De rabias, rencores e intolerancias
Por Mario Morales
Una cosa es hacer política con la rabia, otra dejarse llevar por ella. En el primer caso esa emoción, asociada a indignación, es estrategia para vehicular sensaciones colectivas. El político bebe o hace como si bebiera de ella y la transfunde en pegante social.
En el segundo caso el gobernante es presa de la exaltación, asociada a la ira, a lo visceral, que le hace perder el control y lo arrastra a terrenos de la vindicación, donde se confunde lo personal con la ideología.
La historia recuerda al séptimo presidente estadounidense Andrew Jackson, famoso por sus duelos; al irascible y rencoroso Richard Nixon y, como no, al Trump salido de casillas, especialmente frente a preguntas incómodas. Hay más ejemplos, casi siempre relacionados con autoritarismo.
No son pocas las veces en las que el actual presidente pareciera navegar en las aguas brumosas de esa rabia como se puede deducir de su abrupta decisión de prescindir del director del Dane, cuyo único error fue reconocer que no hubo manipulación de cifras en el pasado gobierno. Un mensaje preocupante que deja ver que no solo van por las imágenes, las palabras sino también por las estadísticas.
Expresión de enfado profundo fue la orden de levantarse de las mesas de empalme que hoy tanta falta hace y que no suple el libro de la Verdad, que ha tenido tan malograda vigencia.
Manifestación de enojo ha sido la actitud frente a Uribe, Paloma y su partido luego de que se negaran a recibirlo como precandidato en épocas de campaña.
Muestras de furia se vieron durante sus entrevistas de radio de entonces o debates como con Ariel Avila. O cuando interrumpió su intervención en Montería porque alguien hablaba por teléfono.
Es el síndrome de Hubris, como se le llama en sicología política a la intolerancia a escuchar, a la crítica o al disenso, como lo sabe el gobernador de Nariño o quienes, sin filiaciones políticas trabajaron en el gobierno pasado.
Y es que en este trastorno explosivo intermitente es un torbellino en el que hay un paso de la rabia al rencor y otro de allí a la venganza que no deja ver que, en estrategia, la rabia es mejor producirla que sentirla.
Sobre Fajardo y las percepciones
¿Era esta la nueva normalidad?
Por Mario Morales
Nunca imaginamos que la nueva normalidad iba a ser esta, la de los más de 500 muertos diarios sin que nadie, salvo sus deudos, pestañeara. Suspirar, persignarse, mirar para otro lado y olvidarse cada noche de esa cifra, que sube o baja como la cotización de una divisa. Un albur, un juego de azar permanente para contagiarse, hospitalizarse, ir a urgencias o a camas UCI. En Bogotá quedan pocos boletos. (Publica El Espectador)
Esa normalidad de los desaparecidos. Que son 91, dice el reporte oficial, por lo tanto incompleto. Pero no son tantos, truenan los indolentes en las redes. Sin contar otros 135 sin mayores datos. Desaparecidos entre los desaparecidos. Todo pasado fue peor, remilgan algunos en busca de consuelo.
Esa normalidad de muertes violentas en las calles, heridos, golpeados, ojos perdidos y sangre derramada. De los bloqueos, de las refriegas, de los estruendos como un telón de fondo, como una banda sonora a la que las ciudades se han ido acostumbrando mientras van de compras, comen helado y golpean en las puertas de los bares.
Esa sordina de los mendicantes, los rebuscadores, los debutantes que ensayan frases para conminar a la compasión, de los veteranos de mil crisis esperando las migajas, en medio de la insensibilidad, los audífonos a todo volumen o la cruel indiferencia.
Esa normalidad de los grafitis y las pancartas en los días, y muros blanqueados, hipócritas y censurados en las noches. De los pretendidos nuevos uniformes para disimular conciencias y maquillar a brocha gorda los desmanes y oprobios.
La de las arengas reclamando justicia, opacadas por los gritos de gol de una selección que dejó de serlo el día que traicionó el sentimiento nacional para sacar a un técnico y vuelve a hacerlo cada vez que patea hinchas con su silencio inexplicable.
Esa nueva normalidad que ahora empieza, sin que nadie entienda cómo ni por qué, en medio de este olor creciente a muerte, sangre y miseria que nadie quiere percibir con sus múltiples tapabocas, que les hacen creer que no están contagiados solo porque nunca tuvieron olfato.
Procrastinando
Nunca van a ser una mala noticia una tregua o un cese unilateral del fuego por más cortos o repetitivos que sean.
Ya sea por la posibilidad inmediata de salvar vidas o por la tranquilidad temporal que suscita, el anuncio del Eln se traduce en una pequeña luz de esperanza en estas festividades para los habitantes de su zona de influencia.
No obstante, estos gestos, que antaño fueron entendidos como cuotas en el proceso de ganar confianza con las autoridades y de generar corrientes de opinión favorables, han ido perdiendo fuerza y significado.
No tanto, claro está, para que sean recibidos con tal displicencia, como lo fueron, por el presidente Duque. Es cierto que a esa guerrilla le falta dar pasos más convincentes en relación con el secuestro, por ejemplo; pero recibir con cajas destempladas el anuncio, con el pie de página de que los líderes elenos siguen sentados a la mesa en Cuba, es miope y reiterativo en ese aburrido y peligroso juego de ajedrez en que andan Gobierno e insurgencia.
No se trata de pedirle contraprestación a la fuerza pública en el mismo sentido, sino de liderazgo y claridad del Ejecutivo, como lo pide la Comisión de Paz. Sobre todo, ahora que fue prorrogada por otros cuatro años la ley de orden público que le permite al presidente retomar los diálogos y hacerse a la iniciativa de manera perentoria, en la idea de que cada día que pasa va en contra del proceso y contra los ciudadanos que están en medio.
Tienen razón quienes mantienen prendidas las alarmas por la cooptación de espacios que antes fueron de las Farc, pero también porque, mientras siga vigente, el Eln será una opción preocupante para quienes se desmovilizaron y afrontan el incumplimiento gubernamental de los acuerdos firmados hace dos años.
Sorprende ver la diligencia del Gobierno en asuntos que no son urgentes como el proyecto de las TIC, en contraste con su ya proverbial procrastinación en temas importantes como el de la paz que no se termina de consolidar.
No podía ser peor
El único hueco en el sector fiscal, por ahora, parece estar en la idoneidad de los funcionarios a cargo de las finanzas del país.
Más que preocupante, ha sido bochornoso el desgaste por los tiros al aire por parte de quienes, se creía, estaban preparados para guiar al país en materia económica.
Comenzando por el espejo retrovisor, presente en cada patinada del nuevo Gobierno. No solo le mintieron a la opinión pública instalando en el imaginario ciudadano esa falsa etiqueta, pues el tal hueco fiscal nunca existió, sino que montados en ese enclenque caballo de batalla quisieron incrementar presupuestos a gusto y capricho en cada cartera, contradiciendo la falsa promesa de campaña de que no tocarían el IVA.
Desde entonces comenzó este tortuoso camino de propuestas, contrapropuestas, adendas, modificaciones y otrosíes a la desnaturalizada reforma tributaria, rebautizada con el nombre de ley de financiamiento, que hoy no es más que un esperpento con respirador artificial.
En esos ires y venires no solo han jugado con el estado de ánimo de los colombianos, crispado por la intención de gravar toda la canasta familiar, o de empresas e inversionistas que no saben a qué atenerse, sino con la agenda de inversión social que está a la espera de un guiño para arrancar o continuar en 2019.
A lo inviable de propuestas hechas por aprendices o técnicos, como si estuvieran experimentando en un laboratorio, como la devolución del IVA o la limitación al IVA descontable (que presuntamente viola tratados internacionales), solo para citar los palos de ciego más recientes, se suma la creciente oposición a una reforma hecha a tijeretazos, improvisada e irresponsable, como quedó demostrado en la redacción de la malhadada ponencia, puesta contra las cuerdas por la premura para ser agendada.
Como pasa en otros sectores, la incertidumbre y la indecisión no solo van en contra de la imagen gubernamental, que es lo de menos, frente a la desazón por falta de presupuesto y especialmente por el mensaje contradictorio y de animadversión que le queda a la población después de tanto despelote.
