Por Mario Morales

Seguimos en pérdida. Frente a los retos que plantea el presente vertiginoso, fragmentario y escéptico, el balance para nuestro periodismo es desesperanzador. (Publica el Espectador)
Pasamos sin escrúpulos del mimetismo de la estrategia militarista (esa del count body), a la demagógica prensa de declaraciones (esa de respeto tu opinión, pero…), hasta degenerar en esta suerte de reporterismo punitivo o justiciero, de tan oscuro recuerdo hace un siglo en Europa.

Por culpa de ese seudoperiodismo de videos, de esa ramplona crónica roja, con casi todo de lo segundo y casi nada de lo primero; y de la mal interpretada interacción con las audiencias sacrificamos el qué, el presente y la memoria de este país pegado con babas.

A veces nos creemos el sheriff del condado, otras nos consolamos con la histeria que reclama captura de los “presuntos” autores. Luego enfundamos las “narrativas” hasta un nuevo suceder… Aplica para todas las categorías.

Pasada una semana del accidente aéreo que dejó 16 policías muertos nos remitimos a la intestina guerra propagandística del quién tuvo la culpa y nos quedamos sin la historia de la tragedia y sin el rostro de las víctimas, como si fueran líneas argumentales de quinta categoría.

No importan los detalles, el trasfondo o las implicaciones. Alistemos la espada ahora que se enfrentan otra vez Petro y el procurador. Y envainémosla ahora que renunció el gobernador de Cundinamarca. O cambiemos de tema ahora que se entregó otro de los conductores ebrios y no por ello menos criminales…

En ese fútil juego “detectivesco” se nos van las historias. Cada vez más nos parecemos más a los espectadores del siglo pasado que describía el crítico W. Lippman, “llegan hacia la mitad del tercer acto y se marchan antes de que caiga el telón, quedándose el tiempo suficiente sólo para decidir quién es el héroe y quién el villano de la función”.

O sin ir tan lejos, quizá reescribimos ese reality de la señorita Laura, a la espera que entre el “desgraciado”. ¡Qué comience la audiencia!

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