juego a la carta de Mario MoralesDos Metros Bajo Tierra con la excelente edición de la Universidad Central, es su verdadero as frente al porvenir de la creación. Y yo pago.

LO QUE DICEN LOS JURADOS Y CRITICOS

EI jurado deI Premio Nacionat de Narrativa «Pedro Gómez Vatderrama» integrado par Rogelio Echavarría, Alonso Aristizá.bal y Huga Chaparro Valderra,ma, explicó en el acta de fallo las razones por las cuales se le otargó eI primer lugar a la novela «DOS METROS BAJO TIERRA»:

«Esta obra tiene como característica su busqueda experimental en la narrativa, y un gran dominio deI Ienguaje creativo contemporáneo, además de ser evidente el oficio de un escritor imaginativo y de invención renovadora» .

Para su parte eI Jurado del premio Nacional «Ciudad de Pereira» señaló en el acta: «Se trata de una narración de corte maderno, vigarosa y novedosa, capaz de sostener viva la atención deI Iector gracias al hurmor inteligente y de buena ley, y a su originalidad en el diseño y andadura. Notables la forma de la escritura y el fondo de la novela rica en temas y matices» .

PRIMER CAPITULO

PRESENTACION

ADVERTENCIA NECESARIA

El Autor recomienda que cada capítulo sea leído en voz alta en acompañamiento con los temas musicales sugeridos a través de los versos que aparecen entre puntos suspensivos, contrastados con los mitos antiguos y modernos que sustentan la narración, de acuerdo a los hipervínculos resaltados durante el Capítulo.

CAPITULO I ( Hipertexto)

EL DESCENSO

Tic-tac. Estoy de prisa. Miro la noche que ha caído ruidosa y embustera. No es momento para estar perdido por estas frías calles. Huyo del boset Para la antigüedad, un dios pagano cuyo nombre repugna pronunciar. Oprobio. Vergonzoso. Escapo de la vergüenza. Tierra y aire. Tierraire. Elemento de doble personalidad. Una vida y dos presencias. Camino hacia el norte y luego al occidente, me desoriento. Algo dentro de mí se está gestando. Soy fuego, sé que me quemo por dentro. Chispas que me salpican por dentro, que me pican con sal y arden. Me guía un perro con cara délfica En clara alusión a Argos y a su perro. Argos era un gigante de cien ojos (también llamado Panoptes) que fue designado por la diosa Hera, mujer de Zeus, para custodiar a Ío, de la que tenía celos. Zeus, que favorecía a su amante Ío, la convirtió en vaca para protegerla de Hera. Enviado por Zeus para rescatar a Ío, el dios Hermes hizo mediante el recurso de la música que Argo cerrase sus ojos para dormirse y luego lo mató cortándole la cabeza. En una versión de esta historia, Argo se transformó a continuación en un pavo real; en otra, Hera trasplantó sus ojos a la cola del pavo real., un perro que se cruzó en mi camino. Perro hermético, perro volador, ataviado con un curioso sombrero de ala ancha y sandalias orladas con más alas, sandalias aladas con orlas; arrastra un collar que termina en una empuñadura con forma de bastón de heraldo en cuya extremo se asoman dos cabezas de serpientes talladas, dos tallas con cabezas asomadas. A lo lejos se oye un rumor, una lira que se tensa, una lira caliente cuyo sonido trato de imitar con mis dedos ágiles. Lira que delira. Bulira. Me estorba el panal con el que me cubro de las luces de mercurio, de las luces planetarias, representadas en bombillitos de bajo vatiaje. Hay relojes por todas partes. Relojes que recuerdan la prisa. Relojes que marcan el paso. Marcapasos. Aquí dentro hay un corazón que se agita. Una coraza que tremola con razón. Un enjambre de mi raza que tiembla cuando veo otra vez la oscuridad radiante, la misma puertecita, a manera de bocatoma, de escalera de incendios, de rampa mimetizada que conduce a un corredor secreto, de tapa de alcantarilla, de trampa de conejos y de incautos, de respiradero volcánico con apariencia natural, a la que nuevamente vuelvo a acceder de manera inexorable, incontrovertible, con un gesto que es una mueca, una mixtura, un menjurge en el que hay tanto del sentimiento del condenado al patíbulo como del galardonado al podio. Kur-nu-giaEn la antigua Grecia, tierra del no retorno. Un sitio seco y polvoriento con aguas dulces subterráneas (Apsú). para el sediento, para el ávido, para el osado. Vuelvo al tiempo de los sueños, al período primigenio, en el que el canto fue la arcilla, el barro y el soplo. Desciendo, no, me sumerjo en la atmósfera que flota sobre los eslabones, sobre los escalones encadenados, asido de las cadenas eslabonadas, embarandadas, sintiendo bajo mis plantas una parte de mí mismo; hollando con mis pies, tierra que anda, la materia prima, la materia hermana que poco a poco me va rodeando como una atmósfera y me va encerrando como un anillo. Está oscuro. Me valgo de los ojos que tengo en los empeines para orientarme. Vientos alisios a mi espalda, señal de buenos vientos, que sacuden mi capa blanca y mi bufanda de seda gris y mi boina negra y mi impermeable azabache y mi pantalón de paño, color ratón. Alguien sale a mi encuentro o al encuentro de su aeboloEn la mitología griega, moneda que cobraba Caronte por cruzar La Estige.; con él se queda el gabán. Miro mi reloj fosforescente, fluorescente, incandescente. Me sorprendo ante el redondel prendido que parece apagado: sólo han transcurrido unos segundos eternos. Un paso más. Nada. Otro. Silencio. A mi alrededor no queda más que el zumbido de la brisa que eriza, de las ventosidades exteriores. Alguien más, ojos de gato, me saluda sonriente y se lleva mi boina. No sé si la volveré a ver. A la muchacha sonriente con iris felinos en forma de arco, que no vi, que adiviné. Me aliso el cabello que otro alisio se encarga de agitar. Un botones con un vestido blanco reluciente y sin botones llega a recibirme. Es extraño, no anuncié mi venida. Me saluda cortésmente golpeándome la caparazón que da forma a mi espalda. Con agilidad me desprende la capa y me da la razón. Se adelanta. Desciendo dos escalones que no veo. Ahora es un portero el que se me acerca, apuntándome con su linterna de rayos láser de tercera categoría. Levanto las manos. ImhotepSabio egipcio. Conocedor de la medicina, la astronomía y la arquitectura. Su nombre significa literalmente «El que viene en son de paz».. Conjuga el verbo esculcar en busca del contrabando semillas, hijas de Sem, de abonos, de pesticidas no autorizados, de riegos no permitidos. Tiembla de frío, le dejo mi gabán. Agradece. A unos cuantos metros está la rendijita amarilla brillante que separa la horizontalidad de la verticalidad con un ángulo de noventa grados. Como un atleta en la recta final miro desesperadamente la cintilla rutilante, voy en su búsqueda. Se interpone una mano amistosa de PatalciusEn la antigua Grecia, el que abre., que yo aprieto con estrechez; con la otra mano se apodera del impermeable y me acerca a la ventanilla de pagos para sospechosos. La fichera del cover es conocida. La saludo y ella tirita por culpa del escaso abrigo que le prodiga la tirita de tela que hace las veces de minifalda. Prometo traerle un trago, mientras miro sus piernas casi totalmente descubiertas y erizadas por el frío de la noche. En un acto reflejo, que veo inadvertidamente en el vidrio de la taquilla, me deshago de mi bufanda de lana con la intención de cubrirle los muslos; ella adivina la buena y la mala intención y acepta sólo la primera capturando en el aire el trasunto de ovejita fea y por lo tanto virgen. En torno a la puerta hay aluvión de gentes que entran o salen; el portero diligente, se dirige en alta voz hacia su gente pidiendo orden. Los invitados y los que no lo son reclaman libertad. Finalmente todos ellos, en medio de la fraternidad, deciden hacer fila. Entramos de a dos y de a tres. Hábilmente el portero me entrega una ficha, le entrego el paraguas. Atravieso el dintel en el mismo momento en que otros han decidido hacerlo. Pujo. Plugo. El chaleco y la camisa se quedan atascados allá en el fondo del remolino, halo con fuerza, los botones protestan y salen de órbita. Me deshago del débil chaleco, me alegro de tener una camisa de fuerza. Ahí estoy. Adentro. …Cuero na má…Título y tema de una canción del folclor afrocaribeño que compuso e interpreta, para la versión del primer capítulo, José Mangual Junior ,donde muestra la versatilidad del timbal que abre la pieza y luego se detiene para dar paso a la tradicional clave y permitir el acceso furioso del piano, que se alternará nuevamente (como en el mito de Inanna) con la presencia del timbal; en esa «lucha» entre percusión y teclados ( aunque el piano en sí mismo es considerado como un instrumento de percusión) que en los temas salseros se complementa recreando al europeo y al afroamericano, el abuelo negro y el abuelo blanco. El tema es básicamente orquestal con coros que repiten a intervalos esa frase que es como una consigna: «…Cuero na’ má´….» Encandilado, cerrando los ojos a la escasa luz que resulta excesiva para la oscuridad que me precedía. Veo siluetas, sombras chinescas y adultas, quizás adúlteras. Hay un pequeño silencio coincidente, por el que me detengo en medio de un reflector incidente. Abro los ojos nuevamente. De un baulito negro instalado en la parte superior de la pared adyacente a la puerta, parten sonidos bestiales. Cuero duro y palito chiquito. Percute, percusiona. Sonido percuciente que hiere el oído al primer contacto. Sonidos agudos y graves sobre el cuero de chivo, sobre el cuero de vaca. Ritmo primigenio. Goce escatológico. El abuelo negro. Paso al piano. cuerdas metálicas heridas. Armónica grandilocuente. Sonidos claros y brillantes. Descarga. El abuelo blanco. Se funden, se entrelazan, timbal y piano. Percusión sonora y sonera. …Cuero na’ má’... El lugar está caliente. Aire denso, pesado. Soy Charles Atlas, a todo color y con portada dura. Doy impresión de calidad; eso creo. Detrás de las nubes de humo se ven lucecitas que miran como ojos y que brillan como tratadas por un detergente nuevo en el mercado llamado La Scivia, ciudad italiana, creo, o fábrica o apellido. …Cuero na’ má’... Desciendo dos escalones más y estoy en una de las cuatro esquinas irregulares e indefinidas. Veo borroso. Presunción. Asumo que debe haber mucha gente por la cantidad de voces y por el ruido de la música que sale a borbotones por los parlantes deshilachados. Simulo una sonrisa de agrado. Contemporizo. Just-arrived, extraño para el nuevo mundo que viejos conquistadores han comenzado a construir en esta noche secreta, noche ardiente, noche para iniciados. Con los labios a flor de sonrisa busco mi aceptación en el club, mi inclusión en la secta, mi inscripción en el clan. Sé que es tarde. Condena. No me determinan. No me miran. Con angustia busco rostros conocidos, rastros familiares. La masa dicta su sentencia: Indiferencia. Camino y ahí está la pequeña barra, los ladrillos color tolete y la plataforma en granito, cubierta por una rejilla en madera, de la que penden souvenires y augures, que casi nadie mira por observar las parejas danzantes que se contorsionan en medio del calor. …Cuero na’ má’… Un carrusel girante bajo el cielo raso, que con su simplicidad denuncia que soporta el peso de la soledad azul del universo, más perceptible entre la oscuridad a medias de estas cuatro paredes manchadas con rezagos de cuadros y de ladrillos que no dejan descansar la vista. Polución ambiental. Arte abstracto sobre el frío concreto o al revés. Manet junto al Ché descolorizado y pálido por el uso y por el abuso. El sombrero debajo del cual alguna vez hubo de estar Chaplin o su reemplazo. El letrerito vulgar que anuncia, primer aviso, el baño de señoritas. Ese baño permanece vacío. …Cuero na’ má’... Camino rumbo a la rumba, al paraíso de cristal donde todo es redondo porque todo gira. Llego a la puerta de cristal y toco la campana de cristal y me presento ante el dueño, que es mi amigo, con sus gafas de cristal, rodeado de siete de sus amigos que me saludan con frío de cristal y que me brindan un trago ardiente en un cristal barato que yo rechazo cortésmente. Hay un enorme silencio en medio del ruido gigantesco. Sus amigos me examinan con ojos de juez parcializado. Me acercan a una banca, me invitan a sentarme, me siento, ellos indiferentes forman su grupito, cerrado. Rebus inest velut orbisEn latín. Las cosas se moverán como un círculo... Me quedo aquí sólo, bajo una mortecina luz verdosa, en este falso pedestal, como un vestido colgado de un gancho, colgancho, en una vitrina improvisada. …Cuero na’ má’... Desde aquí alcanzo a divisar una foto común y un nombre que no lo es: R. Ray. Hay una cruz bajo la última letra: gestor del olvido. Hago el ademán de levantarme pero el dueño, que es más que un amigo, un hermano, un cómplice, me pide con voz de ruego rayana en la súplica, con ojos de estatua medieval y respiración desasosegada, que me haga cargo de todo; lo miro con intención de negarme, pero sus siete amigos, lo separan, se lo llevan casi a rastras hacia la oscuridad del pasadizo que conduce a la salida o a la entrada, dependiendo de la hora y de la dirección y de las intenciones; y me dejan ahí, en esa urna, en esa celda de cristal de dos por dos que es un cuatro, que es un cuarto, que es una limitación a la libre expresión, a la libre locomoción, a la libre expansión del universo, y antes de volverme a sentar en mi claustro me asaltan las alucinaciones de FoboEn la antigua mitología griega considerada como deidad menor. Simboliza el terror. Acompañaba siempre en la batalla a Ares, dios de la guerra e hijo de Zeus, rey de los dioses, y de su esposa Hera. con una pizca de los complejos de DeimosEn la antigua mitología griega considerada como deidad menor. Simboliza el temor. Acompañaba siempre en la batalla a Ares, dios de la guerra e hijo de Zeus, rey de los dioses, y de su esposa Hera.

sazonados con las taras de Pan, mezcla mental que de sólo imaginarla me obliga a saltar sobre mi propio eje en busca de la salida en el preciso momento en que llega el administrador con cara de Karl , con cara que mira con despecho, que observa con desprecio las caras ajenas maquilladas, mimetizadas en sonrisas aprendidas o imitadas, y me dice que debo autorizar un pedido y un vale de caja menor y unas joyas empeñadas en ser nuestras y no de su dueño real, y no me permite contradecirlo y me deja los papeles no sin antes señalarme la consola y la colmena con sus centenares de celdas donde habita la miel de la música hecha por obreros para reyes con buen oído y zánganos con suerte, y después llegan dos meseros en busca de un Salomón para que decida el futuro de una propina recién nacida y cuando anuncio su partición, uno está de acuerdo y el otro no, la quiere para él solo, sin pensarlo se la entrego a este último con la esperanza de pasar a la historia. Llega el barman a decirme que se acabó el vodka en la boca de los consumidores exigentes y que hay que ir a la bodega por más y estoy a punto de gritar y de romperme la cabeza contra los cristales de quarzo semisolidificado. Vuelve el barman, ¿o es la barman? No lo sé, nunca lo supe; voz gruesa, cara agradable, cuerpo masculino, cabello largo, modales bruscos. Se quedó en el punto de las indefiniciones, en la frontera de la ilegalidad, al margen de las categorizaciones, en la nebulosa de la asexualidad. Llega con un vaso transparente como el agua pero de fuerte olor alcohólico neutralizado por una ramita de olivo o de siguaraya. Lo, la miro. No puedo navegar en las aguas tibias; sumerjo mi mirada en la pista soleada por las quince estrellas que nos dan luz y calor desde el cielorraso, en busca, de montes y valles, de cráteres y relieves humanos que marquen claramente los límites de las definiciones. …Cuero na’ má’... Através de los cristales de mi alta torre descubro en lontananza, la aparición en escena, como tras de un velo que se descorre, de la Pomona de mis sueños de novel seductor, de la mujer alta y musculada que durante meses aceleró mi ralentí, la que hizo bajar mis niveles de aceite arterial, la que a mi lado o ante mi vista alteró la mezcla simpática de mi respiración, mi jadear arrítmico ante sus ojos de jade, ante su busto erguido y bien pronunciado con be grande, be de bulto, be de bomba, be de bella; ante su cuello oloroso que le sirve de bastidor a la traquea larga y ceñida a la piel morena que delata sus lares y esconde sus lunares; ante su boca perfecta al imitar un beso o predecir un bostezo, ante su cabello largo, amarillo, pardo, castaño, cobrizo, brillante, sedoso y lacio, ante sus caderas descomunales que van mucho más allá del noventa y de su cintura diminuta muy por debajo del sesenta, ante sus piernas exuberantes de bailarina del agua, de patinadora de la vida, de deportista de la noche. Mesera, acomodadora, coctelera, doncella, Pronuba, celestina, administradora, mujer orquesta en aquel sitio sin nombre, sin América. Mujer ida, Atalanta osada, perseguida, odiada y admirada, huidiza e intocable, de movimientos tan ágiles que dejaba la sensación de que la cinta de su vida tenía menos de veinticuatro cuadros cada segundo. Un carro, una cara seductora y un caudal de joyas la hicieron detenerse en su loca carrera de la vida. Desde entonces tuvo dueño y extravió el tiempo, desde entonces no la veía, hasta esta noche en que la observo acercarse con su vestido blanco y rojizo con pintas negras y redondas. …Cuero na’ má’... Llega, me mira sin dolor, sin extrañeza, como si no le importase. Su indiferencia me duele pero lo oculto. Antes de que pueda reaccionar, acudo al truco del dueño, que es para mí más que un amigo, casi un verdugo, y la dejo encargada de todo, por lo menos por un rato, mientras yo vuelvo a la vida que apenas comienza, la vida que apenas se inicia en los espacios en los que combaten las tinieblas de la nada musical y de la luz estereofónica. Salgo, salto, me zambullo en la otra irrealidad. …Cuero na’ má’… Qui bene latuit, bene vixit.

PREMIOS

Dos metros bajo Tierra es una novela que nació bendecida. Ganó en 1995 el primer premio del Concurso Nacional de Narrativa Pedro Gómez Valderrama. Ese mismo año obtuvo un segundo premio en el concurso Nacional de Novela Ciudad de Pereira. El segundo capítulo previamente había resultado finalista en el Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra 1995 y Otro de su capítulos también había obtenido la distinción de finalista en el Concurso Nacional de Cuentos Prensa Nueva de Ibagué. Su primera edición se agotó completamente en librerías.

ACERCA DEL AUTOR

Mario Enrique Morales nació en una ciudad Imaginaria que él describe como Bogocali. Una mezcla de las dos ciudades que más ama Bogotá y Cali. Hijo de la generación del «Tate quieto», del boom salsero y del repertorio tradicional cubano ha dedicado catorce años de su vida al periodismo, el mismo tiempo que ha intentado dejarlo. Es Catedrático Universitario, libretista y creativo de Televisión. Ha obtenido premios y reconocimientos en los Concursos nacionales Pedro Gómez Valderrama de Narrativa, Ciudad de Pereira de Novela, Carlos Castro Saavedra de Cuento y Prensa Nueva de relato corto. En 1999 Obtuvo mención de honor con su obra «Camino al barrio» en el Premio Casa de las Américas, de La Habana, Cuba Aquí transcribimos sus breves palabras con motivo del lanzamiento de Dos Metros Bajo tierra. Ellas hablan por sí solas.

PALABRAS DEL AUTOR

«Han pasado mas de veinte años desde la época aquella en que tuve que decidir con un balón en una mano y la guerra y la paz de Tolstoi en la otra, entre el fútbol y la literatura. Abría los ojos a la adolescencia y entre las lecturas de las novelas prohibidas de Vargas Vila y José Luis Martín Vigil y las obras majestuosas de la literatura rusa no me decidia entonces entre «El Lobo Estepario» y el lobo Zagalo; no sabía si imitar a Guimaraes y Guiraldes cuando los confrontaba con Jairzinho y Rivelino; adquirí «El Túnel» de Sábato pensando que me llevaría a espiar el vestuario de la selección argentina; confundía con facilidad los términos. No sabia cuando debía decir foul y penalty y cuando «Crimen y Castigo». jugaba fenomenal pensando en Marcel Proust, cuando faltaban cinco minutos para terminar el partido y presionábamos al rival «En Busca del Tiempo Perdido». en una final, que perdimos, en un barrio al sur de Bogotá, sentí lo que Thomas Mann en «La Muerte en Venecia». inspirados en Virginia Wolf nos animábamos en las tribunas haciendo «Las Olas». gracias a las teorías de Jung y de Freud ganamos varios juegos desde el camerino. era un joven que tenia «La Peste» de Camus y me sentía como «El Extranjero» en la vida ordinaria hoy, en vez de un trofeo ampuloso y rutilante, tengo el lomo suave y fiel de un libro entre mis manos. En vez de un contrato millonario tengo los derechos reservados de autor. Un sueño demasiado bello para ser real. espero tener muchos hinchas con esta nueva divisa y solo acierto a decir gracias, gracias al Dios de cielo por su inenarrable grandeza, gracias a los míos por su paciencia, gracias a los que ya no están, al inalcanzable Joyce , al profundisimo Kafka, al espiritual Hesse, al dolorosísimo Dovstoievski, al mago Huidobro, al humanista Vallejo, al impredecible Cabrera Infante, al poeta eterno Neruda, al inolvidable profeta del arte nuevo Gonzalo Arango, al siempre joven Nadaísmo, al inmortal Andrés Caicedo; gracias a los libros que leí, gracias a la palabra y gracias a Dos Metros Bajo Tierra esta ambiciosa novela que sueña con ser comprendida plenamente algún día. y es inevitable recordarlos porque de alguna manera ellos han vuelto o nunca se han ido de nuestras prosas y de nuestros versos a través del dialogo de todos los días: gracias a la literatura, la más interior de todas las artes; de alguna manera ellos son culpables de que esté aquí mirando desde el primer escalón la hermosa y por lo mismo dolorosa escalera, al final de la cual se divisan la belleza, el arte y la bondad de Dios. Cabe aquí también el reconocimiento para la música, para la salsa, la siempreviva, porque cuando nosotros ya no estemos, nuestros hijos y aun los hijos de nuestros hijos seguirán siendo salseros. Al decir gracias también a todos los presentes solo quiero reafirmar mi voluntad inquebrantable de convertirme en un buen artista y en buen escritor algún día, para que la esperanza no muera, para que armados de la ardiente paciencia de Rimbaud conquistemos las espléndidas ciudades, para que los esfuerzos no sean inútiles, para que la dignidad, la honestidad y la vida no se marchiten, solo entonces podremos entender y creer, como Neruda, que el arte, la poesía, la música y la novela no habrán cantado en vano. Gracias y que Dios los bendiga».

MARIO MORALES.

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