¡Se pudo!

Claro que se puede. Quedó evidenciado en el cubrimiento distinto, ponderado y contextualizado de la visita del papa a Colombia. Los responsables fueron los mismos medios y periodistas que, todos los días y con las carencias que hemos reiterado, hasta el cansancio cubren actualidad, proceso de paz e implementación de los acuerdos. (publica el Espectador)

En esos días y sin ponerse de acuerdo, el trabajo periodístico hizo lo que audiencias y críticos reclamamos siempre: contar historias desde la perspectiva del ciudadano, las víctimas, los seres humanos normalitos que, por oleadas, colmaron calles y recintos.

Y he ahí otro punto a favor. No obstante que el protagonista era el carismático papa Francisco, en pantallas, micrófonos y relatos escritos se dejaron ver voces y rostros de la variopinta población en medio de sus esperanzas, anhelos, dolores y frustraciones. Y en muy escasas ocasiones con aprovechamiento del dolor humano para generar más emoción.

Claro, ayudan la expectativa por la preparación durante meses, los escenarios de creencias, el carisma del pontífice que se narra a borbotones en sus sentencias como titulares, en su coherencia, sencillez y también en sus silencios, para conectarse con sus feligreses a través de esa estrategia relacional que es la transfusión y que consiste en conocer a los públicos antes de hablarles.

Salvo pocas excepciones se pudo romper la linealidad con perspectiva de adversarios, de blanco y negro, de declaración versus reacción. Les permitieron a esas audiencias armar, con aportes narrativos según posibilidades, ese espejo roto que es la realidad. De ahí el incremento en el consumo mediático. Sólo en televisión hubo audiencias cercanas a los dos millones y medio en horas valle y superiores a los tres millones en horas pico.

Se leS cedió la palabra a los que saben de asuntos pontificios y hubo pocas intenciones de protagonismo… Sí, mejoramos.

Sin duda este cambio de chip mediático contribuyó a esa enriquecedora experiencia de usuario que hoy reconocen las audiencias. Ya se hizo esta vez… Claro que se puede.

Mientras afuera llueve

Quizás la imagen más frustrante de país sea la de todas estas tardes en las que vemos cómo el agua nos llega al cuello. Culpa, dirán, de la temporada invernal más fuerte desde que Santos asumió el poder, de la creciente por el paro de los empleados públicos o el desafío gota a gota del plan pistola, entre otros factores que marcan el inicio de los dolorosos para este Gobierno y que parece desleírse con cada crisis. (Publica El Espectador)

No era con un aguacero de cifras como los colombianos esperaban que el presidente afrontara la temporada invernal más cruel desde la “maldita niña”. Y menos en ese tono de inventario de “380 muertos, 22.000 familias y 306 municipios afectados”.

Nada cambió desde la última crisis como lo demuestra las crisis por inundaciones o el bloqueo por derrumbes que, por ahora, obligan al cierre de vías como la Línea o Letras. Y nada cambiará, salvo las cifras inhumanas, abstractas y desprovistas de sentido, si se cumple la previsión de otras tres semanas de lluvias.

No hubo ponderación con esa amenaza como no la hubo en los acercamientos con los sindicatos de trabajadores del Estado, los únicos que parecen funcionar. El Gobierno también creyó que se trataba del ritual de paros de temporada, de esos que, en el imaginario ciudadano, parecen haberse convertido en escenografía callejera.

Pues el tal paro de educadores sí existe, como también reencarna el paro en la rama judicial, el Inpec, la salud y los de Chocó y Buenaventura… Pero lo más grave no es que se den o que se unan, sino que sus demandas sean las mismas de antaño y se repitan año tras año como los aguaceros de todas estas tardes.

Tan grave como que se recicle el plan pistola, que en este mes ya contabiliza seis policías asesinados por armados ilegales.

Ya vendrán, como siempre, las declaraciones de emergencia, las negociaciones apresuradas, la escasez de alimentos, las ayudas tardías y el libreto de siempre, que nunca cierra y que se repite inexorablemente, como diría Soto Aparicio, mientras afuera llueve.

Qué contradicción

Tal vez sea esa la explicación. Esa adicción histórica a la adrenalina, el cortisol y la prolactina, las sustancias que según los científicos segregamos cuando sentimos odio o ira, esos dos apellidos que son más nuestros que el idioma o que el himno nacional. (Publica el Espectador)

Son la respuesta automática a todo tipo de propuesta, especialmente cuando tiene la cara de solución. Aquí, debate que trasciende es aquel que pasa por el insulto, la gritería y la altisonancia; y, claro, si genera una reacción en cadena que requiera de mayores dosis.

Hace rato, por ejemplo, que la discusión sobre la adopción gay perdió el rumbo y derivó en los lugares comunes de “lo antinatural” o “si no son ellos, quién más puede adoptar”, en medio del tropel y la mutua descalificación.

Por el mismo camino va el debate entre radicalismo religioso, alejado de la esencia; y el ateísmo soberbio que ahora se considera la cuna de los valores; o el de la tauromaquia que, en vez de seguir la senda de la argumentación de altura, ahora tendrá que dirimirse a las trompadas como ya se presagiaba en el pasado reciente, luego de la consulta ordenada por la Corte Constitucional.

Obviamente hay vertederos naturales de las insidias de alcantarilla que, para llegar al poder, en vez de proponer mejoras a los acuerdos de paz, el derrotero sea “volver trizas ese maldito papel que llaman acuerdo final con las Farc”, como se anunció en la nueva etapa del autodenominado Centro Democrático, reconocido por propios como una partido de derecha y por ajenos, como uno que desecha.

Lo único que falta es que ahora se líen a golpes con el naciente movimiento de las Farc por arrogarse el lema de partido de la esperanza.

Y mientras eso pasa, los avivatos de siempre, y esos sí de manera silenciosa, saquean Chocó, Córdoba y Guaviare; o se apropian de tierras baldías, contratos o recursos mineros; sin afectar el putamen social, que al decir de los científicos es la zona donde se activan la ira y el odio. Contradictorio, ¿no?

Por lo menos…

Pongámonos serios todos, audiencias, productores de contenido y medios. No hace falta mayor debate para entender que hay una brecha monumental entre los autodenominados “hechos alternativos” que acerca del proceso de paz corren por plataformas, redes y generadores de información, y los hechos, esos sí cruciales, que por adustos o provenientes de fuentes oficiales quedan relegados en la agenda pública y en la mediática. (Publica El Espectador)

Hay una enorme distancia entre “el hecho” (construido para paniquear) de una presunta llamada, según el columnista Saúl Hernández, entre Iván Cepeda e Iván Márquez en pleno debate parlamentario (como parte de lobby, propio de la política), y la aprobación por parte del Congreso estadounidense de 391 millones de dólares para el proceso de paz.

Hay un abismo entre la silla preferencial de Jesús Santrich en su viaje a Barranquilla y la visita a Colombia del pleno del Consejo de Seguridad de la ONU, por primera vez en un país latinoamericano. El hecho no ofrece aristas de sobreemocionalización o polémicas facilistas, pero veremos si alcanza el top de la agenda por sus implicaciones políticas y diplomáticas.

Y no demora en aparecer el escándalo con el concierto en un bar bogotano de Julián Conrado, el cantante de las Farc, como lo contó Noticias Uno, para atrapar el cubrimiento y atención que debiéramos darles a los acuerdos trascendentales que avanzan en el Congreso.

A esos terrenos resbaladizos de los prejuicios y de exacerbación de creencias básicas manipuladas nos ha llevado la oposición ante la contundencia del apoyo internacional.

Hay algo de utopía al esperar que los temas clave estén privilegiados en las lógicas narrativas y en la conversa pública; pero ojalá audiencias, prosumidores y medios dedicaran, por lo menos, la misma tinta y labia a decisiones y coyunturas que refrendan el proceso de paz, que las dedicadas a banalidades como las cartas vergonzantes de la oposición y el chascarrillo del encuentro de Pastrana y Uribe con Trump.

Acciones de verdad

Es retadora la pregunta, ayer, en la portada de este diario, acerca de qué debemos hacer para contrarrestar la violencia sexual infantil. Quizás sea necesario enfatizar en la primera persona del plural y en el significado del verbo utilizado, si asumimos que ya fue suficiente de likes, memes, avatares y mensajitos de solidaridad, que, como hemos repetido, han devenido sublimación, autoconsuelo y pasividad. (Publica El Espectador)

También ya estuvo bien de sólo cifras, estadísticas y promedios en las narrativas que describen el horror de agresiones a menores, causadas especialmente por criminales de su entorno cercano. Esa cuantificación, por más que apunte a la precisión, distancia la sensibilidad de las audiencias y pone la gravedad del problema en una nube que todos vemos, pero que no nos afecta.

Y ya basta también de refugiarnos en el populismo punitivo, creyendo que con pedir aumento en las penas estamos llegando a la raíz del problema.

Es momento de mirarnos hacia adentro para reconocer el absoluto fracaso en la formación y educación de los que hoy son adultos y que es el origen de nuestros, así nos neguemos a reconocerlos: el machismo, la violencia como solución de conflictos, la misoginia y el maltrato físico y sicológico.

Somos una sociedad enferma que transmite sus taras generacionalmente. Esos gérmenes malignos habitan en todos los rincones, primero, porque han sido inoculados con el ejemplo en la familia, escuela y comunidades cercanas; segundo, porque han sido legitimados por medios y costumbres; y tercero porque son aceptados, ocultados o disimulados como un mal menor si el victimario es alguien conocido.

Algo hay que hacer para reformar esos imaginarios y deformaciones. Ya hay iniciativas académicas para tratar el machismo. Esa es parte de la prevención, incluyendo a aquellos que se creen ajenos. Las asignaturas de ética y ciudadanía en primaria y secundarias deberían tener estos componentes. Gobierno y comunidades civiles y religiosas han de trabajar en campañas de cuidado y alerta con los menores. Y así la propuesta no guste, no dar papaya. El enemigo está al acecho.

Ni un sonrojo

Si sólo fueran 460 días… Si cumplido el plazo hubiese una luz… Si a partir del 7 de agosto del año entrante hubiera esperanza de voltear esta página vergonzosa de consejas, dimes y diretes, lambones y lagartos aquí y en el exterior, políticos mendaces, vengadores viudos del poder, apátridas sin autoridad, sin personalidad, sin credenciales, como ha pasado con el tan mentado como inocuo, como no sea para delatar nuestra levedad, encuentro social con Trump… (Publica el Espectador)

Pero no. Sabemos, y esa es nuestra condena, que independientemente de lo que pase en las elecciones que vienen, de las propuestas que se esgrimen y los promeseros consuetudinarios, seguiremos divididos con respecto a lo único que debería unirnos, indignados en relación con lo único que nos es común, y, a la vez, marcados con la misma seña de identidad de no futuro.

No pudo ser más bochornoso el espectáculo de indignaciones y recriminaciones en torno al saludo en inglés mal hablado (habida cuenta de cómo maltratan el español) de dos despistados exfuncionarios, que sólo ha servido para revalidar su descrédito y la desazón nacional.

¿De veras esos son los voceros internacionales que nos merecemos? ¿Los intérpretes de lo que nos ocurre? ¿Los llamados a enderezar un rumbo que perdimos desde el principio de los tiempos?

¿O acaso tienen más legitimidad los que ripostaron aquí adentro? ¿Los que denostaron por todas partes? ¿Los que expusieron sus miserias?

Mirados desde afuera debemos dar lástima. Esa misma lástima que decimos sentir cuando miramos, con nuestra proverbial prepotencia, a la derecha o al sur en el mapa, creyéndonos diferentes, lo que incrementa el ridículo.

Si tan solo hubiera alguien distinto. Si tan solo fuéramos un país aburrido en el que la sobriedad de funcionarios y ciudadanos invitara al bostezo y no a cubrirnos la cara cada vez que quedamos expuestos. Pero ni un sonrojo porque ni nos damos cuenta.

Y después critican el pesimismo o la falta de fe en la patria…

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