por Mario Morales | Feb 21, 2017 | Blog, Com. Política, Opinión
por Mario Morales
Si hay un día D en el proceso de implementación de los acuerdos de paz es precisamente cuando las Farc dejen las armas, así sea por cuotas. Es un día largo que ya despuntó con la dejación, que al decir del general Flórez, ya hicieron los milicianos en campamentos guerrilleros. Dicen los más optimistas que el proceso continuará el 1 de marzo, se extenderá 90 días y que el cronograma será inmodificable… lo que quiere decir que tendremos que “armarnos” de nuestra proverbial paciencia. (Publica El Espectador)
Si bien esa guerrilla ha dado muestras de transparencia en el proceso de reubicación en las 26 zonas veredales (que a su vez permitirá determinar el tamaño del problema de sus disidencias), el símbolo de compromiso con lo firmado el año pasado es el abandono total las armas, no sólo porque da lugar, más allá de la retórica, a la fase de no retorno, sino porque generan la confianza que requieren para regresar a la civilidad y convertirse en partido político.
Superado el berenjenal lingüístico de entrega versus dejación, y el del destino del armamento entre entierro, no uso y fundición de las armas que se convertirán finamente en tres monumentos, el proceso es un espaldarazo a las instituciones y al mandato del monopolio de las armas por parte del Estado. Falta ver que espacios, contenedores y ONU estén listos, así como procedimientos de verificación y monitoreo para que no queden armas en zonas de agrupamiento.
Estamos, pues, a semanas de constatar el fin real del conflicto, así no haya ánimos para celebrar, si se comprueba la hipótesis de que, en la otra cara de la moneda, el Eln estaría presionando con actos terroristas el cese bilateral.
Acciones torpes, además de criminales, porque envían mensajes equivocados a ciudadanos y Gobierno en medio de la confrontación entre taurinos y antitaurinos, al tiempo que frenan la mesa de negociaciones. Si no creen en el establecimiento, por lo menos, los elenos deberían creerles a las Farc y a su compromiso histórico.
por Mario Morales | Feb 7, 2017 | Blog, Com. Política, Opinión
Por Mario Morales
Que las masas se aburren lo supimos con Domenach, el intelectual francés, desde mitad del siglo pasado. Aprendimos con George Sorel que esos rediles se despiertan antes que con hechos, por mitos, en especial los que connotan violencia aun cuando no tengan contenido, en la añoranza de pasados sublimes o proyección de sueños colectivos. Con esas ensoñaciones se han construido los peores totalitarismos, que comenzaron disfrazados de populismos para huirle a la argumentación y al debate racional. (Publica El Espectador)
Y en esas fuentes, donde se diluyeron las ideologías, están las explicaciones de fervores como el de Trump con sus mitos mimetizados del western, hasta las fiebrecillas que detecta la reciente encuesta de intención de voto realizada por Pulso País.
No extraña entonces la favorabilidad de Petro o Vargas Lleras en detrimento de la aspiración de Humberto de la Calle. El storytelling de los primeros ataca el sentimentalismo de los polos opuestos sin necesidad de exponer planes de gobierno, acudiendo al reconocimiento de sus seguidores en narrativas, prefiguradas las dos como agresivas y persuasivas más por la vía de la identidad que del convencimiento.
Muy distintos al fenómeno de De la Calle, heredero de uno de los gobernantes más aburridos de la historia, y protagonista de un acuerdo de paz que perdió el sex appeal para las masas desde que se desdibujaron la polarización verbalizada, el insulto, la mentira y los trapitos al sol.
La implementación adecuada de los acuerdos con las Farc y un expedito proceso con el Eln cierran opciones para De la Calle, pero también para el extremismo de derecha que se queda sin materia prima para inventar o interpretar a su acomodo la realidad con base en la vieja propaganda política analizada por Domenach hace casi 70 años, y que ahora se presenta reenvasada con la etiqueta de posverdad.
En cambio la pugna Petro-Vargas Lleras resulta más prometedora, así sea otro refrito de los mitos en torno a la eterna lucha de clases.
por Mario Morales | Ene 17, 2017 | Blog, Com. Política, Opinión
Por Mario Morales
Pulla va, pulla viene. Ya apesta ese rifirrafe entre el actual y el pasado gobierno y sus mutuas acusaciones de corrupción, la madre de todos nuestros males. Algo deben saber, que los encargados de impartir justicia no, quienes sugieren que anteriores o presentes funcionarios, familiares, amigos, financiadores y defensores tienen rabo de paja. Pero apenas sugieren, sin pasar del mutuo señalamiento o de esparcir cizaña. (Publica El Espectador)
Esas murmuraciones, especulaciones y chismes baratos servirían para algo si no supiéramos que están enunciados como simples “tatequietos” o vulgares advertencias a los adversarios para recordarse sus malos pasos. El manido y muy mencionado por estos días, “hagámonos pasito”.
En cambio refuerzan los imaginarios populares de una clase política descompuesta, deshonesta y oportunista. Ahí está la raíz de la aversión de la gente a la política, del distanciamiento de los partidos y de quienes se autoproclaman líderes políticos en medio del desprestigio.
Cosa distinta sería si esos dedos señaladores se hicieran acompañar de pruebas que permitieran la apertura de procesos serios que develaran los intríngulis que desangran los bienes públicos y defraudan la confianza de los ciudadanos.
Pero no, seguimos a expensas de las investigaciones de autoridades internacionales o de las delaciones convenientes de los cómplices, que ofrecen chivos expiatorios para esconder a otros responsables, como siempre sucede en el bajo mundo.
Y en medio de ello, la indolencia general que no pasa del murmullo indignado, bien porque la narrativa de la corrupción está contada de manera abstracta, sin víctimas de carne y hueso; bien porque realmente creen que esos dineros no son de todos y no salen de sus bolsillos; o bien porque en los estándares morales transmitidos de generación en degeneración ese, el de esquilmar el tesoro o la fe públicas, es un mal menor; eso sí, mientras a cada uno se le presenta la oportunidad de ordeñar al Estado por propia mano.
por Mario Morales | Nov 22, 2016 | Blog, Com. Política, Opinión
La vida es sueño y soñar que esa pequeña parte del No que se tomó la vocería iba a ceder a favor del nuevo acuerdo de paz era ingenuo pero necesario. Ingenuo porque ya se sabía que no se iban a conformar con perder el protagonismo con el que se autoinvistieron, y porque es claro que van por más, confundidos como están, creyendo que el resultado del plebiscito era un espaldarazo para que conegociaran y luego cogobernaran. (Publica el Esepctador)
Pero también era necesario conversar con ellos para ganar legitimidad en un proceso que ha pretendido ser consensuado, que se debe complementar en los debates parlamentarios y que requiere de avales constitucionales.
Si esa parte de voceros del No realmente está interesada en construir la paz con un “mejor acuerdo” que esta renegociación, que prepare argumentos para debatir en el Congreso o en una mesa paralela con el Gobierno sobre los temas en los que ellos no concuerdan y en los que puede haber, y hay que reconocerlo, mejorías razonables: los que tienen que ver con el secuestro, garantías a los derechos de la mujer sin enfoque de género y las preocupaciones de los integrantes de las Fuerzas Armadas.
Es momento de despojarse de terrores infundados como ultimátums o pateadas a las mesas de diálogo. Las profecías sobre hecatombes, luego de todo lo que ha pasado, ya no son creíbles. Unos y otros deben superar las “formas” en que se han tratado y que se endilgan mutuamente, superar la soberbia del poder o de haber ganado una elección y entender que se necesitan inevitablemente.
Con la cooptación de espacios de violencia, el renacer de acciones paramilitares, asesinatos de policías —van cuatro en Antioquia— y los 70 activistas de derechos humanos, el tiempo juega en contra de todos, de los ciudadanos inermes, de la Fuerza Pública que debe concentrarse en otros quehaceres y de la institucionalidad de este país que se resiste a soñar distinto, así parezca ingenuo, enquistado como está en la pesadilla de odio y de guerra.
por Mario Morales | Nov 15, 2016 | Blog, Com. Política, Opinión
Por Mario Morales
Debe primar la ponderación. Y de eso no tienen en estos momentos los voceros del No y los del Gobierno para mirar con ecuanimidad si son sustantivos los cambios en el nuevo acuerdo de paz con las Farc. Perdida la credibilidad tanto en el denominado “mejor acuerdo posible”, como en el “espíritu constructivo” de quienes se le opusieron en el pasado plebiscito, van quedando pocas alternativas para salir del berenjenal de egos, afanes e intereses en el que se convirtió la renegociación. (Publica el Esepctador)
La primera, escuchar una vez más los reparos de la oposición, para socializar e introducir por última vez aportes, adendas y precisiones que no afecten el grueso del acuerdo y que no obliguen a nueva negociación en La Habana.
La segunda, cerrar el ciclo de discusiones y comenzar el proceso legislativo de refrendación, con la posibilidad de que en los debates parlamentarios puedan incluirse temas y acciones consensuadas sobre la marcha.
La tercera, la más improbable, buscar la mediación con un órgano ad hoc consensuado, que, con plazo y reglas fijas, estudie, integre y avale aquellos puntos donde hoy hay diferencias irreconciliables.
Pero lo que no se puede hacer, y en eso tiene razón Humberto de la Calle, es dejar abierta esa puerta de manera indefinida. No le hace bien al proceso el ritmo atropellado del Gobierno, dejando la idea de barnizado y embellecimiento del primer acuerdo; como tampoco la calma chicha enranchada en la pausa y la demora de quienes quieren confundir la negativa en la urnas al plebiscito con un mandato de cogobierno en la toma de decisiones.
Es menester que la renegociación cuente con el aval de quienes dijeron No el 2 de octubre, pero no al precio de convertirla en la conversación más larga del mundo.
Moraleja: Hemos tocado fondo en el debate por la paz. Ojalá no lleguemos a la mezquindad de involucrar la salud presidencial en estas discusiones.
por Mario Morales | Nov 1, 2016 | Blog, Com. Política, Opinión
Por Mario Morales
Y entonces uno quiere huir de esa parafernalia del protocolo en que nos metió el presidente Santos con su visita a Londres y se encuentra con esas tribunas atestadas donde se proclama o practica el nuevo deporte nacional, el del matoneo. (Publica El Espectador)
Por eso no es fácil vivir en esta sociedad, si hacerlo significa, representarlo con los modos de decir o los modos de ver que muelen los medios exultados por el boato de la visita presidencial o por el barroco excesivo en los gestos, ademanes y en esa solemnidad tan ajena a este trópico desabrochado que, no obstante, reserva un rescoldo para los suspiros de estas generaciones nuestras criadas a punta de cuentos principescos, heráldicas y blasones. Soñando con lo que no somos, como en las encuestas.
Una paradoja, si la comparamos con ese modo interior, inveteradamente soliviantado y pelión que tratamos de ocultar, pero que termina aflorando ante la menor disputa o el más pequeño disparate. Primero fuimos maestros en la envidia, como dijera Cochise; luego expertos en la criticadera, como lo sabemos todos; pero vamos a graduarnos en el vulgar matoneo que a veces pasa de las palabras a los hechos como lo demuestran esas ocho muertes diarias a cuchillo, casi seis por culpa de riñas.
Y comienza con el terror infligido a personas con orientaciones sexuales distintas en colegios, como se ventila esta semana. O a los que piensan distinto, como ese absurdo ataque de los autodenominados antifascitas contra manifestantes que reivindicaban el No en el plebiscito. O a los hinchas del fútbol como hacen esos vándalos disfrazados de barristas, como los que decían ser del Pereira luego de la derrota en Techo. O de los poderosos, al estilo Uribe, que arremeten contra el periodismo, descargándose en el mensajero. O de los anónimos como tratan de hacer contra la frentera escritora y docente Carolina Sanín.
No, definitivamente no somos los protagonistas de los desfiles en palacios y principados desuetos. Somos estos plebeyos que no nos soportamos unos a otros.