No todo es show o persuasión

Por Mario Morales
Todo lo previsible sucedió. Ante la escasez de espacios mediados masivos, las percepciones y emociones para estas elecciones, como antesala de la primera vuelta, quedaron en manos de las encuestas, algunas más que polémicas, controvertidas; de redes sociales, viciadas con desinformación y efectismo; de relatos periodísticos, algunos contaminados por sesgos imperdonables; y la plaza pública, con relatos no siempre transparentes para quienes no asistieron.
Es decir, es una campaña deficitaria desde la perspectiva ciudadana, sobre todo para ese 40% de indecisos, con poco de donde echar mano, más aún con la oleada frenética de pretendidos influenciadores que creen que pueden inducir con retórica desgastada el voto ajeno.
Pero subyacen otros elementos poderosos en el comportamiento del votante, poco trabajdos pero con enorme incidencia:
1. La perspectiva de futuro, asociada a la esperanza, para cambiar lo que no funcionó, reforzar lo que no estuvo mal, pero pudo ser mejor, o incluso preferir lo conocido frente a la incertidumbre de lo bueno por conocer.
2. La gratitud o el sentimiento de deuda por favores, prebendas, beneficios o resultados recibidos.
3.- La rabia, genuina o insuflada y no siempre confesada, así las experiencias recientes evidencien su inconveniencia.
4.-El reconocimiento, entendido, parafraseando a Martín Barbero cuando hablaba de tv y comunicación, como la identificación hasta el punto de la legitimación de causas sociales o políticas, de sus protagonistas, la emergencia de otros actores, de nuevas culturas populares, o viejas pero invisibilizadas, saberes cotidianos, resistencias y movilizaciones que ciudadanos de a pie transforman en referentes políticos y personales porque por fin se pueden ver representados y pertenecientes a “un algo” que los convoca y conecta, que los hacer ver útiles en algo alcanzable.
Entender esos comportamientos, más allá de maquinarias, tejas y tamales, ayuda a entender las recientes encuestas, pero también a performar la larga campaña presidencial que se avecina y a respetar la inteligencia de los ciudadanos. No todo es show o pura persuasión.

Pequeñas grandes mentiras para la historia

Por Mario Morales
No es suficiente que un medio que incurre en una mentira monumental pretenda lavarse las manos echándole la culpa a su fuente. La pretendida revelación, aberrante de haber sido cierta, de que el gobierno se gastó 23 mil millones de pesos en peluquería para la primera dama es otro síntoma grave del estado de postración del periodismo, de los politiqueros que, a sabiendas, lo han utilizado y de la sociedad conforme o cómplice que lo acepta como pecado venial.
Y tan grave como el bulo es que el medio no dé la cara por su innegable paternidad, culpe al “sofá de la infidelidad” y que hagan lo mismo medios que reprodujeron la especie sin hacer su trabajo, por el cual pagan lectores y anunciantes.
Para un periodista serio esa es una cifra absurda, per se, que obliga a la confirmación de primera mano, a la contrastación con los implicados y a brindar contextos de verosimilitud. Pero nada de eso se hizo.
El resultado es que, en plena campaña electoral, se convirtió en leit motif de debates, discursos e intervenciones como si hubiese sido, y así quedará para la historia, una verdad sobre mármol.
Las vacunas contra bulos son filtros, editores y adecuadas prácticas periodísticas para no convertirse en idiotas útiles, como se sabe desde hace 190 años cuando “la noticia del siglo” fue que un astrónomo había descubierto vida en la luna a través de un telescopio. O como sucedió con el collar de Doña Elvia o la mal llamada mujer “barriga de trapo”, acerca de las cuales no se conocieron rectificaciones o explicaciones suficientes de quienes publicaron y replicaron.
Un caso diferencial y ejemplar, porque nadie está exento, fue la valiente postura del director de este diario con las notas publicadas con fuentes inventadas de un practicante, al separarlo de inmediato de la redacción, poner la cara a sus lectores y emprender acciones internas para que eso no se vuelva a repetir jamás.
Bajarse por las orejas del burro como si nada hubiese pasado le resta confianza al periodismo. Los medios periodísticos, ni privados ni públicos, pueden ser activistas y mucho menos oposición o gobiernistas. Si la sal pierde su esencia…

¿Y si es como lo pintan?

Por Mario Morales
 
A este paso los seguidores de Abelardo de la Espriella van a necesitar casi que una consulta interna para definir cuál de las versiones que hoy circulan del candidato, se acomoda más con sus expectativas.
Han sido tantas y tan diversas las transformaciones del personaje que casi hay que leerlo con pie de página. Y son tanto los condicionantes que él mismo pone para interpretar lo que ha dicho o hecho que su campaña está signada por el efecto cebolla, si se tienen en cuenta cada una de las capas de significados, que algunos ven como insignificantes y que no hablan de habilidad camaleónica, sino de las múltiples contradicciones que tienen en ascuas a sus prosélitos que ya no sabe qué creer.
Parte de sus antecedentes han sido contados con weasel words o palabras comadreja, asociadas a la ambigüedad, la vaguedad o estrategias evasivas que, no obstante, no logran llenar los numerosos vacíos entre su concepción de la ética, su apropiación de la estética y sus redundantes aseveraciones políticas que, y no precisamente por concretas, cabrían en un tuit.
Muestra de su escasa acrobacia, además poco original, ha sido la manera como se acomodó sin ruborizarse al incremento del salario mínimo con la misma promesa golondrina de sus colegas a rebajar impuestos. Un globo que no pudo afinar con su melodiosa voz en medio de su desconcierto.
Esos movimientos de cintura que le aplauden sus áulicos son, a esta altura, la mayor flaqueza de su plataforma estilizada. Y la soberbia construida a coro con el inflamil de encuestas polémicas, casas de apuestas y frases relamidas es talvez el mayor factor de desconfianza entre la derecha, el uribismo, los cristianos de veras, los animalistas de conciencia y los cultores de la ética que comenzaron creyendo que estaban frente a un candidato de personalidad múltiple y hoy, sin más poder que el que dice tener, lo ven  inubicable en el espectro, hasta el punto que ya cerca de la primera vuelta, y a falta de señas particulares concretas, es posible dudar de su existencia real.

Cada vez más cerca de la caverna

Por Mario Morales
Nada que hacer. Se cumplió la profecía. Sin darnos cuenta pasamos de la tal polarización a la sectarización, ese fanatismo del cual ya no hay regreso, no solo ya desde la perspectiva política, sino hasta en aquello que teníamos como más noble y más nuestro.
El resultado es esta sociedad, si aún se puede llamar así, dividida y enfrentada hasta el delirio, en la que ya no es posible compartir un chat, un credo, un programa de humor o una transmisión deportiva.
Ya la alarma la había dado los grupos de conversación digital de amigos, e incluso de familias, en los que la política es un tema vedado. Se había extendido a programas y medios periodísticos que se siguen construyendo sobre nichos y preferencias empresariales y no para audiencias abiertas.
El virus de la ideologización se extendió de tal manera que ya no es posible reírnos todos del mismo chiste si el humorista deja ver, y menos si instrumentaliza su actividad para hacer proselitismo, su preferencia política, hasta llegar a los terrenos de la cancelación. Se confunden el rol social con inclinación política entre algunos de quienes proveían el sagrado derecho al entretenimiento, pero también entre audiencias que los siguen por afinidad en las ideas antes que por carisma o idoneidad.
La peste toca ahora transmisiones y programas deportivos cuyos seguidores comienzan a filtrar antes que experiencia o conocimiento en la materia, coincidencia ideológica para aprobar o descalificar proyectos mediáticos como el cubrimiento del Mundial de Fútbol.
Protagonistas y audiencias no hemos sabido separar la función social y preferencias políticas en la medida en que todos nos sentimos influenciadores, pero además policías del pensamiento ajeno sin mirar la viga en el ojo propio.
Y si algunas iglesias insisten en vincular creencias, fe y dogmatismos terrenales con alianzas e incluso intereses particulares de algunos de sus líderes, pocos rescoldos le quedarán al ser humano para compartir con su especie. Se nos fue la mano en la reinvención. Nos dijeron que volvíamos a la aldea, pero estamos próximos a habitar las cavernas

Cuando fallan las formas

Por Mario Morales
No hemos entendido que el mundo cambió si seguimos pensando que la forma está supeditada al fondo o, aún peor, que este último es más importante. Fallar en la forma no solo desvirtúa el “qué”, sino que suscita emociones que, a su vez, moldean imaginarios. De ahí a los mitos sociales hay un solo paso, como decía Barthes.
Por eso en el periodismo y en la política es inexcusable perder las formas en aras de privilegiar el fondo. En el primero se traduce en pérdida de la neutralidad emocional, leída como parcialidad o agresividad, como viene sucediendo en el maltratado género de la entrevista, sobre todo en espacios radiales.
En la política el uso inadecuado o descuidado de la forma construye representaciones difíciles de revertir, más aún si el primer argumento es descalificarla como banal. Ese fantasma lo enfrenta la campaña de De la Espriella por el tono cínico, displicente, contradictorio o vindicativo de su candidato cuando se refirió a animales, creencias religiosas o investigaciones periodísticas sobre su pasado laboral o comercial.
Vargas Lleras no se recuperará del coscorrón; tampoco lo harán la Cabal, Paloma y Holguín de su gritería, así fuera estratégica, más cercana en la percepción a la neurosis que a la firmeza. Imposible disociar la imagen de Vicky insultando a un colega.
Peñalosa no se pudo bajar de sus formas de decir soberbias ni Roy de la sinuosidad de sus expresiones que lo han dibujado en su devenir político.
La falta de energía y la sensación de cansancio de la acción política no abandonan a Fajardo, a pesar de sus recientes esfuerzos, justo es reconocerlo.
Un breve repaso sobre la percepción de Cepeda, aún a disgusto entre sus contradictores, lo define en sus formas como vertical, transparente, ponderado o reflexivo.
Se equivoca la comunicación política si no está alineada con lo formal que también produce significado. En esta feria de disfraces, performances y expresiones religiosas desangeladas se evidencia no solo la incoherencia de los candidatos sino la desconexión de los estrategas con el contexto y su electorado. Esa platica también se perdió.
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