por Mario Morales | Jun 20, 2018 | Com. Política, Por los medios
Bien poco duraron las esperanzas que despertaron las primeras frases de Iván Duque luego de ganar la segunda vuelta presidencial. La idea de allanar las diferencias y pensar en la reconciliación de los colombianos, que fue su mensaje en la última parte de la campaña, cedió terreno ante su discurso inicial de revisar el Acuerdo de Paz, lo que comenzó a cristalizarse ayer con el congelamiento de la reglamentación de la JEP en el Congreso.
Es cierto que hay inamovibles en ese Acuerdo, pero, fiel a su tradición, el uribismo insistirá en los detalles, que es, como se sabe desde noviembre de 2016, donde habitan los demonios, y donde se jugará a fondo el desmonte del proceso de paz hasta donde sea posible.
La alusión a la base exguerrillera, para darle tranquilidad y que no continúe la desbandada, lleva entre líneas una notificación a los jefes y miembros del Secretariado. Irán por ellos.
Su “lapsus”, de enorme torpeza política, al no reconocer la campaña de Petro ni a sus ocho millones de votantes, que sumados a los 800.000 que puso el voto en blanco son nada menos que el 46 % de votantes, que no estuvieron con él, no es simple descortesía como se ha dicho; retiñe la línea ideológica y alimenta desde el comienzo la idea de oposición.
Fue contradictorio su argumento de la llegada de una nueva generación al poder con su deuda y gratitud a la vieja clase política, de apellidos Uribe, Pastrana y Ordóñez, en la que se apoyó y fue definitiva en su elección. Y eso que no agradeció públicamente a Gaviria y Vargas Lleras.
Tampoco sonó creíble, a la luz de los resultados en regiones como la costa Caribe, eso de la lucha contra la politiquería y el clientelismo.
Comienza rápido a despejarse la incertidumbre inicial de cuáles promesas cumplirá, si las de antes o las posteriores a la primera vuelta. Bien lo decía Alicia Arango, la bisagra entre los modos de pensar y hacer de Duque y Uribe. El que gobierna es el candidato ganador, pero el jefe es Uribe. Y al jefe se le obedece. ¿O no?
por Mario Morales | Jun 20, 2018 | Com. Política, Por los medios
Lo más grave de que gane el uribismo no solo es el regreso impune del partido del odio (ya lo decía Gabo, “volverán, la vergüenza tiene mala memoria”), sino también el espaldarazo a toda esa clase dirigente que se alineó sin pudor para la foto y que tiene el país como lo tiene. Dime con quién andas y te diré quién eres, decían los abuelos antes de ser víctimas de posverdades y fake news.
Es la enseña no confesada de defender el establecimiento, si el establecimiento significa mantener prerrogativas, privilegios, derechos de casta y títulos de posesión o dominio con base en la pretendida inmortalidad de blasones de corte medieval.
Es como si no importara la insultante desigualdad, o que ese establecimiento se coma $51 billones al año en corrupción, sin contar la mermelada que alcanza los $57 billones solo en los gobiernos de Uribe y Santos.
Es como si ignoráramos que en ese establecimiento no cabemos los ciudadanos y que desecháramos la posibilidad de actualizar esta sociedad que pide a gritos, en las plazas, redes y ante los medios casados con el conformismo, pluralismo e inclusión.
Así somos y así vamos. De a poquitos. Un paso adelante y dos para atrás. Votando por Pastrana para impedir la última toma del narcotráfico al Estado. Y se logró. Votando por Garzón y Noemí, y cuatro años después por Carlos Gaviria para impedir la llegada del populismo de derecha… Y perdimos. Votando por Mockus, la educación y el derecho ciudadano para evitar “el que decía Uribe”… Y volvimos a perder. Votando en segundo período por Santos solo para que firmara la paz y empezara la reconciliación… Y lo logramos. Votando por Fajardo para recuperar el valor de la palabra empeñada y contra el todo vale. Y perdimos una vez más… Ahora tenemos otra oportunidad…
Después de sopesarlo, votaré, como muchos, por Petro con el mandato preciso de combatir la corrupción y disminuir la desigualdad. Nada más. Suficiente para nuestro lento caminar en este mundo —siguiendo a Eduardo Galeano— “de indignos e indignados. Ya sabrá cada quién de qué lado puede o quiere estar”.
por Mario Morales | Jun 20, 2018 | Com. Política, Por los medios
Tras la resaca de la primera vuelta, el antiácido menos efervescente para recuperar el ánimo parecía ser el voto en blanco. Pero la indecente cascada de adhesiones de lo menos granado de la clase política a la campaña de Iván Duque, ya contaminada de origen, deja sin alternativa a los “sin partido”.
No. El país no es ese caldo de anzuelos de alianzas, apellidos y prontuarios que se mezclan sin ton ni son como en los cocteles baratos. Tampoco es esa pretendida ciudadanía que, como el avestruz, esgrime sus escrúpulos para seguir pasando de agache.
La abstención y el voto en blanco también necesitan una plataforma ideológica que los haga viables, visibles e influyentes, y no sean el comodín inveterado de élites y politiqueros sabedores de su poca cauda, por su espíritu de procuración democrática.
Suma la desconfianza que produce la dupla uribista, con su carita de yo no fui y su aire genuino de pasarela para esconder tras la máscara de juventud y contemporización, como se dice desde las historias de Barba Azul y más recientemente en la comunicación política anglosajona, los esqueletos en el armario.
Tanta adhesión espontánea de tantos “prohombres” y tanta advertencia sobre la gratuidad de los apoyos no son más que “chispitas mariposa”, para utilizar el ingenuo lenguaje del cándido candidato, convertido de la noche a la mañana en una suerte de criatura de Frankenstein criollo, diseñado, esta vez, para no volverse contra su creador.
El riesgo, implícito en la metáfora, comenzará cuando esos cadáveres políticos que ahora le dan aliento quieran cobrar vida propia y pasen factura por ventanilla por sus repentinos aires nacionalistas, sus leyendas apocalípticas y sus coros afectados de salve usted la patria.
No es posible pensar en un futuro digno al son de las cuerdas de ese desafinado cuarteto uribe-gavirio-pastrano-samperista, que le canta, en bajo, al rencor y a la venganza, mientras nosotros, tan dignos y tan coherentes, seguimos tocando a rebato mientras el barco se hunde en el pasado.
por Mario Morales | Nov 14, 2017 | Blog, Com. Política, Opinión
No pasa el examen el gobierno Duque en términos de comunicación al cabo de estos primeros 100 días.
Primero, porque sigue utilizando la misma estrategia de campaña: frases
en futuro imperfecto, lenguaje edulcorado y enseñas que invitan a la
acción, pero que no lidera.
Segundo, porque en su afán de caerle bien a todo el mundo ha puesto en
confrontación a su círculo más cercano con los demás anillos del poder
que lo escuchan decir una cosa en persona, pero otra muy distinta en
otros escenarios, tal y como acaba de suceder en Francia en torno al
Acuerdo de Paz.
Tercero, porque en sus discursos parece estar pisando cáscaras de huevo y
haber optado por la ambigüedad para que cada quien interprete a su
manera.
Cuarto, porque no se ha podido desprender en sus narrativas de la figura
de asesor, consultor o delegado, arrinconado por la sombra del senador
Uribe que le recuerda en cada intervención para qué sirve el poder.
Quinto, porque en aras de un discurso pretendidamente conciliador ha
perdido la iniciativa de la agenda, del debate y de la dirección de su
administración, eclipsada por la barahúnda irresponsable de propuestas
del Centro Democrático, que sabe que su terreno propicio es la
confusión.
Sexto, porque ha entrado en profundas contradicciones con su pasado
reciente en asuntos clave como la reforma tributaria, minería, lucha
contra las drogas, meritocracia y hasta el precio de los combustibles,
jalonado por personajes inflados como su ministro de Hacienda.
Séptimo, porque su ausentismo, a raíz del tren de viajes, comienza a ser evidente.
Octavo, porque su tal mayoría en el Congreso no existe y el período
legislativo con sus propuestas centrales están a punto de ser un rotundo
fracaso.
Noveno, porque su indecisión y desconocimiento del oficio de gobernar lo
hacen ver como débil, como lo demuestran marchas, movimientos,
encuestas y descontentos generales.
Y décimo, porque este país sumiso y de doble moral simula disgustarle su
frivolidad para no decir que añora la mano fuerte y la voz de mando.
por Mario Morales | May 16, 2017 | Blog, Opinión
Quizás la imagen más frustrante de país sea la de todas estas tardes en las que vemos cómo el agua nos llega al cuello. Culpa, dirán, de la temporada invernal más fuerte desde que Santos asumió el poder, de la creciente por el paro de los empleados públicos o el desafío gota a gota del plan pistola, entre otros factores que marcan el inicio de los dolorosos para este Gobierno y que parece desleírse con cada crisis. (Publica El Espectador)
No era con un aguacero de cifras como los colombianos esperaban que el presidente afrontara la temporada invernal más cruel desde la “maldita niña”. Y menos en ese tono de inventario de “380 muertos, 22.000 familias y 306 municipios afectados”.
Nada cambió desde la última crisis como lo demuestra las crisis por inundaciones o el bloqueo por derrumbes que, por ahora, obligan al cierre de vías como la Línea o Letras. Y nada cambiará, salvo las cifras inhumanas, abstractas y desprovistas de sentido, si se cumple la previsión de otras tres semanas de lluvias.
No hubo ponderación con esa amenaza como no la hubo en los acercamientos con los sindicatos de trabajadores del Estado, los únicos que parecen funcionar. El Gobierno también creyó que se trataba del ritual de paros de temporada, de esos que, en el imaginario ciudadano, parecen haberse convertido en escenografía callejera.
Pues el tal paro de educadores sí existe, como también reencarna el paro en la rama judicial, el Inpec, la salud y los de Chocó y Buenaventura… Pero lo más grave no es que se den o que se unan, sino que sus demandas sean las mismas de antaño y se repitan año tras año como los aguaceros de todas estas tardes.
Tan grave como que se recicle el plan pistola, que en este mes ya contabiliza seis policías asesinados por armados ilegales.
Ya vendrán, como siempre, las declaraciones de emergencia, las negociaciones apresuradas, la escasez de alimentos, las ayudas tardías y el libreto de siempre, que nunca cierra y que se repite inexorablemente, como diría Soto Aparicio, mientras afuera llueve.