Por Mario Morales
Si por algo habría que juzgar el cubrimiento de los medios en esta campaña electoral es por haber caído en la trampa de la retórica demagógica del victimismo que implementó el uribismo incendiario con dos fines: despertar lástima y solidaridad y para no tener que dar explicaciones sobre las múltiples acusaciones pasadas y presentes de un movimiento que le ha apostado a la hecatombe desde que perdió la razón. (Publica El Espectador)
Ha sido tan efectiva la estrategia que hoy, increíblemente, hay quienes piensan que Uribe es el perseguido y Santos el autoritario, que Uribe es el demócrata y Santos el “castro-chavista”.
La génesis del problema mediático y periodístico, como ya se dijo aquí alguna vez, hay que buscarla en el reflejo condicionado que montó el ahora senador de destilar dosis de veneno y odio en cada declaración o consejo comunitario. Pasados los años, los reporteros aún hoy salivan frente al Twitter esperando que Uribe y sus áulicos abran fuego cada día y, más grave aún, les den crédito a sus ideas desquiciadas. El Gobierno ingenuamente ayuda a esa práctica, respondiendo y contraatacando.
Pararles bolas y luego darles prominencia a esas ideas trastornadas se convirtió en una rutina periodística automática generalizada, infectada de morbo y facilismo, que ha sido complementada por el bombardeo perturbado de joseobdulios y londoños buscando a toda costa convertirse a sí mismos o a terceros (como la Fuerza Pública) en chivos expiatorios para lograr entre los muchos despistados ese sentimiento de culpabilidad. Sumen encuestas amañadas y el aura de “intocables” ante la ley, como malosos de esquina, y está listo el coctel explosivo que busca petardear el proceso de paz.
Aciertan los medios al darles más despliegue a hechos delincuenciales, como las chuzadas ilegales contratadas por la ultraderecha, frente a rumores sin pruebas. Ahí fueron precavidos, pero resbalan en la cascarita de cubrir como si fueran noticias lo que no son más que intentonas de generar miedo. La diferencia entre una política mediocre y un régimen de terror.
