En el limbo

Por Mario Morales

No se sabe si era peor tener triunfadores netos en las legislativas del domingo o este limbo en el que todos niegan haber perdido, nadie gana, pero todos dicen celebrar. Nada cambió. Ni nos movimos. No hubo tal viraje a la derecha. Ahí hemos estado siempre, así sea de manera solapada. No hubo tal resurrección partidista sino reacomodo con arreglo a fines. (Publica El Espectador)

Que el autodenominado Centro Democrático haya figurado no es más que el resultado del voltiarepismo de quienes por conveniencia temporal cambiaron de color, como lo volverán a hacer socarronamente después de mayo, porque tienen claro que ni Santos ni Uribe son asunto de principios, que son intercambiables, y que ni el CD ni la U son partidos sino emociones reunidas o simples paraguas según la coyuntura. Tampoco el “fenómeno Uribe” lo fue tanto como pretenden sus áulicos. Algo va de los 6 o 7 millones del pasado a los 2 del domingo. Lo sobredimensiona el morbo mediático y social dizque por ver “debates parlamentarios” con opositores.

Como si ese fuera el problema… Como si esa fuera la solución. Se mantiene la misma franja infestada de parapolíticos, entre 24 y 70 congresistas, dependiendo de cada grado de compromiso con un fenómeno que sigue vivito y votando. Y la izquierda ahí; demostrando que solita no tiene proyecto y que sólo suma cuando la usan para votar en contra de alguien. Comodín. Y queda, otra vez, Soledad, Atlántico, como símbolo y laboratorio de corrupción, y el indescifrable departamento de Córdoba, y la tibia e insolidaria Bogotá… Pero más que esos elegidos sin brillo, más que quienes votaron por ellos (convencidos, presionados o equivocados), más que quienes despilfarraron su opción con votos nulos o no marcados, son responsables de este limbo, de este desasimiento, esos mal llamados “ciudadanos” hoy quejosos y hasta beligerantes en redes sociales, filas y restaurantes que traicionaron su destino al negar su voto. Y que para colmo hoy recriminan con ese increíble argumento macondiano: “yo sabía que nada iba a cambiar, por eso no voté”… Ni modo.

Del dicho al voto

Por Mario Morales

Sólo dos cosas nos restan a los ciudadanos que creemos en la civilidad y la ley en esta democracia maltrecha y refundida: la voz y el voto. Con respecto a la primera hemos ido aprendiendo; de los balbuceos iracundos y del matoneo diario vamos entrando en los terrenos del debate, de hacer uso de la palabra pública sin levantar la mano, de escuchar más y hablar menos, con el entendido de que al compartir una idea, enlace o artículo, estamos comenzando a dialogar. Ahí vamos. (Publica El Espectador)

No pasa lo mismo con el sagrado derecho al voto, de cuyo valor pareciera que sólo tenemos la experiencia pesimista o referencias materiales que van desde las proverbiales lechonas, tamales y tejas, hasta el clientelismo en su forma más burda.

Por eso hay que repetir hasta el cansancio de aquí al domingo, de aquí a mayo, de aquí a que se elija el reemplazo de Petro que cada voto vale lo que vale un sueño, una esperanza, una apuesta de país; y hay que recordar que cuando la ciudadanía consciente ha salido a sufragar, algunas cosas han cambiado.

El mejor laboratorio ha sido la capital. En estas dos décadas largas se ha podido, por lo menos, constreñir el accionar de esa casta soberbia y delincuencial que se ha creído dueña no sólo de nuestros bienes sino de nuestros designios. Un voto por Mockus, Lucho o Petro no era, como no fue, una defensa de esos estilos de gobierno, polémicos a cual más.

Más que eso era un no rotundo a la voluntad caprichosa y manipuladora de quienes han hecho y quieren seguir haciendo de Bogotá (y del país) un botín, una clientela, una finca sabanera.

Por eso hay que mantener la voz en alto y “combinar” todas las formas legales del sufragio. Hay que “decir” pero también hay que actuar con el voto convencido (buenos candidatos hay), o el voto en blanco (otra forma de protesta), o con el voto útil y hasta con el voto-protesta para rechazar a los mercenarios de la corrupción, los privilegios, la violencia y la guerra. Claro que se puede.

Dan pena

Por Mario Morales
Debería bastar sólo eso. El mal olor que dejó la convención conservadora, los residuos con halitosis de la convención del Centro Democrático y el tufillo que no alcanza a esconder la pose fingida de Pastrana y Uribe deberían ser suficientes para espantar a quienes insisten que por esos lados hay alternativa política.(Publica El Espectador)

Dan pena. Ni entre ellos mismos pudieron ser leales. No es coincidencia que luego de ambas convenciones se enrostren entre sí la autoría de las componendas, manipulaciones y trapisondas que dejaron ese raro aroma en el ambiente. Pero se les agradece por mostrarse tal como son.

Por eso tienen los candidatos que tienen luego de sus pobres espectáculos que creíamos en desuso, en contravía de la decencia, el debate y la democracia. Ruido y rabia.

Con razón José Obdulio dice, trinando, que en las consignas a Martha Lucía Ramírez había uribismo puro. Pitos y estruendos para callar la diferencia, así esa diferencia sea interesada y arrodillada, como efectivamente lo es.

Qué tal el salto. Del improperio a la rechifla con tal de imponer candidatos marcados con la sospechosa intención de jugar a las postas. De Óscar Iván a Martha Lucía y de allí quizás a Enrique. No hay más. Ni carisma, ni ideas, ni sintonía.

Ellos dan ejemplo. Se entiende entonces que los ciudadanos hayan aprendido y ahora no quieran escuchar a Uribe, como ha pasado por lo menos en cuatro manifestaciones de rechiflas y tomates.

Mientras tanto, y sin premura, el presidente Santos se baja de las cuatro locomotoras, cuyo destino nunca sabremos, para construir su próximo período sobre siete bases y tres partidos, por ahora. La hostigante fragancia de la mermelada.

Por eso crece la intención del voto en blanco, que sería mayor si no mediara el proceso de paz.

… En una mano el voto y la otra en la nariz…

De fórmulas y metodologías

Por: Mario Morales
De haberlo sabido. Si el asunto no era de políticas, sino de fórmulas y metodologías para enfrentar y solucionar los problemas estructurales, hemos perdido dos siglos de vida republicana en rencillas menores. (Publica El Espectador)

Pocos gobiernos se dan el lujo de anunciar (además con una parquedad que relumbra, quizás por la modestia de no haber iniciado aún su “política social”) que al cabo de un año 1’150.000 personas salieron de la pobreza y cerca de 900 mil salieron de la indigencia. A ese ritmo, en 2025 los dos términos serán sólo anacronismos.

El asunto parece sencillo, pero está revestido de genialidad. Se incluyeron algunas variables claves y se ajustaron algunas de las dimensiones que propone la nueva metodología. El resultado es que en 2010 hay cinco millones de pobres menos que los que había en ese mismo año con la vieja metodología y un millón seiscientos mil menos de indigentes. Todo parece indicar que nunca existieron y que nos inventamos un drama allí donde sólo escaseaban instrumentos de medición pertinentes. Es posible que, si se cualifican más, ni hasta pobres haya y todo haya sido mentira de la oposición.

La “técnica” ya había funcionado con no menos novedosas fórmulas y metodologías descrestantes que lograron bajar de la noche a la mañana el índice de desempleo, el número de secuestrados, sindicalistas asesinados y violaciones de los derechos humanos.

Ahora el jefe de la DIAN ha puesto a rodar la fórmula integradora de que quien tenga patrimonio superior a cien millones y gane más de millón y medio está entre el 5% de afortunados y que quien tenga patrimonio de 300 millones e ingresos de más de 4 ó 5 millones mensuales está en el 2% de los ricos en este país.

Con esa metodología, ¿quién se atreve ahora a hablar de desigualdad o inequidad si la gran masa de la población está tan cerca del estatus de riqueza? Y eso que no ha fraguado la propuesta de quitarle tres ceros al peso para controlar la inflación.

Entonces no sólo seremos del primer mundo y habrá celebración ruidosa, sino que podremos patentar las dichosas formulitas que salvarán al planeta de la debacle anunciada. Y el país perdiendo el tiempo hablando de política…

El fin de una era

Por: Mario Morales
No es casual la coincidencia del fracaso de la selección Sub-20 en el Mundial y la violencia de género encarnada en ‘Bolillo’ Gómez. (Publica El Espectador)
Corresponden al mismo estilo de patrón de finca, a un estándar moral relativizado como dice Emilio Yunis, y a una estética insulsa en el plano futbolístico con la que nos han ‘cañado’ durante las dos últimas décadas.

Reflejo de un estilo de hacer política, el manejo del fútbol ha adaptado sus estrategias: El chantaje emocional, la victimización general para neutralizar el activismo ciudadano y la táctica de choque de poner la cara.

No se repone el país de la amenaza de hecatombe para eternizar a un gobernante, para que nos arrinconen con el argumento falaz de que si no es con ‘Bolillo’ estamos condenados a la eliminación en el mundial de mayores. Se sustenta con otra estulticia rayana en el cinismo: Que el mal individual, el de la mujer violentada, no debe estar por encima del mal general traducido en una derrota deportiva.

Así de absurda es la descalificación de toda crítica que hace el dirigente Álvaro González, porque, según él, proviene de falsos moralistas que además tienen rabo de paja. Untados todos nadie podría tirar la primera piedra.

Y se pretende cerrar el debate, como en los pasados ocho años, con el argumento pueril, pero funcional, de dar la cara. Como si ese acto de seudovalentía borrara el pecado.

Ya corren los defensores de turno a decir que no hay nada que hacer, que el gobierno no puede intervenir porque la Fifa desafilia a la Fedefútbol, que no se puede abortar el “proceso”. Con ese cuento se quedaron Lara, Maturana y tantos otros, que sin jugar a nada, sólo nos han legado frustraciones.

Hay que vencer el determinismo y aprovechar que el fútbol es la única actividad donde son sensibles y se hacen visibles nuestras desgracias y nuestros horrores para sacudirnos de ese estilo desvergonzado y amenazante. Se puede, si cada una de las instancias interesadas, comenzado por la afición que fue de nuevo traicionada, decide meter baza.

Se puede, claro, si no queremos eternizarnos en el terreno del miedo y la derrota. Que se vayan técnicos y quienes los sostienen. También en el fútbol sobreviviremos.

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