No cambia

Por: Mario Morales
Gracias a Wikileaks, el fenómeno mundial de estos 12 meses, entenderemos por qué Juan Manuel Santos es el personaje del año en Colombia. (Publica El Espectador)
Los cables de la “wiki de las fugas”, publicados el sábado, permiten la disección y toma de otra radiografía (la función clave del portal antes que dar chivas) del Presidente colombiano. No ofrecen ninguna revelación acerca de su talante y, no obstante, ese es su mejor descubrimiento: Que no ha cambiado; lo que quiere decir que cambia todo el tiempo: camaleón de la política, con olfato para leer coyunturas y readaptarse.

Cuando Wikileaks cuenta, en El País de España, que siendo presidente Santos se desmontó de lo que tanto buscó como Mindefensa (presencia de EU en bases militares nuestras o que prefirió el abrazo tropical de Chávez a la fría mano del país del norte), confirma lo sabido desde siempre: que es el mejor nadador en mares de la ambigüedad; que sabe jugar duro, aun contra sus principios; que sabe rotar a amigos y enemigos con amaño a su conveniencia; y que su único leitmotiv, así sea paradójico, es que sólo los estúpidos no cambian de opinión.

A diferencia de los demás, incluido Uribe, que no tienen remilgos de soberanía y no entienden de autodeterminación, plegados a intereses de EU antes de expresados, hay que reconocer que Santos sabe alternar eso de poner una vela a Dios y otra al diablo, sin que sea claro quién es quién, para él, en cada momento. Sin sentirlas sabe repartir simpatías y trastocar posiciones y programas. No es sino preguntarles a los “verdes” y a Petro, reinterpretados en cuerpo ajeno.

Hasta aquí quizás algunos lo encuentren prometedor, como el 82% de encuestados por Gallup que aprueba su manejo de relaciones internacionales. Pero no sobra decir que hasta ahora todo ha sido propicio para Santos. Por eso en opinión favorable alcanza 72% (baja 4%, pero supera el mejor momento de Uribe, 70% , después de la Operación Jaque).

Veremos si su imagen sigue bajando con los efectos del invierno, desempleo y corrupción reinante, pero sobre todo a la hora de la rendición de cuentas. Y sabremos si sus proverbiales saltos de trampolín le alcanzan para mantener el teflón, único legado que parece querer de su antecesor.

Uribe, al desnudo

Por: Mario Morales
Expuesto. Así ha quedado el ex presidente Uribe luego de los cables de Wikileaks, las «filtraciones» del libro de Yidis Medina y las declaraciones de funcionarios como el ex embajador estadounidense Myles Frechette, que publicó ayer este diario. (Publica El Espectador)

No sale bien librado el ex mandatario. Sin proponérselo, esas tres fuentes ayudan a construir el perfil de un hombre obsesionado con el poder hasta el punto, según el libro de Yidis, de hincarse de rodillas en el baño presidencial para ganarse ese voto en su propósito reeleccionista, mientras invocaba la salvación de la patria.

Perfil que refuerza, sin ambages, conforme a su estilo, Myles Frechette cuando confiesa que Uribe “despertó muchas preocupaciones en Washington”, que en ese momento “la figura de la democracia estaba muy maltrecha” y que “parecía que el Presidente se estaba alejando de los principios democráticos”.

Y es que debía parecer dispuesto a todo, con base en esos cables de Wikileaks: a contrarrestar a Chávez mediante la acción, incluyendo la militar; a llevar la iniciativa de ofrecer bases como la de Palenquero para disuadir a los vecinos; a permitir un esfuerzo militar unilateral de Estados Unidos para rescatar a sus tres secuestrados; a intentar una negociación con la guerrilla o, aún más allá, a autorizar que fuerzas colombianas cruzaran a Venezuela para capturar a líderes de las Farc y traerlos a nuestro país.

Mientras, su ministerio de mostrar, el de Defensa, en crisis por falta de comunicación entre oficiales superiores, por la desconfianza del ministro Silva con el general Padilla, por la desconfianza de Washington con la secretaria privada de Silva, por la desconfianza del general Suárez, inspector del Ejército, porque Uribe seguía “viendo el éxito militar en términos de bajas”. Amén de la desconfianza de su Vicepresidente por su real comprensión de la gravedad del tema de las ‘chuzadas’.

Si algo hay que reconocer es el carácter predictor del entorno uribista. Ya sus asesores vaticinan nuevas revelaciones que tal vez permitan el cabal cumplimiento de la profecía de la hecatombe si fracasaba la reelección; al fin y al cabo ellos no aclararon que sería de carácter personal.

Chuzados y sin garantías

 

chuzadasEn lugar de aclararse, el novelón de las interceptaciones a los diálogos de La Habana se sigue enredando y amenazando tanto el proceso de paz como el ejercicio y la calidad del periodismo en Colombia.

(Publica Razón Pública.com)

Por Mario Morales*

 

 

Final de novelón

Si algo le faltaba al guion de telenovela de bajo presupuesto en que se convirtió el escándalo de las interceptaciones por parte de la inteligencia del Estado colombiano, era la conclusión de que en Buglly Hacker no hay indicios de actividades ilegales, dada a conocer un día después de la revelación de las conversaciones privadas de alias “Timochenko” con los negociadores de las FARC en La Habana.

Ni la declaración de la Inspección del Ejército ni las conversaciones reveladas por Inteligencia Militar logran disipar las dudas razonables que quedan en el ambiente, luego de que medios nacionales e internacionales dieran a conocer la lista de periodistas y opositores presuntamente chuzados en circunstancias que están por esclarecerse.

La verdad está embolatada no porque esté en tela de juicio la veracidad de las transcripciones de esas conversaciones, ni la labor de las primeras pesquisas, sino porque están entreveradas en otro capítulo de la ya extensa serie de acontecimientos que han acabado por agobiar a la opinión pública nacional y por confundir a medios y periodistas en medio

de dimes y diretes, versiones y retractaciones, mentiras a medias y digresiones que dejan tras de sí una larga estela de desinformación que afecta de muchas maneras el quehacer periodístico.

No se trata pues de un rumor o una versión que pu ede acallarse a punta de declaraciones firmes y tajantes como las que ha intentado el estamento militar.

Si algo ha quedado claro es que la denuncia de la revista Semana no era un asunto de poca monta. Primero, porque ese proceso de desinformación no solo acabaría por revictimizar a civiles legítimos que, si se comprueban varias versiones, fueron el objetivo de esas interceptaciones.

Y segundo, porque pondría en riesgo el proceso de paz donde se juega el presente nacional, y se llevaría por delante numerosos derechos como el de saber, por lo menos, una parte de la verdad, y, sobre todo, los de la libertad de prensa y libertad de expresión, sujetos a los vaivenes de intereses aún no abiertamente establecidos.


El Presidente del Partido Liberal, Simón Gaviria.Foto: ICP Colombia

Nada ha quedado claro

Nadie salió a desmentir al director de la revista mencionada cuando anunció que tenía en su poder las pruebas que soportaban las publicaciones. Y no es creíble que se comprometiera, él mismo y consigo el semanario, si de veras no las tuviera.

Tampoco se ha controvertido con bases las denuncias del canal Univisión de que habría 2.600 correos electrónicos intervenidos de voceros de la insurgencia y periodistas nacionales e internacionales.

Ni se ha contradicho el reporte del canal RCN sobre indicios de la interceptación de 500 conversaciones, cien de las cuales habrían sido de manera ilegal. Ni ha sido rectificado Simón Gaviria, director del Partido Liberal, que hablaba de interceptaciones a 400 whatsapp, 500 pines de blackberry y numerosos correos electrónicos.

No se trata pues de un rumor o una versión que puede acallarse a punta de declaraciones firmes y tajantes como las que ha intentado el estamento militar.

A cambio de explicaciones fehacientes y satisfactorias, la esfera pública ha sido sometida al bombardeo de contradicciones y declaraciones encontradas: que ilegales e inaceptables, que legales aunque compartimentadas; que oficiales relevados, que no, que separados temporalmente; que interceptación a los armados ilegales, que interceptación al espectro, como en un juego de telebolito.

Desde el tuit del expresidente Uribe donde hablaba del presunto malestar de la fuerza pública por la enérgica declaración del presidente Santos en la que decía que las chuzadas eran inaceptables, el Ejecutivo y los mandos castrenses han intentado bajarle el volumen a un asunto, que de confirmarse, no solo afectaría a las presuntas víctimas, sino que reeditaría la manida hipótesis que esas actuaciones ilegales serían una política de Estado, con el agravante de que el Gobierno no estaría al tanto de tales operaciones.


El Presidente del Partido Liberal, Simón Gaviria.
Foto: ICP Colombia

Desinformados

La ausencia de pruebas de carácter oficial ha dejado circunscrita la labor informativa a las siguientes posibilidades:

– Al denominado periodismo de declaraciones o de versiones, reactivo unas veces, oportunista otras, pero en todo caso temporal y en riesgo por las veleidades de la opinión pública.

– A las filtraciones que no faltan cuando sube la marea y el río está revuelto, con los riesgos éticos y de enfoque que ello tiene.

– A prácticas inmediatistas y no verificadas como la reproducción de fotografías en redes sociales de presuntos implicados pero fuera de todo contexto.

– A las labores investigativas de unos pocos buenos reporteros cuyos productos dejan mal parada, hasta ahora, a la verdad oficial.

En medio del naufragio hay pocas tablas de salvación que permitan lograr narrativas periodísticas contundentes y confiables que le puedan explicar a las audiencias las causas y efectos de un fenómeno tan complejo, tan variable y tan inasible.

Más allá del resultado mismo, si algún día lo hay, ha vuelto a quedar cuestionada la misión garantista del Estado para el ejercicio idóneo del periodismo.

La argumentación de las fuentes gubernamentales al alcance es precaria:

-Va desde el manoseo del concepto jurídico de legalidad (como ese de que es legal si hay orden de un fiscal de por medio -y no la hubo como lo prueban los allanamientos posteriores del ente investigador-, o si, como ahora dicen desde ministros hasta altos mandos castrenses, lo que se interviene es el espectro, ese lugar vago, inubicable y frágil, cuyos límites, situación, alcances y objetivos no conocemos y quizás no conoceremos de manera prístina).

-Pasa por las mutuas solicitudes y requerimientos de investigaciones ágiles, profundas y “exhaustivas” -y que no es otra cosa que una forma de lavarse las manos-.

-Y llega hasta la invocación de asuntos de seguridad nacional que cierran el debate al llevarlo al escenario patriotero de “deber antes que derechos”.

Por la libertad y la información

Como se ve, las perspectivas no son halagüeñas. A expensas de las indagaciones de la Fiscalía y del pretendido contrapeso de la investigación disciplinaria de la Procuraduría, los apartes deseables de verdad de un tema tan delicado quedan por ahora en manos de los sabuesos del periodismo investigativo y de fuentes, interesadas y no interesadas, cercanas a las pesquisas.

Pero más allá del resultado mismo, si algún día lo hay, ha vuelto a quedar cuestionada la misión garantista del Estado para el ejercicio idóneo del periodismo.

No es suficiente con que los reporteros digan que entienden la labor de los organismos de inteligencia y que no tienen nada que temer. No. El Gobierno y las autoridades deben garantizar sin excepción la libertad de expresión de los comunicadores, la garantía de que no solo no son espiados sino que sus comunicaciones no son utilizadas como caballos de Troya con fines militares.

El efecto, como dijo Ignacio Gómez, presidente de la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), es que se “vulnera la confianza de las fuentes en las comunicaciones con el periodista”. Esto es, la confidencialidad y el sigilo profesional que aparece en nuestro marco jurídico.

Pero también los ciudadanos deben tener el aval de su privacidad y la promesa renovada con hechos ciertos de que toda investigación que signifique intervención de sus conversaciones, correos, chats y llamadas telefónicas tiene el respaldo anticipado y legítimo de un fiscal.

Pero más que nada, hay que exigir que caiga todo el peso de la ley sobre sectores, grupos o individuos que desde las posiciones de privilegio de la inteligencia militar utilizan los operativos, fachadas, elementos y demás posibilidades técnicas para servir a intereses particulares, politiqueros, guerreristas y antidemocráticos.

No hay que olvidar que la desinformación, la confusión y las verdades a medias son armas poderosas de propaganda política y propaganda negra. Al fin y al cabo, y a pesar de los avances en los diálogos, todavía estamos en guerra.

Por eso es oportuno que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos haya anunciado que pedirá cuentas al Gobierno colombiano por este oscuro capítulo de nuestra historia.

Porque por ahora hay más dudas que certezas, y preguntas sin respuesta, como esa de que si así se trata a la verdad, ¿qué podrá pasar con la justicia y la reparación?

El hombre que corrió los límites entre realidad y ficción

Por Tomás Eloy Martínez

Nadie pudo borrar con tanta eficacia como Norman Mailer las débiles fronteras que separan la realidad de la ficción. Escribió periodismo con la misma soltura y brillo que se advierten en sus novelas, y trabajó las novelas con la paciencia de un investigador obsesivo para quien la realidad era sólo una de las ramas de la imaginación. Publica La Nación de Argentina

Como no podía ser de otro modo, Mailer murió un sábado, ayer a la madrugada. Llevaba un mes y medio internado en el hospital Mount Sinai de Manhattan, y ya los médicos lo creían fuera de peligro. Su físico de roble parecía condenarlo a la eternidad, pero de pronto todas las vísceras se le desbarrancaron, una tras otra, y el gran escritor se vino abajo de golpe, como le había sucedido otras veces en los gimnasios de box.

Cuando conocí a Mailer en 1979, yo sentía la misma admiración que ahora por la fuerza luminosa con que ensanchó los límites de la literatura, encogiéndose de hombros ante el desdén de los críticos y avanzando sin inmutarse entre el alud de adjetivos que lo castigaban: oportunista, machista, ególatra.

En mi antología personal figuraban por lo menos seis de sus 39 libros: Los desnudos y los muertos , una novela de 700 páginas que escribió entre los 22 y 24 años, y publicó a los 25, en 1948; Los ejércitos de la noche , con el que ganó el premio Pulitzer en 1968; El combate , 1975, memorable crónica de la pelea entre Muhammad Ali y George Foreman por el título mundial de todos los pesos en el Zaire de Mobutu; La canción del verdugo , de 1979, y El fantasma de Harlot , de 1991, mil quinientas páginas admirables dedicadas a describir los laberintos de la CIA con una inteligencia narrativa y una sabiduría para entender el corazón humano que parecía haber desaparecido cuando murieron los grandes novelistas del siglo XIX.

Me dicen que la última, Un castillo en el bosque , es tan buena como Harlot, pero yo prefiero quedarme con las dos últimas y seguir releyéndolas, hasta recuperar en ellas el eco de su voz perdida.

Televisión para ver en las regiones

Por Omar Rincón
TB3 televisión, de Barranquilla. Este canal hace crónicas con mucha inventiva visual, narraciones sinceras que evitan la pornomiseria y cuentan historias desde el punto de vista de la gente. La Loma 1, un contraste en la capital estratégica, realizado por Eliana Margarita Álvarez, es una excelente narración que deja que las imágenes, los sonidos y los personajes construyan un retrato profundo de la pobreza.

EPM TV, de Pereira. En el programa Olfateando, los no famosos, la gente que construye la dignidad en su vida diaria, son contados respetando su destino y con énfasis en las imágenes para producir televisión entretenida, que no cae en el miserabilismo, sino que invita a pensar en el heroísmo cotidiano.

Canal Capital, de Bogotá. Versión Libre es la única franja de opinión en la cual el disenso es posible, el análisis triunfa, la diversidad de puntos de vista genera diferencia y produce opinión pública. Además, es cuidadosa en su realización y cuenta con excelentes entrevistadores.

Canal U, de Medellín. Tremendo proyecto es Ágora, historia de las ideologías y la política, porque analiza las ideas y los ‘ismos’ que marcan el pensamiento actual. Mejor aun, el modo como asocia a las universidades de la ciudad para producir conocimiento de punta. Y excelente que no solo es televisión sino que hace radio y multimedia. Televisión inteligente de la que tanto hace falta por aquí.

TeleAntioquia. Su serie documental Antioquia letra a letra es excelente porque hace televisión diferente al recurrir a diversidad de propuestas narrativas y a los mejores realizadores de Antioquia. Una serie en la cual se encuentra una visualidad distinta. Y lo más contundente: llegamos a conocer a Barba Jacob, Efe Gómez, Fernando González, Leon de Greiff, María Cano, Manuel Mejia Vallejo, Luis Tejada, Gonzalo Arango, Tomás Carrasquilla y muchos autores más. Televisión para coleccionar.

TeleCaribe. El libro de Sofía es un animado de Gustavo Raad, que a través del difícil formato de la animación busca desde la mirada de dos niños y un antihéroe, Super K, contarnos cómo y de qué está hecho el mundo, el conocimiento y la sociedad. Televisión infantil con recurso de imaginación. Así mismo, Historias de mi pueblo y Trópicos son dos modos de acercarse a las historias en color local para emocionarse con el sentimiento del Caribe y la dignidad de sus gentes.

OMAR RINCÓN
CRÍTICO DE TELEVISIÓN
orincon61@hotmail.com

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