Malos negociadores

Por Mario Morales. Si algo queda claro en estos 70 meses de gobierno de Santos es que ser hábil en política no es sinónimo de ser eficiente negociador. Contrasta la aplanadora de la Unidad Nacional, a la hora de los tejemanejes y aprobaciones, con la ya probada ineptitud —a veces fruto del desgreño o la soberbia— del Gobierno cuando se trata de procesos de toma de decisiones como los que están en el origen de los paros que se vinieron encima. (Publica El Espectador)

Hemos dicho hasta el cansancio que el talón de Aquiles de Santos es la comunicación y toda negociación es antes que nada un proceso de comunicación. A cambio de planeación estratégica lo que se percibe es displicencia, tardanza e improvisación en los asuntos que tienen que ver con la población.

Que una de las causas de la protesta de campesinos, indígenas y transportadores, más los que vienen, sea el incumplimiento, habla de carencias en seguimiento, ejecución, rendición de cuentas e interacción con las comunidades en crisis.

Cierto es que a la paquidermia institucional se suma un Gobierno rehén de sus apuestas y tiempos. Como también lo es que conocida su debilidad en el margen de maniobra, ha habido quienes quieren aprovecharse con fines desestabilizadores o con presiones rayanas en el chantaje.

Pero es un contrasentido por donde se mire. Ad portas de recurrir a las gentes para validar lo acordado en La Habana, el esfuerzo del Gobierno debería estar centrado en negociar sus solicitudes y en sintonizarse con sus anhelos, y no embarcado en peleas mediáticas para deslegitimar los movimientos sociales; peleas perdidas de antemano, sobre todo cuando se incremente el desabastecimiento de alimentos y vengan las alzas.

Eso sí, que no nos vengan después con el cuentazo de que la inflación, la disminución en el crecimiento económico y el desempleo son culpa de los fenómeno del Niño o la Niña.

Moraleja: Si algo ha logrado el uribismo es desconcentrar al Gobierno, desgastarlo y forzarlo a esos errores recurrentes.

Irracionales

Por Mario Morales

Ya se ven venir otra vez los discursos humanistas hipócritas para justificar el comportamiento irracional, rayano en el salvajismo, que hoy impera en las decisiones sobre lo que alguna vez fue “lo público” y hoy es apenas un concepto desueto y anacrónico. (Publica El Espectador)

Y a punta de carreta tratarán de convencernos de que vender la ETB no es capitalismo salvaje, sino financiación de la tal equidad social de la que todos hablan y nadie conoce…

Y anunciarán obras de ciencia ficción para paliar el efecto de la violenta segregación ciudadana implícita en la odiosa medida de dejarles libres las calles a quienes pueden pagar peajes o exención de pico y placa, mientras los más necesitados, aun con vehículo particular de trabajo, se muerden las uñas viendo cómo se abre la brecha…

Y seguirán con su vocinglería para hacer parecer como inaplazable, la brutal intervención en el Bronx, sin que los seres humanos —aun en condiciones de inframundo— aparezcan más allá del molde mediático de peligro inminente para el resto social civilizado… cuatro meses para planear el asalto y toda una vida para devolverlos a su hábitat de olvido y pestilencia.

¿O no fueron salvajes hasta para nombrarlos y compararlos, como si el Catatumbo y el Bronx y todas las zonas de abandono no fueran un efecto del bienestar de esta sociedad ilustrada y decente? Muy bonito les quedará el enladrillado como cuando había un solo Cartucho y el mismo “administrador” de hoy los convirtió en siete, sin contar itinerantes…

Y repetirán hasta el cansancio que las marchas campesinas son aceptables si son pacíficas y ojalá pasajeras e intrascendentes, dejándoles esa carga de profundidad, que lo es de responsabilidad, por si hay desmanes, mientras terminan de echarles tierrita a esos ocho puntos acordados tres años ha, de los cuales hay tres incumplidos y el resto apenas enunciados…

Y así… Siempre habrá tiempo para un discurso, para una disquisición que nos devuelva simulado el vejado honor de nación civilizada.

Barrigazo

Por Mario Morales
Ver lo que está pasando en el Catatumbo ha sido como un fogonazo de lo que es, de lo que será la Colombia en el mal denominado posconflicto. La desaparición de la periodista Salud Hernández y el asedio a trabajadores de otros medios, pone otra vez en la palestra el riesgo de ejercer la reportería, y ella es reportera hasta los tuétanos, en zonas rojas como la del nororiente que dormía el sueño injusto del olvido por parte del Gobierno y medios. (Publica El Espectador)

Que son siete, se dice; que son nueve, se responde; que son muchas, se concluye, las zonas donde compatriotas no conocen, ni tienen esperanza de conocer los efectos de la paz por acuerdos que haya.

Dos aspectos agravan la situación: Que son las zonas de siempre (en Arauca, Antioquia, Chocó, Putumayo, Nariño, Norte de Santander); y segundo, que la crisis se intensifica con el vacío de poder que deja el repliegue de las Farc. Y no se trata de una añoranza, como la del manido verso de Kavafis: “¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros? Quizá ellos fueran una solución después de todo”…

Hay que entender que el conflicto pleno y redivivo no admite más el “post” como prefijo, porque nos arranca del doloroso presente y nos pone en perspectiva de futuro y de procuración.

Hay que dejar de hablar, aún con firma en La Habana, de la paz en sentido genérico, para referirnos solo a la negociación con las Farc, si reconocemos que esa paz, como el país, el territorio, el poder y hasta las armas no existen de modo integral, sino que están hechos de pedazos, intereses particulares y bajas pasiones.

No son apenas giros idiomáticos o conceptuales. Se trata de comenzar a reconocer nuestra precariedad sin tanto júbilo inmortal.

***

Moraleja: Muestra de ese país con conflictos reciclados son los ríos que se desvían por intereses carboníferos, casas por cárcel a “empresarios” deprimidos, falsos dilemas entre narcotráfico o secuestro, niños muertos por inanición o parataxistas que toman justicia por propia mano. Triste radiografía.

Se entienden los bostezos

Por Mario Morales

Me da mucha pena, como solía decir Juan Manuel Santos cuando era columnista, pero voy a insistir una vez más en que el presidente no es la persona idónea para comunicar lo que pasa en el gobierno. Él y sus asesores deben sincerarse y reconocer que entre el mandatario y los colombianos de a pie no hay conexión. Como no la hay con la estrategia que ha cambiado de manos como una papa caliente. (Publica El Espectador)

Lo demuestran las encuestas de (des)favorabilidad, y lo reconfirma el mismo presidente cada vez que se dirige al país, como sucedió en esos siete minutos desangelados y aburridos de antenoche.

Lo importante no es la forma, me endilgarán. Acordada la indudable importancia de los avances del proceso de paz, aunque sus implicaciones sean debatibles, todo “lo demás” luce desubicado, inconexo y distante. Como por salir del paso.

El discurso fue soso y lento como un informe técnico, sin historia como riel conductor, sin seres humanos como epicentro de la narrativa. Esa estructura es repetitiva y plana, aunada al tono cansino e impostado de Santos, como si no presintiera la diferencia de auditorios con los que compartió ese día: televidentes, líderes gremiales y dirigentes políticos.

No se notó un esfuerzo coordinado ni en el fondo ni en la forma por emocionar y convencer a pesar de que repetía que se trataba de buenas noticias. Los gestos mecanizados, ceño fruncido y el rostro congestionado, con ese aire de preocupación de Santos, contradecían sus frases y sus énfasis.

Ese plano visual de busto parlante no le va, como tampoco, insisto, la escenografía que lo hacía ver encerrado y solitario en su estrecho despacho, con una bandera recogida y un escudo torcido. Las formas también narran.

El presidente debe saber que hay que innovar en relatos auténticos que incluyan la cotidianidad de las gentes, que es tiempo de desacartonarse, de construir imaginarios honestos y de sorprender en cada aparición; pero también de pensar en un vocero que transmita, que cuente y que ilusione.

¿Resistencia o terror?

Transmedia-575Por Mario Morales

Uno no sabe qué es más preocupante: si la actitud antidemocrática del expresidente Uribe o el culiprontismo de los medios para sobredimensionar hasta sus eructos. (Publica El Espectador)

Eso de amenazar (por que fue una amenaza y no un anuncio), a través de una entrevista televisiva, que estaba pensando en llamar a la resistencia civil, no solo demuestra el espíritu antidemocrático del ahora senador, que el país le conoce desde que en mala hora llegó a la política, sino que sigue sumido en su proceso de negación, ensoberbecido por los likes irreflexivos de sus redes sociales, creyendo que el país gira en torno a él.

Lo grave de la amenaza es que, no importa lo que salga de la mesa de La Habana, Uribe y sus áulicos no sólo se van a oponer a todo acuerdo, sino que lo van a petardear a como dé lugar. No esperarán a conocer los términos de la agenda porque, y ha quedado claro una vez más, su problema no es el alcance de la negociación o sus presuntos efectos, sino su enfermiza oposición a cualquier tipo de paz.

En medio de su megalomanía alcanzan a atisbar que el país no los necesita más y que se quedaron sin oxígeno con su prédica guerrerista.

Pero tan preocupante como ello, decía, es la narrativa periodística desde la perspectiva de enemigos que convirtió esa amenaza en un una declaración, sin fijarse en su contexto, que como se ve, no era más que una pataleta de quien se siente desplazado, hasta el punto que en sus balbuceos delirantes no acertó a decir en qué consistiría esa resistencia.

Pero gracias al perifoneo mediático, y a que los medios lo convirtieron en el top of mind de la agenda, ha tenido tiempo de ir configurando su globito de ensayo, que por lo pronto lo único que tiene claro es el poder de transmitir miedo y terror a los pobres ciudadanos que estaban dudando si apoyar o no el proceso de paz.

Nada de raro en el personaje de marras y nada de raro en los medios, embebidos en sus ratings, en sus vanidades y en sus victorias pírricas de espaldas al país y a su gente.

Campanazo de alerta

Por Mario Morales

Sobre el papel, 2016 pintaba como un año con mejores garantías para mejorar los indicadores de libertad de prensa en nuestro país, pero todo indica que vamos de para atrás.La sensible disminución en la intensidad del conflicto armado y la ausencia de elecciones daban para creer que el ejercicio del periodismo tenía un ambiente más propicio. (Por Mario Morales)

Pero las informaciones, al cabo de estos cuatro meses, tanto de la Fundación para la Libertad de Prensa como de la Federación Colombiana de Periodistas son un campanazo de alerta para autoridades y gremios, pues las agresiones y amenazas vienen creciendo de manera desproporcionada.

Según Fecolper, los 70 casos de violencia contra la prensa este año ya constituyen el 80 % del total de agresiones en 2015. Y al mirar, en promedio, el número de violaciones a la libertad de prensa con respecto al año pasado, que documenta la Flip, en este primer cuatrimestre hay un incremento cercano al 25 %. Ya hay 27 amenazados, siete agredidos, cuatro tratados inhumanamente y 14 a los que se les ha obstruido su labor.

Ese crecimiento reafirma la tesis de que los principales victimarios de periodistas, en tiempos recientes, son las bacrim y los corruptos, y al lado de ellos servidores públicos que se creen intocables y ven a la prensa como el único obstáculo para sus actividades, frente a una justicia inoperante y corresponsable, por omisión, en medio de la casi absoluta impunidad reinante.

Con un agravante: el desprestigio y la estigmatización, que suman una decena de casos al decir de Fecolper, a fuerza de repetición, se han convertido en algo “normal”, con la aberrante disculpa de una pretendida defensa.

No es sino ver los peligrosos ataques de Uribe a Daniel Coronell o las intimidaciones de un alcalde en Atlántico contra un reportero de El Heraldo, para ir no tan lejos.

Moraleja. Sí, es imperativo hacer borrón y cuenta nueva en legislación, regulación y financiación de contenidos convergentes sin discriminación de soportes.

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