El premio que necesitamos

Por Mario Morales

Es quizás el único premio donde uno quisiera que cada año hubiese menos postulaciones. Porque ahí, entre esas dolorosas historias de 20 finalistas y medio centenar de nominados, está el país que queremos dejar atrás, el país que mira con esperanza a la mesa de negociaciones de La Habana, y el país que a través de sus luchas clama por el cese de todas sus violencias. (Publica el Espectador)

Quienes aspiran al Premio Nacional de la Defensa de Derechos Humanos que se entrega hoy no van en busca de fama ni celebraciones. Detrás de cada postulación hay un drama que busca ser reconocido y un trabajo que necesita ser visibilizado.

Acercarse a cada uno de los perfiles es concientizarse de que la situación de derechos humanos aquí sigue siendo grave en los territorios a donde no llegan el Estado, ni cámaras, ni soluciones.

Preocupante lo que pasa en Cauca y todo el Pacífico. Doloroso lo que pasa con las organizaciones afros sumidas en el conflicto, el abandono y la doble estigmatización: por raza y oficio de ser defensores. Delicado lo que ocurre en Antioquia, Casanare, Tolima y tantas otras partes en las que comunidades y defensores tienen restricciones de movilidad, poca o ninguna difusión de sus procesos en medio de amenazas, desplazamientos y acoso de armados.

Elocuente de lo que aún somos es que haya personas que le hayan dedicado toda una vida a la defensa de los DD.HH., como Fabiola Lalinde, que ha batallado tres décadas contra la desaparición forzada, como la que sufrió su hijo. O los años que lleva Venus Quiroga en el Tolima en defensa de las tierras y de las víctimas, o Benjamín Cárdenas en Antioquia, por razones parecidas.

Serán cinco premios los que entregue Diakonía en tres categorías, pero detrás de ellos está el país que sufre en las fronteras, más de 7.000 víctimas de minas antipersonal, quienes no tienen agua, casi cuatro millones de desplazados, miles de víctimas de reclutamiento forzado y de otras infamias sin nombre que requieren ya punto final. Ese es el premio que necesitamos.

Por ahí no era

Por Mario Morales

El problema es haber creído, por presión mediática y de la oposición, que la salida a la crisis en la frontera con Venezuela estaba en la OEA, que tiene probada su inoperancia en este tipo de casos. (Publica El Esepctador)

Si hubiera habido cumbre de cancilleres el resultado hubiese sido igual de insulso. Este tipo de instancias sólo funcionan con partes razonables y apegadas al derecho. Es decir, paradójica y precisamente cuando no se necesita mediación.

Mucho peor fue pensar que Unasur es una alternativa. Su resultado es más que previsible. E ir a la ONU es como querer controlar un mosquito con un buldózer.

Opciones todas que tienen el agravante de ponerles parlantes a los desafueros y maledicencias de Maduro que, como sabemos, no oye ni ve ni entiende. Si su interés tenía fines electoreros, le están pavimentando la autopista.

Colombia no perdió con la decisión de la OEA, como pendencieramente quieren hacérnoslo ver quienes miran el mundo como un ring de boxeo. Esa es otra de las dificultades: relatar y analizar las diferencias desde perspectivas de adversarios o enemigos para catapultar reacciones beligerantes que agravan el diferendo.

Que 17 países votaran a favor de la reunión es, por donde se mire, un espaldarazo al respeto por los derechos humanos, el tema foco de toda esta discusión politizada y contaminada con patrioterismos baratos. Los cinco votos en contra estaban cantados, con excepción de Haití, y los 11 que se abstuvieron abogan, entre líneas, por la negociación bilateral, escenario natural para solucionar esta crisis.

Hace falta más que voluntad para la alternativa de un país mediador. Se requiere influencia y liderazgo, como las tuvo Brasil hasta hace poco. A menos que sólo se quiera oficiar de anfitrión neutral, donde cobra sentido el suelo panameño.

Lo urgente es atender a las víctimas de esta absurda tramoya tercermundista y luego ver cómo se le ponen los puntos sobre las íes al in-Maduro que tenemos por vecino, cuando llegue el inexorable encuentro bilateral.

Sí hay opciones

Por Mario Morales

Es una lástima qaue Carlos Vicente de Roux, el candidato de los verdes a la Alcaldía de Bogotá, no tenga la exposición que tienen Clara, Pardo, Peñalosa y el mismo Pacho Santos. (Publica El espectador)

Está inmerso en el círculo vicioso de no tener visibilidad en la agenda mediática (escasamente lo consultan) porque no aparece arriba en encuestas, y viceversa.
Apenas lo conocen once de cada 100 bogotanos, y sólo votarían por él entre el 1 y 2 % si nos atenemos a las últimas polimétricas de Cifras y Conceptos.

Va a ser una lástima porque, si todo sigue como va, cuando comiencen los cacareados y excluyentes debates que inclinarán la balanza y decidirán el nuevo mandatario capitalino, nos vamos a quedar sin el pensamiento y la visión de un candidato serio, coherente y bien intencionado como De Roux.

Se puede decir que conoce tanto a Bogotá como Clara y Peñalosa, y mucho más que Pardo y Santos. Con una ventaja adicional: No solo no pertenece a las maquinarias que durante décadas han hecho de la ciudad lo que hoy padecemos, sino que es uno de sus principales críticos, una especie de Pepe Grillo, como diría Mockus, en la conciencia ciudadana.

Le creo cuando dice que su objetivo político está puesto en Bogotá y que no tiene los ojos puestos más arriba, como de bulto sabemos que sí pasará con los cuatro candidatos de marras.

Tiene un programa posible y creíble, con alternativas de solución a los problemas en ámbitos como equidad para todos, seguridad, movilidad y, obviamente, ambientales.

Lo siguen respaldando, con su voz y hoja de vida, líderes serios y probados como Ángela Robledo, Antonio Navarro, Claudia López, Angélica Lozano o Antonio Sanguino. Todos ellos han hecho o hacen la tarea.

Lejos de la añorada ola verde, siempre es bueno recordar a los que vamos por la vida sin partidos o candidatos fijos, que aquí hay quijotes que sueñan, como nosotros, con cambiar las prácticas politiqueras y clientelistas de siempre. Así queden de últimos…

Entre el formalismo y el maniqueísmo

Por Mario Morales
Vuelve y juega. Inexplicable que en el debate sobre refrendación de lo que se acuerde en la mesa de La Habana, la atención se la robe el “cómo” frente al “qué”. (Publica el Espectador)

Esa lógica nos define. Primero el mecanismo, luego el concepto. Antes vehículos que contenidos. Parece más importante definir a palos de ciego el modelo sin tener idea del fondo de los acuerdos entre Gobierno y guerrilla. Tal vez porque todos están pensando en “quiénes” tomarán la decisión.

Obviamente el mecanismo de refrendación requiere debate por lo que tiene de inclusión y participación. El llamado congresito solo representa la posición oficial, pero la asamblea constituyente permitiría intervención de quienes, como pasa en todo lado, no aportan y solo ponen palos en la rueda.

En un país menos esquizofrénico y menos dado a mangualas y mentiras, conocer los acuerdos antes de definir el procedimiento sería un imperativo, no solo moral sino estratégico, en tanto que esos temas ayudan a definir rutas y logística.

Ahora bien, lo contradictorio de la polémica sobre el modus operandi es que, de entrada, se descalifiquen las alternativas en nombre de la institucionalidad, como si la nuestra fuera un ejemplo de eficiencia y transparencia.

¿Acaso esa “institucionalidad” no tiene que ver con la altísima desigualdad social que está en el origen de todos los conflictos sociales? ¿De cuál institucionalidad hablamos? ¿La que representa la (in)dignidad del Congreso, precisamente el primero en crisparse ante la posibilidad de quedar al margen? ¿La que representa esa rama jurisdiccional que recurre el chantaje (como bien lo escribe María Jimena Duzán) para salvaguardar prebendas? ¿La de los falsos positivos? ¿La que se ha aliado con ilegales para combatir otros ilegales? ¿La del tapen-tapen?

Partir del maniqueísmo de que hay una institucionalidad sin tacha e intocable coincide con esa tentativa de quedarnos con los modos y sin el fondo, en contravía de la invaluable oportunidad o pretexto de enderezar el rumbo.

Periodismo o reality?

Por Mario Morales

Seguimos en pérdida. Frente a los retos que plantea el presente vertiginoso, fragmentario y escéptico, el balance para nuestro periodismo es desesperanzador. (Publica el Espectador)
Pasamos sin escrúpulos del mimetismo de la estrategia militarista (esa del count body), a la demagógica prensa de declaraciones (esa de respeto tu opinión, pero…), hasta degenerar en esta suerte de reporterismo punitivo o justiciero, de tan oscuro recuerdo hace un siglo en Europa.

Por culpa de ese seudoperiodismo de videos, de esa ramplona crónica roja, con casi todo de lo segundo y casi nada de lo primero; y de la mal interpretada interacción con las audiencias sacrificamos el qué, el presente y la memoria de este país pegado con babas.

A veces nos creemos el sheriff del condado, otras nos consolamos con la histeria que reclama captura de los “presuntos” autores. Luego enfundamos las “narrativas” hasta un nuevo suceder… Aplica para todas las categorías.

Pasada una semana del accidente aéreo que dejó 16 policías muertos nos remitimos a la intestina guerra propagandística del quién tuvo la culpa y nos quedamos sin la historia de la tragedia y sin el rostro de las víctimas, como si fueran líneas argumentales de quinta categoría.

No importan los detalles, el trasfondo o las implicaciones. Alistemos la espada ahora que se enfrentan otra vez Petro y el procurador. Y envainémosla ahora que renunció el gobernador de Cundinamarca. O cambiemos de tema ahora que se entregó otro de los conductores ebrios y no por ello menos criminales…

En ese fútil juego “detectivesco” se nos van las historias. Cada vez más nos parecemos más a los espectadores del siglo pasado que describía el crítico W. Lippman, “llegan hacia la mitad del tercer acto y se marchan antes de que caiga el telón, quedándose el tiempo suficiente sólo para decidir quién es el héroe y quién el villano de la función”.

O sin ir tan lejos, quizá reescribimos ese reality de la señorita Laura, a la espera que entre el “desgraciado”. ¡Qué comience la audiencia!

Desescalar la campaña

Por Mario Morales
Más que los reparos a la reciente encuesta Ipsos para la intención de voto en ciudades capitales (como documenta La Silla Vacía), es preocupante el discurso (mal) intencionado y monocorde de ciertos sectores que contamina la campaña electoral con prejuicios, imaginarios construidos y en coro contra algunos candidatos como Clara López. (Publica El Espectadordesescalar)

Quizá deba advertir que no soy de Clara ni del Polo y que aún, como pasa con uno de cada cuatro bogotanos, no he decidido mi voto. Pero es necesario terciar ahora que esos sectores quieren confundir de manera simplista a Clara con Petro, a éste con el Polo, y a ellos con la izquierda, para maquillar con un pretendido debate ideológico lo que, a juzgar por sus argumentos, no es más que una pugna clasista.

De la misma manera reduccionista han pretendido unir o hacer pasar como lo mismo a Pardo con Peñalosa y, en el colmo de los desvaríos, hasta al mismísimo Pacho Santos.

Ese discurso estigmatizante y resentido, como el de Mauricio Vargas en su reciente columna, no ahonda en plataformas ni argumentos, sino en comprimidos propagandísticos de corte maniqueísta para que los lectores traguen entero.

No son transparentes algunos reportajes para hacer pasar como simpático a Pardo, ni notas con candidatos invisibilizados.

Tal vez sea osado decir que allí estribe la diferencia de 11 puntos que mostró la encuesta a favor de Peñalosa. Como es osado poner en tela de juicio el trabajo estadístico de Ipsos sólo porque la foto del momento, y con esa muestra, resulta sorpresiva.

Si de veras nos preocupa la ciudad, que sea este el momento de reconocer y dejar hablar a los candidatos, lejos de partidismos, dogmatismos y clasismos, y enriquecer la campaña que tiene por lo menos tres pesos pesados, a cual más conocido por actuaciones propias.

Quizás haya que desescalar esos juegos polarizantes en Bogotá, esperar otras encuestas para armar el mosaico y evitar el todos contra Clara o contra Pacho, a ver si podemos votar por fin a favor de alguien.

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