Sí, por los que vienen

No es pensando en esta generación perdida que vale la pena darse la pela por debates que parecen perogrulladas. No hay nada que hacer con los prejuicios de quienes ya tenemos uso de razón. Machismos, racismos, clasismos, atajismos, arribismos, guerrerismos, engaños y toda suerte de intolerancias que están en el ADN de nuestra identidad por (de)formación, hoy si acaso pueden modularse por presión social o judicial, aunque escurramos el bulto diciendo, de dientes para afuera, que los buenos somos más. (Publica el Espectador)

Desde lejos puede parecer absurdo que estemos decidiendo si queremos la paz, una infancia sin violencia, un ambiente sano o que le digamos no a la corrupción. La guerra, la violencia, especialmente con los más indefensos, y el robo de lo público, que hoy están en el escenario del escarnio, fueron, son y seguirán siendo, hasta que formemos con otros criterios, los paradigmas de comportamiento de una sociedad desigual, inmoral y a la deriva.

Insistir, por ejemplo, en que la corrupción es un delito mayor y no un pecado venial, especialmente para quienes no se dejan pillar, sirve para paliar la pandemia que carcome tanto a quienes están cerca de los bienes comunitarios como de quienes aspiran a acercarse. Pero, más que nada, ayuda a formar con otros valores a los que vienen detrás.

Persistir en honrar la palabra, por ejemplo, debería ser objeto de cuantas consultas sean necesarias si ello contribuye a desterrar a los políticos y funcionarios mendaces, saltimbanquis y voltearepas en una o dos generaciones.

De ello da fe el voto joven en las elecciones pasadas que les tiró la puerta en la cara a los cínicos, a los hipócritas y a los trogloditas que creen que hoy pueden decir una cosa y en tres meses todo lo contrario, sin ninguna consecuencia. Por eso apoyo con un sí, repetido siete veces, la consulta anticorrupción de este domingo, más allá del resultado o que tenga efectos prácticos, repetitivos o en contravía de la Constitución. Si las generaciones que nos sucederán toman nota, esa no es plata perdida.

La verdad en guerra

Amenazas contra medios.

Más que las eternas represalias por el trabajo de algunos periodistas, hoy estamos asistiendo a una cruzada para imponer una cierta lectura del conflicto como versión oficial de la historia.

Mario Morales*

Fabricando la opinión

(Tiempo estimado: 5 – 10 minutos)

En medio de las sombras que cubren, de manera reiterada, reinventada y reforzada, el ejercicio periodístico hoy en Colombia es posible distinguir por lo menos los siguientes patrones:

-Que no es lo mismo trabajar en las ciudades capitales que en las regiones como lo ratifican hoy los 3 reporteros de Mocoa, abandonados a su suerte, luego de efímeros registros de sus colegas en los medios de cubrimiento nacional. Conminados a salir de la región, no obstante, resisten desde sus casas o medios, pero no san su brazo a torcer. La brecha entre centro y periferia en vez de disminuir con la omnipresencia de los medios digitales, se acentúa.

-Que la confusión generada en las redes sociales, con velada intencionalidad de ideologías y fanatismos, al tiempo que suscita amenazas inconcebibles, pone a dudar por igual a audiencias y reporteros sobre el deber ser del oficio, como le consta a Paola Rojas la periodista de Noticias Uno que grabó lo que se dijeron entre bastidores algunas de las voces reconocidas del Centro Democrático después de la posesión presidencial. No hubo dolo, ocultamiento ni lesión a la ética en el hábil trabajo de la comunicadora que grabó de manera visible, como consta en las fotos que circularon a posteriori, una reunión pública sobre un hecho público en un lugar público. Su labor se ve legitimada por el evidente interés que suscitaron esos comentarios dichos en palabras y voces de los mismos protagonistas.

-Que se sigue naturalizando cada año electoral como un período en el cual son “normales” las amenazas a los periodistas fruto de las tensiones y disparidades ideológicas y emocionales de los contendientes de diverso origen en el espectro político.

-Que la descalificación a la prensa se convirtió en un leitmotiv en los discursos demagógicos e incendiarios de quienes quieren cosechar en los descontentos ciudadanos, y que dicha descalificación no solo merma la confianza en medios y reporteros, sino que permea el ambiente para que surjan y, de manera absurda, hasta se justifiquen las amenazas en grupos sectarios y fanáticos; o que los periodistas sean estigmatizados en medio de la indiferencia de la “opinión pública” desinformada.

-Que, nuevamente, sean los mensajeros y no los hechos denunciados o los culpables de esos hechos el epicentro de las iras, críticas y amenazas de individuos o masas prejuiciadas.

-Que no haya contundencia en las investigaciones acerca del origen y autores de las amenazas, cuyos resultados apenas son esbozados en medio de ambigüedades o generalidades que tienden a la impunidad.

-Que el patrón de amenazas y demás violaciones a la libertad de expresión pase por el amedrentamiento de individuos o grupos específicos al tiempo que como advertencia para los demás; por generar confusión intimidando a comunicadores de distintas vertientes para hacer inubicable en el espectro ideológico a los responsables; y por acallar voces independientes manipulando lo que dicen o piensan, acosándolos judicialmente o conminándolos a autocensurarse en la búsqueda de la verdad en el momento histórico que vive el país acerca de la definición y concreción de la paz y la reconciliación.

Ese estado de zozobra continua que este año ya supere las 139 amenazas*, según la Flip, no solo ataca las iniciativas de investigación, sino que ataca también las de interpretación y opinión acerca de los hechos sensibles del país, para coaccionar, limitar e impedir la libertad de expresión de quienes trabajan o colaboran en los medios masivos de comunicación, pero extienden su nefasta influencia a los ciudadanos con voz en las redes sociales, en la idea de generar eso que Walter Lippman, llamó un consenso manufacturado en torno a determinadas ideas; concepto que después retomó Noam Chomsky para significar que la construcción de opinión pública no siempre obedece a un derrotero o una intención sino a un “fenómeno corporativo y emergente”, lo que no excluye que esa manipulación pueda estar envuelta en sombras y anonimato.

Esas amenazas, tras bozales de grupos violentos de extrema derecha, y que tildan, entre otras cosas, a los comunicadores de “guerrilleros”, aparecen en un momento crítico de fanatismo en torno a la implementación de los acuerdos del proceso de paz, especialmente en lo atinente a la comisión de la Verdad, cuyas directivas han sido objeto de videos manipulados y señalamientos plagados de improperios e imprecaciones.

Que casi todos los amenazados tengan que ver de una otra manera con el proceso de paz, el pluralismo, la inclusión y el trabajo periodístico de visibilización de las víctimas, los pone en el mismo contexto de indefensión y riesgo que los líderes sociales y de los personajes piloto que trabajan por la defensa de los derechos humanos y las libertades individuales y sociales

En el fondo, parece estar en juego la versión de lo ya acaecido y de lo que está sucediendo en los hechos de guerra y paz en nuestro país en los últimos años, como lo demuestra la sensibilidad de algunos sectores cuando la citada comisión solicitó acceso a los informes de inteligencia del conflicto armado.

Narrativas de la paz

Periodismo en Colombia.
Periodismo en Colombia.
Foto: Emisora cultural del Huila

Como en la novela 1984, algunos medios de comunicación se han empeñado en una narrativa acerca del proceso de paz que pretende ocultar, disipar o confundir una verdad recuperada a partir de documentos y trabajo periodístico.

A esa verdad se anteponen los prejuicios para exacerbar las emociones y creencias de los ciudadanos y hacer creer, como decía Orwell, que la guerra es paz y la paz es guerra; que la ignorancia –entendida como ausencia de verdad– es fuerza.

Quienes amenazan atacan los proyectos o intentos de investigación, así como las interpretaciones u opiniones críticas sobre los temas sensibles para el país.

Consecuencias nefastas

Las amenazas proferidas por grupos de extrema derecha surgen en un momento crítico de fanatismo contra el desarrollo del Acuerdo de paz. La Comisión de la Verdad ha sido un tema particularmente sensible- y tanto así que sus directivas han sido objeto de videos manipulados y señalamientos plagados de improperios-.

Casi todos los periodistas amenazados están relacionados de una otra manera con el proceso de paz, el pluralismo, la inclusión y el trabajo periodístico para dar visibilidad a las víctimas. Esto los pone en una situación de indefensión y riesgo similar a la de los líderes sociales que trabajan por los derechos humanos y las libertades individuales y sociales.

Algunas de las violaciones a la libertad de expresión que siguen sin esclarecerse son:

  • Las amenazas en Internet contra María Jimena Duzán, columnista de Semana y declarada defensora de la paz;
  • Las amenazas contra Jineth Bedoya, defensora de los derechos de las mujeres;
  • Las amenazas contra La Silla Vacía, medio independiente que investiga el poder;
  • Las amenazas contra Jorge Espinosa, Juan Pablo Latorre y Yolanda Ruiz –comunicadores de RCN pertenecientes a un equipo serio y probo en el cubrimiento de la actualidad nacional– cuando se referían a las intimidaciones a sus colegas;
  • Las más de diez amenazas contra el periodista y activista Ricardo Ruidíaz, quien ha denunciado la trata de menores, así como las amenazas y asesinatos de líderes sociales en el Magdalena Medio;
  • Las amenazas contra la periodista Catalina Vásquez por sus denuncias de violación de derechos humanos en la Comuna 13 de Medellín;
  • Las amenazas contra Laura Montoya, quien ha venido publicando acerca de los crímenes contra líderes sociales en Mocoa, Putumayo;
  • Las amenazas contra Fernando Londoño, director del programa “La hora de la verdad”, y Luis Carlos Vélez de la emisora La FM.
  • Las agresiones verbales y el decomiso de celulares a Ariel Ávila, analista de la Fundación Paz y Reconciliación, columnista y colaborador de varios medios hablados y escritos del país;
  • Las amenazas contra Januaria Gómez, quien tuvo que irse de Segovia, Antioquia por sus reportajes acerca de irregularidades en la minería y de daños al medio ambiente;
  • Las advertencias de atentado contra los diarios La opinión y Q’Hubo por sus denuncias de bandas delincuenciales en Cúcuta, y
  • El veto impuesto a los reporteros de Frontera Estéreo, una emisora en Maicao, para hablar del alcalde, de aspirantes a cargos públicos o de entidades estatales.

La consecuencia directa de estas amenazas para los comunicadores y sus audiencias, especialmente en las regiones, es la sensación de caos y peligro que deviene en miedo a expresarse y en temor a actuar por falta de garantías.

Los efectos colaterales son la parálisis o la autocensura en el proceso de encontrar y decir la verdad sobre el presente y el pasado reciente en los medios masivos – e inclusive en las redes sociales-

El miedo aumenta ante la falta de resultados de las pesquisas oficiales, pues las  autoridades tienden a investigar ataques consumados pero no a prevenirlos, y muestran negligencia a la hora de garantizar el ejercicio profesional en situaciones de riesgo. Precisamente por eso, las autoridades han contribuido a naturalizar una prensa escoltada, que no favorece el ejercicio de un periodismo libre e independiente.

La responsabilidad del periodismo

La excitación excesiva frente al futuro inmediato del país está tocando a los medios que han caído en la trampa incendiaria de la sectarización, que se manifiesta en debates virulentos y efectistas, como los que se han venido dando especialmente en la radio.

El disenso y la vehemencia nada tienen que ver con la grosería o las descalificaciones ad hominem. De allí a las amenazas hay solo un paso.

Esta agitación alcanzó un punto deplorable en la confrontación verbal entre el litigante Abelardo de la Espriella y el analista Ariel Ávila, quien acusó a su oponente de maltrato verbal y de decomiso de los teléfonos celulares con los que grababa lo que decía el abogado.

Los medios, que tienen el poder de legitimar lo que dicen y piensan sus audiencias, no pueden seguirle el juego a los insultos y las estigmatizaciones en los debates sobre temas importantes solo por aumentar la sintonía. El disenso y la vehemencia nada tienen que ver con la grosería o las descalificaciones ad hominem. De allí a las amenazas hay solo un paso.

La autorregulación que deben practicar los panelistas tiene que comenzar con el ejemplo desde la producción y realización de los espacios periodísticos, cuyo propósito ha de ser el esclarecimiento de situaciones coyunturales mediante la exposición bien argumentada de ideas diversas.

La construcción de la verdad no se puede comprender como una lucha entre visiones radicalmente opuestas o como una guerra entre enemigos al cabo de la cual tiene que haber vencedores y vencidos.

Cifras alarmantes

Proceso de paz.
Proceso de paz.
Foto: Presidencia de la República

Para acabar de nublar el panorama del ejercicio periodístico, a esta altura del año ya son casi 300 las víctimas de violaciones a la libertad de expresión, según el seguimiento que hace la FLIP. De esas violaciones:

  • 55 son en Bogotá;
  • 22 en Antioquia;
  • 22 en Huila, y
  • 10 en Magdalena.

Hasta el momento, de estas violaciones:

  • 124 corresponden a amenazas;
  • 32 a acoso judicial;
  • 26 a obstrucción del trabajo periodístico;
  • 19 a hostigamiento;
  • 19 a estigmatización;
  • 17 a agresión.

El estado de cosas es tan preocupante que 19 entidades, cinco de ellas embajadas en Bogotá, ONGS y la oficina del Alto o Comisionado para los Derechos Humanos elevaron su voz pidiendo garantías para los periodistas. Por ahora hay una tímida respuesta de la Fiscalía que anunció avances en dos casos, pero necesitamos medidas eficaces, más allá de las investigaciones post factum o de las escoltas engorrosas que han sido sugeridas.

Frente a este panorama desolador es necesario salvaguardar a la prensa, eje de la democracia. El Estado debe dar resultados en la búsqueda de los victimarios; los gobiernos de Santos y Duque deben condenar estas violaciones y tomar medidas, ojalá de manera conjunta, con el apoyo de los organismos de protección. Finalmente, los medios y periodistas deben actuar como un solo cuerpo y los ciudadanos unirse a esta defensa de la libertad de expresión, que es la suya representada en sus comunicadores.

No es poco lo que hay en juego. Más que de mejorar en las lúgubres estadísticas que nos ubican como uno de los países más inseguros de la región y del mundo para el ejercicio periodístico, se trata de defender la vida, honra y bienes de los reporteros y la independencia de los medios.

Pero, sobre todo, se trata de no perder la posibilidad de construir un relato fidedigno de nuestros acontecimientos para impedir que fuerzas oscuras nos arrebaten la verdad.

Diez razones, 100 días

No pasa el examen el gobierno Duque en términos de comunicación al cabo de estos primeros 100 días.

Primero, porque sigue utilizando la misma estrategia de campaña: frases en futuro imperfecto, lenguaje edulcorado y enseñas que invitan a la acción, pero que no lidera.

Segundo, porque en su afán de caerle bien a todo el mundo ha puesto en confrontación a su círculo más cercano con los demás anillos del poder que lo escuchan decir una cosa en persona, pero otra muy distinta en otros escenarios, tal y como acaba de suceder en Francia en torno al Acuerdo de Paz.

Tercero, porque en sus discursos parece estar pisando cáscaras de huevo y haber optado por la ambigüedad para que cada quien interprete a su manera.

Cuarto, porque no se ha podido desprender en sus narrativas de la figura de asesor, consultor o delegado, arrinconado por la sombra del senador Uribe que le recuerda en cada intervención para qué sirve el poder.

Quinto, porque en aras de un discurso pretendidamente conciliador ha perdido la iniciativa de la agenda, del debate y de la dirección de su administración, eclipsada por la barahúnda irresponsable de propuestas del Centro Democrático, que sabe que su terreno propicio es la confusión.

Sexto, porque ha entrado en profundas contradicciones con su pasado reciente en asuntos clave como la reforma tributaria, minería, lucha contra las drogas, meritocracia y hasta el precio de los combustibles, jalonado por personajes inflados como su ministro de Hacienda.

Séptimo, porque su ausentismo, a raíz del tren de viajes, comienza a ser evidente.

Octavo, porque su tal mayoría en el Congreso no existe y el período legislativo con sus propuestas centrales están a punto de ser un rotundo fracaso.

Noveno, porque su indecisión y desconocimiento del oficio de gobernar lo hacen ver como débil, como lo demuestran marchas, movimientos, encuestas y descontentos generales.

Y décimo, porque este país sumiso y de doble moral simula disgustarle su frivolidad para no decir que añora la mano fuerte y la voz de mando.

Político del pasado

reconozcámoslo. Si algo ha tenido Germán Vargas Lleras es coherencia en su vida política (que es casi toda su vida) por sus actuaciones fundamentadas en el oportunismo (que sus amigos llaman astucia), el cinismo (que sus áulicos llaman frenterismo) y carencia de escrúpulos, lo que le ha permitido jugar aquí y allá y luego pasar de agache a la hora de las responsabilidades. (Publica El Espectador)

Porque oportunista es, así lo niegue escudado en sus coscorrones verbales, que son casi siempre sus declaraciones, gritos intimidantes y disimulados. Es que fueron casi ochos años de silencio cómplice y calculado. ¿O es que acaso se nos olvida que él fue el vicepresidente, el segundo a bordo de todo lo gestado en este Gobierno, y que viene a vociferar cuando todo está cocinado, cuando ya para qué?

El cinismo lo acompaña cuando reconoce en Caracol Noticias (así salga a decir que fue un lapsus o que lo citamos fuera de contexto) que hizo campaña mientras era ministro en las carteras más taquilleras del momento. No se pueden normalizar esas acciones y menos con el argumento falaz de que así es la política.

No es responsable con el proceso de paz que siembre cizaña, con la sola disculpa de la antigüedad, denunciando que las Farc dejaron sus fichas en las zonas dominadas por la disidencia. Que presente pruebas.

Como tampoco es respetuoso (¿tendrá esa palabra en su diccionario?) que alegremente señale de compas de las Farc a los rivales que ahora lo superan en las encuestas (así sea el motivo que lo haya empujado a declarase tránsfuga públicamente).

Mal enorme le hace al país engrandeciendo a las Farc como enemigo único toda vez que no puede levantar la voz contra la corrupción siendo, como es, el jefe del segundo partido más contaminado.

Mal enorme, al recurrir, como han hecho las extremas, de nuevo al miedo, del que apenas nos estamos recuperando.

Así fue siempre… Y afortunado desde la cuna… (y con un inexplicable apoyo mediático que convierte cada acto suyo en fiesta o acontecimiento).

Y coherente… sí, pero no por ello deja de ser un político instalado en el pasado.

Los incomprendidos

Sería una anécdota casi risible si no fuera por la gravedad de principios que encierra. El reclamo que le hizo Alejandro Ordóñez a la presentadora Mónica Rodríguez, por un tuit impreciso en el que decía que había sido destituido en vez de que su nombramiento había sido anulado, no sólo es el síntoma de la crisis axiológica, sino prueba fehaciente del estado de salud mental de nuestros dirigentes. (Publica El Espectador)

Cualquiera haya sido el objetivo del exprocurador: amedrentar, distraer o confundir, su aire soberbio con matices de descaro habla muy a las claras de lo que piensan esos presuntos líderes de sus connacionales.

Uno no sabe qué es peor: que se crean más inteligentes y estudiados que el promedio; que consideren que los demás son escasos de entendimiento, brutos o amnésicos, o que se sientan, por arte de birlibirloque, más allá del bien y del mal.

A eso hemos llegado. A naturalizar la corrupción, la trampa y el atajismo; a considerarlos como accidentes y a despojarlos de su gravedad como delito masivo y premeditado. A que parezca más trascendental el “cómo” que el “qué”, y a buscar en los mensajeros, a los que Ordóñez no baja de “enmermelados”, el origen de nuestros males.

Pernicioso Estado de derecho éste en el que una persona con esas calidades puede aspirar, y lo hace con insultos y diatribas, a la máxima dignidad nacional. Como sucede con Luis Alfredo Ramos, que aspira a ser candidato del uribismo, no obstante el proceso jurídico que tiene en la Corte Suprema de Justicia. Primero, debería estar libre de toda duda.

Antes que cumplir con los exámenes de las plataformas y los idearios políticos, quienes aspiren a cargos públicos deberían pasar por el tamiz de una hoja de vida sin tacha y una actuación signada por la decencia. Pero de ética parecen saber más ellos, que están por encima de los valores y que invitan a todo el mundo a estudiarlos para estar a su altura. Pobrecitos, los incomprendidos.

¿Principios o fines?

Oportuna, pero poco alentadora la recomendación del Banco de la República sobre los tiempos inciertos que se avecinan. Acostumbrados como estamos a los vaivenes de la situación, así no haya anuncios, ya nada parece asombramos.

Por eso no es motivo de sorpresa la voltereta circense con la que se negó a votar la Ley Estatutaria de la Justicia Especial de Paz, dizque por principios, el ala marxista de Cambio Radical, que, como sabemos, no es una parte sino el completo y muy curioso partido del ubicuo candidato Vargas Lleras.

Marxista sí, pero no desde la perspectiva ideológica de Karl y su amigo Engels; sino desde la quizá ya gastada alusión a Groucho Marx, el recordado actor y cómico y su citada frase: “Estos son mis principios. Si no le gustan… tengo otros”.

Como los han tenido, en uno y otro sentido, el ventrílocuo Vargas Lleras y sus obedientes discípulos que han degustado de las mieles del Gobierno durante dos períodos. Baste recordar las promesas de apoyo a la JEP en marzo pasado cuando el ahora candidato inauguraba, en olor de flashes y multitudes, viviendas en Chocó, de la mano del presidente Santos.

Eran otros tiempos, claro, y otros principios. Apoyar la paz ayudaba a sumar… Utilitarismo puro, como diría Armando Benedetti. Hoy, los cálculos son distintos, como es diferente lo que dicen los asesores u otras voces fantasmales, porque de Cambio Radical y Vargas Lleras, como de los habitantes de Comala, el pueblo de Rulfo, no sabemos en qué lado están.

Que se están corriendo a la derecha, dicen; que le están quitando margen al uribismo del ala cizañera, señalan; que se está desmarcando de Santos, como casi todos los colombianos, sentencian otros más…

No será el único salto triple que veremos, sobre todo si le siguen jugando a los resultados de las encuestas, tan disímiles unos de otros como incomprensibles.

Está claro que para algunos el asunto no es de principios, sino de métodos o de fines; quizás entonces los comencemos a conocer, de veras.

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