Las viejas estrategias piloto

Por Mario Morales
¿Qué tienen en común la operación trumpista Lanza del sur sobre Venezuela y la insistencia en una presurosa encuesta, en apenas 3 semanas, del controvertido, camaleónico e intimidante Abelardo de la Espriella?
Se trata, mutatis mutandis, de la puesta en escena de una estrategia de propaganda política implementada en 1932 por Goebbels, cuando el partido Nazi estaba de capa caída, que documentó el teórico Jean M Domenach y que relata cómo el ministro de propaganda, ante la desbandada de prosélitos enfocó líderes y esfuerzos en unas elecciones parciales de un pequeño distrito, donde triunfaron e hicieron creer al resto de la nación que Hitler, a pesar del descrédito e incredulidad, estaba de vuelta.
En la idea de construcción de su propio mito nada será convincente si Trump no recupera influencia en su patio trasero, con el bonus track de una de las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo. Acudiendo al reflejo y a la inhibición condicionadas de Pavlov, mediante la amenaza de la fuerza aeronaval más poderosa del planeta y la zanahoria de la negociación en pos de una claudicación, así sea parcial, el presidente busca sentar precedentes para Colombia, México y otros países del área sin disparar un solo misil.
De la misma manera, el autodenominado tigre colombiano, aspira, montado en las liebres ilusorias de un evento minúsculo y unas presuntas encuestas mezcladas con apuestas, a aprovechar sus 15 minutos de fama y, pasando por encima de sus colegas de derechas, a convertirse inopinadamente en candidato de una pretendida coalición, en la que no cree ni él, antes que se le aparezca, como es previsible, un contendor que lo ponga en su lugar. Él y sus asesores saben que la visibilidad sin sustento es efímera.
Son, como lo denominan los cánones, estrategias piloto fundamentadas en el rumor político, aupadas por dinámicas digitales y el culiprontismo de medios y analistas que dan por sentadas especulaciones tendientes a crear fenómenos políticos con ayuda del inflamil, ya que nadie, por culpa de la ley y de la estigmatización de la oposición, le puede echar la culpa a las encuestas.
Por Mario Morales
¿Qué tienen en común la operación trumpista Lanza del sur sobre Venezuela y la insistencia en una presurosa encuesta, en apenas 3 semanas, del controvertido, camaleónico e intimidante Abelardo de la Espriella?
Se trata, mutatis mutandis, de la puesta en escena de una estrategia de propaganda política implementada en 1932 por Goebbels, cuando el partido Nazi estaba de capa caída, que documentó el teórico Jean M Domenach y que relata cómo el ministro de propaganda, ante la desbandada de prosélitos enfocó líderes y esfuerzos en unas elecciones parciales de un pequeño distrito, donde triunfaron e hicieron creer al resto de la nación que Hitler, a pesar del descrédito e incredulidad, estaba de vuelta.
En la idea de construcción de su propio mito nada será convincente si Trump no recupera influencia en su patio trasero, con el bonus track de una de las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo. Acudiendo al reflejo y a la inhibición condicionadas de Pavlov, mediante la amenaza de la fuerza aeronaval más poderosa del planeta y la zanahoria de la negociación en pos de una claudicación, así sea parcial, el presidente busca sentar precedentes para Colombia, México y otros países del área sin disparar un solo misil.
De la misma manera, el autodenominado tigre colombiano, aspira, montado en las liebres ilusorias de un evento minúsculo y unas presuntas encuestas mezcladas con apuestas, a aprovechar sus 15 minutos de fama y, pasando por encima de sus colegas de derechas, a convertirse inopinadamente en candidato de una pretendida coalición, en la que no cree ni él, antes que se le aparezca, como es previsible, un contendor que lo ponga en su lugar. Él y sus asesores saben que la visibilidad sin sustento es efímera.
Son, como lo denominan los cánones, estrategias piloto fundamentadas en el rumor político, aupadas por dinámicas digitales y el culiprontismo de medios y analistas que dan por sentadas especulaciones tendientes a crear fenómenos políticos con ayuda del inflamil, ya que nadie, por culpa de la ley y de la estigmatización de la oposición, le puede echar la culpa a las encuestas.

Nos vamos profesionalizando…

Por Mario Morales

 

Que no sean actividades reconocidas es una cosa, pero que por repetición se hayan ido profesionalizando lo demuestra el desmadre en el que nos tienen. Por eso cada vez es más difícil saber cuándo una protesta es genuina, cuándo es movida por actores embozados y cuándo podría estar guiada por mercenarios:  El caos como escuela.

Claro, hay niveles. Hay quienes se dedican a tirar piedra, lanzar bombas caseras y, en el colmo de la exaltación macondiana, a arrojar flechas. Y hay quienes con la mampara de un rol actual o del pasado, como algunos expresidentes, desde la amargura de su soledad con artritis, pretenden borrar su pasado pidiendo explicaciones que ellos no fueron capaces de dar. Actividad no solo indigna sino indignante en tanto que contribuyeron por acción u omisión a los males presentes.

Buscan profesionalizarse algunos opositores, candidatos a opositores y candidatos a cipayos que hacen suyos dislates trumpistas como si en algunos de esos señalamientos no estuviera incluida la nación entera. (Tiene razón la senadora estadounidense Jeanne Shaheen al calificar las amenazas como miopes y contraproducentes, aunque comparta preocupación por la ineficiencia del gobierno para frenar la producción de cocaína).

Más abajo están los oportunistas de oficio, otra suerte de mercenarios que, a punta de agravios y ultrajes, esperan reconocimiento de las métricas para formalizarse en esa otra profesión deleznable de parasitar toda la vida a costa del Estado.

Le siguen quienes, paralizando u obstaculizando, se dedican a la innoble cooptación de puestos y entrenan a hijos, consortes o familiares para que los sucedan en nombre dizque del sagrado derecho al legado.

Forman parte del entramado que reclama profesionalización los financiadores electorales en las sombras, jueces que comercian impunidades, revendedores de firmas, negociantes de avales, mercaderes de puestos en listas, transhumantes electorales, tasadores de votos…

Se entiende entonces que quieran crear “universidades” que puedan acreditar todo ese conocimiento y homologar toda esa experiencia que permita que los sigamos llamando doctores.

somos excepcionales

Por Mario Morales
Pierden el tiempo quienes quieren homologarnos con los seres humanos de otras latitudes, porque nuestro destino pareciera ir en contravía, si nos atenemos a los hechos de los últimos días…
Mientras en otras democracias serias, como Francia, los expresidentes hallados culpables van a la cárcel, como parias y sin objeción gracias al acervo probatorio, aquí los imputados gozan de prebendas y beneficios que no tienen los ciudadanos de bien. Y los aplauden.
Solo en este suelo, signados por la influencia del cangrejismo, creemos que toda gloria pasada fue peor y, presas de la mezquindad, que los logros, distinciones y premios, como el Nobel de paz, fueron efecto de un descache planetario o de un complot global.
Solo en estas latitudes se celebra al revés: el reencuentro con agresión, como en el día de la madre; el triunfo con violencia porque sin sangre no hay embriaguez y un acto de destrucción como sinónimo de progreso. No es sino ver el jolgorio por una implosión, dizque pionera, como en Puente Aranda, desconociendo que desde, por lo menos 20 meses, ya habían implosionado en Bogotá las basuras, cementerios, servicios públicos, movilidad y seguridad, como en el críptico mensaje de Gabo en La Hojarasca.
Solo aquí los tiempos electorales se viven a la inversa. Una vez tomadas las decisiones, el patrón de relacionamiento social es la agresión, manifestada en bates, armas de fuego y el peor glosario del diccionario mientras antes y durante las campañas es la condescendencia y el halago con los candidatos saltimbanquis, transformados, showceros, manipuladores y contradichos que en otro lugar clasificarían si acaso para un freak show.
Aquí la dignidad es sinónimo de patanería, de salirse con la suya; de pasar por encima de la ley, gracias a prontuarios y abusos; de reincidencia, de evadir el castigo, de tener la casa por cárcel, o por lo menos, hacer de la cárcel su casa; pero sobre todo de alardear por ello.
Sí, somos un pueblo peculiar que hizo de sus malos ejemplos un camino, de su desmemoria un método y de sus vicios una cultura.

¿Directrices para el gobierno o buenas prácticas para periodistas?, el reto comunicacional del gobierno Petro

Mario Morales

Ya estamos en temporada preelectoral. La cascada de directrices emanadas del gobierno Petro en días recientes revela dos estrategias:

  • el endurecimiento discursivo para mantener el —por ahora— disminuido apoyo popular;
  • el énfasis en relatos que exhortan emociones negativas para enfrentar reformas, investigaciones, escándalos y discusiones.

Las 33 directrices de la fiscal Camargo para proteger la protesta pacífica, las orientaciones dadas a los 1500 medios comunitarios reunidos en Armenia, los llamados para ambientar las asambleas y movilizaciones sociales de esta semana y la directiva presidencial para la interacción de funcionarios públicos con periodistas: todas indican que el gobierno ahora le apunta al lenguaje directo y confrontacional; a la reunión y unidad de sus bases, y a tamizar adhesiones y adeptos para recuperar la opinión pública y apuntalar la estrategia para los próximos veinte meses de campaña electoral —que ya palpita a fuego lento—.

Lineamientos de relación con la prensa

El cambio más sensible es la concentración en el manejo emocional del relato de Petro en redes sociales, de sus seguidores y de los contenidos que pasan por los

Por Mario Morales

Estamos en temporada. La cascada de directrices emanadas del gobierno Petro en días recientes deja ver, por un lado, el endurecimiento discursivo con el objetivo de mantener el, por ahora, disminuido apoyo popular y por otro, el desbalance intencional de los relatos con emociones negativas en relación con las positivas para enfrentar reformas, investigaciones, escándalos y confrontaciones con diferentes instancias del país.
Las 33 directrices de la fiscal Camargo para proteger la protesta pacífica, las orientaciones dadas a los 1500 medios comunitarios reunidos en Armenia, los llamados para ambientar las asambleas y movilizaciones sociales de esta semana y la directiva presidencial  para la interacción de funcionarios públicos con periodistas evidencian la restructuración del régimen comunicativo del actual gobierno que ahora le apunta al lenguaje directo y confrontacional, a la reunión y unidad de sus bases y a tamizar adhesiones y adeptos con el fin de recuperar favorabilidad en la opinión pública y apuntalar la estrategia para los  próximos veinte meses de campaña electoral que ya palpita a fuego lento.
El cambio más sensible es la concentración en el manejo emocional del relato del presidente en redes sociales, de sus seguidores y de los contenidos que pasan por los sistemas de medios públicos. Manejo que ahora se ha concentrado en azuzar emociones básicas como el miedo, la indignación y la frustración, condimentado con climas de opinión que nacen y se marchitan, como el de la socorrida constituyente, y se renuevan en la coyuntura como el golpe blando, y que cumplen a la vez la misión de tener ocupados a la oposición y a acérrimos críticos mediáticos.
Por eso acontecimientos que apuntan a emociones positivas y esperanzadoras como los once lineamientos de relacionamiento con la prensa nacional tienden a diluirse, primero por el empuje de la recurrente comunicación política basada en la crudeza y el instinto.
Segundo, porque si no fuera por los hechos, los excesos y los peligros del ejercicio periodístico deberían enfocarse en el llamado a cumplir lo que ya está escrito, con las correspondientes sanciones, sin correr el riesgo de convertirse en un pleonasmo del deber ser democrático del Estado, suficientemente expuesto en la constitución, leyes y normas, en términos de participación, pluralismo y diversidad.
Tercero, porque si no parte del ejemplo del alto poder, resulta como ya viene sucediendo, en un saludo a la bandera.
ERA NECESARIO
Si bien, en un país de tradición santanderista, amante de la retórica y la prosodia, lo que no está escrito y repetido hasta la saciedad no existe, el aval de la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión (RELE) de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en la construcción de la directiva presidencial refuerza el pedido a gritos de la sociedad por debates con altura atenidos a elementos básicos de respeto y ética como evitar la estigmatización y la discriminación de periodistas, los lenguajes de odio o las instigaciones a la violencia en el marco de referencia de la libertad de expresión, y reaviva el reclamo permanente por el acceso a información verificada, no contaminada y oportuna que permitan el papel fiscalizador de la prensa y su mandato de entregar información para que los ciudadanos tomen decisiones informadas.
De ello, así como también de no obstaculizar el trabajo periodístico de control social, garantizar el escrutinio de la función pública, o abstenerse de ejercer poder e influencia pública para censurar ideas, opiniones o información sobre las autoridades o los funcionarios, hay suficiente ilustración con quejas, denuncias y reclamos en estudios académicos, encuestas y en informes sobre la libertad de expresión en nuestro país, como los de la Flip, que en relación con la directiva dejan cifras preocupantes como  los 120 periodistas agredidos por funcionarios públicos el año pasado y con expectativas de superarlo este año, toda vez que ya se cuentan 90 casos así como como 51 estigmatizaciones a la fecha.
LO QUE FALTA
En lo que si queda en deuda el documento de la directiva es el espíritu de procuración. Eso de fomentar un ambiente de respeto, diálogo y tolerancia hacia todas las opiniones está claramente contradicho del presidente hacia abajo. Una cosa es que, como ya se ha dicho acá, haya un desequilibrio informativo en algunos medios, periodistas y quienes quieren parecerlo por sesgos, intereses personales, activismos y ramplona ignorancia y otra que haya señalamientos gubernamentales generalistas, simplificados y por ende ofensivos que terminan por herir la susceptibilidad y maltratar al gremio y sus audiencias.
Es cierto que quienes detentan el poder tienen no solo el derecho sino la obligación de aclarar desinformaciones, mentiras o calumnias para descontaminar la esfera pública, pero esa labor debe ser proporcionada, respetuosa y siguiendo las instancias de ley. Probar inconsistencias o construcciones periodísticas falaces o injuriosas debe ser una tarea distanciada de la ideología, la propaganda política, pero sobre todo de la personalización o auto victimización que termina nivelando por lo bajo el debate público en desmedro de la calidad informativa.
También está en déficit el gobierno en la propuesta de fomentar el libre intercambio de ideas, información y opiniones. Los medios públicos son un lamentable ejemplo de ello. Cerrado a una visión utilitarista de un proyecto político, se han alejado del interés público, de su misión institucional y del desafío de ser, por primera vez, medios ciudadanos, hoy otra vez confundidos con medios alternativos, partiendo de dicotomías partidistas y untados de moralismos a conveniencia. Los medios públicos, como el mismo ejercicio gubernamental deben ser de todos y para todos.  En eso se diferencian del millar y medio de medios alternativos que, como quedó claro en los discursos de instalación tienen una misión de difusión y orquestación del ideario petrista apoyados con pauta publicitaria. Si bien esos medios alternativos tienen todo el derecho a existir, el presupuesto publicitario debería incluir otras corrientes políticas, si de fomentar el pluralismo se trata como reza la directiva. Es extensión del mismo derecho de crítica del que habla el presidente, que no es otro que la misma libertad de expresión distanciada e incluso opuesta. Intentar separar esas libertades no es más que una estrategia retórica.
Así mismo la novena directiva, que habla de garantizar la existencia y el funcionamiento de canales de comunicación permanentes que permitan la interacción libre, oportuna y eficaz entre medios de comunicación y autoridades, no solo está en deuda, sino que, con la lógica de comunicación en redes, discursos in situ y réplica de esos discursos en pronunciamientos televisados, verticaliza el conducto y cierra el flujo informativo. Ese tipo de mediatización sirve a los propósitos de hiper emocionalización de que hablamos al comienzo, pero retrae la argumentación como vía de diálogo o gestión de disensos. Las ya casi jubiladas ruedas de prensa, las entrevistas a cara a cara, el diálogo formal e informal de gobierno y reporteros ayuda a clarificar la información, a zanjar diferencias, a resolver dudas y a comprender proyectos. Ahí de nuevo los medios públicos tienen una promesa incumplida.
La “X-dependencia” puede, además, jugar en contra del presidente, sobre todo ahora que en su rutinaria construcción de enemigos desafía a Elon Musk, dueños de esa red social. ¿Qué pasaría si como profetiza Petro, cierran su cuenta? ¿se derrumbaría la estrategia y quedaríamos a expensas de medios alternativos, medios públicos, alocuciones y las infaltables bodegas?
LOS MATICES DE LAS RECOMENDACIONES
Pero también en las recomendaciones que incluye la directiva hay rendijas. La segunda de ellas habla de las acciones frente a “información contraria a la verdad, parcializada, descontextualizada o estigmatizante, o que vulnera los derechos de una población, deben brindar información suficiente para la rectificación, complementación o corrección necesaria, sin recurrir a la descalificación o descrédito”. ¿quién determina lo que es verdad o no lo es? ¿cuáles son los criterios gubernamentales para determinar que es parcializada o estigmatizante, más aún cuando se trata de noticas en desarrollo? ¿a través de qué medios? ¿con cuáles estándares?
Se habla también de liderar un programa integral de capacitación para las áreas de comunicación de la administración pública y de formación necesaria para cumplir con los estándares establecidos en esta directiva. Liderada y realizada desde adentro es corre el riesgo de terminar de politizar los contenidos informativos. ¿Por qué no aparece la academia y la sociedad civil experta en estas instancias, más aún cuando se habla de participación e inclusión?
Sí. Algo es algo frente a la aridez en la relación del gobierno con la prensa que parece deteriorarse cada día. Apropiar e implementar esas directrices prácticas es el reto del presidente y algunos de los voceros de su círculo cercano para corresponder a las organizaciones internacionales que ayudaron a construirlas, para que la propaganda no le gane a la información en la pugna por el apoyo popular, para que no se archive como otra manifestación de nuestro talante leguleyo distanciado de la realidad, para que una vez matizadas y complementadas, el balón quede en la cancha del periodismo, sus gremios, medios y trabajadores que no pueden se ajenos a su cuota de responsabilidad directa e indirecta en el calentamiento de la esfera pública y a los respectivos correctivos y oportunidades de mejora. Está bien la retórica, pero se necesita el ejemplo de las buenas prácticas. Si todos somos parte del problema…

El periodismo en Colombia: entre la hoguera y el estigma

Por Mario Morales

Sumario

Juegan con candela. Quizás creen que las instituciones, que han resistido embates centenarios y que todos dicen defender, no son inflamables. En la lucha por el relato de los tiempos que corren todos salen un poco chamuscados: los pirómanos de oficio que, con el pretexto de la oposición, son botafuegos de todo y por todo; el gobierno mismo  que, en lugar de ser una tea en defensa de la libertad de expresión, esparce gasolina a través de trinos presidenciales o de su mano derecha; activistas disfrazados de periodistas, periodistas transformados en activistas, políticos infiltrados en el periodismo, periodistas que quieren infiltrarse en la política, comunicadores fletados, tuiteros que se creen figuras públicas, posteadores que se creen influenciadores y las grandes bodegas de los dos extremos han contaminado de tal manera la esfera pública  y han arrinconado al buen periodismo, a las organizaciones y a los medios que hacen la tarea y los han puesto entre la hoguera y el estigma, en medio de tres guerras distintas y un solo caos verdadero.

***

El contexto

Lo nuestro es el conflicto, como lo sabe en carne propia, por lo menos, medio país desde que tiene memoria. Como se deduce con esas nueve cajas chinas que buscan dialogar con los armados ilegales. En el mismo origen o por el mismo efecto, junto a esa violencia interminable, asistimos escandalizados a otras guerras y por otros medios: la primera, la guerra por el relato, a sabiendas de que la historia ya no la escriben los vencedores, (como dice la manida frase cuya autoría se pelean Walter Benjamin, George Orwell y Winston Churchill), sino, como parece, quien tenga más likes, más bodegueros y más viralización.

La segunda, en continuidad con la anterior, la guerra por el control de la agenda pública que hace tiempo se llevó por delante la agenda mediática y la agenda política, por debilidad, ignorancia o falta de convicción de periodistas y políticos de oficio.

Y la tercera, la guerra por el poder, o lo que eso signifique, y que algunos asocian al poder gubernamental, otros al poder económico, otros al poder de hecho y otros al poder simbólico. En esos escenarios es necesario preguntarse en primera instancia quién ostenta el poder; si es acaso el gobierno que escasamente ha podido salvar las dos últimas legislaturas en su ambicioso plan de reformas; o si es la oposición en su rol de palafrenero en los procesos de cambio para insistir que las cosas se hacen a su modo; o si son las mafias enquistadas que siguen esquilmando el presupuesto ante el estupor general. En ese orden de ideas cabe interrogarse cómo se reconfigura el rol de contrapoder de los medios periodísticos y si debe vigilar a todas las expresiones mencionadas o se circunscribe, a juzgar por la posición de algunos medios, a la vigilancia del poder político, y que por su tono y obcecación se puede confundir con oposición ideológica, sobre todo si ese control se hace desde orillas con intereses políticos definidos y más aún, con intenciones proselitistas y electoreras.

El resultado de tantos frentes de batalla es este caos generalizado en el que, invocando diversos métodos que van desde la agresión y la violencia verbal hasta la legitimación de información mentirosa y engañosa, todos los contendientes dicen estar defendiendo la democracia, maestro. Habría que parafrasear a la derrotada Madame Rolland en la revolución francesa: Oh democracia cuántos crímenes se cometen en tu nombre”.

Tras de cotudos…

Como si fuera poco con la rampante crisis de los medios por razones de sostenibilidad, fragmentación, competencia, mercado y legislación, se ha desatado una guerra inédita contra los medios, desde algunos medios y entre algunos medios y periodistas que solían debatir sus diferencias en privado y parecer unidos en públicos. ¿Porqué?

Ya los espíritus estaban alterados. La sectarización creciente, el uso de la estrategia del escándalo como arma de comunicación política, la propaganda sucia, la pauperización del debate público y la suplantación del argumento por el insulto y la posverdad aumentaron la temperatura interna a límites insostenibles. La chispa la produjo el señalamiento del uso de tribunas o posiciones periodísticas como plataforma de futuras campañas. Chispa que se fue extendiendo con trinos frecuentes del presidente y su confrontación personalizada sobre la veracidad de publicaciones de periodistas o medios; con la construcción endeble de “casos judiciales” sobre decires, versiones, rumores o especulaciones; con la oposición abierta o velada de algunos medios, ya no solo desde espacios editoriales sino de realidades alternativas en las que los hechos fueron reemplazados por opiniones de fuentes de un mismo origen, cuando no de fuentes anónimas; con la construcción amañada del vox populi; con el abuso de la presunción ya no para hablar de inocencia, como instancia garantista, sino de escudo para sentenciar responsabilidad y culpabilidad; con la instrumentalización del periodismo desde cargos públicos; con la cooptación del oficio para engañar o para mentir; con la confusión entre opinión pública y la opinión privada expresa públicamente; con la legitimación de la voz ciudadana como voz periodística; con la utilización de medios públicos con fines políticos regionales o nacionales y con la publicación  estudios como el del Reporte de Reuters y Oxford que dan cuenta de la baja de la confianza en los medios, hasta un 35%, y la consecuente evasión o huida de las audiencias, en un 44%, de los medios noticiosos ya fuera por exceso, miedo, ansiedad o la polemización fútil en X de ”la mayoría de las élites periodísticas, académicas, económicas y políticas, a menudo de modo tóxico y descortés”.

Hasta que llegó el conato de incendio: la estigmatización, por parte del presidente Petro a la Flip, uno de los pocos bastiones que tiene la libertad de prensa y de expresión en nuestro país. Con alusiones a un periodismo Mossad en asociación a filtraciones y espionajes de la agencia israelí, o  con injustas vinculaciones actuales con políticos de derecha, Petro optó por escalar las diferencias con algunos reporteros por razones de veracidad y comprobación de la información, a confrontación directa con la prensa en general, infamando sus organizaciones o atacando a periodistas renombrados por el solo hecho de preguntar.

Atacar a la Flip, cuyo mandato está enfocado en la defensa de los periodistas y el libre ejercicio del oficio, no solo fue desproporcionado, sino que puso en contradicción algunas de las actuaciones del presidente en el pasado en relación con el respeto por los derechos humanos ante instancias internacionales que, al unísono, CIDH, RSF, SIP y demás salieron en apoyo de la fundación colombiana, de quienes la lideran y de sus actividades.

¿Qué buscaba el presidente?

Por un lado, sentar un precedente contra esa “prensa hegemónica tradicional” y dar, de paso, un velado apoyo a medios alternativos y comunitarios de los cuales ha hablado reiteradamente pero no ha podido organizar. Por otra parte, elegir un “enemigo” calificado para desvirtuar periodistas en particular con los cuales ha sostenido frecuentes encontrones; pero, además, alinderar fuerzas con dos claros mensajes: quien no está conmigo esta contra mí, y los amigos o defensores de mis enemigos son también mis enemigos. Finalmente, y en medio de la confusión, abrir un debate sobre la necesidad de una instancia, en este caso la Flip, que diferencie el buen periodismo del mal periodismo y actué en ese sentido.

Era necesario que la Flip reafirmara, como lo hizo, cuál es su función específica. La otra, la que quieren endilgarle como tribunal, agente evaluador o calificador de la labor periodística la aparta de su competencia para ponerla en el ojo del huracán, como efectivamente ha venido sucediendo en las tendencias de redes sociales en las que sin asomo de justicia se ha puesto en entredicho la idoneidad de la organización y la honestidad de sus directivos.

Sin generalizar

Tienen razón los medios y periodistas en exigirle al gobierno, como lo hicieron a través de una carta firmada por decenas de reporteros y líderes de opinión, que haya garantías para el oficio y que cesen los ataques multiplicados por los áulicos digitales, que debilitan el ejercicio democrático. Como los medios, las redes sociales gubernamentales construyen realidad, generan o refuerzan imaginarios y legitiman representaciones que van más allá de la reputación y ponen en riesgo la integridad de los comunicadores, afectan su salud mental y alteran sus rutinas profesionales. No deja de ser paradójico que esos ataques a la prensa se den justo cuando se tenía prevista la expedición de una directiva presidencial, con apoyo de la CIDH, para prohibir la estigmatización gubernamental a los periodistas.

La respuesta a las investigaciones periodísticas no puede ser el insulto o la descalificación, y las preguntas, independientemente de su tono, no pueden ser respondidas con amenazas desde la prepotencia de los cargos y mucho menos con demandas de cualquier índole, que comienzan a configurar acoso judicial y tienen la nefasta intención de limitar y censurar, por otra vía, a los implicados y advertir a los demás colegas.

Es cierto que el escrutinio periodístico puede llegar a ser agobiante, pero es necesario en aras de la transparencia y la rendición de cuentas, más aún cuando el gobierno no cesa de verse envuelto en escándalos, investigaciones, polémicas y señalamientos, especialmente provenientes de fuego amigo.

Es cierto que espontáneos o políticos se han disfrazado de periodistas con interés particular pervirtiendo el interés público y contaminando la percepción ciudadana de este digno oficio. Una cosa es que la constitución garantice la libertad de prensa y otra que individuos sin formación o politiqueros con bajas pasiones utilicen el periodismo en venganzas, querellas o disputas ideológicas o se valgan de él para lograr reconocimiento público, seguidores y esquilmar la confianza de sus seguidores para saltar a la arena política. Peor aún que lo hagan a través de estrategias algorítmicas aprovechando el perfilamiento que hacen para explotar sus emociones. Como en otras profesiones y oficios, advenedizos e impostores deben quedar al descubierto.

Pero también es cierto que, en correspondencia con un ambiente sano de libertad de expresión, con el que el gobierno debe comprometerse, los medios y los periodistas están llamados a cumplir con los principios centenarios del oficio, más allá de los reclamos gubernamentales, tal y como lo dice el  artículo 20 de la Constitución, citado por el exmagistrado José Gregorio Hernández, y que consagra el derecho a informar sin censura que asiste a los periodistas, pero  también el deber de que la información sea veraz,  imparcial y comprobada.

Y aquí vuelve a tener razón la Flip, le corresponde a la sociedad civil, a la academia, a las defensorías de audiencias, a los observatorios de medios, a las veedurías ciudadanas y a los individuos informados servirle como contra peso a esos medios con una mirada crítica constructiva que ponga en evidencia malas prácticas legitimadas como la suplantación del periodismo de hechos por el periodismo de versiones y rumores; la contaminación del periodismo informativo por opiniones no pedidas y sesgadas del reportero; la “reportería” que pasa por encima de derechos consagrados como la privacidad y la intimidad cuando no hay afectación pública y devienen deshumanización, descalificación u ofensa; la ideologización de medios públicos en defensa o haciendo propaganda a gobiernos en ejercicio; la ausencia de calle, esto es, de reportería y presencialidad; el arribismo, el racismo y el clasismo mimetizados en el escrutinio y el seguimiento; la doble vida de personajes que sirven por una parte a intereses empresariales privados no confesados y en otras instancias se presentan como periodistas, columnistas u opinadores sin dar a conocer sus conflictos éticos o de intereses, llevándose por delante la perspectiva de verdad, afectando la memoria histórica y, lo que es peor, en contra de las víctimas de todas las violencias, como se ha denunciado recientemente.

Aún en medio de estas malas prácticas, nada justifica el estigma o la descalificación gubernamental y mucho menos generalizado con etiquetas como “la prensa” o “el periodismo” que pueden resultar incendiarias.

No sobra recordar que la columna vertebral del periodismo son sus principios que no son enajenables ni adaptables ni permutables, y que la médula de esos principios la componen la libertad de prensa y la libertad de expresión, un triduo que es, a su vez, más que soporte, sello y rostro de la democracia.

Por eso se extraña que en los llamados que viene haciendo el gobierno a la unidad y al consenso no haya mención a una zona de distensión con los medios, el periodismo y el mundo de la comunicación. Hay que comenzar a apagar el fuego. Todos somos bomberos voluntarios. El pluralismo del que tanto se habla, pasa por el respeto a la diferencia y por el diálogo franco entre gobierno y reporteros, aún aquellos que patean los estándares de calidad del periodismo: diálogo que debe estar mediado y en presencia de la sociedad civil, si es verdad que la participación está en la entraña del mentado acuerdo nacional y si es cierto que el objetivo es la paz, que sin el periodismo no puede ser total.

Los medios en el gobierno del cambio: ¿Vida o más de lo mismo?

Por Mario Morales

Asistimos a varias guerras simultáneas: la imaginada, sin registros audiovisuales consistentes en Gaza y Ucrania; la cacareada del cambio climático, con cifras apocalípticas cada comienzo de año: la de la desinformación, plagada de fake newss, propaganda sucia y lenguajes de odio; y la de la asignación de sentido a la historia del presente entre políticos mesiánicos, audiencia veleidosas, medios desconcertados y periodistas indignados porque perdieron protagonismo en la intermediación de la información. 

***

El periódico Vida que lanzó recientemente la presidencia de la república, y que sigue la huella de Humanidad, aquel que se publicó, sin mayor influencia cuando Gustavo Petro fue alcalde Bogotá, es una nueva batalla en esa pugna sin fin por el relato nacional entre los polos ideológicos que nos separan desde hace 22 décadas y unos medios masivos que no pocas veces han confundido el rol de guardián de la sociedad con el de oposición

Forma parte de un viraje brusco de estrategia en tres sentidos: Ya no pareció suficiente la agitación presidencial vía redes sociales o discursos en escenarios internacionales a través revelaciones políticas y denuncias, como las denominó Domenach, e incluso voces de orden, es decir, comprimidos semánticos a manera de lemas para resumir toda la plataforma política, como “el gobierno del cambio”. Es acaso necesario competir ahora en géneros y formatos con los medios tradicionales a la hora de reivindicar o de interpretar actividades o logros.

Segundo: reemplazar la inversión publicitaria en medios generalistas, siempre entendida como presión indirecta, y enfocarla en medios públicos como RTVC o propios como el naciente periódico. Ya el año pasado La silla vacía documentaba cómo en el anterior gobierno ese rubro tuvo un 69% en medios de comunicación privados y se redujo drásticamente en esta administración. Así, RTVC pasó de recibir $900 millones con Duque a $5.147 con Petro. Esa disposición del gasto ha sido no pocas veces interpretada como resultado de la animadversión y contienda constante del gobierno actual con los medios masivos.

Y tercero: A la idea inicial de desintermediación mediática y de personajes piloto, con énfasis en redes sociales y apoyo a medios activistas, erróneamente llamados alternativos, le ha seguido la estrategia mediocéntrica, retornando a medios tradicionales, con la pretensión” de equilibrar” el supuesto sesgo en el caudal de información, que más que alimentar, indigesta la opinión pública. Esa ofensiva que comenzó con la toma informativa de los medios públicos continúa con un periódico tipo tabloide de 24 páginas, a todo color, con 500.000 mil ejemplares, distribución gratuita nacional y a un costo de 630 millones de pesos. Esas fueron “las razones” que esgrimieron quienes criticaron la aparición del medio. Primero que fuera un pretendido medio periodístico, segundo que se dedicara a contar las actividades gubernamentales y tercero, el costo.

Lo primero llevó el debate a digresiones. Salvo una sola mención en el editorial (esa de ejercer un periodismo responsable), Vida es, a todas luces, un órgano de comunicación política del gobierno Petro. No cuenta con estándares de calidad periodísticos porque su objetivo es esencialmente propagandístico: “contarles a los colombianos los avances y logros del primer gobierno popular en Colombia”, dice. Y la comunicación política y la propaganda son opciones legítimas de todos los gobiernos dentro de márgenes de pertinencia y mesura presupuestal.

La propaganda escueta de la primera mitad de la centuria pasado, la de los efectos mínimos de mediados del siglo veinte y la comunicación política de orden cognitivo, estudiada por teorías como los usos y las gratificaciones, la espiral del silencio, y la agenda setting, forman parte de la proverbial y necesaria información desde los poderes públicos, de la urgente pedagogía y la persuasión para lograr la aquiescencia o fidelización de la opinión pública en las metas comunes. Ya lo decía Napoleón, «Para ser justo no basta con hacer el bien; es necesario, además, que los gobernados estén convencidos de ello. La fuerza se funda en la opinión. ¿Qué es el gobierno? Cuando le falta la opinión, nada». Claro, otra cosa es dedicarla a impresionar, a sugestionar, a la personalización de la política, al culto a la imagen o búsqueda de favorabilidades ajenas al interés general.

¿Por qué y para qué un periódico en plena época de declive en la lecturabilidad de los impresos? Para plantar duelo en el mismo terreno de los medios hegemónicos, manteniendo la inveterada reverencia a la palabra en papel y al paradigma de su indisolubilidad, propio de sociedades en extinción, esas que al decir del mito hegeliano todavía entienden la ‘lectura del diario como la plegaria matutina del hombre moderno».

Y obviamente, en una sociedad doblemoralista como la nuestra no podía faltar el falso dilema del presupuesto y su presunta mejor inversión en otros menesteres. La memoria es flaca; según la Flip, durante el segundo periodo de Juan Manuel Santos se gastaron 36 mil millones de pesos en publicidad gubernamental. La misma entidad documentó que en sus 4 años Duque empleó más de 40 mil millones de pesos, incluyendo su programa televisivo Prevención y Acción que comenzó con un requerimiento pedagógico en medio de la pandemia y degeneró en politiquería o retórica a favor de la imagen presidencial. Gasto que fue polémico porque parte de esos fondos salieron del fondo para la paz, sin contar un contrato superior a 3 mil millones para una empresa publicitaria, que lideró la campaña del No en el plebiscito por la paz, con la intención de definir e implementar la estrategia de imagen y posicionamiento online del presidente Duque.

Pero ¿y el periódico? 

En medio de la polémica planteada arriba sobre la conveniencia de distribuir un medio impreso en estos tiempos digitales, agravada por la ausencia de una cultura mediática en el consumo de periódicos para encontrar la información necesaria para los ciudadanos y así tomar decisiones, urge preguntarse sobre la calidad en contenido y estéticas del medio propagandístico de este gobierno.

Se habla de distribución en 32 ciudades, pero sin suficiente claridad sobre su operación y con señalamientos de uso de canales destinados a otros fines. Son 24 páginas a todo color, en formato tabloide, con un diseño esencialmente tradicional y conservador, donde lo sobrio se confunde con lo escueto.

En el logo se integran los tres colores primarios, vitales, en concordancia con el nombre y la alusión gráfica al mapa de Colombia: tiene un eslogan a manera de voz de orden propagandística: “avanza el cambio”, con mandatos manifiestos como ir contra el silenciamiento mediático, romper con el centralismo y circular en las calles como escenario de las movilizaciones. Es decir, ideología pura.

Habla de pluralismo, pero escasean voces distintas en el consejo editorial. Su talón de Aquiles es la fotografía, comenzando por la que aparece en primera página, una suerte de selfi desangelada con una joven en medio de una multitud y con una llave figurada y un título a manera de eslogan “tierras para la paz” pero sin conexión real entre la frase y la ilustración. No emociona. Las demás fotos utilizadas son desafortunadas, posudas, estáticas, sin vida y sin relato. Salvo aquella donde aparece el alcalde Galán quieto, pasivo, de espaldas, saludando al presidente, activo y avanzando.  La intención es clara. Se salvan también las imágenes de la última página, para quienes lleguen hasta allá, esas sí espontáneas y plenas de acción y contenido.

Los titulares son fríos, todos construidos con la redacción del siglo pasado: sujeto, verbo y predicado, pero sin historia porque gana la intencionalidad publicitaria. La cuarta parte de ellos están fundamentados en las cifras, que no tuvieron el suficiente cuidado a juzgar por los reparos que le hizo La Silla Vacía a aquellas referidas a la compra y formalización de tierras, la columna vertebral de esa primera edición.

El contenido está construido sobre la clásica pirámide invertida según los temas de interés del gobierno. Tanto que termina con entretenimiento, cultura y deportes. Pero el eje del 75% de los artículos gira en torno a la economía, la inversión o el presupuesto, con una estructura repetida, denotando una mirada unidireccional y mecánica que deja en evidencia la formación y experiencia del editor.

También, y en contravía de la visión de mundo que plantea el gobierno, la narrativa es vertical: en las formas redaccionales el gobierno es activo, dinámico y asistencialista: da, destina, invierte, planea, prioriza, entrega, consolida, propone, establece, protege, activa, logra, apoya, se la juega… y las poblaciones reciben, les llega, aceptan, si acaso celebran resignadas a su papel de pacientes de las acciones gubernamentales.

La palabra que más aparece con variaciones es logro, en esa intención vendedora. De hecho, el carácter aspiracional y futurista aparece en once de las veinte notas principales; solo nueve hablan de hechos cumplidos, obras iniciadas o acciones adelantas.

Los leads pierden fuerza, se aplazan, se diluyen en medio de la premura por el autobombo. Le gana la agenda al relato; los títulos están más cerca de los bullets de las plataformas o programas electorales que de la creatividad y las estéticas llamativas, cuando no de los lugares comunes: “las comunidades energéticas tienen vida”, “una vía para fortalecer organizaciones culturales”, “alianza para soluciones de fondo”.

En fin, un periódico no solo difícil de leer sino de ojear. Denso, aburrido, pero sobre todo tardío. Esa periodicidad, que oscila ente lo mensual y el “cadapuediario”, que quizás intentará solventar la versión digital, le llega fuera de tiempo al debate, a la desinformación, a las verdades a medias y a la pedagogía que, como es apenas obvio, debe anteceder a los hechos y no solo repetirlos cuando ya casi están en el olvido.

¿Y los medios públicos?

Si el periódico representa una alternativa legítima, aunque insípida, el trato que están recibiendo los medios públicos nacionales por el gobierno actual, va en contravía del mandato que esos medios tienen, en tanto que son medios ciudadanos por excelencia y no cajas de resonancia o perifoneos para la comunicación política o la propaganda del gobierno. Son el resultado de una confusión malintencionada entre lo estatal y la injerencia de los gobiernos nacional, regionales y locales no solo en la nominación de gerentes y directivos tanto en la parte informativa y de ficción, sino también en las líneas editoriales, las decisiones sobre los contenidos o el tratamiento que deben tener, amén de los señalamientos por abusos y las brechas explícitas que hablan de ambientes laborales hostiles, fragmentados y enfrentados.

Pierde Petro una oportunidad de oro de devolverle esos medios a sus verdaderos dueños: los ciudadanos. Una cosa es que el gobierno tenga espacios, como ya los hay en las parrillas de programación, dedicados a la difusión de logros, pedagogía sobre los cambios o reformas que se pretenden o posiciones o claridades sobre los debates y dilemas políticos, y otra que esa pretensión contamine todas las franjas y todos los programas, insultando la inteligencia de oyentes y televidentes.

Como no se veía hace mucho tiempo, ahora RTVC tiene un mayor presupuesto, pero se requiere materializar el tan presumido pluralismo y la tan reiterada participación ciudadana en asuntos decisorios sobre los medios. Hace falta una junta multipartita y diversa que tome decisiones de fondo, que esté integrada por representantes de la sociedad civil, la de las ciudades y la de los territorios; por representantes de la academia, por representantes de la comunidad internacional, de los colectivos de expertos audiovisuales organizados y, por qué no, una silla para un representante del gobierno.

Es hora que la retórica y la agitación le den paso a la transformación requerida para comenzar a creer que el eslogan que acompaña al periódico Vida y a la discursiva presidencial no es letra muerta y que “el cambio avanza!”. Que se note. Medios públicos para los ciudadanos.

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