En tiempos de posverdad, culpables

Cuando parece que las noticias falsas son el principal problema y las redes sociales el enemigo a vencer, quizás sea necesario profundizar sobre el tema de moda, pero no por ello reciente, de la posverdad. (Publica Red Etica de la FNPI)

Por Mario Morales
@marioemorales

Analizar la relación entre medios y audiencias desde la tradicional perspectiva lineal y determinista es solo una de las partes del problema que se ha suscitado en torno a la denominada posverdad. Considerar que las narrativas periodísticas, los discursos o la propaganda política impregnadas de posverdad, interpretada como engaño, falsedad, mentira o como relativización de la verdad por ausencia de hechos susceptibles de probarse y verificarse, inoculan sin oposición el nivel de credibilidad de sus públicos, es despojar a estos últimos de la función activa, voluntaria y decisiva con la que hoy cuentan en los terrenos de la cibercultura.

Para que fenómenos de masas fundamentados en hechos alternativos, emociones o juicios hayan fraguado de manera tan contundente, como ha sucedido en numerosos eventos de alcance planetario en el último año, implica también acción, participación o voluntad parcial, consciente o inconsciente de los usuarios de esos contenidos informativos.

Claro, es responsabilidad de los periodistas velar por que los hechos sean los pilares del edificio narrativo y no la declaracionitis (como la llamaba Miguel Angel Bastenier), la opinión privada públicamente expresada o las versiones cambiantes de las fuentes según las conveniencias o las coyunturas.

Además, para que eche raíz la posverdad hay, del otro lado, un ambiente propicio, un caldo de cultivo para que aparezca lo que el periodista y filósofo Miguel Wiñaski denominó hace más de una década como la noticia deseada. Es decir, una construcción de la ficción donde se sumerge la sociedad con los ojos cerrados, el pulgar en la boca y los sentidos adormecidos para evitar la reflexión sobre la tragedia de la incertidumbre del presente, que se reemplaza por las creencias fijas, los prejuicios o las emociones ciertas o alteradas que se derivan de momentos de tensión social o política.

¿Qué pasa cuando la opinión pública rechaza la verdad? Se levanta como un imperio la noticia deseada, la noticia que la opinión pública elige creer. Señala Wiñaski que habida cuenta de la preponderancia de los medios aún en las esferas privadas, las audiencias se han convertido en una suerte de “tribus masivas” que aceptan ciertas noticias, aunque no haya elementos informativos reales para sustentarlas, y rechazan las que están bien fundadas. Esas tribus son ilegales desde el punto de vista del pensamiento aristotélico, que argumentaba que la ley consistía en anteponer la razón a la pasión.
Verdades relativas

El efecto es grave porque deviene relativización de la verdad, materia prima del periodismo, reemplazada por narraciones alternativas a tono con las emociones o juicios preponderantes. En el terreno de las percepciones y de las creencias todas parecen valer igual si acudimos a la libertad de expresión que resulta, al decir de Hannah Arendt, una pantomima, “si no hay garantía para la información objetiva y no se aceptan lo hechos mismos que son los que dan forma a las opiniones”.

Se cumple la profecía de Henry Poincaré cuando decía que la verdad es cruel y que es normal preguntarse a menudo si el engaño no es más consolador.

Hábilmente manejadas, campañas que invitan al sentimiento, el nacionalismo o a la pasión constituyen una estrategia de opinión pública que tiene origen en la propaganda política del pasado siglo y ha impregnado hasta la contaminación las formas de hacer periodismo en Colombia.
Temores, prejuicios y emociones

De las dos tendencias de propaganda política (la inspirada en Goebbels, el ministro de propaganda alemán, y la fundamentada en los soviets de la revolución bolchevique) que marcaron buena parte los destinos del siglo XX, y que representan en este campo la eterna lucha entre la razón y la seducción, un sector de nuestro país optó por la segunda instancia, esto es, apelar al sentimiento, atacar las sensaciones, inducir al reflejo condicionado -patentado por Pavlov-, y la sobreexcitación.

Este tipo de propaganda se dispersa en gritos de guerra, imprecaciones, amenazas y profecías vagas en los que se busca que la palabra cause efecto y la idea ya no cuenta. El objetivo central es la denominada coagulación nacional en la que la masa adquiere un carácter más sentimental, más femenino, y que requiere ser seducida antes que convencida. Decía Mussolini, con razón, que el hombre moderno está asombrosamente dispuesto a creer. Por eso la preponderancia de la imagen antes que la explicación.

La propaganda hitleriana estuvo enfocada a las zonas más oscuras del inconsciente. La patria y la familia aparecían en todas las manifestaciones públicas. El partido y el jefe estaban presentes en todas partes, sin intermediación. Prensa, radio y cine se repetían sin cesar, en ese fenómeno que Ignacio Ramonet ha denominado mimetismo mediático. Devino producción de adhesiones por el camino del espectáculo.

Goebbels trabajó con tino la inhibición condicionada, que tiene sus raíces en la dialéctica hegeliana y que recurría al recuerdo de la angustia que siente el ser humano cuando cambia libertad por seguridad, y que lo lleva sin darse cuenta a la adhesión infinitesimal, como la calificó el sacerdote y estudioso francés Fessard. Esa inhibición se lograba con cantos, himnos, símbolos, lemas e imágenes. La clave radicaba en mantener a la masa en estado continuo de exaltación, el alma popular a fuego lento, sin dar espacio a la reflexión. Walter Hagemann sintetizó los momentos de tensión permanente en crestas sucesivas como la estrategia de la alternancia regular del azúcar y del látigo. Oscilaba como un péndulo entre la caricia y la amenaza, la seducción y la brutalidad. Estrategia que ya había aplicado con éxito Napoleón. En suma, del terror a la exaltación, de la pasividad a la excitación, del miedo al entusiasmo. Nadie hablaba de odio ni de amor, sino de fascinación.
Las técnicas

Una vez seducidos, al decir del teórico francés Jean Marie Domenach, venían las siguientes fases de la propaganda para mantener la aparente cohesión nacional, primero simpleza, luego un enemigo único, un único objetivo. Le siguieron la exageración y la desfiguración de las noticias mediante el uso de las citas desvinculadas de contexto en el lenguaje de de masas, recurriendo a lo primario. El refuerzo era la repetición incesante. Ya en el Mein Kampf lo advertía el mismo Hitler cuando decía que la masa sólo recordaba las ideas más simples cuando le eran repetidas centenares de veces con diferente presentación. En este aspecto especialmente fue evidente y definitiva la complicidad de la prensa alemana. En procesos concomitantes o posteriores, la propaganda diseñada por Goebbels recurrió a eso que llamó el publicista norteamericano Walter Lippman, sentimiento preponderante de la muchedumbre en busca del consenso, la unanimidad para poder abordar un último estadio, donde se combatían las tesis de los adversarios, atacando puntos débiles, no respondiendo nunca de frente, atacando en el ámbito personal y descalificando al rival.

Esa opción propagandística no se da, como sucede en el resto del planeta, químicamente pura, y tiene matices y transformaciones de acuerdo al grado de satisfacción o al nivel de éxito conseguidos en momentos específicos de la historia de los últimos cien años.

Sociedades de distinta raigambre ideológica también han adaptado estos mecanismos de la posverdad a sus procesos políticos, el resultado también es parecido: Empobrecimiento del debate, pugnacidad personalizada, retorno a los estados tribales de la angustia y del miedo. Sacrifico paulatino de la verdad. Terreno propicio para las opciones totalitarias.

***

Mario Morales es periodista y analista de medios. Magíster en Estudios literarios, con estudios en periodismo y especialización en medios y opinión pública. Actualmente es profesor asociado e investigador en la Universidad Javeriana, columnista de El Espectador y defensor del televidente en el Canal Uno. www.mariomorales.info, @marioemorales, moralesm@javeriana.edu.co

***

En este artículo se incluyen ideas y fragmentos trabajados en artículos para la Red Voltaire y para el blog del autor.
– See more at: http://www.fnpi.org/es/etica-segura/en-tiempos-de-posverdad-todos-somos-culpables#sthash.7bqRrJVV.dpuf

Qué contradicción

Tal vez sea esa la explicación. Esa adicción histórica a la adrenalina, el cortisol y la prolactina, las sustancias que según los científicos segregamos cuando sentimos odio o ira, esos dos apellidos que son más nuestros que el idioma o que el himno nacional. (Publica el Espectador)

Son la respuesta automática a todo tipo de propuesta, especialmente cuando tiene la cara de solución. Aquí, debate que trasciende es aquel que pasa por el insulto, la gritería y la altisonancia; y, claro, si genera una reacción en cadena que requiera de mayores dosis.

Hace rato, por ejemplo, que la discusión sobre la adopción gay perdió el rumbo y derivó en los lugares comunes de “lo antinatural” o “si no son ellos, quién más puede adoptar”, en medio del tropel y la mutua descalificación.

Por el mismo camino va el debate entre radicalismo religioso, alejado de la esencia; y el ateísmo soberbio que ahora se considera la cuna de los valores; o el de la tauromaquia que, en vez de seguir la senda de la argumentación de altura, ahora tendrá que dirimirse a las trompadas como ya se presagiaba en el pasado reciente, luego de la consulta ordenada por la Corte Constitucional.

Obviamente hay vertederos naturales de las insidias de alcantarilla que, para llegar al poder, en vez de proponer mejoras a los acuerdos de paz, el derrotero sea “volver trizas ese maldito papel que llaman acuerdo final con las Farc”, como se anunció en la nueva etapa del autodenominado Centro Democrático, reconocido por propios como una partido de derecha y por ajenos, como uno que desecha.

Lo único que falta es que ahora se líen a golpes con el naciente movimiento de las Farc por arrogarse el lema de partido de la esperanza.

Y mientras eso pasa, los avivatos de siempre, y esos sí de manera silenciosa, saquean Chocó, Córdoba y Guaviare; o se apropian de tierras baldías, contratos o recursos mineros; sin afectar el putamen social, que al decir de los científicos es la zona donde se activan la ira y el odio. Contradictorio, ¿no?

Por lo menos…

Pongámonos serios todos, audiencias, productores de contenido y medios. No hace falta mayor debate para entender que hay una brecha monumental entre los autodenominados “hechos alternativos” que acerca del proceso de paz corren por plataformas, redes y generadores de información, y los hechos, esos sí cruciales, que por adustos o provenientes de fuentes oficiales quedan relegados en la agenda pública y en la mediática. (Publica El Espectador)

Hay una enorme distancia entre “el hecho” (construido para paniquear) de una presunta llamada, según el columnista Saúl Hernández, entre Iván Cepeda e Iván Márquez en pleno debate parlamentario (como parte de lobby, propio de la política), y la aprobación por parte del Congreso estadounidense de 391 millones de dólares para el proceso de paz.

Hay un abismo entre la silla preferencial de Jesús Santrich en su viaje a Barranquilla y la visita a Colombia del pleno del Consejo de Seguridad de la ONU, por primera vez en un país latinoamericano. El hecho no ofrece aristas de sobreemocionalización o polémicas facilistas, pero veremos si alcanza el top de la agenda por sus implicaciones políticas y diplomáticas.

Y no demora en aparecer el escándalo con el concierto en un bar bogotano de Julián Conrado, el cantante de las Farc, como lo contó Noticias Uno, para atrapar el cubrimiento y atención que debiéramos darles a los acuerdos trascendentales que avanzan en el Congreso.

A esos terrenos resbaladizos de los prejuicios y de exacerbación de creencias básicas manipuladas nos ha llevado la oposición ante la contundencia del apoyo internacional.

Hay algo de utopía al esperar que los temas clave estén privilegiados en las lógicas narrativas y en la conversa pública; pero ojalá audiencias, prosumidores y medios dedicaran, por lo menos, la misma tinta y labia a decisiones y coyunturas que refrendan el proceso de paz, que las dedicadas a banalidades como las cartas vergonzantes de la oposición y el chascarrillo del encuentro de Pastrana y Uribe con Trump.

Acciones de verdad

Es retadora la pregunta, ayer, en la portada de este diario, acerca de qué debemos hacer para contrarrestar la violencia sexual infantil. Quizás sea necesario enfatizar en la primera persona del plural y en el significado del verbo utilizado, si asumimos que ya fue suficiente de likes, memes, avatares y mensajitos de solidaridad, que, como hemos repetido, han devenido sublimación, autoconsuelo y pasividad. (Publica El Espectador)

También ya estuvo bien de sólo cifras, estadísticas y promedios en las narrativas que describen el horror de agresiones a menores, causadas especialmente por criminales de su entorno cercano. Esa cuantificación, por más que apunte a la precisión, distancia la sensibilidad de las audiencias y pone la gravedad del problema en una nube que todos vemos, pero que no nos afecta.

Y ya basta también de refugiarnos en el populismo punitivo, creyendo que con pedir aumento en las penas estamos llegando a la raíz del problema.

Es momento de mirarnos hacia adentro para reconocer el absoluto fracaso en la formación y educación de los que hoy son adultos y que es el origen de nuestros, así nos neguemos a reconocerlos: el machismo, la violencia como solución de conflictos, la misoginia y el maltrato físico y sicológico.

Somos una sociedad enferma que transmite sus taras generacionalmente. Esos gérmenes malignos habitan en todos los rincones, primero, porque han sido inoculados con el ejemplo en la familia, escuela y comunidades cercanas; segundo, porque han sido legitimados por medios y costumbres; y tercero porque son aceptados, ocultados o disimulados como un mal menor si el victimario es alguien conocido.

Algo hay que hacer para reformar esos imaginarios y deformaciones. Ya hay iniciativas académicas para tratar el machismo. Esa es parte de la prevención, incluyendo a aquellos que se creen ajenos. Las asignaturas de ética y ciudadanía en primaria y secundarias deberían tener estos componentes. Gobierno y comunidades civiles y religiosas han de trabajar en campañas de cuidado y alerta con los menores. Y así la propuesta no guste, no dar papaya. El enemigo está al acecho.

Ni un sonrojo

Si sólo fueran 460 días… Si cumplido el plazo hubiese una luz… Si a partir del 7 de agosto del año entrante hubiera esperanza de voltear esta página vergonzosa de consejas, dimes y diretes, lambones y lagartos aquí y en el exterior, políticos mendaces, vengadores viudos del poder, apátridas sin autoridad, sin personalidad, sin credenciales, como ha pasado con el tan mentado como inocuo, como no sea para delatar nuestra levedad, encuentro social con Trump… (Publica el Espectador)

Pero no. Sabemos, y esa es nuestra condena, que independientemente de lo que pase en las elecciones que vienen, de las propuestas que se esgrimen y los promeseros consuetudinarios, seguiremos divididos con respecto a lo único que debería unirnos, indignados en relación con lo único que nos es común, y, a la vez, marcados con la misma seña de identidad de no futuro.

No pudo ser más bochornoso el espectáculo de indignaciones y recriminaciones en torno al saludo en inglés mal hablado (habida cuenta de cómo maltratan el español) de dos despistados exfuncionarios, que sólo ha servido para revalidar su descrédito y la desazón nacional.

¿De veras esos son los voceros internacionales que nos merecemos? ¿Los intérpretes de lo que nos ocurre? ¿Los llamados a enderezar un rumbo que perdimos desde el principio de los tiempos?

¿O acaso tienen más legitimidad los que ripostaron aquí adentro? ¿Los que denostaron por todas partes? ¿Los que expusieron sus miserias?

Mirados desde afuera debemos dar lástima. Esa misma lástima que decimos sentir cuando miramos, con nuestra proverbial prepotencia, a la derecha o al sur en el mapa, creyéndonos diferentes, lo que incrementa el ridículo.

Si tan solo hubiera alguien distinto. Si tan solo fuéramos un país aburrido en el que la sobriedad de funcionarios y ciudadanos invitara al bostezo y no a cubrirnos la cara cada vez que quedamos expuestos. Pero ni un sonrojo porque ni nos damos cuenta.

Y después critican el pesimismo o la falta de fe en la patria…

Suscribir
Twitter
Visit Us
Follow Me
YOUTUBE
LinkedIn
Instagram