Estatuas y movilizaciones

Son lo más parecido a las estatuas. No solo por inmovilidad en acciones e ideas, sino porque creen que nos quedamos congelados en el tiempo. Subidos en pedestales desgastados, con índices señaladores y caballos amenazantes, cuando no con armas aterradoras, acuden al anacronismo de la obediencia ciega que alguna vez los encumbró al poder. (Publica el Espectador)

Por eso creen que al hablar con sus voces fantasmales, tuitear o contestar entrevistas con displicencia están notificando o publicando edictos, lacrados con la vieja rúbrica de comuníquese y cúmplase.

Se creen investidos de autoridad divina, la cual invocan, sin vergüenza, en contravía de sus actos. Y acomodan su discurso cansino acusando de terrorismo (porque el estigma de vandalismo se les quedó chiquito) a todo lo que ponga en riesgo sus privilegios y megalomanía.

Manipularon el lenguaje, los símbolos y las esperanzas ciudadanas con promesas de consensos que terminaron en alianzas espurias entre élites, invocaron la autoridad de una pretendida ilustración, esa masa informe de politiquería y tecnocracia, para descrestar o aplazar, mientras ignoraban las voces, quejas y llantos de los gobernados.

No supieron leer los signos de cambio y saturaron con su negligencia, despropósitos y abusos la paciencia de las gentes. Creyeron que aquí no iba a pasar nada, que éramos un barril sin fondo, que no tenían que rendir cuentas. Apenas ahora despiertan para enterarse de que el país cambió, que la movilización social es imparable y que son un estorbo, sobran.

Su llamado a la militarización, con el maquillaje de seguridad y orden, no es más que estertor autoritario para advertir que no se van a ir por las buenas y que el único terror a la vista es el de sentirse despojados.

Quieren ignorar que, en medio de tantas frustraciones, las turbas, como las llaman, aprendieron a superar el miedo, no obstante la docena y media de muertos y cerca del millar de heridos; a descreer de palabras distorsionadas, como “consensos”, “acuerdos” o “conversaciones”, y especialmente a perder respeto por esas estatuas obsoletas, símbolos de los viejos traumas y de mitos superados.

Estrategias kamikases 

Por Mario Morales

Puede que les resulte, así sea de carambola, pero las estrategias kamikaze que vienen utilizando las derechas (que aquí son muchas, así no se distingan entre sí, salvo por las ambiciones) dejan ver el estado de desacuerdo y desesperación con miras al 2022. (Publica El Espectador)

Estaban confiados en que, con la labor de descrédito, apoyada en bodegas, líderes de opinión y propaganda sucia, podrían derrotar en segunda vuelta a Gustavo Petro, a quien han construido como el enemigo perfecto, no solo porque ha opacado otras opciones del centro a la extrema izquierda, sino porque lo consideraban blanco fácil con su repetida estratagema de recurrir a su pasado insurgente, su cercanía de hace unos años a Venezuela y Cuba y otros imaginarios de miedo en países vecinos.

Pero el crecimiento desmesurado de Petro en las encuestas públicas e internas, y ante la falta de nuevos elementos para desinflar al candidato, los ha llevado a improvisar en agenda consejas y suposiciones sobre una presunta vinculación suya con el cartel de Cali en boca de un experto en artimañas y componendas como Néstor Humberto Martínez, de cuya lengua viperina dan fe algunos de los más sonados casos judiciales y políticos del país.

Desvirtuado el show de las bolsas de dinero, atacan la columna vertebral de Petro, reconocido por sus debates contra la corrupción, pero no lo hacen con hechos, sino que enrarecen la atmósfera con dudas y cascaritas para controvertir su aceptación popular, habida cuenta de que el ambiente de caos y desolación juegan a su favor en lo que queda de año.

Pero apostarle a la táctica al presidente “fusible”, como lo viene haciendo el exsenador Uribe desmarcándose él mismo y al Centro Democrático de Iván Duque, sí que patea el tablero de las estrategias para evitar la descolgada en la deteriorada imagen de quien se creyó dueño del teflón.

Corren el riesgo, quienes, a punta de declaraciones, tinta, micrófonos y lenguaje de odio, quieren repetir la historia en las dos últimas dos décadas, de convertirse en quintacolumnistas inopinados del cambio pendular con el que amenazaron hasta el cansancio a sus conciudadanos. Efecto bumerán, que llaman

Lo considero, presidente

Sí, son muchas voces dándole vueltas en la cabeza al presidente Duque. Las de sus jefes, como se sienten hoy todos a la sombra de Uribe, cada día más disminuida. Las de su entorno, ese que le hace creer, a punta de trinos y titulares increíbles, como el del modestísimo periódico L’essentiel des Relations Internationales, que es uno de los líderes que mueve el mundo. Las voces que le llegan de afuera, en forma de órdenes, como las que le remitió el presidente Biden con un subalterno la semana pasada, cuyos efectos pronto veremos, como pasó con el decreto de regularización de venezolanos o con las entidades que califican grado de inversión y que solo miran dígitos e imponen metas. (Publica El Espectador)

Las de funcionarios que perdieron contacto con la realidad y repiten su retahíla lunática, como la del desvergonzado min-Carrasquilla, no obstante su talante de fracasómano, luego de ocho intentos impúdicos de gravar a más contribuyentes y desgravar a más empresas.

Las del país, que le hablan en vano con alertas diarias de todos los colores, a sabiendas de que está mirando para otro lado.

Y la suya propia, esa que le recuerda que quién le manda, Iván, que con lo bueno que la pasaba cuando era simple burócrata, intermediario sin compromisos y de cuyo fulgor solo queda el destello de las luces de ambientación mientras pasa la palabra a otros, doctor Duque, para que llenen esa telehora insufrible, sin aplausos ni palmaditas, su excelencia, como cuando era solo animador de fiestas con discursos, canciones y naipes que tanto gustaban a la amable concurrencia.

Esa voz íntima que no lo alcanza a convencer de no mentir con promesas sobre las remesas de vacunas que este mes, como ya es usual, serán la mitad de lo dicho; que no lo consuela por contradecirse con igual vehemencia, en apenas nueve meses, sobre la in(conveniencia) de una reforma tributaria o de trabajar por la paz.

Que hace la cuenta regresiva para que le llegue la hora de vacunarse de esa pandemia en la que lo metieron, presidente, haciéndole creer que iba a mandar y no a soportar órdenes, regaños y burlas de un país unánime solo en no tomarlo en serio.

El oscuro panorama del periodismo en Colombia

Violencia, censura, autocensura, mangoneo de los dueños, polarización y desinformación son algunos de los retos que deben enfrentar los periodistas en Colombia.

Mario Morales*

Periodismo y pandemia

Hoy está claro que el periodismo no va a salir indemne. Para bien o para mal, el periodismo no recuperará “la normalidad”. La COVID-19 dejó víctimas mortales y a miles de periodistas afectados en su salud física y mental o en su empleo; también transformó profundamente la manera de practicar el periodismo en Colombia.

¿Cuál es el panorama actual y cuáles son los retos para este oficio?

El triste legado

Recibimos este año con la inveterada preocupación sobre las violaciones a la libertad de prensa.

En 2020, Reporteros Sin Fronteras clasificó a Colombia en el lugar 130 de 180 en su índice de libertad de prensa. Según la organización, esto significa que en nuestro país “siguen siendo frecuentes las agresiones, las amenazas de muerte y los asesinatos de periodistas, por lo que aún es uno de los países más peligrosos del continente para la prensa”.

A la misma conclusión llegó la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), que documentó 632 víctimas de violaciones a la libertad de prensa en 2020: amenazas, agresiones, acoso judicial, hostigamientos, ataques en el ciberespacio y dos lamentables asesinatos. En lo que va corrido de este año ya son 13 las víctimas por violaciones similares.

La pandemia

Y la pandemia ha hecho que las cosas sean todavía más difíciles: tanto el gobierno nacional como los gobiernos locales han optado por la comunicación directa con los ciudadanos a través de redes sociales. Esto ha desplazado en mucho la labor mediadora de los periodistas y su función de interpretar los contextos y dar significado a las noticias.

En 2020, Reporteros Sin Fronteras clasificó a Colombia en el lugar 130 de 180 en su índice de libertad de prensa

La falta de ruedas de prensa y entrevistas presenciales en tiempo real ha reducido la labor periodística a reproducir lo que dicen los medios internacionales y las cifras de contagios y muertes. Confundidos, los medios dudan entre ejercer su labor crítica o convertirse en mensajeros de la esperanza.

Sumidos en el terreno pantanoso de las cifras y de las fechas, la información periodística se ha vuelto un “constante presente”, sin mañana y sin conexión entre los diferentes hechos.

Financiación e independencia

Cada vez son más comunes las intervenciones de los dueños de los medios en las decisiones editoriales y los contenidos de sus publicaciones. El viejo debate sobre si un medio podía o debía expresar su línea editorial y su posición ideológica ha quedado superado.

Esto ha creado una especie de “sectarización” de la prensa que, en algunos casos, convoca a hordas de seguidores fanáticos y no a audiencias o usuarios en busca de información. La omnipresencia del capital ha echado por tierra, si aún existía, el mito de los mecenazgos, y ha reavivado la polémica sobre la concentración de poder y su legitimación por parte de los medios.

Es verdad que las empresas privadas pueden tomar decisiones de acuerdo con sus propios planes y criterios. Pero también es cierto que, a diferencia de otros negocios, el de la información tiene un vínculo insoslayable con la ciudadanía y con la democracia, que impone deberes y responsabilidades ante el oficio y ante la sociedad.

Para dar un ejemplo, una cosa es que los dueños de El Tiempo se sientan ofendidos por una columna de opinión publicada en su propio periódico y que quieran controvertirla o pedirle claridad o pruebas. Otra muy distinta es que se salten el conducto regular del editor de opinión e incluso del director para controvertir y advertir a su autora.

Como deberían saberlo estas personas, en el periodismo las formas también cuentan. Si estamos hablando en el terreno sagrado de la libertad de expresión, más hubiera valido que El Tiempo publicara una carta abierta a la columnista o que abriera un debate interno y después uno público.

Hoy, en medio de una oferta creciente, los ciudadanos deben sopesar su inversión en recursos y tiempo frente a la credibilidad y la calidad de un medio. Decisiones como la de El Tiempo amenazan la fidelización de los usuarios y anunciantes y, en últimas, la sostenibilidad misma del medio.

La continuidad de El Tiempo, de su tradición y su línea editorial son fundamentales para el ecosistema mediático, pero también para el ejercicio democrático. No hay margen de error. Ahí están a la vista los espejos del fracaso o la decadencia de medios que rompieron el pacto con sus audiencias, cambiaron la línea editorial y reemplazaron a los periodistas por políticos o ejecutivos.

Foto: Pixinio Es cierto que, en medio de la explosión de programas de debate y opinión en múltiples medios, la trampa de la lógica del adversario es vendedora”.

Ideología, desinformación y “guerra de clics”

Pero hay más: siguiendo el ejemplo de los medios ideologizados, se han vuelto cada vez más comunes los reporteros que se dedican a la propaganda política y el proselitismo en redes sociales.

El acceso, la jerarquización, selección, elaboración y difusión de la información no son potestades o favores del periodista a la sociedad, sino un derecho humano de sus audiencias. Por eso el periodista debe reflexionar sobre los límites que tiene su derecho a expresar públicamente sus opiniones privadas.

Una cosa es que los dueños de El Tiempo se sientan ofendidos por una columna de opinión publicada en su propio periódico y que quieran controvertirla y otra que se salten el conducto regular del editor de opinión

Es cierto que, en medio de la explosión de programas de debate y opinión en múltiples medios, la trampa de la lógica del adversario es “vendedora”; pero abusar de la parte y la contraparte y del maniqueísmo distorsiona la realidad. Más aún si se incurre en la nociva práctica de tener en cada panel las mismas voces de los políticos de siempre.

La fragmentación de audiencias, el pago por contenidos y la diáspora de la pauta publicitaria han desenfrenado la guerra del clic y de la titulación engañosa. Se trata de una estrategia que trasciende la curiosidad para llegar al morbo, con el pretexto de que eso le interesa al ciudadano.

El resultado es una agenda milimétrica, donde los medios siguen la liebre ilusoria del rating o de las tendencias y dejan de lado, como un relleno, los asuntos trascendentales.

La desinformación y la posverdad avanzan y, en lugar de ayudar a interpretar y comprender, muchos medios se han enfocado en convencer.

Por eso, las prácticas periodísticas cambiaron y, tal vez, para siempre: cada vez es más común la voz autorial sin interrelaciones, sin la necesaria retroalimentación entre pares o entre el autor y el editor. La rutina de pedir respuestas atemporales, asincrónicas y sin posibilidad de interacción pauperizan la reportería. Así, se deja en manos de las fuentes el criterio de cada informe, con material de segunda mano que, además, pierde su naturalidad y su espontaneidad.

Si permitimos que esta tendencia se siga registrando, si no asumimos abierta y claramente el proceso de dignificación del oficio, quizás está cercano el momento de cumplir esa fatídica frase populista de que cualquiera puede ser periodista.

Entre la mermelada y el fuego amigo

Entre la mermelada y el fuego amigo

Una cosa es haber hecho del descache una actividad profesional, otra muy distinta es estar prendiendo teas en los inflamables escenarios donde se decide la vida institucional del país, como lo viene haciendo el reducto de amigos del presidente Duque o, uno ya no sabe, de las prebendas del poder, por más resquebrajado que esté.

Ternar o hacer que se elijan amigos, condiscípulos o recomendados en instancias decisorias como las “ías” puede parecerles funcional y conveniente a aquellos “copartidarios” que hoy se frotan las manos, pero olvidan que al calendario le quedan 18 hojas para el cambio de tercio, como seguramente sucederá si queda algo de sentido común.

Esos y otros zarpazos, como el de nominar vía decreto presidencial a su propio juez en tutelas sobre erradicación de cultivos y seguridad nacional, a algunos cercanos les pueden parecer otro capítulo del ya extenso libro de “ducadas”, que no les afectan directamente.

Pero el empeño que le puso el Gobierno a la desfigurada e inhumana reforma tributaria y al acatamiento de la orden de promover al hijo de Uribe como precandidato presidencial le pueden costar, como ya está sucediendo, el derrumbe de los pocos apoyos que le quedan tras bambalinas, así en los micrófonos y redes parezcan estar del mismo lado.

Al amago de hecatombe de la tal reforma, enterrada antes de nacer por el desmarque de Vargas Lleras, los partidos de oposición y de César Gaviria con denuncias de mermelada, le sobrevendrán las presiones variopintas de los pocos áulicos a la hora de las aprobaciones en el Congreso y el voto negativo conveniente de partidos y futuros candidatos en pleno año electoral.

Pero lo que no resistiría un envión en la descosida unidad de partidos de gobierno sería la oficialización como aspirante del delfín uribista, no solo porque todos, incluso los que rodean a Duque, saben que el país no resistiría un segundo y magro período en cuerpo ajeno, sino porque entre esos aliados hay quienes no están dispuestos a sacrificar una vez más aspiraciones, egos y carreras. Entre la mermelada y el fuego amigo. Quién lo creyera.

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