¿Ley de etiquetado de noticias políticas?
La confianza, el periodismo y el escándalo politico
Por Mario Morales
Se desploma la confianza, ese debería ser el titular a manera de reflexión que medios, políticos e instituciones deberían hacer en medio del ambiente contaminante de sectarización, escándalo político, desinformación y bodegas que ha terminado por desfigurar la opinión pública.
Prima facie, es como si en medio de la confusión, cada uno de los agentes citados hubiese perdido su norte: Informar, gobernar y normativizar el comportamiento ciudadano.
En un segundo nivel queda la percepción de unos medios engolosinados con el clickbait en un grito desesperado de competividad o supervivencia, unos políticos mutuamente sorprendidos por prácticas fratricidas e improvisadas y unas instituciones presuntamente tambaleantes, al decir de unos y otros.
Pero, miradas más en profundidad se puede decir que trata de dinámicas reconfiguradas de comunicación en medio de nuevas realidades con la emergencia de otra cultura política, encuadradas en el escándalo político, asociadas a la propaganda y a la contrapropaganda en la lucha por la atención o la visibilidad mediatizada para priorizar o imponer iniciativas o ideologías con base en una agenda informativa disímil, fundamentada en las emociones, especialmente la rabia y la indignación.
DE LOS GOZOSOS A LOS DOLOROSOS
Los primeros meses del actual gobierno fueron un monólogo del presidente Petro a través de twitter, la plaza pública, los escenarios nacionales e internacionales y una que otra entrevista. En esos terrenos sucumbieron o no germinaron los liderazgos de la oposición, que recibieron un segundo aire por el denominado “fuego amigo” y por unos medios militantes, seguidos luego por los tradicionales, que hicieron del escándalo político su estrategia en la idea de construir una narrativa que se opusiera a la del cambio.
La reacción gubernamental, fruto de sus consabidos errores de comunicación en la idea de desintermediar la información a los ciudadanos, así como la priorización de las redes sociales, fue la respuesta directa a periodistas y medios, seguida de señalamientos leves y luego de ataques injustamente generalizados, que terminaron por viciar el ambiente propicio con el que se había iniciado la actual administración, hasta el extremo del desaguisado de una congresista del Pacto Histórico pidiendo intervención de un medio, como ha sucedido soterrada o abiertamente por parte de entes fiscalizadores con Noticias Uno y la revista Cambio.
El clamor de los reporteros, el respaldo de los gremios y las voces especializadas allende las fronteras fueron unánimes en condenar el desequilibrio de la interacción del presidente en sus trinos, la estigmatización y el riesgo para la libertad de prensa y la libertad de expresión con signos preocupantes en el horizonte como las denuncias públicas de periodistas de acoso digital, matoneo, censura indirecta o autocensura o intentos de cancelación por su posición crítica a las políticas del gobierno. En ese sentido, la Flip ha documentado 58 amenazas a reporteros en 22 departamentos y 175 violaciones a la libertad de expresión en lo que va corrido del año. No hay comunicación sin efecto, más aún si proviene de la majestad presidencial.
Pero, decíamos, había más. Mutatis mutandis, la prensa de oposición, que la hay en nuestro país con rostro militante, activista o de agitación, apoyada por funcionarios afines con información privilegiada, influenciadores sin límite en las redes sociales y las proverbiales bodegas o granjas, encontraron en las fisuras de la coalición de gobierno, en los decires deslenguados de advenedizos, en las actuaciones indelicadas o violatorias de la ley en la gestión pública y en las cadenas de escándalos que no cesan, un bastión para arrebatarle al presidente, antes que nada, la iniciativa en la agenda mediática, luego en la agenda política y finalmente en la pública, y con ello la posibilidad de configurar una narrativa que arrancó por el desprestigio, continuó con la percepción del mal de muchos que hace gobiernos iguales, y que ha devenido en esa aparente incapacidad del ejecutivo y de la bancada de gobierno para cumplir con lo prometido.
Así, un sector de la prensa, dejo su inveterado papel de testigo de los acontecimientos y pasó a ser protagonista de los mismos, dejando de lado los estándares de calidad o los mandatos éticos, para entrar en la construcción mediática del escándalo político y la consecuente alteración de la esfera pública que deviene desconfianza, pesimismo, impotencia y rabia, pues como, decía Lippman, los ciudadanos no actúan en relación como suceden o creen que suceden los acontecimientos, sino con base en lo que los medios representan a través de su narrativa, esto es, de su construcción de realidad.
El objetivo del escándalo político, siguiendo a John Thompson, no es debatir o demostrar sino deconstruir, fragmentar, personalizar, desfigurar para resignificar con base en la sobrexcitación de los sentidos para llevar a la indignación, la espectacularización y el sensacionalismo acumulativo, sin dar tiempo para pensar, con el objetivo de persuadir, tal y como se ha observado en acontecimientos como el robo en la casa de la jefe de gabinete, el uso indebido de polígrafos, origen y cantidad del dinero y las múltiples versiones, suposiciones y decires, sin pruebas, no pocas veces rayanas en la fantasía, alrededor de la muerte del coronel Dávila.
El escándalo, como sabemos, se fundamenta en una dramaturgia verosímil, que suscita reconocimiento o gratificación de las audiencias que consumen las historias sobre una estructura mítica, de héroes y villanos, del bien contra el mal, de paraísos perdidos, con ingredientes estéticos de la novela negra, el suspense y el amarillismo informativo. Allí no hay cortapisas morales, ni fuentes acreditadas, ni verificaciones previas, ni coherencia en el relato en beneficio del infoentretenimiento. Es el enraizamiento de lo que Sartori llamó videopolítica y que Beatriz Sarlo acercó al actual ecosistema mediático, donde no es importante la verdad sino la sensación de verdad, con base en la desacralización de la política hasta desnudarla en todas sus miserias, en un continuum donde solo importa el presente, el talante mediático de los acontecimientos y el desplazamiento de la democracia representativa hacia la democracia de opinión, la misma de que hablara, qué coincidencia, el expresidente Uribe.
Así el escándalo político entra en escena en la competencia por el relato entre las élites del poder político y el poder mediático, donde éstas tienen las de ganar si logran que ese relato se masifique o se viralice para constituir una historia oficial difícilmente controvertible o sustituible. Pareciera estrategia de manual.
Dice Thompson que el escándalo político es eficiente cuando toca códigos morales y conductas sexuales, alrededor de las cuales algunas voces han querido involucrar al presidente; o cuando tienen que ver con la corrupción, que es el segundo caballo de batalla de la oposición; y finalmente, cuando tiene que ver con la regulación del ejercicio del poder político, que en el caso de Petro siempre está en cuestión, comparado con estándares políticos desuetos pero con fuerte recordación, como los procesos que adelantó el castrochavismo, otro leitmotiv de la derecha.
El resultado es la estigmatización que, paradójicamente, también está al comienzo del proceso de escandalización, y que no busca, siguiendo a Thompson, seguidores fieles, sino votantes no comprometidos como muestra de la decadencia de la política ideológica y la emergencia de la política de la confianza, esa que como decíamos al comienzo de este artículo, está de capa caída en el centro de la esfera pública.
La pregunta es entonces si hubo cambio intencional en la estrategia de comunicación política de esa oposición, en la cual hay ciudadanos convencidos o que adhieren por el estado de alarma continuo y de miedo inminente. ¿Se pasó de la construcción del enemigo con base en la ofensa o la confrontación, y Petro es el mejor ejemplo de ello, a su desfiguración y debilitamiento mediante ese continuum de ataques permanentes, signado por el escándalo, sin que tenga tiempo de responder o de hacerlo de manera adecuada?
¿Tiene que ver en ello el interés de hacerse directamente a medios como está sucediendo con la familia Gilinski con publicaciones Semana, El País de Cali y, como parece, El Heraldo de Barranquilla?
A la vera del camino queda expuesta y en riesgo la confianza en los medios, hoy como casi nunca protagonistas de la ruptura del corporativismo, esa cobija bajo la cual se ocultaban vacíos, errores y bajas pasiones, y que hoy se exponen a mandíbula batiente. Confianza que hoy mantiene, según estudio de Reuters, una de cada tres personas, a la espera del periodismo de calidad por el que numerosos medios y periodistas siguen batallando, no obstante la escasez de recursos, la ausencia de editores y de maestros en el oficio para lidiar con las emociones y los sesgos conscientes e inconscientes, para establecer el diálogo necesario, para insistir en la autorregulación como única alternativa y, sobre todo, para aislar iniciativas de control y vigilancia que son, de suyo, censura maquillada, no obstante “la prensa” desbordada, que, a pesar de ello, tiene derecho a existir, así como la crítica argumentada y la necesaria reflexión que ponga de manifiesto la importancia, hoy más que nunca, del buen periodismo
El lado correcto de la historia
Nos hemos dejado llevar por la calentura. Comenzando por los líderes de la región, incluido el presidente Duque, y buena parte del periodismo que dejó atrás la información por la militancia.El fervor casi ingenuo de los gobernantes en la frontera con Venezuela desnudó las carencias de nuestra realpolitik, la ausencia de verdaderos estadistas que consulten con estrategas, el desprecio por la libre elección de los venezolanos, el desconocimiento de la dictadura en el hermano país y la aceptación de que todo vale en determinadas circunstancias. (Publica el Espectador)
Los resultados: 1. El lamentable nuevo aire para Maduro y sus secuaces. 2. La evidencia de que los planes para tumbar el totalitarismo terminaban en la letra B (el cacareado cerco diplomático-económico o la intervención militar con las tres variantes en las que, dicen, insiste Estados Unidos, de la mano del polémico estratega Elliott Abrams). 3. La incertidumbre reinante, en medio de las contradicciones de los líderes entre sus acciones, la pretendida solución pacífica y la atemorizante alerta rusa de la inminencia de una invasión armada.
Más allá de la exacerbación, la tal estrategia se está quedando sin oxígeno, a menos que esa sea la única estrategia, llevarnos al punto de no retorno.
Con los nervios crispados, el periodismo no ha podido construir una narrativa coherente más allá de la indignación. La renuncia a un relato equilibrado y distanciado ha incrementado la incredulidad y la confusión en las audiencias.
Los medios no han trazado una raya entre las ideologías propias y lo que muestran. Se confunden en sus narrativas la precipitud para los directos con la evidente falta de preparación pra presentar los sucesos disruptivo y los contextuales, las noticias falsas, la propia distorsión inconsciente y hasta la validación (como con la ayuda “humanitaria”, los actos de provocación y la suspensión temporal o inversión de valores) de los juegos de engaño con arreglo a fines.
Y en medio de todo ello, la increíble invitación, expresa o subrepticia, a ponernos dizque del “lado correcto de la historia”.
Medios, marketing, alianzas y maquillaje
Tras el escándalo queda mal parado el Distrito. Y peor parados quedan los medios que sacrifican su credibilidad y la confianza de los lectores.
Mario Morales*
(Publica Razón Pública)
Es escandaloso por las cifras, por los métodos utilizados, por la nebulosa que lo envuelve, pero, sobre todo, por lo inocuo. (Publica Razón Pública)
El gasto excesivo por pautas publicitarias de la alcaldía de Bogotá había sido revelado en abril y agosto pasados por el Concejo de Bogotá en un debate de control político extendido donde se hablaba de una cifra cercana a los 118 mil millones de pesos durante 2016 y 2017.
La semana pasada, la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) divulgó, tras un sesudo seguimiento, que la pauta oficial estaba cerca de los cien mil millones de pesos, algo así como 5.625.000 por hora.
Cuando la ciudad se debate entre la austeridad y las necesidades crecientes de sus habitantes, la torpeza del alcalde Peñalosa ya colmó la paciencia de la ciudadanía.
En febrero de este año, Peñalosa fue el alcalde peor calificado de las ciudades capitales de Colombia. La desfavorabilidad de su gobierno ha alcanzado el 80 por ciento y el pesimismo alcanza a tres de cada cuatro ciudadanos según la encuesta de percepción Bogotá Cómo Vamos.
Si tanto invirtió Peñalosa para tener una imagen favorable, ¿esa platica se perdió?
Según la FLIP, el 85 por ciento de las operaciones se cumplieron mediante contratación directa y por lo menos la mitad de ellos tuvieron adiciones y prórrogas —lo cual contraviene el principio sobre regulación de publicidad oficial y de libertad de expresión de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)—.
Los medios tienen todo el derecho a buscar alternativas de negocio, pero en tiempos de incertidumbre no todo hueco es trinchera.
Las entidades oficiales tienen derecho a hacer publicidad sobre sus actuaciones, pero el monto gastado por la administración Peñalosa es exagerado (teniendo en cuenta las necesidades urgentes de la ciudad en salud, educación, seguridad y movilidad, por ejemplo) e incluso iguala o supera la inversión de las más grandes empresas, que con distintos productos llegan a agencias, medios y clientes de todo el país.
Pero falta lo peor: la falta de transparencia en la información brindada por la prensa. Los métodos y objetivos de ese tipo de publicidad ponen en tela de juicio su credibilidad y los valores del oficio.
Ese tipo de periodismo camufla la información oficial y la hace pasar como trabajo periodístico. El uso de embajadores de marca no explícitos en redes sociales ha contaminado la información que los ciudadanos necesitan, y ha afectado las libertades de prensa y de expresión.
El Distrito y los medios de comunicación tienen igual responsabilidad.
Por eso llama la atención que algunos medios nacionales, regionales y comunitarios, tanto impresos como audiovisuales, hayan aceptado en sus narrativas de ficción o editoriales contenidos realizados desde la administración distrital. Tampoco proveen la suficiente aclaración para las audiencias que consumen el material publicitario.
Marketing, alianzas y maquillaje
![]() Televisión. Foto: Autoridad Nacional de Televisión |
Algunos dicen que es inevitable que el poder fiscalizado, los corruptos y los ilegales permeen el periodismo, que debería estar regido por la lealtad, la verdad y la credibilidad.
Pero en este caso no se trata de que el periodismo pierda valor a causa de los contenidos falsos, de los embajadores de marca subrepticios, o de la manipulación capciosa por parte de determinadas fuentes (fenómenos donde el periodista puede “caer en una trampa”).
Es peor. En este caso son los mismos medios los que estén decididos a venderle el alma al diablo con el pretexto socorrido de las nuevas alternativas de sostenibilidad y de negocio. Parece —y es— un acto desesperado, de kamikazes, un acto suicida.
En el pomposamente llamado content marketing o marketing de contenidos —que no es otra cosa que los viejos artículos publicitarios disfrazados de información periodística— los propios medios destruyen el valor más preciado en la relación con sus audiencias: la fidelización.
Sin duda los medios tienen todo el derecho a buscar alternativas de negocio, pero en tiempos de incertidumbre no todo hueco es trinchera. Más aún si son baluartes y referentes para los demás medios y periodistas del país.
Ya es preocupante el bombardeo publicitario directo o branded content emitido precisamente en las secciones periodísticas que tocan temas afines y que se aprovechan de los públicos allí congregados y atentos. Por eso, exaltar, moldear, maquillar por encargo o publicar como propios contenidos publicitarios son tácticas de engaño.
Ese tipo de comportamientos traiciona el pacto con las audiencias y además afecta la democracia, si convenimos con Kovak y Rosenstiel en que la función del periodismo es entregar la información que la gente necesita para ser libre y gestionar sus vidas y sus decisiones.
¿Dónde está el problema?
![]() Propaganda. Foto: Pxhere |
El problema va más allá de la letra pequeña que incluyen algunos medios y que aclara que el texto es publicitario, pero que nadie lee porque solo sirve para lavarse las manos.
No se trata tan solo de limpiar de manera engañosa la imagen de una entidad cuestionada como la alcaldía de Bogotá, sino también de construir imaginarios deficientes, incompletos o falsos en una comunidad urgida de acciones reparativas. Es, en últimas, un atentado contra la disciplina de la verdad, porque juegan con la voz, la independencia editorial y la integridad del periodismo.
Le recomendamos: Uribe, el rey del twitter.
En medio de toda esta pirotecnia del mercadeo es menester recordar —como repiten los manuales de ética— que las audiencias de los medios no son clientes, que las redacciones no son unidades de negocio, que las noticias no son productos y que los lenguajes y los métodos del periodismo tienen su origen en el servicio público y en los derechos de la ciudadanía.
Es cierto que los medios reúnen públicos propicios para los anuncios publicitarios, como también lo es que esos públicos son renuentes a esos contenidos. Si los insertos, las separatas, los suplementos o los avisos publicitarios marcados y delimitados no satisfacen las necesidades de los anunciantes, no por ello publicistas, medios y comunicadores pueden contaminar las narrativas periodísticas en aras de una pretendida innovación estratégica.
Que las audiencias de los medios no son clientes, que las redacciones no son unidades de negocio, que las noticias no son productos.
Y si a ese panorama le sumamos que hay periodistas y analistas contaminados, que vienen y van de un empleo a otro o que con una palmadita en el hombro dicen lo que dicen en los debates y en los medios, al ciudadano le quedan pocas alternativas para determinar si la información que recibe tiene estándares de calidad periodística o no.
Cuando los alimentos o los medicamentos no tienen información suficientemente clara y transparente para los consumidores, todos ponen un grito en el cielo porque se pone en riesgo la salud de las personas.
En esta época de descrédito del periodismo, tal vez sea hora de introducir la “posología informativa” esto es, la necesidad de acompañar cada pieza periodística con un contexto sobre los insumos, las fuentes y las decisiones que se tuvieron en cuenta para escribirla.
Quizás no sea cierto que las audiencias se estén yendo de los grandes medios y que se estén alejando del periodismo tradicional en busca de la tierra prometida de los “nuevos contenidos”. Tal vez, los usuarios estén huyendo defraudados cuando perciben que se les insulta la inteligencia o la confianza y que todo tiene un precio. Esa es la verdadera crisis.
La verdad en guerra
Amenazas contra medios.
Más que las eternas represalias por el trabajo de algunos periodistas, hoy estamos asistiendo a una cruzada para imponer una cierta lectura del conflicto como versión oficial de la historia.
Mario Morales*
Fabricando la opinión
(Tiempo estimado: 5 – 10 minutos)
En medio de las sombras que cubren, de manera reiterada, reinventada y reforzada, el ejercicio periodístico hoy en Colombia es posible distinguir por lo menos los siguientes patrones:
-Que no es lo mismo trabajar en las ciudades capitales que en las regiones como lo ratifican hoy los 3 reporteros de Mocoa, abandonados a su suerte, luego de efímeros registros de sus colegas en los medios de cubrimiento nacional. Conminados a salir de la región, no obstante, resisten desde sus casas o medios, pero no san su brazo a torcer. La brecha entre centro y periferia en vez de disminuir con la omnipresencia de los medios digitales, se acentúa.
-Que la confusión generada en las redes sociales, con velada intencionalidad de ideologías y fanatismos, al tiempo que suscita amenazas inconcebibles, pone a dudar por igual a audiencias y reporteros sobre el deber ser del oficio, como le consta a Paola Rojas la periodista de Noticias Uno que grabó lo que se dijeron entre bastidores algunas de las voces reconocidas del Centro Democrático después de la posesión presidencial. No hubo dolo, ocultamiento ni lesión a la ética en el hábil trabajo de la comunicadora que grabó de manera visible, como consta en las fotos que circularon a posteriori, una reunión pública sobre un hecho público en un lugar público. Su labor se ve legitimada por el evidente interés que suscitaron esos comentarios dichos en palabras y voces de los mismos protagonistas.
-Que se sigue naturalizando cada año electoral como un período en el cual son “normales” las amenazas a los periodistas fruto de las tensiones y disparidades ideológicas y emocionales de los contendientes de diverso origen en el espectro político.
-Que la descalificación a la prensa se convirtió en un leitmotiv en los discursos demagógicos e incendiarios de quienes quieren cosechar en los descontentos ciudadanos, y que dicha descalificación no solo merma la confianza en medios y reporteros, sino que permea el ambiente para que surjan y, de manera absurda, hasta se justifiquen las amenazas en grupos sectarios y fanáticos; o que los periodistas sean estigmatizados en medio de la indiferencia de la “opinión pública” desinformada.
-Que, nuevamente, sean los mensajeros y no los hechos denunciados o los culpables de esos hechos el epicentro de las iras, críticas y amenazas de individuos o masas prejuiciadas.
-Que no haya contundencia en las investigaciones acerca del origen y autores de las amenazas, cuyos resultados apenas son esbozados en medio de ambigüedades o generalidades que tienden a la impunidad.
-Que el patrón de amenazas y demás violaciones a la libertad de expresión pase por el amedrentamiento de individuos o grupos específicos al tiempo que como advertencia para los demás; por generar confusión intimidando a comunicadores de distintas vertientes para hacer inubicable en el espectro ideológico a los responsables; y por acallar voces independientes manipulando lo que dicen o piensan, acosándolos judicialmente o conminándolos a autocensurarse en la búsqueda de la verdad en el momento histórico que vive el país acerca de la definición y concreción de la paz y la reconciliación.
Ese estado de zozobra continua que este año ya supere las 139 amenazas*, según la Flip, no solo ataca las iniciativas de investigación, sino que ataca también las de interpretación y opinión acerca de los hechos sensibles del país, para coaccionar, limitar e impedir la libertad de expresión de quienes trabajan o colaboran en los medios masivos de comunicación, pero extienden su nefasta influencia a los ciudadanos con voz en las redes sociales, en la idea de generar eso que Walter Lippman, llamó un consenso manufacturado en torno a determinadas ideas; concepto que después retomó Noam Chomsky para significar que la construcción de opinión pública no siempre obedece a un derrotero o una intención sino a un “fenómeno corporativo y emergente”, lo que no excluye que esa manipulación pueda estar envuelta en sombras y anonimato.
Esas amenazas, tras bozales de grupos violentos de extrema derecha, y que tildan, entre otras cosas, a los comunicadores de “guerrilleros”, aparecen en un momento crítico de fanatismo en torno a la implementación de los acuerdos del proceso de paz, especialmente en lo atinente a la comisión de la Verdad, cuyas directivas han sido objeto de videos manipulados y señalamientos plagados de improperios e imprecaciones.
Que casi todos los amenazados tengan que ver de una otra manera con el proceso de paz, el pluralismo, la inclusión y el trabajo periodístico de visibilización de las víctimas, los pone en el mismo contexto de indefensión y riesgo que los líderes sociales y de los personajes piloto que trabajan por la defensa de los derechos humanos y las libertades individuales y sociales
En el fondo, parece estar en juego la versión de lo ya acaecido y de lo que está sucediendo en los hechos de guerra y paz en nuestro país en los últimos años, como lo demuestra la sensibilidad de algunos sectores cuando la citada comisión solicitó acceso a los informes de inteligencia del conflicto armado.
Narrativas de la paz
![]() Periodismo en Colombia. Foto: Emisora cultural del Huila |
Como en la novela 1984, algunos medios de comunicación se han empeñado en una narrativa acerca del proceso de paz que pretende ocultar, disipar o confundir una verdad recuperada a partir de documentos y trabajo periodístico.
A esa verdad se anteponen los prejuicios para exacerbar las emociones y creencias de los ciudadanos y hacer creer, como decía Orwell, que la guerra es paz y la paz es guerra; que la ignorancia –entendida como ausencia de verdad– es fuerza.
Quienes amenazan atacan los proyectos o intentos de investigación, así como las interpretaciones u opiniones críticas sobre los temas sensibles para el país.
Consecuencias nefastas
Las amenazas proferidas por grupos de extrema derecha surgen en un momento crítico de fanatismo contra el desarrollo del Acuerdo de paz. La Comisión de la Verdad ha sido un tema particularmente sensible- y tanto así que sus directivas han sido objeto de videos manipulados y señalamientos plagados de improperios-.
Casi todos los periodistas amenazados están relacionados de una otra manera con el proceso de paz, el pluralismo, la inclusión y el trabajo periodístico para dar visibilidad a las víctimas. Esto los pone en una situación de indefensión y riesgo similar a la de los líderes sociales que trabajan por los derechos humanos y las libertades individuales y sociales.
Algunas de las violaciones a la libertad de expresión que siguen sin esclarecerse son:
- Las amenazas en Internet contra María Jimena Duzán, columnista de Semana y declarada defensora de la paz;
- Las amenazas contra Jineth Bedoya, defensora de los derechos de las mujeres;
- Las amenazas contra La Silla Vacía, medio independiente que investiga el poder;
- Las amenazas contra Jorge Espinosa, Juan Pablo Latorre y Yolanda Ruiz –comunicadores de RCN pertenecientes a un equipo serio y probo en el cubrimiento de la actualidad nacional– cuando se referían a las intimidaciones a sus colegas;
- Las más de diez amenazas contra el periodista y activista Ricardo Ruidíaz, quien ha denunciado la trata de menores, así como las amenazas y asesinatos de líderes sociales en el Magdalena Medio;
- Las amenazas contra la periodista Catalina Vásquez por sus denuncias de violación de derechos humanos en la Comuna 13 de Medellín;
- Las amenazas contra Laura Montoya, quien ha venido publicando acerca de los crímenes contra líderes sociales en Mocoa, Putumayo;
- Las amenazas contra Fernando Londoño, director del programa “La hora de la verdad”, y Luis Carlos Vélez de la emisora La FM.
- Las agresiones verbales y el decomiso de celulares a Ariel Ávila, analista de la Fundación Paz y Reconciliación, columnista y colaborador de varios medios hablados y escritos del país;
- Las amenazas contra Januaria Gómez, quien tuvo que irse de Segovia, Antioquia por sus reportajes acerca de irregularidades en la minería y de daños al medio ambiente;
- Las advertencias de atentado contra los diarios La opinión y Q’Hubo por sus denuncias de bandas delincuenciales en Cúcuta, y
- El veto impuesto a los reporteros de Frontera Estéreo, una emisora en Maicao, para hablar del alcalde, de aspirantes a cargos públicos o de entidades estatales.
La consecuencia directa de estas amenazas para los comunicadores y sus audiencias, especialmente en las regiones, es la sensación de caos y peligro que deviene en miedo a expresarse y en temor a actuar por falta de garantías.
Los efectos colaterales son la parálisis o la autocensura en el proceso de encontrar y decir la verdad sobre el presente y el pasado reciente en los medios masivos – e inclusive en las redes sociales-
El miedo aumenta ante la falta de resultados de las pesquisas oficiales, pues las autoridades tienden a investigar ataques consumados pero no a prevenirlos, y muestran negligencia a la hora de garantizar el ejercicio profesional en situaciones de riesgo. Precisamente por eso, las autoridades han contribuido a naturalizar una prensa escoltada, que no favorece el ejercicio de un periodismo libre e independiente.
La responsabilidad del periodismo
La excitación excesiva frente al futuro inmediato del país está tocando a los medios que han caído en la trampa incendiaria de la sectarización, que se manifiesta en debates virulentos y efectistas, como los que se han venido dando especialmente en la radio.
El disenso y la vehemencia nada tienen que ver con la grosería o las descalificaciones ad hominem. De allí a las amenazas hay solo un paso.
Esta agitación alcanzó un punto deplorable en la confrontación verbal entre el litigante Abelardo de la Espriella y el analista Ariel Ávila, quien acusó a su oponente de maltrato verbal y de decomiso de los teléfonos celulares con los que grababa lo que decía el abogado.
Los medios, que tienen el poder de legitimar lo que dicen y piensan sus audiencias, no pueden seguirle el juego a los insultos y las estigmatizaciones en los debates sobre temas importantes solo por aumentar la sintonía. El disenso y la vehemencia nada tienen que ver con la grosería o las descalificaciones ad hominem. De allí a las amenazas hay solo un paso.
La autorregulación que deben practicar los panelistas tiene que comenzar con el ejemplo desde la producción y realización de los espacios periodísticos, cuyo propósito ha de ser el esclarecimiento de situaciones coyunturales mediante la exposición bien argumentada de ideas diversas.
La construcción de la verdad no se puede comprender como una lucha entre visiones radicalmente opuestas o como una guerra entre enemigos al cabo de la cual tiene que haber vencedores y vencidos.
Cifras alarmantes
![]() Proceso de paz. Foto: Presidencia de la República |
Para acabar de nublar el panorama del ejercicio periodístico, a esta altura del año ya son casi 300 las víctimas de violaciones a la libertad de expresión, según el seguimiento que hace la FLIP. De esas violaciones:
- 55 son en Bogotá;
- 22 en Antioquia;
- 22 en Huila, y
- 10 en Magdalena.
Hasta el momento, de estas violaciones:
- 124 corresponden a amenazas;
- 32 a acoso judicial;
- 26 a obstrucción del trabajo periodístico;
- 19 a hostigamiento;
- 19 a estigmatización;
- 17 a agresión.
El estado de cosas es tan preocupante que 19 entidades, cinco de ellas embajadas en Bogotá, ONGS y la oficina del Alto o Comisionado para los Derechos Humanos elevaron su voz pidiendo garantías para los periodistas. Por ahora hay una tímida respuesta de la Fiscalía que anunció avances en dos casos, pero necesitamos medidas eficaces, más allá de las investigaciones post factum o de las escoltas engorrosas que han sido sugeridas.
Frente a este panorama desolador es necesario salvaguardar a la prensa, eje de la democracia. El Estado debe dar resultados en la búsqueda de los victimarios; los gobiernos de Santos y Duque deben condenar estas violaciones y tomar medidas, ojalá de manera conjunta, con el apoyo de los organismos de protección. Finalmente, los medios y periodistas deben actuar como un solo cuerpo y los ciudadanos unirse a esta defensa de la libertad de expresión, que es la suya representada en sus comunicadores.
No es poco lo que hay en juego. Más que de mejorar en las lúgubres estadísticas que nos ubican como uno de los países más inseguros de la región y del mundo para el ejercicio periodístico, se trata de defender la vida, honra y bienes de los reporteros y la independencia de los medios.
Pero, sobre todo, se trata de no perder la posibilidad de construir un relato fidedigno de nuestros acontecimientos para impedir que fuerzas oscuras nos arrebaten la verdad.




