Trump y la ciudad de las maravillas
Por Mario Morales
Se ha demorado el alcalde Galán en declarar persona no grata al aprendiz Trump por comparar en criminalidad a nuestra honrosa, segura y aseada ciudad con Washington DC, ese villorrio de cemento que apenas alcanza los setecientos mil habitantes.
Debe ser que el hijo de emigrantes escoceses no conoce esta ciudad de las maravillas que tan bien se ve en 3D y en 8K y a la cual se pasaron a vivir el acalde, funcionarios y algunos reporteros que cubren esa fuente.
Ya es hora que se entere, por desclasificación de archivos o incluso filtraciones, de la metrópoli de las imágenes grandiosas, que envidiarían parques temáticos en La Florida, como la del portentoso tren, envidia estadounidense, no solo porque es chino sino porque ellos se movilizan en vejestorios casi del siglo XIX. Eso sí tocará mantenerlo en rénder para que no lo conviertan en otro Transmilenio, el mejor sistema del mundo, venido a menos por exceso de popularidad.
¿Acaso no han dejado ver a Donald el constructor la magnificencia del nuevo estadio de fútbol, que ya se pelean, viendo imágenes digitalizadas, para sus conciertos artistas globales a pesar de la mala propaganda que le hacen opositores con secuencias distorsionadas de divertido pogos de “fans” como si fueran agarrones entre barristas prepago?
Pues si eso pasa con las imágenes, ¡qué no habrán hecho con las estadísticas de criminalidad que tienen allá! Más si fueron traducidas al inglés con IA. ¡Qué inseguridad con los datos!
Es hora, alcalde, que salga de la virtualidad, donde trabaja, y acabe con las deepfakes que muestran a Bogotá llena de basuras, sin mobiliario ni baños públicos, y en el peor de los casos, con sicariatos, fleteos, atracos y robos de celulares producidos por creadores de contenido que solo buscan likes. Con razón aquí se graba tanta ficción.
Es hora de darnos a conocer como lo que somos, así el costo sea que nos convirtamos en destino global y corramos el riesgo de parecernos en indicadores de inseguridad, por culpa de los turistas, a Lima o Ciudad de México, pero, eso sí, nunca a Washington DC.
No, era al revés.

Esa frase repetida de “un fallo político” desnudó la estrategia defensiva del expresidente Uribe. No se trataba de utilizar el fallo judicial condenatorio como base en la exigua plataforma política de sus huestes. Saben que entre ellos no hay opción de una candidatura viable. El objetivo es utilizar la campaña electoral para salvar su nombre de la picota pública que ahora ocupa para la historia.
Hacer invivible la república con mensajes virulentos que les funcionaron hace seis años, pero hoy suenan repetitivos; hacer lobby internacional para allegar pronunciamientos y hasta sanciones, así tenga que pagar la población; o construir denuncias moralistas o desinformaciones descalificadoras buscan meter miedo para amilanar o arrinconar a los jueces que revisarán la andanada de tutelas que se viene y luego la apelación para esquivar la condena y ratificar ese imaginario de que con él no se mete nadie.
Eso, entre los leales que le quedan (el resto son interesados o no tienen a dónde ir), implica el sacrificio de simplificar cualquier propuesta y unificar el discurso sobre la pretendida injusticia contra Uribe, cacareando, a falta de jurisprudencia, los más peregrinos argumentos como ese de “cómo es posible que otros delinquieron y están libres y Uribe no”, o de que “él nunca se enteró de las andanzas y triquiñuelas de su círculo cercano investigado o detenido”. Se trata de una directriz que trastoca los planes de quienes siguen pensando en el “favor de Uribe”, porque los obliga a aplazar una vez más sus aspiraciones personales, con un condicionante aún más paralizante: que si Miguel Uribe se recupera, él sería el candidato formal.
Ese conformismo explica la invisibilidad de todos ellos en las encuestas. Ciertamente no merecen un rol de liderazgo en su gallinero ni en el vecindario donde cada día llega un gallo nuevo a cantar, con el mismo tono gritón, agresivo y escandalizante. ¿Se les acabaron las neuronas a los asesores de campaña?
De repente ya no se trata de política ni “salvar al país”, sino de salvar a Uribe, como sea.
Primer juicio final
No cuaja, afuera de sus cuarteles, la estrategia de victimización del expresidente Uribe y del cada vez más reducido séquito de plañideras que dice seguirlo, luego de que se quedó sin alternativas frente a la firmeza de la administración de justicia y la contundencia de las pruebas que llevaron a declararlo culpable en dos delitos civiles.
Tampoco florecen, más allá de los fuegos de artificio, las presiones simbólicas, mediáticas ni reales, hasta el punto de exacerbar los miedos por lo que podía suceder si era encontrado culpable. Una vez más, la rama judicial, con aplomo y transparencia pudo resguardar la institucionalidad, la justicia y el sentido común.
En lo único que ha sido eficiente la diezmada oposición es en el vilipendiado arte de combinar la sapería con lagartería para buscar aprobación en la reducción de ayuda económica en la Cámara estadounidense y las intromisiones en forma de declaración de miembros del gobierno de ese país y de congresistas republicanos contra el valiente sentido de fallo emitido el lunes. Es una jugada de kamikazes con pretendido efecto en esta campaña pero que, en cualquier caso, afectará al próximo gobierno y al país todo.
Más allá de la sentencia, las apelaciones y revisiones, el episodio tiende a marcar, así sea subrepticiamente, el punto de giro y declive de la relación del expresidente con su bancada toda vez que pasa a convertirse en un fardo al tiempo que en un blanco fácil de campaña.
De fenómeno político, Uribe pasó a ser fenómeno de opinión y luego, escasamente, fenómeno algorítmico en la idea avivar la rabia que otrora le permitió resucitar y liderar un combo de admiradores e interesados que se agotó en sí mismo.
El juicio sirvió, eso sí, para que a politiqueros y líderes de opinión, entre ellos periodistas, se les cayeran las caretas o lo que quedaba de ellas. En medio de ese naufragio no es difícil predecir el éxodo paulatino y taimado de precandidatos de esa bancada hacia terrenos menos yermos. Y la aparición fugaz de supuestos herederos de formas de hacer política que, entre líneas, también fueron condenadas tras larguísimos 13 años de proceso judicial. Pero dofícil que fragüe alguno…
De discursos y estrategias
Lo sucedido en el Capitolio el domingo ayuda a explicar el 38 % de favorabilidad de Petro en la encuesta Pulso País publicada el lunes, y viceversa. El presidente es más hábil comunicando que gobernando, como lo demostró con su discurso en el lugar y ante el auditorio que parecen inspirarlo, muy distinto del tono cansino y digresor de otras alocuciones. A diferencia de sus opositores, que siguieron una matriz ciega, Petro adaptó su discurso para responder al balbuciente e impreciso presidente del congreso, a veces sorprendido con lo que mal leía.
La apuesta presidencial fue una suerte de rendición de cuentas. De la mano de las cifras, incluyendo grises e inexactitudes, descolocó a la oposición a la hora de la réplica y la dejó ver, en las tres intervenciones, como repetitiva, beligerante y efectista para provocar al auditorio, pero sin controvertir al primer mandatario.
Petro acudió esta vez a la razón; sus adversarios, a la emoción y a la diatriba libreteada con visos de lenguaje de odio. El presidente le habló al país, por momentos con lenguaje especializado y con cargas de profundidad, al congreso allí presente y a los que han sido parlamentarios este siglo. Los voceros de la oposición hablaron a sus barras, exaltándolas, pero especialmente a sus jefes.
En la narrativa gubernamental, Petro quiso posar como víctima en el discurso y en el relato digital posterior, y le dejó a la oposición el rol antagonista, de ataques personalistas, de querer sacarse la espina, y allí volvieron a caer algunos periodistas, transformados en activistas, hasta el punto de construir un relato alarmista e irresponsable en torno a la seguridad de la representante Lina Garrido, que solo piensa en el Senado.
Fue el inicio formal de campaña en la que el gobierno está metido de cabeza, y de una oposición vacilante tratando al tiempo de salvar a Uribe Vélez, de ganar indulgencias particulares, o insuflar la descertificación del país en la lucha contra las drogas, el aire que le falta a Petro para mejorar en encuestas. Miren a Lula en Brasil. Lástima, eso sí, que aquí todo sea un asunto de discursos.
Con piel de oveja
Una cosa es esa figura de Uribe cansado y envejecido al que, como dice su nueva mejor amiga, Íngrid Betancourt, todo el mundo rechaza, y otra el uribismo que, como doctrina, se niega a desaparecer a pesar del desencanto ciudadano y el temor que levanta, especialmente entre las nuevas generaciones.(Publica el Espectador)
El expresidente fue hábil en sembrar sus semillas y unas cayeron junto al camino y vinieron los santistas y se las llevaron; otras cayeron entre los pedregales del duquismo y como no tenían raíces, llegaron los retos y se quemaron; otras cayeron entre los espinos de los egos de sus seguidores, que solo lo utilizaron en proyectos propios y esas semillas terminaron por ahogarse.
Pero hubo otras semillas, que la parábola bíblica no menciona, que fueron sembradas en otros campos lejanos para que, si la siembra propia no daba fruto, como está sucediendo, se les pudiera manipular genéticamente y hacerlas pasar como distintas, así llevaran incorporado el ADN uribista.
Es el caso del autodenominado Fico Gutiérrez, que, como lo recordó Noticias Uno, no solo creció y se nutrió de la escuela uribista, especialmente de la de la seguridad democrática —cuando era bien vista—, sino que fue su agente propagador y adoctrinante, como lo prueban sus contratos y asesorías en México y Argentina en 2012 y 2013.
Otra cosa es que la sequía política de esas ideas y la falta de buen abono lo hubiesen obligado a tratarse transgénicamente, ocultando sus orígenes para llegar a la Alcaldía de Medellín, tal como lo quiere hacer creer ahora como candidato a la presidencia, negando la savia que corre desde sus raíces.
Cambia la estrategia de exhibir los blasones uribistas, ante la hambruna persistente, por la de parecer independiente. No contaba, eso sí, con que las ramas y los troncos afines a su ideología comenzaran a pregonar, utilizando todas las formas de lucha, que es hijo putativo y alumno y que así lo niegue es el que dice Uribe, aún sin decirlo, utilizando la metáfora de la metonimia. Solo que ahora, acudiendo a las poses y los discursos alambicados, con piel de oveja.
