A terapia

Por Mario Morales. terapia

Antes que campañas, lo que requiere este país es terapia. Debe haber una que nos saque del surco de dolores en que nos tienen algunos imaginarios, que hablan más de lo que creemos que somos que de nuestra esencia. (Publica El Espectador)

Nada que superamos la tara de que somos los más felices del planeta, o que los buenos somos mayoría, por más que nos abofeteen encuestas y estadísticas. Y nos autoengañamos, creyéndonos sociedad ilustrada que habla el mejor castellano, erguida como la Atenas suramericana.

Lo demuestra la discusión bizantina sobre el respeto solemne que le debemos a la Feria del Libro y al libro mismo, por tradición.

Tienen razón los teóricos de la cibercultura, como Pierre Levy: habitamos un mundo nostálgico de relatos universales pero totalizantes, esto es, verticales, cerrados y organizados jerárquicamente.

Antes, los relatos eran de todos, hasta que apareció la escritura. Las narraciones pasaron a ser propiedad de quien sabía leer y escribir. Luego llegó la imprenta y el libro impreso se impulsó a lo más alto de la pirámide, casi inaccesible para las mayorías por su presunción de alta cultura, por su costo y, algunas veces, por aburridos.

Internet, como repite Levy, ha permitido el universal pero sin totalizante. El relato ha vuelto a ser patrimonio de todo el que tenga qué contar y tenga quien lo escuche. Harto tenemos que aprender de quienes han logrado con la multimedia el sueño perdido del esperanto, del idioma planetario; de quienes (como los millennials) saben disfrutar lo mejor de cada cosa, de manera transparente y natural; sin límites, categorizaciones excluyentes, espacios vedados, sin ese aire de distinción que levanta muros y construye fronteras.

Qué bueno que los jóvenes vuelvan a los relatos, si es que alguna vez se fueron de ellos. ¿Quién tiene la llave para descalificarlos?

Pero si los adultos no les aprendemos, no sólo nos quedaremos rumiando nuestras soledades, sino que nos perderemos la oportunidad de leerlos para comprenderlos.

Inteligencias superiores

Por: Mario Morales

Quizás el problema sea que no los hemos comprendido.Habitan entre nosotros, pobres mortales, que ni talento hemos tenido para reconocerlos. Camuflados en carnitas y huesitos humanos, de vez en cuando se dignan tocarnos con sus destellos de sabiduría, y ¡oh Ingratitud! Les pagamos con la moneda de la indiferencia o de la incredulidad. (Publica El Espectador)

Pero atreverse a cuestionarlos no solo contradice el sentido común, sino que es un atentado contra su prosapia, su heráldica, su tradición, como osó hacerlo un profesor, imagínense, ¡un profesor! Con esa lumbrera de conocimiento que es el presidente de Ecopetrol.

Si el doctor (así, con todas su letras) Echeverry dice que la exploración de petróleos no es nociva para el medio ambiente, pues no es nociva. ¡Cómo vamos a detener la locomotora del progreso por lo que dice un ingeniero que además dicta clases!

¡Dizque soberbia! Pedirle argumentos al presidente de Ecopetrol es distraerlo de sus profundas elucubraciones para ponerlo en tareas demasiado humanas, como esa de hacernos entender lo que no cabe en el cerebro de unos ambientalistas anónimos y además tercos. Por algo son profesores…

Yo, en los zapatos de los honorables senadores y de los otros genios que conducen tan eficientemente este país, no sólo aprobaría a pupitrazo limpio esas acciones que reclama el bien común, sino que las haría extensivas a otras propuestas tan lúcidas como sus autores: el metro elevado, construcción inmediata en la Reserva van der Hammen, explotación de las playas, uso del fracking, y ¡cómo no! El freno a la tal restitución de tierras, como lo ha expresado otro prohombre, de cuya distinción habla hasta su apellido: Lafaurie.

No hay que perder el tiempo en conversaciones bizantinas. ¿Acaso queremos, como ha pasado en otras oportunidades (vea no más tamaña pérdida la del exministrotic Molano) que nos perdamos de las luces de inteligencias superiores? Pero, quién soy yo para recomendarlo, si al fin y al cabo, como el ingeniero Vanegas, soy apenas otro profesor…

¿La hora del “ordoñismo”?

Por: Mario Morales

Entonces uno dice, démosle espacio al optimismo. Motivos hay… Mire, al final de cuentas no va a haber apagón, ya están cayendo los responsables de los carteles de cuadernos, papel higiénico, cemento, seguridad privada, subastas ganaderas y azúcar; el Eln se decidió por el diálogo, la agenda con las Farc ya está cocinada y sólo le falta un hervor… (Publica El Espectador)

Pero no es más sino intentarlo para que, como en una condena, se aparezcan las sombras de siempre con siluetas de nuevas sombras, como esa del FMI diciendo que no vamos a crecer lo que creíamos en enero y que si acaso alcanzaremos un modestísimo 2,5. Por ahora…

O esa de la ONU hablando de la reorganización de grupos al margen de la ley para hacerse al negocio del narcotráfico en el Catatumbo, y que ya deja 30 muertos este año, como pasa en otras zonas estratégicas del país.

O esa, tras la escalofriante cifra de 534 activistas políticos asesinados entre 2001 y 2015 según la ONG Justice for Colombia… Y todavía se nos llena la boca hablando de participación política y derechos humanos.

Y en medio de todo ello, la más peligrosa de todas, la del oportunismo vergonzoso, que hace tiempo dejó de ser oposición, de esa extrema derecha que nos ha hecho creer durante dos siglos que todo estaba bien antes de la guerrilla, antes de la violencia que también ellos propiciaron y del sectarismo que ahora esperan reverdecer atizando el fuego de la pasiones, las creencias, las tierras…

Peligrosa no sólo porque recoge toda la godarria inconfesable de este país pacato y doblemoralista; porque encarna el “ideario” de la caverna que no atreve a expresarse en público, sino porque busca condimentar el caldo de cultivo que le dé vida, en medio del ensayo y error, al frankenstein que los pueda representar.

Es inevitable el pesimismo cuando uno ve y escucha la acogida soterrada del “ordoñismo”, hasta hace poco inviable. Así comenzó Trump, y miren…

Prevenidos

Por: Mario Morales
 Que el Eln haya entrado tarde a las conversaciones sirvió para recordarnos que la paz es un largo camino, no un punto de llegada, en este país donde la violencia está enquistada como un rizoma. (Publica el Espectador).
Habrá que mantener abierta, por un tiempo, la puerta de la reconciliación para que también quepa el Epl, o lo que quede de él, a sabiendas de que detrás vendrán ilegítimamente grupos variopintos, ejércitos privados, bandas de maleantes y alzados en armas impostados para blanquear sus prontuarios y pescar en río revuelto.

Más pronto que tarde el Gobierno debe cerrar el grifo tanto por los plazos como para mostrar seriedad. Que las guerrillas estén sentadas dialogando, al tiempo que abre la expectativa del cese total del conflicto armado, permitirá ver, entre la hojarasca, las otras violencias, que no han emergido, como se dice, para copar los vacíos de quienes dejan las armas, sino que siempre han estado allí, camufladas, aprovechando la humareda de la guerra para pasar de agache.

Pues bien, no es en las mesas o en el micrófono donde Santos y su minDefensa deben seducir con tonitos bravucones a las masas que hoy le dan la espalda, al decir de las encuestas. Esas masas, aquí, al igual que en otras latitudes, y como ha de saber la larga lista de asesores en Palacio, reclaman voz y mano firmes con esas delincuencias parásitas del microtráfico, la extorsión y la corrupción, justo allí donde el Estado no es hoy ni siquiera una bandera.

La añoranza de un padre protector contra esas amenazas invisibles ayuda a explicar en parte la favorabilidad de la gente a ciertas marchas y candidatos, cuando la razón no es suficiente…

Moraleja: Harto trabajo tiene el presidente para cumplir su promesa de paz, eso, si además muestra coherencia política. Se entiende que la aplanadora de la Unidad Nacional defienda del veto al minHacienda, en medio de la rebatiña con la oposición. Pero que después Santos quiera mantenerlo, tras el descalabro de Reficar, sería un despropósito.

De transparencias e irrelevancias

colmarzoPor Mario Morales

No pudo ser más apropiada esa denominación de cartel de los impedimentos que le dio la congresista Ángela Robledo al riesgo que se cierne sobre Bogotá, habida cuenta de presuntos intereses de algunos funcionarios de la administración Peñalosa. (Publica El Espectador)

Riesgo, claro, si se consideran como lo que son, es decir, impedimentos, y si al alcalde no se le da por decir que son irrelevantes, como ocurrió con la propiedad, y el interés personal que conlleva, del secretario de Planeación en la reserva de Van Der Hammen.

Ni el tamaño ni costo ni confesión pública o presunto conocimiento privado que de ese interés tenía la Alcaldía son atenuantes de un despropósito tanto o más grande que la misma intención de urbanizar la reserva natural. Más que el barniz burdo para enmascarar el esperpento, lo que revela la polémica es el estándar ético y paradigma moral que tienen o que aprenden quienes se montan en el potro público.

Así las cosas, parece iluso esperar que den un paso al costado, así fuera temporal, funcionarios del Acueducto, Secretaría de Ambiente o asesores en el desarrollo del proyecto que pudiesen tener intereses por cuotas políticas, relaciones empresariales pasadas o coincidencia de perspectivas presentes, como lo advierte Robledo.

O tan utópico como esperar que del alcalde (en temas de transporte y movilidad) para abajo se desmarquen todos aquellos que pudieran contaminar las decisiones que urge la ciudad.

Esa lista de riesgos es larga, como lo documentó Aurelio Suárez, hace dos meses en estas páginas. Toca sectores como educación, telecomunicaciones, integración social y planeación.

No parece suficiente, alcalde, que esos funcionarios hayan declarado en secreto su cercanía a otros intereses, ni siquiera que lo hagan públicamente. Eso, para decirlo en sus términos, sería irrelevante. Se requiere que se aparten de esas decisiones, en las que deben participar organismos de control y veedurías ciudadanas. Mínimos de transparencia, que llaman. O que llamaban…

Tiempos modernos

tiempos modernosPor Mario Morales

“Asistimos a una época sin igual», se escucha en las redes, ahora que un presidente negro estrecha la mano de un presidente comunista, impulsados por un papa latinoamericano y progresista, como dicen que decía la falsa profecía de Fidel que circula hace un año. Tres realidades yuxtapuestas e impensables hace un tiempo… (publica El Espectador)

“Vivimos tiempos terribles”, se oye en el primer mundo europeo tras un nuevo azote de la demencia terrorista, y el temor redivivo que se extiende como una nube tóxica por todo el planeta…

“Vivimos tiempos inciertos”, le dice la guerrilla colombiana al corresponsal del New York Times, ahora que nadie sabe, y menos ellos que están en las montañas, en qué van a terminar los diálogos, que pasan días de pasión para superar el síndrome histórico de la chamuscada a la puerta del horno; y que para los ciudadanos a pesar de tanto espaldarazo y tanto apoyo, tienen, por ahora, más rollo que película, como diría el refrán…

Así es la vida en estos tiempos modernos que ya predijo Chaplin. Juntas de seguridad en Europa para copar las bases, mientras Obama y Castro hacen un pulso simbólico en un partido de béisbol. Insurgencia que ha hecho más en estos 40 meses que en seis décadas de guerra: hacerse oír de Obama, de Kerry, el papa, la ONU, líderes mundiales; mientras los combatientes ignoran cómo se van a ganar la vida y si, neutralizada la tenebrosa mano negra, habrá vida para contarla…

Allá, al otro lado del océano, la violencia, partera de la historia, escribe de afán un nuevo capítulo. De este lado, la criatura ya entrada en uso de razón decide el diálogo como forma de solución para ganar en democracia, es decir, en posibilidades reales de participar en política (vale para Cuba y para Colombia), con estándares de derechos humanos, determinación de los pueblos, sin bloqueos económicos, sociales o de oscuros grupos violentos al servicio de intereses particulares…

Aquí declinan unas guerras por razones políticas, allá renacen otras por sinrazones culturales.

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