¿Prueba superada?

Dirán luego que es una frase sacada de contexto, pero eso de abogar porque se retire el uso obligatorio de tapabocas, aun en escenarios al aire libre, como pidió la ANIF, no tiene pies ni cabeza. Una cosa es revisar normas injustas o insulsas en el país de los trámites y requisitos, y otra atreverse, sin sustento científico, a pedir la eliminación de medidas de probada efectividad en el control del contagio de COVID-19 y otras enfermedades. (Publica El Espectador)

Hace recordar esa frase que pasó a ser patrimonio popular y decía algo así como: ahora que estamos tan bueno, ¿para dónde nos vamos?, que expresa miopía y cortoplacismo en momentos en que la pandemia se mantiene en el horizonte como espada de Damocles.

Entidades como esa, de ascendiente social, deberían en cambio liderar su uso permanente, incluso si se logra algún día controlar la peste. Lo mismo pasa con los aforos. Que eventos y negocios no respeten la medida como debieran —el caso de estadios de fútbol y grandes discotecas debería mirarse con lupa— no es patente de corso para regresar sin más al hacinamiento, que puede aguar las celebraciones de fin de año. No parece haber el mismo rasero en la reglamentación de otros escenarios, como los culturales.

Es cierto que las cifras de contagios y mortalidad vienen a la baja y que es menester retomar la movilidad y la presencialidad por razones económicas, de empleo y salud mental, pero precisamente por ello hay que mantener ventilación, distanciamiento y uso de mascarillas. Más aun, con las oscilaciones en el lento proceso de vacunación, que apenas supera la tercera parte de la población.

Ese pronunciamiento es otro síntoma más del relajamiento de autoridades e instancias encargadas de prevenir y hacer pedagogía para no reeditar experiencias que aún no terminamos de superar. A menos que ellos sepan algo que nosotros no.

***

Por otra parte, en medio de asesinatos, linchamientos y exhibicionismo inescrupuloso, se avizora la emergencia del espíritu paramilitar y la cultura traqueta. Yema y clara del huevo de la serpiente, como diría el inmortal genio del cine Ingmar Bergman.

La legalidad de la desigualdad

Miradas en bruto, las cifras sobre desempleo —una disminución de 4,5 puntos porcentuales a agosto de 2021, como lo reporta el DANE— pueden sonar halagüeñas. Pero, aterrizadas en carnitas y huesitos, es indecente seguir considerando empleo toda labor continua que tenga como pago menos de un salario mínimo. (Publica El Espectador)

Que, según la Gran Encuesta Integrada de Hogares, un poco más de seis millones de colombianos hubiesen recibido medio salario mínimo o menos en 2020 es impresentable para esta sociedad que ya comienza a llenarse la boca hablando de recuperación, en medio de la creciente desigualdad, el tercer apellido que tienen la inmensa mayoría de seres a quienes les tocó en suerte nacer en estas tierras.

Esa es la dramática situación de la mitad de trabajadores en Colombia. De ellos, el 46 % no estudiaron nada, es decir, están condenados a vivir en situación de miseria sin esperanza alguna. Es la suma de las inequidades: la del acceso a la educación, la del acceso al empleo regular y la de la imposibilidad de tener ingresos dignos para sí mismos y para sus familias.

Una desigualdad que pasa factura en el día a día y en las cosas pequeñas, pero se legitima y resignifica en otros aspectos estructurales de esta cultura hipócrita que, entre otros muchos aspectos, sigue alabando a los avivatos a la hora de las evasiones y las elusiones en el pago de impuestos, terminando de ampliar la brecha para los que nada tienen.

Avivatos que se exhiben orondos porque no tributan aquí o pagan menos en otras latitudes, como si semejante acto infestado de “legalidad” no fuera una suerte de traición a su país y una sonora y dolorosa bofetada a quienes sí lo hacen y a quienes, con esos tributos, podrían acceder a algún tipo de educación, alimentación o servicio de salud.

Más grave todavía, si semejante “felonía” la cometen quienes ocupan u ocuparon altos cargos en la vida pública. Así las normas los amparen, son responsables por acción, omisión y ejemplo del despeñadero moral y social del país donde la desigualdad parece ser legal. La historia los condenará.

La hora de las utopías

No. El creciente problema de la guerra, porque de la paz se habla cada vez menos —como no sea para evocar la eterna utopía de este país descuadernado—, no debe ser un asunto de campaña. Ya fue suficiente que los fusiles impusieran presidente durante, por lo menos, seis períodos. (Publica El Espectador)

La emergencia del conflicto, acompañado de distintas y cada vez más complejas formas de violencia, es, parafraseando a Clemenceau, un asunto demasiado serio como para dejárselo a políticos o militares.

Más allá de los miedos, la desinformación o la reconstrucción del viejo enemigo único, encarnado en las guerrillas, las voces vivas del país parecen estar ocupadas en otros menesteres, presionados por la otra inseguridad, el cuarto pico o los yerros de este Gobierno, tantos que no es concebible que sean sin intención, sino una insólita adaptación del entretenimiento con fines distractores.

Hasta en la agenda de la mayoría de los medios, combates y escaramuzas ocupan un lugar discreto, imperceptible, sin cubrimiento in situ, supeditados a información centralista o comunicados, sumisos a la patraña uribista de hace más de tres lustros, de impedir reportería dizque por seguridad. Desaparecida la información, hicieron creer que el conflicto no existía.

Pues la guerra está viva, cobrando víctimas y avanzando para cumplir su propia profecía de indomabilidad por su carácter fragmentario, sin mandos únicos ni controles internos distintos a vendettas o delaciones.

Es hora de que la sociedad civil, acompañada de academia y comunidad internacional, se arrogue el derecho de liderar alarmas, relatos y manifestaciones creativas para exigir el cese efectivo de las violencias, habida cuenta de los oídos sordos de este Gobierno y los brazos caídos del Congreso, hoy más remoto que nunca.

Quizá no sea hora aún de abandonar la utopía de la paz, así tengamos que inventarnos otra, tanto o más inalcanzable, para que nos decidamos a pedir o a hacer algo que no termine en una ley o una reforma ni que tenga que pasar por manos de políticos; mucho menos si están, como por estos días, ebrios de poder y bajas pasiones.

¿Moneditas de oro o de cobre?

Desde antes de que se inventaran, nos gustaban las exageraciones, no para definirnos sino para imaginarnos como querríamos ser recordados. Por eso también nos gustan las listas y clasificaciones, pruebas casi siempre apócrifas de lo que decimos, sobre todo sí es de nosotros mismos. Así, entre hipérboles y grandilocuencias se nos va la vida. De veras, pensamos que la palabra crea, da vida o mata. (Publica el Espectador)

Comenzando por el presidente Duque o quienes escriben sus discursos, mayestáticos, pomposos y arrogantes a más no poder, sin importar que no tengan asidero. Si por él fuera, seríamos ya no el Silicon Valley ruta dos, otra de sus frustraciones —por incompetencia nacional, claro está—, sino la cuna de los récords Guinness o sede sempiterna de los Juegos Olímpicos, más alto, más lejos… Tal vez por eso se contrató la acuñación de 1.409 monedas de bronce recubiertas de oro (¿o es al revés?) con el nombre de quien ocupa la majestad de la república.

Baste mirar la entrevista de este domingo en El Tiempo, prueba fehaciente de su prosopopeya —mal conocida en las esquinas como lenguaje de culebrero—, cuando denomina la improvisada reforma tributaria como “la ley social más importante que se ha aprobado en Colombia en este siglo”, “la más concertada en los últimos años” y “la reforma fiscal de más alto recaudo”, ah, pero “con una agenda de austeridad” (simbolizada en moneditas de oro, para no mostrar el cobre). O cuando disimula recortes al Acuerdo de Paz y dice que “tenemos ya récords en obras por impuestos”, o que su gobierno —y ese es el broche de oro (o cobre)— “ha hecho las reformas anticorrupción más importantes de los últimos años”, “la primera reforma a la justicia en 25 años”… en fin.

Mientras tanto, en la otra cara de la moneda (¿la de cobre? ¿La de oro?), su mentor le hace el videojuego, maximizando el legado del gobierno anterior y minimizando (porque las hipérboles sirven a los extremos) la responsabilidad del actual, que fue elegido con las mismas maquinarias y los mismos votos y “hasta más de lo que va corrido de siglo”.

Del oportunismo y otros “shows”

Parafraseando a Maquiavelo, habría que decir que el ser humano, sobre todo si es colombiano, es oportunista por naturaleza. Ese es el germen que irradia todos nuestros antivalores. Transporta los genes del egoísmo, del interés personal, haciéndolos ver como necesarios, inevitables e incluso loables, si, dejados de lado los medios, se glorifican los fines. (Publica El Espectador)

Por eso no hay mejor retrato de lo que somos, de lo que nos representa, que esa imagen del gran colombiano reunido con Epa Colombia. No hizo falta un himno o un escudo. Es el resumen de la historia reciente, del presente que a nosotros nos dijeron. De la Colombia “profunda”. El país de la papaya o de la empanada.

Por un lado, está el politiquero avezado, hábil en leer las circunstancias. Sofista por definición. Camaleón del trópico que no tiene pudor para extraer de los demás su instante de visibilidad, su minuto de fama. Populismo vampiro.

Y por el otro lado, el arribismo clásico que tanto nos molesta, como decimos de dientes hacia fuera, pero en el que nos sentimos reconocidos, expertos como somos en el atajo, en el ventajismo, disfrazado de éxito o superación, claro, si se logra coronar, que es el filtro que borra pasados inconfesables. Los trepadores que fracasan son doblemente abominados.

Los dos portan ese tinte indeleble de intrusos y de advenedizos que llegaron para enrocar e imponer una nueva ética. Aquel, desde la imagen construida de patrón de provincia. Ella, del submundo social, sin Dios ni ley. El todo vale.

Han ido aprendiendo que, contrario o complementario a lo que ha dicho Lipovetsky —el filósofo francés—, los rieles que mueven el mundo actual, objeto de la seducción, son el disgusto y la emoción. Nada que enamore más que los desplantes, el insulto velado, la incoherencia en medio de esa vanidad suprema que asiste a los pretendidos líderes de opinión, que los hace creerse en un pedestal, pero sobre todo los hace sentirse por encima del bien y del mal. Su reino por un show.

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