Carta de Navidad con aclaraciones

Querida tiíta:
Gracias por tu saludo navideño y los parabienes (te sugiero cambiar esa palabrita en estos tiempos alternativos) que haces extensivos a todos tus familiares y compatriotas. A propósito, ¿Cómo te ha ido con tu nueva nacionalidad?. Parece que no tan bien porque apestas a optimismo. Eso te pasa por tener correspondencia Con Sabas Pretelt, Holguín Sardi y Fernando Londoño. Ya sabes, los conservadores, nunca se sienten tan a gusto como cuando los liberales están el poder. Es decir, casi siempre.
Pero permíteme hacerte unas precisiones. Cuando te dicen que el año termina con un Gran Iluminado, es obvio que se refieren a las decoraciones domésticas, los servicios de las empresas de energía, las celebraciones en Santafé de Ralito y Tibú, el Plan Patriota y las escaramuzas en cerca de quinientos municipios del país.
Eso de que aquí reina la quietud, quizás haya llegado a tu oído, si es que tus lagunas te permiten recordar ponerle las pilas a tus audífonos; pero no te preocupes, que ese mal, el de la sordera por culpa de la amnesia, acompañado del gen de la terquedad, está generalizado por estos lados; de él ya adolecen el ministro Carrasquilla, Fabio Echeverry, los banqueros y 27 millones más de adultos colombianos.
Bueno, es verdad lo de la quietud pero evidentemente están hablando que por estos días todos quieren inmovilizarse. Parece que eso es más barato que mandarse hacer un estudio fotográfico con Carlos Duque y montarse en el reality de una campaña para llegar al Congreso, sin contar con el ahorro de escándalos de alcoba, de closet y de los remiendos en las declaraciones de renta.
Sí es cierto lo que te dijeron. No creceremos más este año Y también es cierto que no debemos buscar las causas afuera. Nos quedamos chiquitos este año, como me decías cuando no me tomaba la sopa: por pura «constitución». Con razón nos están haciendo injertos
Por esta época hay más trancones en las vías de la ciudad que para los proyectos presidenciales en el Congreso. Quizás tú que estás tan cerca del Canal de la Mancha y lejos de toda mácula, si puedas entender porqué comparan a Uribe con el famoso Hidalgo y porqué escogió a un ministro de la talla de Sabas, como su fiel y leal acompañante.
Pobres-Pobres casi no se ven, ni se oyen y quizás ni existen como dicen el DANE, el Minprotección social y todos estos osados muchachotes, que son mejor ejemplo de economía en las explicaciones que tú, con tus giros cada vez más escasos y con ese pretexto que contradice tu fe en la patria, de que los dólares engordan más allá que aquí en Montería.
El país inseguro-inseguro no es. Basta que llegues a tu casa antes del noticiero de las siete (y que por supuesto no lo veas), que no tengas vecinos pobres o desempleados y que parezcas que no trabajas, que no tienes ahorros, que estás naufragando en deudas y que sólo estás a la espera de un consulado, la alcaldía de Soacha, una curul en el Congreso, la oportunidad en un reality, o que hayas aplicado a última hora en una autodefensa.
Lamento como tú, lo del Once Caldas, pero me quedó una duda. Cuando te referías a que eso nos pasaba por estar muertos de miedo por los ataques rivales, sin ninguna capacidad creativa y con el eterno versito del cuerpo técnico, ¿Estabas hablando de fútbol?
Me entristece que hayas decidido aplazar tu viaje de vuelta al país. Hacen falta colombianos como tú, que salieron en la época de crisis en busca de oportunidades, que hacen fuerza todos los días para que esto cambie y regresar al terruño. El país te debe por lo menos la afiliación al Seguro Social y a un fondo pensional, para que vean por esa inmerecida y patriótica hernia discal.
Pero ánimo, como decías desde las épocas de Turbay: Imposible que el año entrante estemos peor. Ah y Feliz Navidad.

Prensa bajo amenazas

En dos semanas se ha exacerbado la presión sobre los periodistas para impedir que hagan públicas sus investigaciones. En Colombia la prensa es parcialmente libre, mientras no estorbe a los poderosos de todas las raleas.

 

Por Mario Morales

(Publica Razón Pública)

primera fila portadaFoto: www.villafane.comAlgo se está acelerando

El ambiente está recalentado: lo prueba el termómetro de la libertad de prensa, que ha dado señales de alarma en lo que va corrido de mayo. Pero el mal que delata no es nuevo: se ha venido incubando desde hace casi cuatro décadas. Es más: el mal es síntoma de una morbilidad mayor, endémica, que no ha recibido la atención ni el cuidado que debían.

El rebrote de agresiones contra el periodismo habla de la fiebre a la que tristemente nos acostumbramos, acompañada de las convulsiones de un año electoral y con proceso de paz a bordo. Detrás de la fiebre está el estamento corrupto más violento  enquistado en las élites de poder que reacciona contra la prensa, su único fiscalizador, ante la miopía o la paquidermia de los organismos de control del Estado.

Ya en los primeros cuatro meses del año estábamos en urgencias- con 32 violaciones  y 55 víctimas según el monitoreo de la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) cuando ocurrieron de modo casi simultáneo el atentado contra Ricardo Calderón, jefe de investigaciones de Semana, el asesinato del periodista  Alberto Lázaro en el Valle, el desplazamiento forzado de por lo menos ocho comunicadores en Valledupar y la denuncia de un plan para asesinar a los investigadores Ariel Ávila y León Valencia y al periodista Gonzalo Guillén.

Factores de alarma

primera fila imagen 1Foto: circulodeperiodistasdebogota.com

En término de cifras, el estado de alerta se mantenía en la misma situación que a comienzos de año o incluso del año pasado: lo nuevo ha sido la concurrencia de sucesos en solo dos semanas y el desafío que la delincuencia organizada lanzó ya no sólo a la prensa regional como lo viene haciendo de manera inveterada  sino a la nacional, que sufría menos presiones y corría menos riesgos a la hora de publicar este tipo de denuncias, al tener su sede en Bogotá.

Otro factor de alarma es el cambio de estrategia del crimen organizado: ya no se limita a amenazar para constreñir, como venía haciendo en los últimos años, sino que acaba de pasar a los atentados y al sicariato para acallar las voces críticas en los medios.

Esa osadía de la delincuencia si los indicios conectan a los presuntos autores de los atentados con las investigaciones que adelantaban los periodistas significa que han decidido combinar todas las formas de lucha para silenciar a la prensa: desde el asesinato hasta impedir la circulación de publicaciones, incluso provocando la respuesta solidaria de los medios y de la opinión pública que despierta este tipo de actos, con el propósito de enviar un mensaje de intocabilidad y la advertencia de lo que le puede pasar a todo aquél que se meta con ellos.

Desafío al gobierno y a la sociedad

Esos hechos lograron, sin embargo, que los grandes medios se ocuparan de temas que no eran nuevos en la agenda, pero que estaban olvidados o desplazados por otras noticias. Y que por fin la Fiscalía se ocupara de las investigaciones, bien por convicción o presionada por la opinión pública.

Por eso, prensa y organismos judiciales consideraron obvio que los ataques tenían una conexión directa con el trabajo reciente o en curso de los comunicadores o investigadores víctimas de las agresiones. De ahí el repudio generalizado a los atentados y planes contra Calderón, Guillén, Valencia y Ávila, en el entendido de que se trataba de un ataque contra la prensa toda y de un mensaje para la sociedad entera.

No es menos grave que ocho periodistas que cubrían temas referentes a la restitución de tierras, al conflicto y al proceso de paz hayan tenido que abandonar la capital del Cesar tras ser declarados objetivo militar del autodenominado “ejército antirrestitución”, que no solo amenaza la libertad de expresión, sino que reta al propio gobierno mediante la violencia.

No se trata entonces de casos aislados, sino de una estrategia para poner de rodillas al país en esta etapa crucial de su historia.

Tampoco se debe pasar por alto el asesinato del locutor y periodista radial Alberto Lázaro en Cali, no obstante que las primeras pesquisas apuntan a móviles de índole personal y ausencia de amenazas previas.

En medio de fuego cruzado

primera fila imagen 2Foto: www.flickr.com/photos/crissorama

Pero esa situación es permanente en las regiones, como lo documenta la Fundación para la Libertad de Prensa: en lo que va corrido del año ha habido por lo menos 15 amenazas, 2 desplazamientos forzados, 3 agresiones físicas o sicológicas, amén de otros casos de interrupción de la circulación informativa u obstrucción al trabajo periodístico, así como los más de 20 casos de intimidaciones en Montería, Santa Marta, Barranquilla y Valledupar.

Pero también desde el Congreso apuntan contra periodistas y medios, como ocurrió con el desafortunado artículo cuarto del proyecto de ley que pretendía legislar sobre la parodia, con algunas pocas buenas intenciones opacadas por las ambigüedades que dejaban expedito el camino a la censura o a las acciones civiles y penales contra el humor político, la sátira y toda creación fundamentada en características o actuaciones de personajes públicos.

Y como si fuera poco, grupos violentos o pequeñas bandas barriales también la emprenden contra la prensa, como pasó en el sur de Bogotá, donde atacaron un vehículo del Canal RCN o en Cali con un automóvil del diario Q’hubo.

Lentitud e impunidad

Casos emblemáticos no tienen aún pruebas concluyentes, como el de Jineth Bedoya, víctima de violación hace 13 años por su trabajo periodístico y de acoso por sus valientes denuncias, o el más reciente de Yesid Toro, también del diario Q’hubo, quien fue forzado a exilarse de Cali tras publicar un libro sobre sicariato, producto de sus investigaciones.

Y a pesar de las denuncias y de los insistentes reclamos de justicia, siguen prescribiendo casos de periodistas asesinados hace dos décadas: este año ya prescribieron dos, para un intolerable total de 62. Muy seguramente  dormirán también el sueño de los justos los casos que se siguen por el homicidio de los reporteros Nelson de la Rosa Toscaza de Cartagena, Manuel José Martínez de Popayán y Danilo Alfonso Baquero de Tame (Arauca), caídos en cumplimiento de su deber en 1993.

Con razón no nos va bien en las clasificaciones que año tras año hacen organizaciones de diversa índole, como Freedom House, que monitorea a 195 países y 14 Estados en formación. En esa lista, Colombia ocupa el puesto 14 y forma parte del grupo de naciones con prensa parcialmente libre, con deficientes indicadores en cuanto a libertades civiles y derechos políticos, lo que explica que 94 periodistas deban tener protección permanente incluso extrema en 37 casos hasta diciembre de este año.

Encuesta reveladora

Este recrudecimiento de acciones violentas contra la prensa opaca la leve mejoría  en asuntos de seguridad que habían percibido 707 periodistas entrevistados por el Proyecto Antonio Nariño (PAN) y la firma Cifras y Conceptos, en desarrollo de la segunda encuesta nacional a periodistas sobre libertad de expresión y acceso a la información pública, cuyos resultados fueron dados a conocer el pasado 3 de mayo, con motivo del día de la libertad de prensa.

El 20 por ciento de los periodistas encuestados afirmaron haber tenido restricciones por parte de autoridades para su libre movilidad, el 26 por ciento haber sufrido ataques por canales electrónicos, el 23 por ciento haber sido vigilado ilegalmente por el Estado, el 21 por ciento haber sido agredido por miembros de la Fuerza Pública y el 14 por ciento haber recibido agresiones por grupos al margen de la ley.

La consecuencia obvia en medio de esta atmósfera de amenazas es el temor que deviene autocensura, como lo manifestó el 47 por ciento de los encuestados:

  • 37 por ciento por presencia de armados ilegales en su región.
  • 35 por ciento por presiones que ocasionan el cierre de su medio o su despido.
  • 34 por ciento por estigmatizaciones de parte de gobernantes o altos funcionarios.
  • 25 por ciento por presión de autoridades del Estado.
  • 24 por ciento por recorte o interferencia indebida en sus historias por parte de editores de su medio.
  • 14 por ciento teme ser víctima de acosos judicial.

Con razón el Índice de Libertad de Expresión y el Acceso a la Información Pública en Colombia que monitorea el mismo PAN en 2012 apenas alcanza 50 puntos sobre 100, escasos 12 en la dimensión de impunidad y 38 en la de acceso a la información.

Derecho condicionado

Este mes, la Corte Constitucional aprobó con condicionamientos la ley estatutaria de transparencia y regulación del derecho de acceso a la información pública, que queda pendiente de la sanción presidencial.

Si bien dichos condicionamientos ampliarían el derecho de acceso, en el momento de escribir este artículo no se conocía el texto de la sentencia, particularmente en lo tocante a límites relacionados con la defensa y la seguridad nacionales, así como con el ente encargado de velar por su cumplimiento.

Algo es algo en medio de esta racha que ha llevado hasta el límite las alarmas  cuando el país se juega su futuro con la búsqueda de la paz, de la cual es motor e inspiración el libre ejercicio del periodismo, hoy retado y en entredicho.

Cibercolombiano

Si.Crecemos. Y no de cualquier manera. La actividad en internet ha aumentado de tal suerte que ha puesto al país en posiciones de vanguardia en cuanta medición internacional hay sobre el uso de la red.

Por Mario Morales

Publica revista Credencial

(Fotografías: Camilo Devis )

Dicen que el consumo y el acceso a la tecnología en Colombia están disparados. A continuación, un informe especial con lo último en cifras, análisis y declaraciones.

(Fuentes: MinTic, Socialbakers, Juancmejia.com, Crcom, EGM, Lanix, Dinero.com, DANE, Ipsos Napoleón Franco, IAP)

-En promedio, el colombiano gasta mensualmente $54.100 en telefonía celular.

-En promedio, el colombiano gasta mensualmente $30.000 en televisión por suscripción.

-En promedio, el colombiano gasta mensualmente $24.400 en internet.

-8 de cada 10 usuarios se conectan a internet 4,3 horas diarias. Y un usuario promedio pasa 2 horas y 12 minutos conectado.

-Las páginas favoritas de los colombianos son Facebook (87,95%), Twitter (54,42%), Youtube (46,36%), LinkedIn (31,22%), Pinterest (6,32%) y Foursquare (4,98%).

-Lo que los colombianos más compran por internet: teléfonos móviles (56%), ropa (54%), conexiones a internet para el hogar (45%), CD o DVD (41%), computadores personales (36%).

-Los aparatos que prefieren los colombianos: 57% de los consumidores elige el computador de escritorio; 50%, smartphones; 11% prefiere ultrabooks; 8%, notebooks.

-79,8% de colombianos tiene algún tipo de acceso a internet.

-A septiembre de 2012, el número total de suscriptores a internet en el país llegó a 7’037.241.

-Hay 48’699.217 colombianos abonados en servicio de telefonía móvil. De ellos, el 49,78% tiene teléfonos inteligentes.

-Edad promedio de la gente que más entra a internet: de 12 a 24 años; es decir, un 84,7%.
-Aplicaciones más usadas por los colombianos: Tap Tap Revenge 3.0, Traffic Rush, WhatsApp Messenger, MotionX GPS, WritePad, Tap Tap Revenge, Radio Colombia, Rat On The Run y App Box Pro.

-Los colombianos usan internet para: comunicación (78,7%), obtener información (74,3%), educación y aprendizaje (62,1%), actividades de entretenimiento (65,7%).

-Colombianos registrados en redes sociales: Facebook (87,95%), Twitter (54,42%) y Youtube (46,36).
¿Cuáles son los correos electrónicos favoritos de los colombianos? Outlook (antiguo Hotmail): 77,43%, Gmail: 70,84%, Yahoo: 37,2% y otros: 19,76%.

-El 74% de los colombianos tiene un computador en la casa.

-El 39,7% de los colombianos oye radio a través del celular.

-El 30% usa el computador para ver películas.

-El 16% hace compras por internet.

-La publicidad en internet creció un 15,32% durante el año pasado.

¿Qué tan digitales somos los colombianos?

Las internacionales

Medir lo que pasa en la red no es tan sencillo, tanto por la diversidad como por la profusión de canales, plataformas, aplicaciones y contenidos que inundan cada vez más el ciberespacio. Se habla de unos 800 millones de sitios web en la actualidad y de unos 2.400 millones de usuarios, que equivalen al 34,3 por ciento de la población mundial, según el Internet World Stats.

Es con ese estudio, en el que Colombia aparece con 26’936.343 usuarios de internet a junio de 2012, como iniciamos con los sorprendentes resultados de nuestro país en el ámbito internacional.

En el escalafón del Web Index Scores, que se ocupa de establecer la influencia que internet tiene en la vida de las personas, y con una muestra de 61 países, Colombia ocupa el puesto 26 con un índice de 53,86, no muy lejos de las naciones desarrolladas y de otras de la región, que tienen un mayor índice de desarrollo económico.

En la más reciente medición del índice de desarrollo de las TIC, que anualmente realiza la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), que es un ente de la ONU, Colombia ocupa el puesto 76 entre 152 países, y registra un crecimiento del 3,93 por ciento en relación con el año anterior. En los primeros lugares se mantienen Corea y Suecia. Este índice es, antes que nada, un reflejo de nuestros avances en la sociedad de la información con base en indicadores de infraestructura, uso y posibilidades de acceso. Si bien esta clasificación también la dominan los países más avanzados, el estudio deja en claro que buena parte de los del tercer mundo están en plena ebullición tecnológica y un creciente dinamismo.

En las redes sociales

En uno de los ámbitos digitales en los que Colombia crece más fuertemente es, sin duda, Facebook. En las mediciones que presenta Socialbakers, por ejemplo, Colombia ocupa el puesto 15, con 17’685.920 cuentas, creciendo en más de 1’100.000 usuarios en los últimos seis meses, y sólo es superada en Centro y Suramérica por Brasil, México y Argentina. El crecimiento sostenido del país en esta red social habla de una penetración del 40,01 por ciento. Como es previsible, el grupo que más crece está en el rango de 18 a 24 años de edad, y tiene cerca deseis millones de usuarios. Le siguen los usuarios entre 25 y 34 años. Las mujeres con cuenta alcanzan el 51 por ciento frente al 49 por ciento de los varones. En cuanto a marcas, Juan Valdez es la que mayor número de seguidores tiene, alcanzando cerca de 1’200.000 fans. Por ciudades registradas, Bogotá llega a 6’112.000 usuarios; Medellín a 2’168.000; y Cali a 883.500.

Facebook como sitio web también es el más visitado por los colombianos, seguido por Google-Colombia, YouTube, Google-Global y Windows Live, mientras que Twitter ocupa el séptimo puesto.

Twitter

Según el más reciente informe de la firma Semiocast de Francia, ya se superó el listón de los 500 millones de usuarios mundiales de Twitter. Colombia se ubica en la posición 12 con cerca de ocho millones de cuentas, aunque es necesario aclarar que los estudios anteriores señalan que entre el 27 por ciento y el 50 por ciento de estas se consideran inactivas, teniendo como referencia la actividad registrada en los últimos tres meses. Nuestro país está por encima de Argentina y Chile. En cuanto a la actividad en esta red social ocupamos la posición diez en Latinoamérica con un 16 por ciento de usuarios activos. Holanda es el país líder. Para la última semana de marzo los usuarios que más seguidores tenían eran Shakira, con más de 20 millones y medio, y Juanes con más de 7’400.000. En cuanto a los medios, Noticias RCN tenía más de 2’500.000 y Noticias Caracol más de 2’300.000.

El uso de internet

El 79,8 por ciento de colombianos utiliza internet, según encuesta de Ipsos Media CT. El mayor rango, por encima del 94 por ciento, está en las edades de 15 a 17 años y de 18 a 24. Donde menos se usa es en el rango de 45 a 55 años con un 55,9 por ciento. El 82,1 por ciento de los hombres la usa, frente a un 77,6 de las mujeres. En cuanto a estratos, el cinco es el que más se conecta, con el 94,5 por ciento, y el que menos lo haces es el 1, con el 71,6 por ciento. Pero más de la mitad, el 54 por ciento, dice utilizarlo todos los días.

Sobre los consumos de internet en Colombia, un estudio de ComScore mostró que un usuario promedio pasa dos horas y 12 minutos diarias. La tercera parte de ese tiempo lo invierte en redes sociales, el 15 por ciento en entretenimiento, el 7 por ciento en emails, el 8 por ciento en chats y el 36 por ciento en buscar información.

En publicidad

En cuanto a inversión publicitaria en medios digitales durante el primer semestre de 2012, esta estuvo cerca de los 60.000 millones de pesos, según un informe de la firma Prices Waterhouse Coopers, que tuvo en cuenta a 30 medios y 18 agencias. El crecimiento fue del 12,23 por ciento con respecto al mismo período del año anterior. Y según el reciente reporte de IAB, la inversión en este tipo de medios creció en un 15,32 por ciento durante todo 2012 con 145.729 millones de pesos, frente a los 126.366 millones de pesos que se invirtieron en 2011.

Los riesgos

Según Kasperski, el 39 por ciento de los usuarios en Colombia ha sido víctima de algún ataque durante el año, lo que ha puesto a nuestro país a la cabeza de las naciones suramericanas en inseguridad informática.

La televisión pública: ¿cierre y fin de la emisión?

Mario Morales Razon PublicaEn medio de reformas inanes y un cambio tecnológico veloz, esta mirada  a los modelos de TV pública en el mundo, a la historia y al momento que atraviesa en Colombia, deja un sabor bastante menos dulce que amargo.

Por Mario Morales

(Publica Razón Pública)

Los modelos disponiblesEran otros tiempos. Las respuestas eran más fáciles y repetidas. Y la pregunta, siempre la misma: ¿cuál es el mejor modelo de financiación y de operación para una televisión pública?  El de la British Broadcasting Company (BBC), aprendimos a decir y a creer.

Mario Morales televisionY si concebimos a la televisión pública como un  lugar de derechos, sería preciso rescatar el intento que está haciendo Canal Capital, desde sus propias limitaciones.
Foto: news.smashpipe.com

Claro, el modelo de sostenibilidad — vía impuestos a cargo de los ciudadanos — garantizaba estabilidad, pero más que nada pertenencia de los usuarios, quienes  pronto se convirtieron  en reguladores naturales de “su empresa”, hasta convertirla en la más grande, y en paradigma de independencia y de equilibrio: una suerte de videmocracia participativa, modelo de pluralismo y de diversidad creadora.

Ese ejemplo cundió en el viejo continente, pero las crisis económicas, que lo relativizan todo, han puesto a temblar el modelo con recortes anunciados de dos mil puestos de trabajo en los próximos cinco años en la propia BBC, afectando por lo menos el servicio mundial, los de Escocia y Asia, y otras extensiones radiofónicas.  Amén de las huelgas de protesta, que ya afectan emisiones y franjas de programación. La BBC ya nunca será igual.

Lo mismo pasa con la televisión pública en España, en Italia, en Francia y en Portugal,  donde el debate tiende a la privatización de algunas frecuencias, copiando el modelo que prosperó en Estados Unidos y en una parte de Latinoamérica con estilos variopintos de financiación — siempre en detrimento de la televisión estatal, no pocas veces confundida con la vocera de los gobiernos de turno y reducida a pequeñas expresiones que no cuentan ni en el rating ni en la repartición de la torta publicitaria.

Las excepciones corren por cuenta de Panamá, Brasil — donde la televisión pública compite con los privados mediante estaciones de corte educativo y cultural —  y Chile—  que tiene una televisión pública independiente del gobierno, apoyada en universidades y compitiendo por la publicidad con la privada-.

Caso aparte es Telesur, que no depende de la publicidad, pues está auspiciada directamente por los países del Alba, con asiento en Venezuela. Fue concebida como una televisión pública de alcance  continental para competir con empresas como CNN o Fox, Univisión y BBC. Tiene una fuerte carga ideológica de oposición al Norte desarrollado y primermundista y de exaltación del Sur, representado por los países que la patrocinan.

Colombia: una crisis permanente

El caso de la televisión pública colombiana es también particular, porque  quiso parecerse al modelo BBC, sin lograrlo: se inauguró el 13 de junio de 1954, bajo un esquema típicamente estatal, que luego derivó en un modelo de economía mixta, con concesiones.

Pero una vez apareció la televisión privada, los canales públicos pasaron a ser financiados  mediante aportes del presupuesto nacional,  combinados con ingresos publicitarios, pero en medio de crisis repetidas.

De hecho, la televisión pública colombiana siempre ha estado en crisis.  Las críticas actuales — más bien escasas frente a una oferta pobre, casi mendicante — son pálidas con respecto a las que recibía cuando solo había tres canales nacionales, o cuando nacía la televisión regional  y aún la comunitaria.  La televisión pública ha dejado de interesarnos, por irrelevante.

Y debe ser porque, aquí hemos confundido siempre lo público con lo estatal y peor aún, con los gobiernos de turno.  Quizás televisión  pública  en sentido estricto — la que va más allá de la financiación hasta la participación o la perspectiva ciudadana — no  hemos tenido nunca; si acaso intentos, programas y a veces franjas que  permiten alimentar ese sueño remoto.

De poco sirvió el esfuerzo del constituyente de 1991, que quiso dar autonomía al sector mediante la creación de un ente autónomo — la Comisión Nacional de Televisión (CNTV) — encargado de controlar y vigilar en nombre de la sociedad que representaba, pero que resultó tanto o más politiquero y clientelista que sus antecesores: no hizo ni lo uno ni lo otro.

Hoy quedan vestigios de ese naufragio:

  • un canal público nacional, el Uno, fragmentado, desconectado y poco visto;
  • un canal cultural, Señal Colombia,  a cargo de RTVC, que lo intenta y que a veces lo logra; los cinco premios India Catalina que acaba de ganar frente a los privados son bien elocuentes;
  • unos canales regionales y otros locales que son como golondrinas en medio de este desierto.

Y desde 2012, al frente de este dispositivo público  — es un decir — un ente mal concebido, mal criado y mal crecido: la Agencia Nacional de Televisión (ANTV), que hoy luce inerte, intrascendente y ahogada en sus propias contradicciones.El modelo actual: perverso e insostenible

Tras la gran fiesta del despilfarro ofrecida por la CNTV, hoy la televisión pública colombiana sufre un profundo guayabo: opera bajo un modelo de financiación perverso, subvencionado con lo que pagan por concesión y compensación los canales privados.

Un modelo paradójico: en palabras del comisionado Alfredo Sabagh, la televisión que no es negocio depende de la televisión que sí es negocio. En otras palabras, a más oferta, esto es, a mayor competencia de la televisión privada, mayor financiación, pero menos espacio para la televisión pública.

Pero esta no es la única competencia que debe afrontar la televisión pública: el país vive el boom de la oferta internacional a través de la  televisión cerrada —  la televisión por suscripción o por cable — que según la más reciente encuesta Ipsos alcanza al 85 por ciento de la población colombiana, para quien de todos modos los  canales nacionales privados siguen siendo sus favoritos.

Y pronto arrancará de veras la televisión digital, y con ella toda la oferta audiovisual por internet, en medio de la multiplicidad de ventanas, plataformas y dispositivos de recepción que amenazan con hacer trizas la forma habitual de consumir hoy televisión, y de paso esa forma de financiación asistencialista con origen en los privados.

Pero no será tan pronto como algunos piensan; la conectividad, aunque avanza en el país, cubre fundamentalmente los departamentos y las capitales principales. A las regiones menos favorecidas sólo llegan las señales de radio y televisión.

Eso explica que haya crisis internacional en el sector, pero una relativa estabilidad temporal para la televisión dentro de nuestras fronteras.

Pese a todo, algo queda

Pero no naufraguemos en la confusión. Si bien la televisión pública supone financiación pública,  este no es el rasgo que en realidad la define: es su carácter incluyente y universalista, basado en principios como la identidad nacional y regional; el equilibrio, más asociado con la equidad que con la imparcialidad; las parrillas de calidad; el pluralismo; la diversidad. Es decir, una construcción asentada en derechos humanos y democráticos.

Desde esta perspectiva, muy poco del contenido de la actual televisión pública pasa el examen:

  • Mencioné ya a Señal Colombia, que viene de menos a más, que apuesta, que explora, que se sale del molde, que le da la cabida a la creatividad y a lo distinto. Es de igual o mejor calidad televisiva, segundo por segundo de contenido que el resto de la oferta nacional, y con un modelo de negocio creativo que le apuesta a la coproducción y consigue que retorne la inversión para poder iniciar otros procesos.

Pero se encuentra ante la indolencia nacional que no entiende y tampoco asume la televisión como actividad cultural o educativa, sino como mero lugar de entretenimiento pasivo. El resultado es un rating que se puede contar con los dedos de una mano. Una de dos: o esos contenidos de calidad se construyen de espaldas al país, o el país se construye — en su tiempo libre y en sus aficiones — de espaldas a la televisión de calidad.

  • Y si concebimos a la televisión pública como un  lugar de derechos, sería preciso rescatar el intento que está haciendo Canal Capital, desde sus propias limitaciones: las técnicas, las de cubrimiento (al vaivén de los cable–operadores) y las políticas en tanto que dependen del gobierno de turno en Bogotá: desde el punto de vista laboral, de agenda y de acceso.

Su franja de opinión y de análisis es una opción ante el período de fatiga de los realities: como lo es su mirada incluyente de minorías, su espíritu libertario y su apuesta de meterle país a sus narrativas.Esa suma de factores ha tenido en el ojo del huracán de los organismos de control a Canal Capital:

–   Primero, la Contraloría investigó la transmisión parcial en vivo del histórico concierto de Paul McCartney, pero no encontró detrimento patrimonial ni  méritos para seguir el proceso.

–   Luego, la Procuraduría se abrogó el derecho de retomar esa investigación desde el ángulo disciplinario. Suena a falso moralismo con tufillo político y pacato que quiere ver uniformada la propuesta audiovisual.

Peor el remedio que la enfermedad

El panorama actual es poco halagüeño:

  • La ley de televisión “vigente” es obsoleta frente a los retos digitales del momento.
  • La ANTV no despegó;  se pretendió adscribirla al Ministerio de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (MinTic), pero ahora  quiere ser autónoma, y  para ello necesita margen de maniobra y presupuesto, que obviamente no tiene.
  • Esa indefinición es fruto de un gobierno que no le ha parado bolas al sector y que no ha tenido ni tiempo para nombrar sus delegados en los organismos de control y regulación.
  • Para colmo, un abogado asesor interpuso una demanda para que el ente fuera declarado organismo público (lo que consiguió) y para deshacerse de la  carga pensional de la antigua Inravisión (donde perdió).
  • Se acabó por cuestionar el puesto en la junta directiva del propio Ministro de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, mediante otra demanda ante la Corte Constitucional.  Eso fracturó “la unidad y el consenso que construimos durante las 38 sesiones de junta que tuvimos”, se lamentó el comisionado Sabagh.

Por eso, los temas centrales del sector están en el limbo: la puesta en marcha de la Televisión Digital Terrestre, el tercer canal, y licitaciones, como la que ya debía estar en proceso para adjudicar los espacios del Canal Uno. ¡Casi nada!  Para este año hay asignados por ley unos 130 mil millones de pesos para el funcionamiento de RTVC y para los canales regionales (a razón de unos 6 mil millones por cada uno).Llamado a los ciudadanos

Así cabe esperar más de lo mismo, sin negar estrategias de creatividad — como “contraprogramar” según Hollman Morris,  el gerente de Canal Capital — al poner en pantalla lo que los privados no ofrecen en horarios prime, como la opinión y el análisis.

O coproducir o vender al exterior, para paliar los costos, sin desmedro de la calidad, como propone Señal Colombia.

O hacerle el juego a lo cultural, a lo educativo, a lo identitario e idisioncrático, con una adecuado equilibrio entre lo hiperlocal y lo global, como se concluyó en un reciente  foro en el marco del Festival de Cine de Cartagena.

O apostarle todo a la TV–web y esperar que para entonces ya se haya inventado el cibermodelo de sostenibilidad.

O una nueva ley, como pide Sabagh, que garantice a un nuevo ente autonomía en lo técnico y en lo presupuestal.

Pero una nueva ley supone — no sólo demoras en el trámite legislativo — sino riesgo de que a algunos honorables congresistas les dé por regresar a los tiempos del clientelismo y del despilfarro de la CNTV, o de la asignación de espacios por casas políticas, o al control directo del gobierno de turno, o algo peor… Como se ve, nada  hace suponer que la larga agonía de la televisión pública en Colombia vaya a tener un final feliz.

Y ni modo de volver a soñar con el BBC Style. O quizás sí, tal vez sea justamente este el momento de pensar en la financiación directa de los contribuyentes, sobre todo si creemos lo que se dice tanto en la “tele”, que aquí no estamos en crisis. Como en otros tiempos.

Crisis en los medios de comunicación

Comienzan a caer los dinosaurios

La crisis que viven la BBC de Londres y El País de España — los medios de referencia del mejor periodismo británico e hispanoamericano — afecta al periodismo, a los periódicos y a los medios de todo el planeta — más allá del efecto mariposa — justo en el momento cuando parece deteriorarse la relación con sus audiencias en términos de confianza, de credibilidad y de pertinencia.

 

Por Mario Morales

(Publica Razpón Pública)

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La crisis por la que atraviesa El País — portaestandarte de los periódicos en lengua castellana  — es sólo un coletazo de lo que sucede con la economía global.
Foto: Comité de Empresa de El País.

Puede resultar un diagnóstico reduccionista afirmar así no más que la crisis por la que atraviesa El País — portaestandarte de los periódicos en lengua castellana — es sólo un coletazo de lo que sucede con la economía global y con la crisis de deuda soberana de la Unión Europea. También puede ser insuficiente limitar la serie de escándalos de la BBC a errores de un programa o de un grupo de periodistas.

Tampoco sirve como único argumento, tan de moda en los tiempos que corren, señalar a Internet y lo que sucede en la red como directos responsables de la inestabilidad de los medios tradicionales.

Una mirada integral que abarca la relación con las audiencias, las narrativas, las estéticas y las prácticas periodísticas, con el momento crítico de uno y de otro medio, permite comprender que los factores que provocaron tales crisis acechan y afectan a otros medios en el Viejo Continente y en Estados Unidos.

También podrían llegar en un futuro inmediato a Latinoamérica y a Colombia, cuyos medios masivos, salvo excepciones, siguen estables por ahora en el plano económico, pero padeciendo de múltiples conflictos éticos y legales.

Malas noticias en El País de España

Los despidos masivos que ya alcanzan a una tercera parte de la planta de trabajadores del diario, así como las jubilaciones anticipadas y la reducción brutal de los salarios de quienes continúan — que recuerdan la crisis de la televisión pública en Colombia, cuando llegó la privada a finales del siglo pasado — no sólo afectan a esos empleados, sino a suscriptores y lectores, quienes de entrada se ven perjudicados por la merma en los contenidos y en la presentación del periódico, pero también están afectando el estado de ánimo de los propios periodistas, de los dueños de los medios y de los anunciantes en todo el mundo: un círculo vicioso.

Una cosa es que cierren o decaigan periódicos locales o regionales bajo la presión de la globalización, el monopolio, la escasez de pauta y de suscripciones — lo que ya de por sí resulta lamentable — pero otra cosa es que la crisis toque a la joya de la corona: paradigma de escuela periodística, de industria cultural y de éxito económico durante décadas.

Precisamente, ahí delante está un problema económico monumental, que se hace evidente por su carga de desempleo, de menor poder adquisitivo, de familias que tienen que recortar sus gastos para cubrir lo esencial, de quiebras de anunciantes, etcétera.

No han sido suficientes los múltiples esfuerzos del otrora poderoso grupo Prisa — propietario del diario — mediante sofisticados ejercicios de reingeniería, explorando alternativas de convergencia, recurriendo a exigir pago por contenidos en la red…

¿Será otro indicio de que las industrias culturales, los medios tradicionales y la publicidad no han logrado adaptarse, no se han transformado ni tienen el liderazgo requerido para una puesta a punto en relación con los retos de la época?

La raíz del problema

Comencemos diciendo que el problema no es la escasez de audiencias en general. Público para medios y especialmente para periódicos es lo que hay, pues sigue creciendo gracias a la multiplicación de soportes.

Las estadísticas hablan de que más de la mitad de la población adulta se une a la lectura de diarios — esa plegaria matinal de la que hablara Hegel — a juzgar por las conclusiones de la última edición de la Asociación Mundial de Periódicos y Editores de Noticias.

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También puede ser insuficiente limitar la serie de escándalos de la BBC a errores de un programa o de un grupo de periodistas.
Foto: tomada de Youtube.com

El sector se fortalece: desde 2007, la audiencia de periódicos ha aumentado un 4,2 por ciento en el planeta. También se ha incrementado en 1,1 por ciento la circulación de prensa escrita paga, especialmente en Asia y en Oriente Medio, aunque no sucede lo mismo en Europa y Norteamérica. Claro: la gratuidad de Internet echa a perder cualquier modelo de negocio. Pero, ¿entonces por qué fracasa o no crece la prensa gratuita en papel?

También se buscan culpables en el campo audiovisual y en las otras formas de uso y consumo de las nuevas generaciones. Por eso, y sin pensarlo mucho, los periódicos impresos se dieron a la tarea de simular en el papel ambientes de consumo o lecturabilidad propio de las pantallas y asumieron como suyas categorías del ciberespacio, más allá del diseño, como la brevedad, la inmediatez, el registro como género patrón y el volcado de contenidos de las redes sociales.

¿Acaso esas estéticas homogeneizadas, esas narrativas de consumo y olvido, y esa idea contradictoria de reemplazar, así sea parcialmente y con la disculpa de la interactividad, al periodista por el ciudadano de a pie, terminaron transmitiendo el mensaje de que los medios y los periódicos ya no son indispensables para gestionar la vida (si es que alguna vez lo fueron, como algunos creemos)?

Y si a eso le sumamos los errores, las equivocaciones de buena y de mala fe y la difuminación de la línea que demarca los terrenos éticos por la premura, la presión, la competencia y ese renovado afán de salir a pescar audiencias, el resultado ha sido la pérdida del valor supremo del periodismo: la credibilidad como constructo de todos los demás elementos que lo fundamentan.

El caso de la BBC

Faltas, contradicciones o incoherencias en el campo de la ética son pan de cada día en el mundillo periodístico, pero que sucedan en un medio faro como la BBC — y a manera de seguidilla — llama la atención por su legendaria tradición con apego deontológico, independencia probada y reconocida, y su ejemplar modelo de sostenibilidad, definido antes que nada como servicio público, que los británicos pagan como una licencia para acceder a un medio televisivo de alta calidad.

Los sucesos conocidos y otros que ocurrieron entre telones parecen más las líneas de la escaleta de un mal culebrón:

  • Un periodista que se suicida por presunto acoso sexual de una colega.
  • El ocultamiento de un programa que denunciaba presunta pedofilia de un expresentador estrella del canal, ya fallecido,.
  • La emisión de otro programa que denunciaba abuso sexual infantil de un político, con base en una fuente que luego se retractó.
  • Lo de menos, por obvio, sería la renuncia de los directivos en cada caso, de no ser que, por ejemplo, al director general luego de separarlo de su cargo, le siguieron pagando salario durante doce meses; algo más de 700 mil dólares.

No son meras coincidencias. Algo tiene que estar pasado en la parte estructural del medio para que los filtros fallaran de manera tan grotesca. Los acontecimientos que rodean la renuncia obligada o las investigaciones contra algunas de las figuras o directivos no sólo tocan la órbita personal de los implicados, sino que ponen en el ojo del huracán la forma como se ha comprendido y emprendido hoy el periodismo de investigación, especialmente el audiovisual; el acceso y legitimación de las fuentes cuando se hacen señalamientos; los tiempos de producción, edición y emisión; la tendencia a espectacularizar en procura de audiencia, y los conflictos de intereses cuando tocan a periodistas.Para no referirnos al conocido caso de News of the Week del imperio Murdock

Inquietudes frente al cambio

No. Lo que sucede con El País y con la BBC no son casos aislados o efectos determinados por entornos críticos. Son campanazos de advertencia para anunciar que el mundo de los medios, tal como lo conocimos, ya cambió de manera radical. Lo que pase con ellos impactará, por efecto dominó, a los demás en términos de reputación, legitimidad y supervivencia.

El hecho de que dos gigantes mediáticos tambaleen al mismo tiempo — así sea por razones aparentemente distintas — da lugar a por lo menos las siguientes inquietudes:

  • Que nada ni nadie está exento de la crisis, no obstante el músculo financiero o la tradición periodística.
  • Que la sostenibilidad de los medios hay que analizarla no sólo desde el punto de vista económico, sino de manera integral, comenzando por la entraña periodística.
  • Que medios y procesos periodísticos no se han transformado a la velocidad de sus desafíos.
  • Que la relación con las audiencias cambió y el exceso de oferta pone a temblar el imperativo existencial de periódicos y otros medios.
  • Que lo que pasa en el ciberespacio y en las redes sociales pone en tensión los contenidos mediáticos tradicionales, que no parecen suficientes para satisfacer las expectativas de las audiencias.
  • Que las redes sociales tiene una dinámica distinta y unas reglas de juego diferentes, y que lo que allí pasa no es “trasvasable” a los contenidos de medios tradicionales. Las redes están construyendo su propio espacio y los medios convencionales están descuidando el suyo.
  • Que como no sucedía desde hace tiempo, parece que las audiencias no están en “la misma frecuencia de onda” con medios y periodistas… o viceversa.
  • Que el modelo tan en boga de un periodismo maniqueo — de parte y contraparte, de acusación y reacción, mientras el reportero se lava las manos — ya no convence; como tampoco convence el periodismo de voces o declaraciones de quien tira la piedra y esconde la responsabilidad.
  • Que para periodistas y medios quedan las zonas seguras de toda la vida, no negociables: la confianza, la credibilidad y los estándares de calidad periodística.
  • Que los caprichos editoriales y las decisiones periodísticas “porque sí” que reflejaron una verticalidad aplastante en el pasado, hoy generan en los públicos reacciones automáticas de zapping o “cambio de canal” de información.
  • Que la autenticidad sigue siendo la base de la novedad.

Pero que si no cambiamos, nos “cambian”, — parafraseando al expresidente del Senado, Fabio Valencia Cossio — en todos los sentidos posibles del término.
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