Crisis en los medios de comunicación

Comienzan a caer los dinosaurios

La crisis que viven la BBC de Londres y El País de España — los medios de referencia del mejor periodismo británico e hispanoamericano — afecta al periodismo, a los periódicos y a los medios de todo el planeta — más allá del efecto mariposa — justo en el momento cuando parece deteriorarse la relación con sus audiencias en términos de confianza, de credibilidad y de pertinencia.

 

Por Mario Morales

(Publica Razpón Pública)

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La crisis por la que atraviesa El País — portaestandarte de los periódicos en lengua castellana  — es sólo un coletazo de lo que sucede con la economía global.
Foto: Comité de Empresa de El País.

Puede resultar un diagnóstico reduccionista afirmar así no más que la crisis por la que atraviesa El País — portaestandarte de los periódicos en lengua castellana — es sólo un coletazo de lo que sucede con la economía global y con la crisis de deuda soberana de la Unión Europea. También puede ser insuficiente limitar la serie de escándalos de la BBC a errores de un programa o de un grupo de periodistas.

Tampoco sirve como único argumento, tan de moda en los tiempos que corren, señalar a Internet y lo que sucede en la red como directos responsables de la inestabilidad de los medios tradicionales.

Una mirada integral que abarca la relación con las audiencias, las narrativas, las estéticas y las prácticas periodísticas, con el momento crítico de uno y de otro medio, permite comprender que los factores que provocaron tales crisis acechan y afectan a otros medios en el Viejo Continente y en Estados Unidos.

También podrían llegar en un futuro inmediato a Latinoamérica y a Colombia, cuyos medios masivos, salvo excepciones, siguen estables por ahora en el plano económico, pero padeciendo de múltiples conflictos éticos y legales.

Malas noticias en El País de España

Los despidos masivos que ya alcanzan a una tercera parte de la planta de trabajadores del diario, así como las jubilaciones anticipadas y la reducción brutal de los salarios de quienes continúan — que recuerdan la crisis de la televisión pública en Colombia, cuando llegó la privada a finales del siglo pasado — no sólo afectan a esos empleados, sino a suscriptores y lectores, quienes de entrada se ven perjudicados por la merma en los contenidos y en la presentación del periódico, pero también están afectando el estado de ánimo de los propios periodistas, de los dueños de los medios y de los anunciantes en todo el mundo: un círculo vicioso.

Una cosa es que cierren o decaigan periódicos locales o regionales bajo la presión de la globalización, el monopolio, la escasez de pauta y de suscripciones — lo que ya de por sí resulta lamentable — pero otra cosa es que la crisis toque a la joya de la corona: paradigma de escuela periodística, de industria cultural y de éxito económico durante décadas.

Precisamente, ahí delante está un problema económico monumental, que se hace evidente por su carga de desempleo, de menor poder adquisitivo, de familias que tienen que recortar sus gastos para cubrir lo esencial, de quiebras de anunciantes, etcétera.

No han sido suficientes los múltiples esfuerzos del otrora poderoso grupo Prisa — propietario del diario — mediante sofisticados ejercicios de reingeniería, explorando alternativas de convergencia, recurriendo a exigir pago por contenidos en la red…

¿Será otro indicio de que las industrias culturales, los medios tradicionales y la publicidad no han logrado adaptarse, no se han transformado ni tienen el liderazgo requerido para una puesta a punto en relación con los retos de la época?

La raíz del problema

Comencemos diciendo que el problema no es la escasez de audiencias en general. Público para medios y especialmente para periódicos es lo que hay, pues sigue creciendo gracias a la multiplicación de soportes.

Las estadísticas hablan de que más de la mitad de la población adulta se une a la lectura de diarios — esa plegaria matinal de la que hablara Hegel — a juzgar por las conclusiones de la última edición de la Asociación Mundial de Periódicos y Editores de Noticias.

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También puede ser insuficiente limitar la serie de escándalos de la BBC a errores de un programa o de un grupo de periodistas.
Foto: tomada de Youtube.com

El sector se fortalece: desde 2007, la audiencia de periódicos ha aumentado un 4,2 por ciento en el planeta. También se ha incrementado en 1,1 por ciento la circulación de prensa escrita paga, especialmente en Asia y en Oriente Medio, aunque no sucede lo mismo en Europa y Norteamérica. Claro: la gratuidad de Internet echa a perder cualquier modelo de negocio. Pero, ¿entonces por qué fracasa o no crece la prensa gratuita en papel?

También se buscan culpables en el campo audiovisual y en las otras formas de uso y consumo de las nuevas generaciones. Por eso, y sin pensarlo mucho, los periódicos impresos se dieron a la tarea de simular en el papel ambientes de consumo o lecturabilidad propio de las pantallas y asumieron como suyas categorías del ciberespacio, más allá del diseño, como la brevedad, la inmediatez, el registro como género patrón y el volcado de contenidos de las redes sociales.

¿Acaso esas estéticas homogeneizadas, esas narrativas de consumo y olvido, y esa idea contradictoria de reemplazar, así sea parcialmente y con la disculpa de la interactividad, al periodista por el ciudadano de a pie, terminaron transmitiendo el mensaje de que los medios y los periódicos ya no son indispensables para gestionar la vida (si es que alguna vez lo fueron, como algunos creemos)?

Y si a eso le sumamos los errores, las equivocaciones de buena y de mala fe y la difuminación de la línea que demarca los terrenos éticos por la premura, la presión, la competencia y ese renovado afán de salir a pescar audiencias, el resultado ha sido la pérdida del valor supremo del periodismo: la credibilidad como constructo de todos los demás elementos que lo fundamentan.

El caso de la BBC

Faltas, contradicciones o incoherencias en el campo de la ética son pan de cada día en el mundillo periodístico, pero que sucedan en un medio faro como la BBC — y a manera de seguidilla — llama la atención por su legendaria tradición con apego deontológico, independencia probada y reconocida, y su ejemplar modelo de sostenibilidad, definido antes que nada como servicio público, que los británicos pagan como una licencia para acceder a un medio televisivo de alta calidad.

Los sucesos conocidos y otros que ocurrieron entre telones parecen más las líneas de la escaleta de un mal culebrón:

  • Un periodista que se suicida por presunto acoso sexual de una colega.
  • El ocultamiento de un programa que denunciaba presunta pedofilia de un expresentador estrella del canal, ya fallecido,.
  • La emisión de otro programa que denunciaba abuso sexual infantil de un político, con base en una fuente que luego se retractó.
  • Lo de menos, por obvio, sería la renuncia de los directivos en cada caso, de no ser que, por ejemplo, al director general luego de separarlo de su cargo, le siguieron pagando salario durante doce meses; algo más de 700 mil dólares.

No son meras coincidencias. Algo tiene que estar pasado en la parte estructural del medio para que los filtros fallaran de manera tan grotesca. Los acontecimientos que rodean la renuncia obligada o las investigaciones contra algunas de las figuras o directivos no sólo tocan la órbita personal de los implicados, sino que ponen en el ojo del huracán la forma como se ha comprendido y emprendido hoy el periodismo de investigación, especialmente el audiovisual; el acceso y legitimación de las fuentes cuando se hacen señalamientos; los tiempos de producción, edición y emisión; la tendencia a espectacularizar en procura de audiencia, y los conflictos de intereses cuando tocan a periodistas.Para no referirnos al conocido caso de News of the Week del imperio Murdock

Inquietudes frente al cambio

No. Lo que sucede con El País y con la BBC no son casos aislados o efectos determinados por entornos críticos. Son campanazos de advertencia para anunciar que el mundo de los medios, tal como lo conocimos, ya cambió de manera radical. Lo que pase con ellos impactará, por efecto dominó, a los demás en términos de reputación, legitimidad y supervivencia.

El hecho de que dos gigantes mediáticos tambaleen al mismo tiempo — así sea por razones aparentemente distintas — da lugar a por lo menos las siguientes inquietudes:

  • Que nada ni nadie está exento de la crisis, no obstante el músculo financiero o la tradición periodística.
  • Que la sostenibilidad de los medios hay que analizarla no sólo desde el punto de vista económico, sino de manera integral, comenzando por la entraña periodística.
  • Que medios y procesos periodísticos no se han transformado a la velocidad de sus desafíos.
  • Que la relación con las audiencias cambió y el exceso de oferta pone a temblar el imperativo existencial de periódicos y otros medios.
  • Que lo que pasa en el ciberespacio y en las redes sociales pone en tensión los contenidos mediáticos tradicionales, que no parecen suficientes para satisfacer las expectativas de las audiencias.
  • Que las redes sociales tiene una dinámica distinta y unas reglas de juego diferentes, y que lo que allí pasa no es “trasvasable” a los contenidos de medios tradicionales. Las redes están construyendo su propio espacio y los medios convencionales están descuidando el suyo.
  • Que como no sucedía desde hace tiempo, parece que las audiencias no están en “la misma frecuencia de onda” con medios y periodistas… o viceversa.
  • Que el modelo tan en boga de un periodismo maniqueo — de parte y contraparte, de acusación y reacción, mientras el reportero se lava las manos — ya no convence; como tampoco convence el periodismo de voces o declaraciones de quien tira la piedra y esconde la responsabilidad.
  • Que para periodistas y medios quedan las zonas seguras de toda la vida, no negociables: la confianza, la credibilidad y los estándares de calidad periodística.
  • Que los caprichos editoriales y las decisiones periodísticas “porque sí” que reflejaron una verticalidad aplastante en el pasado, hoy generan en los públicos reacciones automáticas de zapping o “cambio de canal” de información.
  • Que la autenticidad sigue siendo la base de la novedad.

Pero que si no cambiamos, nos “cambian”, — parafraseando al expresidente del Senado, Fabio Valencia Cossio — en todos los sentidos posibles del término.
*

Medios: la hora de la verdad

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Una columna–ficción en El Tiempo, una emisora que invita a la discriminación sexual, un procurador que intenta imponer una moral…los medios están dejando de ser creíbles, y ya es hora de que sean transparentes.

Por Mario Morales

(Publica Razón Pública)

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La polarización en el caso colombiano proviene y se nutre de los odios y de las pasiones irreconciliables.  Foto: Terra.
Antes de que lleguen los censores

Claro, los hechos son graves:

  • Un propagandista investido de columnista, que inventa un hecho, unas conversaciones, una política de Estado, desde las sombras que proyecta una fuente anónima y bajo el sigilo periodístico…como si él lo fuera.
  • Unos locutores — que no periodistas — parapetados detrás de una etiqueta en las redes sociales empujan sin querer queriendo a la discriminación por tendencias sexuales…
  • Jueces y cabezas de organismos de control asediados y asediando a medios, ciudadanos y columnistas para imponer una corriente de opinión: ora contra el aborto, ora contra la legalización de las drogas, ora por sesgos políticos…

Todo ello en medio de la polarización — deseable si estuviéramos hablando de ideas y de debates libres — pero particularmente crítica en el caso colombiano, porque proviene y se nutre de los odios y de las pasiones irreconciliables.

Para no caer en la tentación de la ira pronta, tal vez debamos comenzar por el abecé. Como en las viejas comedias mudas, plenas de doblesentidos, contrasentidos y sobreentendidos, es menester entrar a definir los términos, significados y entrelíneas para tratar de entender el maremágnum que como una nube a veces tóxica se extiende hoy sobre los temas del momento, que son los temas de siempre, como suele suceder. Y urge hacerlo antes de que lleguen los censores, parafraseando a García Márquez.

Bases para creer

No todo lo que aparece en los medios es periodístico, con sus efectos en términos de credibilidad y confianza, de la misma manera que no todos los que participan en una audiencia son juristas.

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Quienes escriben en esas páginas editoriales no han de ser forzosamente periodistas, así como el hecho de escribir columnas no convierte a sus autores en tales.
Foto: pensamientocolombia.org 

Ya decía con tino Jack Fuller — periodista de veras, abogado y estudioso de la ética —que el periodismo es una profesión usurpada. No porque deba estar mediada por una tarjeta o un cartón distintivos, sino porque es un oficio que se mide cada día, cada vez, con arreglo a fines.

Un medio — y específicamente un periódico — tiene todo el derecho no sólo de contratar a los reporteros que a bien tenga, sino de invitar a escribir en sus páginas editoriales a quién le plazca. Esa es su apuesta ideológica, que se acrisola en cada edición.

Y quienes escriben en esas páginas editoriales no han de ser forzosamente periodistas, así como el hecho de escribir columnas no convierte a sus autores en tales. Esa condición, no obstante, no los exime de cumplir con unos requerimientos básicos del oficio, que lo son también de la vida: rectitud, coherencia y respeto.

Hace parte de su discrecionalidad el hecho de que un periódico como El Tiempo invite a escribir columnas a alguien como José Obdulio Gaviria. A ese respecto, lectores, compradores y suscriptores también tienen la suya propia.

Más allá del pragmatismo, queda claro que tales decisiones ayudan a ubicar las coordenadas desde las cuales un medio opta por narrar la realidad, que sabemos fragmentada.

Forman parte del encuadre que traza su línea editorial y permiten saber su grado de cercanía frente al pluralismo y a la diversidad. Claro, esas decisiones hablan más sobre los intereses y los impedimentos del medio mismo, que todos sus códigos de ética o profesiones de fe.

Pero otra cosa es la cotidianidad. Un espacio de opinión tiene dentro de sus muchos matices — aparte de sentar una posición sobre la de argumentos — orientar a la opinión pública acerca de temas de su interés. La marca (el medio), el espacio (sección editorial) y la periodicidad son los avales de probidad e idoneidad para quien opina, más allá de que los contenidos sean, como lo son, de directa responsabilidad de los autores.

Entre medio, columnista y lector hay un pacto tácito que tiene un común denominador: “las opiniones son libres y los hechos sagrados”, dentro del marco del derecho y de la ley. Lo demás es deontología: aportar puntos de vista novedosos, argumentar con solidez, tener estructura estilística, lenguaje apropiado…

Crimen de lesa libertad de expresión

Pero travestir las opiniones para hacerlas ver como hechos, incluso sustentados en diálogos ficticios, con el fin de impartir “doctrina” de manera subrepticia, traiciona todos los pactos, empezando por el sentido común.

Mario_Morales_Medios_maticesUn espacio de opinión tiene dentro de sus muchos matices, orientar a la opinión pública acerca de temas de su interés.
Foto: Caracol.com

Con ello, como se escribió en un editorial de El Tiempo a propósito de la más reciente columna de Gaviria. “no solo irrespetó a sus lectores, sino que puso en tela de juicio la credibilidad de las páginas editoriales de este periódico”.

Porque también en la sofística inveterada de Gaviria, debe haber una diferencia entre verosimilitud (hacer parecer como si), veracidad (tener componente de verdad) y verificabilidad (esa verdad probada). Saltar esas fronteras no es más que un engaño exprofeso al que ningún medio puede darle cabida o hacerle eco.

Que es literatura política, y que la “fuente” era de toda confianza, dijo Gaviria por toda defensa. Claro que es posible, como licencia periodística e incluso en la opinión, imaginar cómo piensan determinados personajes públicos. De eso se ha nutrido la prensa desde el llamado “Nuevo periodismo” hasta nuestros días. Pero quien lee debe ser advertido y ser consciente de esa “picardía” para poner en contexto los contenidos. Omitir la fuente principal para darle crédito a la versión de un tercero y darle el estatus de “hecho” a una ficción — y seguirá siéndolo mientras el columnista en mención no demuestre lo contrario — es atentar contra lo más sagrado de un medio, su credibilidad, y, en este sentido, lo más sagrado de una sociedad: la libertad de expresión.

Más aún cuando el tema en cuestión versa sobre un asunto de interés nacional, o para decirlo en los términos del gobierno al que asesoró Gaviria, “de los más altos intereses de la patria”. ¿Será suficiente con una sencilla rectificación del autor como ha dejado entrever? Eso sería, en palabras del mismo columnista: un andreslopezco «deje así».

No es por vía judicial

Sin embargo, exigir — también en forma airada y extremista — que se suprima esa columna engendraría una víctima propiciatoria (tal como lo dijo la dirección de El Tiempo), le haría el favor de servir de caja de resonancia a “su doctrina” y además tendría el matiz totalitarista, estigmatizador y excluyente que pretende remediar.

Mario_Morales_Medios_penalLa Fiscalía anuncia investigación penal contra los desmadrados locutores o “creativos” de la emisora Los 40 principales que han abusado con la etiqueta discriminatoria #ayMarikita.
Foto: blogs.los40.com

Es la misma tentación efectista en la que cae la Fiscalía General cuando anuncia investigación penal contra los desmadrados locutores o “creativos” de la emisora Los 40 principales que han abusado con la etiqueta discriminatoria #ayMarikita.

Las amenazas judiciales no contribuyen mucho a construir inclusión o tolerancia — independientemente de la gravedad de lo dicho al aire — y a pesar del arrepentimiento posterior, que obviamente no alcanzó a mitigar el daño producido.

En ambos casos, la decisión sobre la continuidad de sus contratos o de sus colaboraciones corresponde a la órbita privada de opinador y locutores, quienes habrán entendido que la reputación ya está desvencijada y la confianza rota. Son manchas difíciles de borrar u omitir en adelante.

Como sea: es un nuevo campanazo para medios, columnistas, periodistas y personas que trabajan en otros roles de alta visibilidad. Pero la discusión debe mantenerse estrictamente dentro del círculo mediático y periodístico, sin agentes extraños.

Sí, pero ojalá se produzca tal discusión de veras: ya es hora de que los medios dejen de concebir la responsabilidad social como un anexo de su trabajo cotidiano, disfrazada de asistencialismo cuando no de limosna.

Ya es hora de que periodistas y columnistas entiendan que no es lo mismo opinión que creencia, como tampoco lo es opinión pública que opinión privada públicamente expresada. Ni opinión ideológica que opinión periodística.

Ya es hora que esos medios entiendan que la única responsabilidad social que les es exigible es la de proveer a sus audiencias con información y opinión de calidad.

Transparencia de los medios

Pero ¿cómo lograr que la responsabilidad no pase de ser un mea culpa solo para bajar la presión? Entre muchas otras cosas, hacen falta, por ejemplo:

  • Un código de autorregulación de cada medio, esto es, una construcción colectiva y consensuada de su misión–visión en el marco ético, de acuerdo con su línea editorial y su contexto sociocultural.
  • Expresiones de transparencia que le digan a sus públicos desde dónde y con qué intereses pasados o presentes escriben los columnistas; qué temas son sensibles a sus dueños o patrocinadores; y qué obstáculos o “facilidades” laborales, tecnológicos o profesionales impiden o coayduvan a entregar contenidos idóneos.
  • Establecer políticas claras sobre las puertas giratorias que permiten que ciertos personajes ignoren, confundan o se aprovechen de la cercanía entre periodismo, política y propaganda.
  • Capacitar, formar y actualizar a sus propios reporteros y colaboradores en temas atinentes a la calidad periodística, a los derechos propios y públicos, a la legislación y al cubrimiento informativo y a la opinión que éste suscite.
  • Abrir canales de interacción con las audiencias en estos tiempos de transformación de la esfera pública. No se puede prescindir de los foros– especialmente en columnas o editoriales – con el argumento facilista de la grosería o el lenguaje inapropiado. Los medios ayudan, legitimando, a formar, especialmente con el ejemplo.
  • Evitar todo límite, frontera, norma o decisión que impidan la libertad de opinión y la libertad de expresión, o tiendan a hacerlo. Así piensan quienes se develan con el sueño de una prensa amordazada o al vaivén de las ideologías de turno.

Ha llegado la hora de demostrar que aquí todos cabemos, los seres humanos, las ideas diversas y aún antagónicas, pero sobre la base del respeto por la ley, el derecho, la verdad y las libertades ajenas. Es el talante del legado simbólico que requiere el país para poder caminar hacia la paz.

El caso Colmenares: otra historia sin fin

 

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Mario_Morales_Razon_PublicaAnálisis vibrante y creativo en torno a un caso que cada vez se parece más a la vida misma, donde se engarzan la agenda mediática y la de redes sociales para intercambiar “significaciones y sensibilidades en espacios con luz”. La bola de nieve seguirá creciendo mientras la historia alimente el morbo y la curiosidad.

Por Mario Morales

(Publica Razón Pública)

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Indignación en Colombia: va desde las marchas contra los violentos en febrero y marzo de 2008 hasta la más reciente reacción de indignación contra la deforme reforma a la justicia.
Foto: Grandeuribe.com

Sueño premonitorio, obsesión colectiva

Desde que surgió a la luz pública, ya traía todos los elementos inherentes a las grandes noticias, empezando por la novedad que pisaba los terrenos de lo insólito: el sueño premonitorio de una madre desolada que indagaba sobre las causas de la muerte de su hijo, ocurrida en octubre de 2010, que convenció a las autoridades de exhumar los restos mortales del joven estudiante y de reabrir la investigación judicial, diez meses después de los hechos.

“La respuesta está en mi cuerpo” fue la frase macondiana que le habría dicho el joven a su madre en aquel extraño sueño y que llegó a oídos de la Fiscalía y saltó de allí a los titulares de los medios de comunicación, a las redes sociales y a la conversa pública con una intensidad que pasados otros diez meses se mantiene en la cresta de la opinión pública y de las narrativas periodísticas, por encima de cualquier otro suceso de la vida nacional.

Inmediatez y fugacidad

Antes, en el siglo pasado, las noticias iban y venían acompasadas, pausadas y hasta escasas. Estaban hechas para durar, para darse entre sí solución de continuidad. Decían entonces los estudios de métrica longitudinal de la Mass Communication Research que los sucesos noticiosos podían quedarse en la atención de los espectadores hasta por treinta días. Eran otros tiempos.

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“La respuesta está en mi cuerpo” fue la frase macondiana que le habría dicho el joven a su madre en aquel extraño sueño.
Foto: Archivo.

Nada que ver con la acumulación informativa multisoporte que asedia al ciudadano promedio de hoy en día, que busca enterarse de su entorno y que ve cómo la luz dura de las noticias comienza a desvanecerse a los 69 minutos, si nos atenemos a estudios recientes como los de los físicos Wu y Huberman en Palo Alto, California.

No obstante, casos como el de la muerte del estudiante Luis Andrés Colmenares subvierten estos estudios. Ese fenómeno marca un hito en los estudios periodísticos. ¿Por qué?

Dinámica de las agendas

Comencemos por decir que el fenómeno es fruto de una espiral dialéctica e inédita que engarza la agenda de los medios y la agenda pública, si asumimos que esta última se va formando en las narrativas digitales como foros, debates virtuales y posts en redes sociales.

Desde los estudios de la agenda Setting se ha puesto de presente la influencia que los medios ejercen, a través de la jerarquización y del encuadre de temas, sobre la agenda de los ciudadanos, no sólo desde la perspectiva de los temas en qué pensar, sino a veces, cómo pensarlos, con sus consecuencias fácticas, luego medidas y corroboradas mediante encuestas y estadísticas.

No existe la misma certeza en relación con los issues, o temas jerarquizados, acunados solo en las redes sociales, que merced al tiempo real están contagiados de emociones y de veleidades que se autosatisfacen en los modos de decir, sin coherencia con los hechos. Baste citar el fenómeno de la Ola Verde, que creció, se reprodujo y murió en el mundo virtual.

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En las últimas semanas, han aparecido testigos clave, como José Wilmar Ayola  que antes de comparecer en los tribunales lo hacen a través de los medios de comunicación.
Foto: Archivo.

Pero cuando esos issues y los eventos que los complementan encuentran sintonía en los medios tradicionales y en las redes sociales, no solo se retroalimentan desde el punto de vista de las agendas, sino que se aceleran, adquiriendo spin y se convierten en bolas de nieve de opinión pública con notable incidencia en el comportamiento de sus congéneres.

Ejemplos en Colombia van desde las marchas contra los violentos en febrero y marzo de 2008 hasta la más reciente reacción de indignación en contra de la deforme reforma a la justicia.

¿Qué lo hace único y apasionante?

¿Pero qué otros factores determinan esa simbiosis en el caso Colmenares? En primer lugar la afectación que perciben las audiencias, así sea por la vía de la emocionalidad de un suceso que se ha narrado de manera espectacular, esto es, como una puesta en escena en un país con amplia tradición en el consumo de melodramas y crónica roja.

Su línea dramática es un lugar común, así sea disruptivo, lo que de inmediato genera proximidad, otro valor fundamental del periodismo. Pero es un crimen distinto, no de una violencia anómala y prosaica. Ahí está el caso ya casi olvidado del asesinato de un joven abogado por robarle el celular.

Se trata de una violencia con ingredientes que tocan las pasiones humanas, con matices de crimen pasional en un triángulo amoroso imposible, y del mismo modo telenovelesco, inscrito en la diferencia de clases, pleno de equívocos y de sobreentendidos, terreno fértil para la curiosidad o el morbo, que son, como sabemos, la cuota inicial de la toma de posición y de partido.

La retroalimentación casi viciosa entre narrativas emitidas y audiencias ávidas que piden detalles y arriesgan hipótesis, despierta plena identificación y apropiación de esos espectadores, en virtud de la edad y de los roles sociales de los implicados, en tanto que estudiantes, jóvenes, seres de carne y hueso que interactúan en lugares públicos y accesibles y en actividades de distracción comunes a la mayoría de la población.

A cualquiera podría sucederle. Ese ejercicio es asumido de manera instintiva, y así como los medios han desplazado a los tribunales, los espectadores se sienten con el derecho de hacer lo mismo con los jurados y fungen como tales, no importa si cada evento ha hecho modificar la corriente de opinión.

Los espectadores ya dueños de un acervo probatorio mediatizado, es decir socializado y significado, y luego amplificado por las redes sociales, se sienten parte del proceso, el cual pasa a ser parte de sus modos de decir y de pensar, incluso como forma de infotenimiento (entre información y entretenimiento) o de pasar el tiempo social de la conversa que asume el reto ineludible de solucionar un rompecabezas.

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Laura Moreno, una de las principales sospechosas, ha saturado con su presencia la agenda noticiosa.
Foto: Tomado de Caracol.com

Así, la noticia antaño concebida como forma de conocimiento es sobre todo motor emocional, y a su vez, trampolín para la interacción y la participación social con sus implicaciones en los fenómenos de expresión de la opinión privada y sus efectos en la esfera pública.

La información, ya dramatizada, con personajes ambiguos y fieles a esa condición, con reparto de extras que aparecen y desaparecen súbita pero oportunamente en los momentos de clímax, rodeados de unos misterios permanentes y otros difuminados por pruebas no del todo contundentes, necropsias parciales, fotos casuales, testimonios incidentales, se convierte en una historia con todos sus atractivos, que se debate entre lo ritual, lo ajeno y privado; y lo cotidiano, público y presente en los modos de decir y de pensar ciudadanos por su intensa y no siempre coherente carga moral en la que entran en juego debates acerca de la vida y la libertad como valores fundamentales.

De la emoción a la sensación y a la persuasión

Profundiza esa emocionalidad el vértigo del conocimiento inmediato de cada evento por el cubrimiento prioritario y en directo por parte de los medios, y su incidencia en los nuevos climas de opinión visibles en las redes sociales.

La materia prima es la sensación que se manifiesta en el voz a voz contaminado por una alta subjetividad que se reproduce geométricamente. Cada relato parece tener un tono persuasivo, contundente, definitivo, como si se tratara de convencer, de sumar, de adherir; lo cual es más evidente, e influyente, en las narrativas audiovisuales de enorme imperancia o influencia en un país tevecéntrico como el nuestro, es decir que construye su realidad y sus consensos a través de la caja mágica, según las categorías de investigación de Pippa Norris.

Sin querer queriendo, cada medio ha narrado cada nuevo suceso desde un encuadre particular con base en su propio código o el que le permite cada issue al que tiene acceso. Conscientes o no, esos medios y esos periodistas se han convertido en cajas de resonancia, ya no solo de puntos de vista morales o éticos sino también jurídicos, que es lo más preocupante.

Así se convierten en objetivo de las baterías de abogados y personas cercanas a cada parte del proceso con intenciones variopintas, que van desde la incidencia en la opinión pública, definitiva a estas alturas, o en el desarrollo del mismo proceso en busca de sentencias favorables o del ocultamiento de flancos débiles hasta la exaltación de la vanidad personal y profesional de los juristas más reconocidos que han encontrado en este tipo de casos trampolines a la fama y al reconocimiento.

Por eso la dosificación y alimento fragmentario de los relatos para generar golpes de opinión. Con razón los mismos abogados dijeron que los medios son claves en estos casos. Esas rivalidades, con nombre propio, también son parte de nuevas narrativas mediáticas asimiladas a las formas de contar enfrentamientos deportivos o culebrones en el prime time.

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El Ciclo de activismos digital. Cinismoilustrado.com

Nunca antes medios y audiencias, hechos y opiniones, amores y odios habían estado tan entrelazados y tan mutuamente influenciados al mismo tiempo. Lo potencia el mimetismo, esto es, la autorreferenciación a la hora de contar y de argumentar.

Ese eco, así legitimado, cala entre los receptores y entre los mismos periodistas a la hora de enfatizar en la agenda el MIP (most important problem, por su sigla en inglés): el problema más importante de la actualidad informativa.

Las presuntas pruebas a cuentagotas, las filtraciones, nuevas versiones, el crescendo del ‘suspense’ con el escalamiento de acusaciones de amenazas y presuntos crímenes de testigos y esa característica de obra inconclusa, al decir de Umberto Eco, se asemejan a la vida misma de las audiencias en las calles, con sus matices de incertidumbre, impunidad, impotencia y ausencia de patrones estables de justicia, más aun cuando los estamentos encargados de instruirla, ejercerla y hacerla posible, parecen tan contaminados y confundidos como los demás.

Como la vida misma

El resultado es la concepción de un nuevo subgénero periodístico, bastardo si se quiere, hecho de fragmentos de otros géneros como la desdeñada crónica roja, el melodrama o la novela negra (como bien lo expresó la semana antepasada aquí Boris Pinto) combinados con periodismo de declaraciones y una alta dosis de imaginación, ingredientes de ficción, y de pretendidos paradigmas, cuando no de prejuicios.

Pero también ha sido construido de manera colectiva con las audiencias que ya saben que su opinión cuenta desde el momento mismo de la creación, consumo y difusión de las piezas periodísticas, lo que hace que sean percibidas como propias, así se manifiesten como formas de vindicación y justicierismo por vías pretendidamente legitimadas, escudadas en una presunta anomia institucional.

El caso Colmenares se mantiene en la atención mediática porque es una impronta de esta época: por su emocionalidad, su carácter fragmentario e impredecible. Por su movimiento pendular entre lo local y lo global, lo cotidiano y lo extraordinario.

Es un espejo de lo que somos, de qué pensamos, de cómo tratamos de narrarnos y de persuadirnos, intercambiando significaciones y sensibilidades en espacios con luz, al decir de Germán Rey y de Jesús Martín Barbero.

Tal vez no tan distintos de quienes en los coliseos de la antigüedad, presas de una emoción insaciable, jugaban con la vida y la muerte, o invocaban justicia buscando consensos con sus gritos y con sus pulgares.


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Libertad de prensa en Colombia: y el fantasma ahí

Año y medio de cárcel por opinar contra un político. Este acoso judicial contra un periodista de provincia es parte de la renovada -y más sofisticada- censura contra los medios independientes que hoy está recorriendo a Suramérica: Venezuela, Ecuador, Argentina…y Colombia. Análisis de un periodista reconocidamente independiente.

Por Mario Morales

(Publica Razón Pública)

Andamos mal

Alguien dirá que hemos evolucionado en Colombia. Lo usual era la violencia contra los periodistas. La violencia física, el asesinato o la agresión, como pasa hoy en Guatemala o en México.

Reporteros sin Fronteras (RSF) denomina represión al ambiente que caracteriza la situación de libertad de prensa 2011-2012 en el mundo. Y ahí aparecen también países de difícil ubicación en el mapa como Eritrea y Turkmenistán, o de difícil acceso, como Siria o Irán.

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Luis Agustín González, director del diario Cundinamarca Democrática, condenado por una columna crítica, titulada “No más”, acerca de la política, Leonor Serrano de Camargo. Foto: Flip.

Una mirada desprevenida a los informes sobre el estado de la libertad de prensa en Colombia, como el más reciente de la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), reforzaría la idea de que avanzamos, si nos referimos al count body, por ejemplo. No hubo asesinatos de periodistas el año pasado y solo se documentaron 18 agresiones físicas.

No obstante, seguimos bien abajo en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa de RSF: Colombia, puesto 143 entre 179 países; Venezuela, puesto 120; Ecuador, puesto 104; Cuba, puesto 167; China, puesto174…

Censura cada vez más sofisticada

Así como se ha ido sofisticando el trabajo sincronizado y responsable de organizaciones en Colombia para defender el ejercicio del periodismo, las formas de constreñimiento de la libertad de prensa también se han sofisticado:

  • de la estigmatización, por presunta asociación ideológica con grupos armados ilegales, pasamos tan rápida como impunemente a
  • las interceptaciones ilegales por organismo del Estado, que afectaron por los menos a docena y media de comunicadores y, en el mismo carril de velocidad, a
  • la obstrucción del acceso a la información pública y
  • al hostigamiento judicial, tan viejo en sus intenciones como renovado en sus estrategias.

Entre las múltiples amenazas a la libertad de prensa, quizás la más paradójica aquí y en los países vecinos, es la que se asienta en la ley y el derecho. Ante las denuncias en el ámbito internacional, las técnicas tuvieron que mutar, pero el objetivo sigue siendo el mismo: controlar, limitar o desinformar desde la esfera pública.

En eso se parecen todos: las dictaduras, las dictablandas, los países que dicen portar el estandarte de la democracia… Y son precisamente las estrategias para controlar esa información utilizadas por los poderes — el político, el económico, el mafioso o sus combinaciones — las que permiten determinar la amplitud y el talante del espectro democrático: son su termómetro, quizás su principal indicador.

Acoso judicial

El primer objetivo alcanzado es desviar el debate en torno a la entraña política o ideológica de gobiernos o funcionarios para llevarlo a los terrenos de la interpretación jurídica.

Quizás bastaría con citar la insólita confirmación — hace apenas dos semanas, en segunda instancia por parte del Tribunal Superior de Cundinamarca — de la sentencia por injuria contra el periodista Luis Agustín González, director del diario Cundinamarca Democrática, por una columna crítica, titulada “No más”, acerca de la exgobernadora y congresista Leonor Serrano de Camargo.

Se trata de un perfil crudo, si se quiere, con una buena dosis de adjetivación de una aspirante a un cargo público. Es decir, opinión en un momento coyuntural de las recientes elecciones. Los límites, como sabemos, los impone la buena fe del periodista. Sus únicos activos: el buen nombre y el derecho a la honra. Pero no era una nota informativa sujeta a estándares factuales de verificación, en estricto sentido. El fallo no permite entrever esta disociación de géneros. Su contundencia es angustiante: año y medio de cárcel y cerca de diez millones de pesos de multa. Queda el recurso de casación para determinar la suerte de ese comunicador en particular.

Pero el efecto está logrado: la resurrección del delito de opinión y la jurisprudencia que sienta. Nadie había llegado tan lejos. Intentos hubo: Alfredo Molano, Salud Hernández, Oscar Collazos. Todos ellos sumergidos en largos procesos para estrangular su tiempo y su presupuesto. Todos ellos acompañados de amenazas justicieras y vindicaciones en nombre de la verdad, el bien común, los derechos inalienables de las personas y otro largo etcétera.

Pero esta es una pena de prisión de veras. Se trata de una retaliación por ejercer el derecho de opinar, negando el principio de buena fe y la flexibilidad de las fronteras, que una democracia debe tener para escudriñar las actuaciones de quienes se dedican a la cosa pública, e inclina la balanza a favor de la mordaza frente al proverbial dilema de una prensa desbordada.

La sanción de cárcel, la humillación pública, el constreñimiento del derecho al trabajo y la eliminación de ese género periodístico en la agenda inmediata magnifican el peso del “poder”. Se apela a un fuero que no necesitan y ni siquiera invocan los gobernantes y funcionarios transparentes y honestos. Se cierra de paso el necesario debate sobre la despenalización de la injuria y la calumnia, que hoy tiene lugar en otras latitudes.

El acoso judicial bajo el disfraz de legalidad logra neutralizar al periodista demandado, sirve de escarmiento para sus colegas y retarda las investigaciones periodísticas y judiciales sobre un tema o personaje determinado.

En últimas, salen perdiendo las audiencias urgidas de información necesaria para ser libres y gestionar sus vidas: la base de los elementos del periodismo en términos de los colegas estadounidenses Kovach y Rosenstiel.

La nueva represión

Se está abriendo la caja de Pandora donde reposan los intentos de legislar, sancionar y controlar el ejercicio del periodismo mediante leyes marco sobre comunicación y prensa, que con apariencia de constitucionalidad han adelantado, con éxito o sin él, los gobiernos ecuatoriano, argentino, venezolano y colombiano, entre otros, en los albores de la década

Se trata de proyectos de reformas y nuevas leyes que buscan suministrar herramientas a demandantes o Estados para regular la prensa en términos empresariales, de derecho, y de acceso y circulación de la información, escondiéndose tras el pretendido bien común.

En paralelo con demandas, condenas y penas de periodistas, los medios mismos se han convertido en los países vecinos en objeto de persecuciones, producto de la extrema polarización política, que han terminado en multas impagables, cierres, tomas, suplantaciones, exilio de sus directivos y dueños…y clemencias hipócritas.

Venezuela, Ecuador, Argentina, ejemplos elocuentes

En Venezuela por ejemplo, decisiones de ley ya han dejado muchas víctimas: como Francisco Pérez, columnista del diario El Carabobeño; Guillermo Zuluaga, presidente de Globovision; Leocenis García, editor del semanario Sexto Poder; Laureano Márquez, cuyas sátiras provocaron la ira y una multa de 50 mil dólares; Miguel Angel Rodríguez, por supuestamente incitar al golpe de Estado; en fin, Rafael Toledo, editor de la revista Nuevo País. Juicios que — aparte de servir de advertencia a sus colegas — obligan a las víctimas a buscar el exilio o a someterse al silencio, para no tener que huir.

Este ambiente enrarecido se ha ido materializando en formas cada vez más agresivas: multas millonarias y toma de partes accionarias, como en el caso de Globovisión; suspensión de frecuencias, como la de RTVC; cierres definitivos, como los de 34 estaciones de radio y TV local por “razones administrativas”; leyes, como la denominada ‘Resorte’ para permitir requisas de canales obligados a conectarse al canal del Estado.

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En Ecuador por la “gracia presidencial” de Rafael Correa perdonó al diario El Universo y a tres de sus periodistas, de multas onerosas.

Ecuador sigue las mismas coordenadas en una guerra mediática que ha pasado de los insultos a las demandas o a nuevas leyes, que en nombre del derecho a la comunicación y de la prohibición de monopolios en la propiedad de los medios, avanza hacia la conformación de nuevos estatutos para el periodismo, invocando la seguridad nacional y el orden público, cuyos límites rayan en la censura.

El gobierno, encargado de garantizar la pluralidad y la independencia, ha creado sus propios medios escritos y audiovisuales que no han estado exentos de denuncias por censura interna como en el caso de El Telégrafo.

Los medios de oposición, en cambio, deben lidiar imposiciones e intromisiones en sus parrillas o enfrentar procesos por contenidos que el gobierno no ha encontrado bien alineados, como en el caso de Teleamazonas. Y claro: siempre están abiertas las puertas de la cárcel, como sucedió con Milton Chacaguasay, director de La Verdad, debido a sus denuncias por presunta corrupción.

Pero sin duda, el hecho que atrajo la atención mundial sobre el riesgo de la prensa y de los periodistas en ese Ecuador fue la denominada “gracia presidencial” con la que el gobierno perdonó al diario El Universo y tres de sus periodistas, tras su condena en doble instancia por calumnia injuriosa a 36 meses de cárcel y el pago de 40 millones de dólares al propio presidente Correa.

La salida ideada por el gobierno ecuatoriano como un gesto en defensa de la libertad de expresión, para el resto del continente fue resultado de la insoportable presión de organismos, gobiernos, periodistas y medios que incluso decidieron reproducir la columna de opinión que fue el florero de Llorente en esa confrontación, como lo hicieron muchos medios colombianos. Una de las formas más potentes de censura quedó desenmascarada.

Aunque Argentina ha salido mejor librada en todos los indicadores y aparece entre los primeros 50 países en el escalafón de la libertad de prensa, no ha sido ajena al conflicto entre el gobierno y los medios de oposición, cuyo origen se remonta a La Nación y se hizo extensivo recientemente al grupo Clarín. La promulgación de la Ley de servicios de comunicación audiovisual, con el pretexto de evitar el monopolio de medios, tenía un destinatario específico, habitual crítico de la presidenta de la República.

Ese país es uno de los pocos en la región que avanza de veras hacia la despenalización de la injuria y la calumnia y hacia eliminar la pena de cárcel para esos casos.

El fantasma…ahí

En lo ámbitos descritos el periodismo sigue siendo incómodo, por asumir el papel vertebral y funcional de contrapoder. Y si incomoda es porque determinados poderes centrales, sectoriales o ilegales preferirían reducir las libertades democráticas, y en particular la libertad de prensa.

En fin, no hemos evolucionado tanto… El fantasma sigue ahí, metamorfoséandose para controlar la información y torciendo los derechos y la ley para disfrazar de legal lo que a todas luces es ilegítimo. Por eso estamos donde estamos.
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* Magíster en Estudios literarios, con estudios en periodismo y especialización en medios y opinión pública. Periodista y analista de medios. Ha sido columnista de El Tiempo, Semana.com, Radiosucesos RCN y actualmente de El Espectador. Dirige actualmente la Especialización en Televisión de la Universidad Javeriana y el campo de periodismo.
www.mariomorales.info

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