por Mario Morales | Abr 11, 2017 | Blog, Opinión
La degradación de la guerra, la sevicia de atentados terroristas, crímenes de lesa humanidad como los falsos positivos y la crueldad de la violencia común hicieron que durante décadas los feminicidios, tan atroces como los anteriores, se vieran en nuestro país como delitos menores. (Publica El Espectador)
Pero la violencia contra la mujer tiene en este país machista e hipócrita una tradición criminal, consentida y disimulada que solo salta a la luz pública en medio del morbo ciudadano, el mal tratamiento informativo o errores en procedimientos judiciales.
Peor aún, ha evolucionado, si nos atenemos a Medicina Legal que confirmó ayer el uso en primer lugar de armas de fuego, ya no solo para agredir, sino para eliminar físicamente a mujeres víctimas, como sucedió antier en Bogotá y como sucede, en promedio, cada 12 horas en algún lugar del país. Según el Instituto, en 2016 había 2.500 mujeres en riesgo grave de muerte por parte de sus parejas.
Por eso no se entiende que aquí solo hasta hace tres años se hubiera tipificado como delito el feminicidio y solo hasta hace dos, la Corte Suprema dictara su primera sentencia condenatoria por esta causa.
Y, absurdamente, sigue sin parecer grave por imaginarios que autoridades, medios y audiencias construyen alrededor de esas atrocidades, asentados en celos, advertencias y hasta ira intensa para narrar mitos infundados de subyugación y poder, como vimos o leímos ayer acerca de la víctima, como “la mujer o exmujer” del asesino. O, como hemos hallado en diversos observatorios de medios y han ratificado expertos, se narra a la víctima como generadora del conflicto; y se hacen perfiles del victimario que terminan por justificar el crimen, como el inveterado desequilibrio mental.
En ese contexto legitimador de machismo rampante, moldeado desde hogares, escuelas y medios, urge una política pública que enfrente la impunidad, y desenmascare los mal llamados crímenes pasionales y los trate como lo que son: crímenes imperdonables.
por Mario Morales | Abr 4, 2017 | Blog, Opinión
Por Mario Morales
Es una suerte de esquizofrenia. Porque son cosas que uno espera y sin embargo no dejan de sorprender, a veces por el resultado, a veces por la forma en que suceden. (Publica El Espectador)
Cuando ya estábamos resignados a pasar a la historia universal, —esa aque se debate entre en la infamia y la de los casos jurídicos perdidos—, por una codena de cohecho con un solo culpable, aparece el exministro uribista Diego Palacio queriendo entrar por la puerta angosta de la Jurisdicción Especial para la Paz. Si bien no se autoincrimina, pide de manera oportunista que su caso sea revisado por ese tribunal para recibir los beneficios de la justicia transicional.
La confusa ocurrencia adquiere dimensiones de ficción con la justificación de tal acto: dizque porque tenía que ver con el conflicto armado. Con ese argumento tan traído de los cabellos caben todos los inculpados del país…
…Es entonces cuando uno entiende por qué la derecha megalomaníaca llega a extremos de culpar a la guerrilla del desastre ocurrido en el Putumayo… O que el país entero marchó el sábado pasado…
Sabíamos de la necesidad de una garganta ancha para tragarse los sapos que venían. Lo que no imaginábamos era que los primeros en querer beneficiarse con los acuerdos jurídicos emanados de la mesa de La Habana, fueran a ser precisamente los críticos del proceso de paz.
No serán los únicos. Ya viene el cortejo con sus claros clarines de más de 800 investigados y condenados de la fuerza pública que quieren acogerse a la JEP.
Pero habrá daños colaterales si el tribunal exige la verdad que se necesita; por eso la incomodidad de Uribe y su ataque al secretario de la JEP. Pronto ese será un “hecho alternativo”.
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Tampoco fue una sorpresa que Germán Vargas Lleras apareciera liderando la encuesta de Pulso País, después de la cacareada, costosa y rimbombante despedida de la Vicepresidencia. Lo que resulta increíble es que quieran achacarle el repunte a la exclusión de Oscar Iván Zuluaga de la carrera presidencial.
por Mario Morales | Mar 28, 2017 | Blog, Opinión
Por Mario Morales
Lástima que la platica de ciencia y tecnología se evapore en carruseles literales como los asaderos de pollos, según denuncia reciente. Y con la falta que hace para investigaciones como esa de la vacuna contra el pesimismo que tanto necesita el país en estos momentos de convalecencia y dolor. (Publica el Espectador)
Se requieren entre nuestros compatriotas varias dosis de esa vacuna con la misma voluntad que se combate el tétano o la fiebre amarilla, que ahora se requiere en cada viaje más allá del río Bogotá.
Los primeros que la necesitan son los que devengaron el salario mínimo el año pasado. Ahí están vivitos y coleando muy a pesar de que ahora el Consejo de Estado resolvió, un año después, que el incremento decretado era insuficiente. Hay que tener fe en los genios que asesoran al Gobierno con esos cálculos.
También son candidatos los usuarios de Transmilenio que cada vez que hace sol utilizan los bloqueadores del sistema solo para dañarle el día al renovado y ahora humilde alcalde, que ha tenido que interrumpir la exhibición del “rénder” del futuro metro con tanta pedidera de disculpas. Que se acuerden los usuarios cómo era transportarse el siglo pasado o el antepasado.
Necesitan una dosis los 140.000 nuevos desocupados que quizá no conocen los subsidios estatales y las delicias del ocio remunerado. ¿Acaso no han visto cómo vive la mayoría de congresistas y concejales del país?
Pero que queden muestras para tanto pretendido colombianista, como el tal investigador gringo Stephen Randall, que anda desinflando a todo el mundo con el cuento que no se resolvieron las causas que originaron la insurgencia. No entiende que acabada la insurgencia no hay causas ni necesidad de buscarlas.
Y que reserven refuerzos de la tal vacuna para el presidente y el Centro Democrático a ver si terminan esa insufrible partida de póker con cartas secretas y expuestas que suma 90 meses. Si supieran lo efectiva que es. A mí me dieron una muestra gratis y miren no más…
por Mario Morales | Mar 21, 2017 | Blog, Opinión
Por Mario Morales
No, alcalde, no va a ser suficiente con las disculpas por el retraso de ocho años y el sobrecosto de $127.000 millones en el túnel de la calle 94 de Bogotá.
Y no es suficiente porque el gesto encierra más el tufillo de lavatorio de manos, al estilo Pilatos, por las responsabilidades de una obra que terminó convertida en un monumento al desgreño, la corrupción y la politiquería, como lo fue en el pasado el intervenido puente de la 92. (Publica El Espectador)
Y porque representa el espejo retrovisor del cual no se ha querido desprender la actual administración, sin entender que con ello no solo polariza, sino que obliga a ciudadanos y funcionarios a comparar ejecutorias y estilos de administración, encerrados en un pasado del que pareciera que no se quieren separar.
De la hostigante verborrea de los que están y de los que se fueron ya está cansada la ciudad, especialmente en días críticos como el de ayer en el que la lluvia puso en jaque la movilidad y la paciencia de los bogotanos.
El “no fui yo”, el ”fue a mis espaldas”, el “hasta ahora me entero” y demás frases de cajón de nada sirven ante las urgencias de una urbe que, como lo señala el Ideam, está en alto riesgo de inundaciones cuando acentúe el invierno.
Sin profundizar en otros proyectos parados o en cámara lenta como la implementación del servicio de bicicletas públicas o el parque bicentenario que le están costando a la ciudad, según investigación de Caracol Radio, cerca de $270.000 millones.
Y mejor no hablemos de la frustrante falta de metro y sistemas de transporte decentes y seguros…
Si algo necesita esta ciudad son investigaciones que delaten a los responsables de esos actos vergonzosos, y después gerencia tangible para destrabar la ciudad del atolladero en que se encuentra.
Lo demás, alcalde, suena a eso, a disculpas por no estar tono con las exigencias de una ciudad que ha cambiado radicalmente en los últimos 20 años y requiere administraciones que “comprendan” sus retos.
por Mario Morales | Mar 20, 2017 | Análisis
Este caso, que ha vuelto a ser noticia, no solamente muestra las fallas de la justicia, sino ante todo los grandes defectos del periodismo y la ligereza de sus audiencias al analizar la información que reciben. (Publica Razón Pública)
Por Mario Morales
“[Los espectadores] (…) llegan hacia la mitad del tercer acto y se marchan antes de que caiga el telón, quedándose el tiempo suficiente para decidir tan solo quién es el héroe y quién es el villano de la función”: Walter Lippman
Todos perdimos
Fiel a su estilo, el culebrón del caso Colmenares se sigue mordiendo la cola. No podía ser de otra forma. Gestado como la serie de no ficción más duradera y truculenta de lo que va de este siglo en Colombia, no podía tener un entierro de tercera. No podía haber punto final para las múltiples conjeturas que se han ido produciendo y enredando entre sí.
El fallo reciente de la juez Paula Astrid Jiménez donde absuelve a Laura Moreno y Jessica Quintero por la “extraña muerte” de Luis Andrés Colmenares, dejó en ascuas al país justiciero que anda en busca de culpables. También dejó inquietos a quienes esperaban un desenlace, y escépticos al resto, que no saben si la decisión de la justicia es una verdad a la cual aferrarse o una provisional, ahora que se anuncian apelaciones de los familiares y de los organismos nacionales de control.
Pero, sobre todo, el caso Colmenares dejó la sensación de que después de los 2.300 días de estar “al aire” este melodrama, todos salimos perdiendo: acusados, acusadores, abogados, Fiscalía, Bomberos y testigos. También los medios, y a través de ellos la audiencia, que sin querer queriendo construyeron una historia paralela sobre la base de los juicios a priori, las declaraciones, las filtraciones y la imaginación, y que parece no tener nada que ver con las 278 páginas del fallo que resumen el caso.
Varios hechos se convirtieron en hitos en la cadena de misterio y truculencia que atrajo a medios y espectadores, que siguen oscilando entre la satisfacción y la frustración con cada giro del caso:
El desorden de los fiscales;
La extralimitación de funciones de la oficina de prensa de la Procuraduría, que se adelantó al diagnóstico;
La aparente negligencia del cuerpo de Bomberos que atendió el caso el lluvioso 31 de octubre de 2010;
La versión del médico forense y exdirector de Medicina Legal;
La verborrea del segundo fiscal;
La inclusión del matiz racial y luego de los celos como causas del presunto asesinato;
Las dudas, contradicciones y posterior condena a falsos testigos;
El juicio y absolución de Carlos Cárdenas, uno de los implicados;
Los errores en la cadena de custodia;
El ocultamiento de pruebas, y
El fallo absolutorio de las jóvenes Moreno y Quintero por falta de pruebas.
Ese discurrir de los acontecimientos deja mal parada a la justicia colombiana, que en medio de tantos ires y venires deja la sensación de no ser garante para las partes en litigio y de no estar preparada para aclarar este tipo de casos que son el pan nuestro de cada día.
Acontecimiento periodístico
Justicia en Colombia, caso Colmenares.
Foto: Twitter @lcolmenaresr
Desde el punto de vista periodístico, el caso Colmenares es un fenómeno narrativo que, sin proponérselo, está en el centro de la creación colectiva, a tono con la ecología digital contemporánea. Esto se debe a varias razones:
El caso Colmenares es un fenómeno narrativo que, está en el centro de la creación colectiva.
Al grado de identificación que producen las narraciones de este tipo de violencia, donde todos nos sentimos con derecho a ser juez y parte;
A las connotaciones conspirativas que llevaron a asumir el conflicto como lucha de clases o como triángulo amoroso y a suponer el tráfico de influencias;
Al morbo aumentado por el misterio y la zozobra; y
A la facilidad que hoy brindan los medios digitales para el debate y la expresión de las opiniones e indignaciones –en todos los tonos y matices–, lo que ha convertido el tema en comidilla habitual.
Igualmente, el relato ha sido contado por muy distintas fuentes que se fueron cediendo el turno para alimentar el mito. Voces, imágenes, entrevistas, columnas y puestas en escena están hoy disponibles para quienes llegaron tarde a la función y para quienes siguen ávidos de contenido, que además podrían ser audiencias para la publicación de libros y la emisión de series televisivas que ya se anuncian.
Pero, sobre todo, este caso ha sido tan difundido porque permite esa práctica humana, tan vieja como la palabra –y hoy otra vez de moda con el nombre de posverdad–, de privilegiar las emociones y las creencias propias antes que los hechos y las pruebas irrefutables. Práctica que ha sido fiel acompañante de la crónica roja en nuestro suelo.
El caso Colmenares es el mejor ejemplo de las construcciones sociales de la realidad degeneradas por la exacerbación de las emociones, la difusión mediática de verdades a medias, la excesiva cercanía con las fuentes y la fácil toma de partido por parte de los medios. Todo esto impulsado por la cada vez más frecuente –y equivocada– práctica de creer en las supuestas mayorías de las redes sociales.
Vuelven a salir a flote las dificultades y carencias de la crónica roja, un género que ha modificado algunas de sus prácticas -que en un principio fueron más cercanas al periodismo de baranda y de corte detectivesco donde el reportero iba armando el rompecabezas con trabajo de campo y aporte de pruebas, a veces, por desgracia, de su propia cosecha-. La deuda pedagógica del periodismo que va quedando en evidencia con el caso Colmenares tiene que ver con:
El carácter reactivo de los medios;
La confianza ciega en las pruebas sobre las causas violentas de la muerte del joven Colmenares, que llevó a los medios por el camino de las aseveraciones apresuradas;
La dependencia de la fuente oficial, puesta de manifiesto en la reverencia que aún se siente por la Fiscalía y sus representantes, que son apenas una parte del proceso de investigación criminalística y no la conclusión del mismo;
El espíritu ególatra y vanidoso de algunas fuentes y abogados que quisieron aprovecharse de la luz dura de los medios para beneficiar su imagen y proyectos personales;
La premura por publicar, en lugar de ayudar a entender el enigma, generó confusión y desinformación. La opinión y la emoción volvieron a ganarle a la razón y a la ponderación.
La moralina volvió a contaminar las narraciones. A veces por simpatía de los redactores, a veces para dar gusto a las multitudes airadas.
Del mismo modo, las suposiciones difundidas por los medios de comunicación llevaron a veces a equivocaciones de las partes de la investigación y al desconcierto de sus propias audiencias, que parecían más interesadas en la noticia deseada que en conocer la verdad, así fuera por fragmentos.
Queda en el aire, con razón o sin ella, un tufillo de impunidad sumado al interrogante que debe formar parte del autoexamen de los medios: si el periodismo debe estar del lado de las víctimas, aparte del joven Colmenares, ¿aquí quiénes son las víctimas?
Narrativas vendedoras
Laura Morena y Jessica Quintero, implicadas en el caso Colmenares.
Foto: Canal Capital
El caso Colmenares completa ya cerca de medio millón de entradas en buscadores populares como Google. Por métricas digitales y por la importancia del tema de la confrontación social y del poder de los afectados, es comparable con el caso de la violación y asesinato de la niña Yuliana Samboní, que también despertó en los medios el espíritu justiciero. Gracias a la pronta reacción de las autoridades y a la confesión del asesino se le cerró el paso al morbo, aunque seguirá vigente mientras se conoce la condena el victimario y la suerte de sus familiares.
El caso Colmenares es el mejor ejemplo de las construcciones sociales de la realidad.
Por otra parte, el caso Colmenares se diferencia en vigencia e impacto de otros casos como el empalamiento y asesinato de Rosa Elvira Cely, que causó estupor y rechazo pero que por sus escasas aristas no logró posicionarse por mucho tiempo en la agenda de los medios ni en la conversación de las audiencias. Quedó, no obstante, como una bandera para los defensores de derechos humanos y para los activistas contra la violencia de género.
El caso Colmenares parece no tener final. Los puntos suspensivos que pone el reciente fallo absolutorio nos llevarán sin remedio a las tramas secundarias, aunque sin la misma visibilidad mediática y, por ende, sin la misma emocionalidad de estos largos seis años. Quedan en cartelera las apelaciones, eventuales demandas por daños y perjuicios, las investigaciones a fiscales y forenses y hasta a los 5 bomberos que “atendieron” el llamado de emergencia aquella noche fatídica.
El caso Colmenares sigue en la penumbra. La falta de certezas devuelve al caso el rótulo que le puso el primer fiscal luego de un año infructuoso de investigaciones: “muerte por establecer”. La historia sigue.