Modelo para armar

Por Mario Morales

Desde afuera puede parecer interesante, pero desde acá, entender o explicar la realidad colombiana suele ser agobiante.
Cómo explicar, por ejemplo, que el de las TIC sea el ministro con mejor imagen del muy mediocre gabinete de Santos, según encuesta del Centro de Consultoría. Y no es que haya otro que merezca estar por encima de ese sorprendente 58 % a favor de David Luna, a quien se le concibe en el sector como una figura ausente, de paso, en busca de otras “dignidades”, de los que “saben hacer fila”, sino que su labor ha sido gris, ambigua y sin mayor incidencia nacional. (Publica El Espectador)

O cómo entender el despliegue al programa de “gobierno” del entrante fiscal Néstor Humberto Martínez, como si quien resultara elegido para dirigir el ente acusador fuera la cabeza del poder Ejecutivo y no un funcionario con dos roles específicos: disminuir el delito, la impunidad y la corrupción a sus justas proporciones, y devolverle a la figura de fiscal el talante serio, silencioso y efectivo con el que se soñaba hace 25 años.

Y cómo comprender el mal llamado incidente entre Fuerza Pública y Farc en Uribe, justo cuando el proceso de diálogo pasa por el momento más frágil frente a factores externos, así la dinámica interna de la mesa sea la más sólida en estos casi cuatro años. Inexplicable cómo las dos partes dan papaya en los hechos y en las declaraciones, a sabiendas de que las disidencias, sobre todo las más oscuras, están agazapadas a la espera de que los procesos formales —como el fallo sobre el plebiscito o la refrendación misma— hagan agua para dar los zarpazos que impidan el acuerdo.

Quizá las razones residan en la misma fuente donde nacen la imagen favorable de Uribe, la resonancia a los descaches del procurador, el voto de los mayores de 35 años por Peñalosa, las largas que se le han dado al paro camionero o la terquedad de Óscar Iván Zuluaga y Pacho Santos de querer estar en el partido donde los desprecian… Todo un modelo para armar.

¿…y los demás?

Por Mario Morales.

La siguiente meta no puede ser el plebiscito. Hay mucho por hacer mientras refrendamos el acuerdo de paz con las Farc. La primera tarea para todos es no caer en la trampa de la guerra intestina de élites que acertadamente describe María Jimena Duzán. (Publica El Espectador)

Lo segundo, desarmar la palabra. La verbal, la digital, la escrita, la viral. Y no es sólo asunto de medios o de academia. Mientras más se ponen de acuerdo en La Habana, como lo demuestra la renuncia de las Farc a la extorsión, no es posible que se amplíen las brechas entre ciudadanos enfrascados en confrontaciones inanes y sectarismo desueto.

Un paso inicial es reemplazar verbos como ganar o perder para evitar esa visión maniquea en que nos han metido falsos liderazgos recientes. Es menester dejar de clasificar el entorno entre blanco y negro sin considerar las policromías.

En el exterior, desde donde escribo, lo que más nos critican es el tono futbolero de las opiniones, el reduccionismo conceptual, las generalizaciones, el simplismo.

Hay que correr el riesgo de pasar por aburridos; la esencia de nuestra conversación no puede ser dramatizar y espectacularizar o morir. En el debate sobre el plebiscito también caben el “sí, pero…”; “Sí, aunque…”; pero también el “no” sereno, con condiciones, y claro, el escepticismo.

El “sí” no es una batalla contra quienes piensan distinto, no es una eliminatoria nacional. El sí, y esa es la importancia del tono, es una puerta que se abre, en medio del disenso.

Por eso, el proceso con el Eln no se puede limitar al tremendismo del “ahora o nunca”. No es momento de ultimátums, o de dilemas como “negociación vs aniquilación”. Ya sabemos que si no es ahora, luego habrá otras opciones. La historia es cíclica.

Y también hay que prever otros escenarios. No será la hecatombe ni el momento de echar reversa si la Corte no aprueba, si la mayoría no se encuentra representada en las urnas. Habrá alternativas y nuevas oportunidades. De eso se trata la paz.

La voz activa

Por Mario Morales.

Tienen razón el padre Francisco de Roux y los otros 41 ciudadanos de “La Paz Querida”, el movimiento en pro de una ética ciudadana, de que lo está en juego en estos momentos no es el futuro de Santos ni de Uribe, ni siquiera de Humberto de la Calle. (Publica El Espectador)

Superada la parte dura de la agenda de La Habana, no podemos ser tan miopes y cortoplacistas como para quedarnos discutiendo sobre la gala de la firma final, las orquestas que amenizarán la fiesta, o la etiqueta de los invitados que aplaudirán “a rabiar”

Ya que el Gobierno no pudo, le tocó a la sociedad civil dejar la voz pasiva, comprender los alcances de los acuerdos, proponer y liderar cambios que eviten el reciclaje de las violencias acunadas por prácticas interesadas y corruptas. Pero sobre todo propiciar que el proceso tenga su cariz verdadero, el de punto de partida

Iniciativas hay como esa de La Paz Querida, que pone el acento en la dignidad humana, o la de la Fundación Paz y Reconciliación, que impulsa una reforma de fondo aprovechando el ítem incompleto de participación política que se debate en Cuba, y que no se puede quedar en las calenturas de las nueve curules directas a las Farc o plebiscitos de trámite, sino que vaya a ámbitos más de fondo como los de organización política, financiación de partidos y sistemas electorales.

El paso a seguir no es de las marchas de la victoria o los desfiles en carros de bomberos con lluvias de palomitas blancas, propios de masas desinformadas, sino la organización social con intervención de movimientos, iglesias y academia en la perspectiva de generar ideas e impulsar proyectos que incidan en nuevas políticas públicas.

Ya que no nos preparamos para este reto histórico, es hora de intentarlo.

No perder el rumbo

Por Mario Morales.

Nada es improvisado en lo que dice el presidente Santos por absurdo que parezca. No se trata de chispoteadas, ni de impromptus o fallas de teleprompter, como dijo Antonio Navarro. (Publica El Espectador)

La amenaza de la guerra urbana, la advertencia, este lunes, de los costos económicos de seguir en el conflicto, con el tal plebiscito de por medio, y el anuncio inconsulto de que el 20 de julio es otro día “D” para la firma, forman parte de uno de los platillos de la balanza de su nueva estrategia, para equilibrar la campaña bucólica y almibarada del “sí a la paz”.

Pero no por intencional es afortunada. Puede que la estrategia le funcione. El miedo rinde sus frutos, como lo sabemos los colombianos bajo la sombra uribista y otros especímenes durante dos décadas.

Pero recurrir a las bajezas de la propaganda emocional de las derechas dislocadas, tocando las fibras del instinto y la supervivencia, así sea para darle a tomar de su misma medicina, no le hace bien al proceso en el mediano plazo, porque le hace perder autoridad moral.

Se entiende la saturación cercana a la desesperación en el Gobierno por el sirirí aterrorizante de la falange opositora que dispara todos los días desde todos los flancos. Pero ese tipo de propaganda solo se puede derrotar con la razón, con los argumentos y con la lógica de los hechos. Que es más demorada que el chantaje, es cierto. Que las calendas apremian, es verdad. Pero la paciencia es virtud de los estadistas en momentos cruciales como éste en los que el acuerdo está cerca, aunque faltan los finos detalles de dejación de armas, control de paramilitares, avales de seguridad para la guerrilla, así como el cese bilateral. Es mucho si se mira lo delicado de esos asuntos y es poco comparado con el largo trayecto de estos casi cuatro años.

Ya que los guerreristas no han podido, que los asesores no saquen del rumbo a Santos, y menos con intimidaciones disfrazadas que salvan la coyuntura, pero destruyen la coherencia que es el soporte moral de lo que se viene.

Para olvidar

Por Mario Morales.

Y así, como si fuera un antiséptico, se ha ido colando esa manera tan nuestra de dar cuenta de lo que está pasando como si no quisiéramos que estuviera pasando. O como si creyéramos que decirlo o nombrarlo hace más daño que la misma crudeza de los hechos. (Publica El Espectador)

Por eso no es extraño escuchar al Mindefensa más ocupado en resignficar la etiqueta de los Úsuga, que era como conocíamos a los urabeños, y que ahora han pasado a convertirse en el Cartel del Golfo, como si golfo hubiera uno solo y como si ubicarlo fuera encarnar el mal.

O no es raro oír a los comentaristas, atragantados con esa papa caliente, llamando “polémico gol” a lo que fue una verdadera estafa, una auténtica vergüenza, un insólito robo en el partido Brasil-Perú, y agravado si hablamos de los imaginarios modeladores del deporte. Hasta se oyó decir a especialistas que “qué bueno, que de vez en cuando también roben a los grandes, a los que presuntamente robaron en el pasado”.

Y se volvió común seguir llamando resistencia civil a lo que es un inhumano boicot al proceso de paz. Como es frecuente que se siga llamando “la paz” al “proceso de negociación con las Farc” o “posconflicto” a lo que se viene, sin ponernos a pensar en su utopía.

Y así vamos, viendo cómo denominan “intervención” a lo que no es más que una espantada de consumidores que se han ido a “refundar” (ellos también aprenden) sus Bronx y sus Cartuchos y sus Cinco Huecos donde quiera que los dejen aspirar.

O cómo denominan espectáculo taurino (cuando no insólitamente arte) a ese acto de barbarie que nos describe como sociedad mejor que cualquier estudio.

O cómo seguimos llamando errores a los delitos de esos criminales privilegiados que han pasado a la posteridad en las letras de imprenta como empresarios.

Sí, nombrar se ha vuelto un delicado ejercicio ya no de significación sino de conjuro, cuando no de distanciamiento. Nombramos para olvidar.

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