Por: Mario Morales
No alcanza la euforia que ha despertado el Mundial Sub-20. Ni los goles de la Selección ni el nacionalismo, que dura lo que los triunfos, serán suficientes para tapar la vergüenza que nos acompaña.
El informe de Forensis-2010 de Medicina Legal, el estudio de País Libre que nos deja entre los tres países con más secuestros y la ubicación entre las 10 naciones más violentas del planeta han hecho sonar de nuevo las alarmas. (Publica el Espectador)
La falta de respeto por la vida e integridad de los otros es nuestra peor deuda con la humanidad. Fueron 17.459 víctimas de homicidios con plena prueba, pero las muertes violentas casi llegan a 30.000 en 2010. Incluyen accidentes como los de tránsito, muchos de ellos homicidios culposos, la escalofriante cifra de un suicidio cada 5 horas en promedio y cerca de 1.500 con violencia no determinada. Cerca de medio millar más que en 2009.
El incremento trasciende la pugna entre seguridad democrática y seguridad integral de Santos. Habla de un país asocial, misántropo, intolerante e inhumano cuando se revisan los más de 250 mil casos en los que hubo lesionados por violencia interpersonal, intrafamiliar y sexual. Lo peor, lo más incomprensible y lo más imperdonable es el altísimo porcentaje en que el victimario es un familiar o conocido.
Ni el crecimiento en escolaridad ni la prosperidad en los hogares han frenado ese espíritu indomable y criminal para zanjar diferencias.
Esas tribunas pacíficas y esa alegría mundialista en las calles parecen más una impostura. Basta un destello de pasión, una desavenencia o un episodio de celos, para que reaparezca el síndrome de Caín, del cual parece somos herederos legítimos.
El debate por el respeto a la vida escasea en las campañas electorales y en la reformitis del Gobierno. Fue la telaraña para captar adhesiones o sellar con babas la pretendida unidad nacional.
Lo único que se advierte son campañas prohibicionistas de venta de licor o porte de armas que dan resultados inmediatos pero trasplantan el problema a otros ámbitos.
¿Dónde están las políticas públicas, las campañas educativas, los proyectos creativos? ¿O estamos abandonados a esa suerte?
