Por Mario Morales
Una cosa es hacer política con la rabia, otra dejarse llevar por ella. En el primer caso esa emoción, asociada a indignación, es estrategia para vehicular sensaciones colectivas. El político bebe o hace como si bebiera de ella y la transfunde en pegante social.
En el segundo caso el gobernante es presa de la exaltación, asociada a la ira, a lo visceral, que le hace perder el control y lo arrastra a terrenos de la vindicación, donde se confunde lo personal con la ideología.
La historia recuerda al séptimo presidente estadounidense Andrew Jackson, famoso por sus duelos; al irascible y rencoroso Richard Nixon y, como no, al Trump salido de casillas, especialmente frente a preguntas incómodas. Hay más ejemplos, casi siempre relacionados con autoritarismo.
No son pocas las veces en las que el actual presidente pareciera navegar en las aguas brumosas de esa rabia como se puede deducir de su abrupta decisión de prescindir del director del Dane, cuyo único error fue reconocer que no hubo manipulación de cifras en el pasado gobierno. Un mensaje preocupante que deja ver que no solo van por las imágenes, las palabras sino también por las estadísticas.
Expresión de enfado profundo fue la orden de levantarse de las mesas de empalme que hoy tanta falta hace y que no suple el libro de la Verdad, que ha tenido tan malograda vigencia.
Manifestación de enojo ha sido la actitud frente a Uribe, Paloma y su partido luego de que se negaran a recibirlo como precandidato en épocas de campaña.
Muestras de furia se vieron durante sus entrevistas de radio de entonces o debates como con Ariel Avila. O cuando interrumpió su intervención en Montería porque alguien hablaba por teléfono.
Es el síndrome de Hubris, como se le llama en sicología política a la intolerancia a escuchar, a la crítica o al disenso, como lo sabe el gobernador de Nariño o quienes, sin filiaciones políticas trabajaron en el gobierno pasado.
Y es que en este trastorno explosivo intermitente es un torbellino en el que hay un paso de la rabia al rencor y otro de allí a la venganza que no deja ver que, en estrategia, la rabia es mejor producirla que sentirla.
