Por: Mario Morales
De estupor en estupor. Así, sin respiro y sin digestión, estamos viviendo la increíble realidad nacional empeñada en ocultarse a sí misma.
Cuando se había encendido una lucecita para comenzar a esclarecer algunos de los hechos que a manera de esqueletos siguen guardados en el armario de nuestra desmemoria, renace nuestra estirpe macondiana. (Publica el Espectador)
El recientemente capturado exsargento Bernardo Garzón, calificado pomposamente como el eslabón perdido, toda vez que había sido testigo en investigaciones sobre presuntos graves delitos de la fuerza pública hace cinco lustros, dejó boquiabierto al país al decir que nada sabía sobre esos hechos, incluido lo que sucedió en la retoma del Palacio de Justicia, y más sorprendente aún, que había sido suplantado en esas declaraciones.
Como sorpresivo fue que la Justicia Penal Militar hubiera cerrado, así de golpe, la investigación por la filtración de coordenadas del desplazamiento de voceros de la guerrilla a La Habana y que hizo pública en Twitter el expresidente Uribe. Preocupa la premura de la decisión y que alardeemos al tiempo con tener inteligencia militar de avanzada y no haya posibilidad de establecer el origen de un correo electrónico.
Menos intempestivo (ya nos estamos acostumbrando) ha sido que las pesquisas por las interceptaciones en Galerías se vayan diluyendo en la ambivalencia sin rubor del presidente, el mindefensa y sus allegados. La lentitud de la Fiscalía y el presunto proceso de borrado de discos duros dejan una estela de frustración asociada a la resignación.
Esos hechos forman parte del halo de misterio y ocultamiento que acompaña la historia nacional y que sólo sale a la luz pública a manera de chismes, como si fueran asuntos de poca monta, en medio de las histerias electorales de los expresidentes, o en los libros de historia no oficial que no alcanzan el mismo cubrimiento.
Y pensar que hay quien, desde altas dignidades, repite que el país no aguanta ciertas verdades. A ver si soportamos tantos estupores juntos…
