El oscuro panorama del periodismo en Colombia

Violencia, censura, autocensura, mangoneo de los dueños, polarización y desinformación son algunos de los retos que deben enfrentar los periodistas en Colombia.

Mario Morales*

Periodismo y pandemia

Hoy está claro que el periodismo no va a salir indemne. Para bien o para mal, el periodismo no recuperará “la normalidad”. La COVID-19 dejó víctimas mortales y a miles de periodistas afectados en su salud física y mental o en su empleo; también transformó profundamente la manera de practicar el periodismo en Colombia.

¿Cuál es el panorama actual y cuáles son los retos para este oficio?

El triste legado

Recibimos este año con la inveterada preocupación sobre las violaciones a la libertad de prensa.

En 2020, Reporteros Sin Fronteras clasificó a Colombia en el lugar 130 de 180 en su índice de libertad de prensa. Según la organización, esto significa que en nuestro país “siguen siendo frecuentes las agresiones, las amenazas de muerte y los asesinatos de periodistas, por lo que aún es uno de los países más peligrosos del continente para la prensa”.

A la misma conclusión llegó la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), que documentó 632 víctimas de violaciones a la libertad de prensa en 2020: amenazas, agresiones, acoso judicial, hostigamientos, ataques en el ciberespacio y dos lamentables asesinatos. En lo que va corrido de este año ya son 13 las víctimas por violaciones similares.

La pandemia

Y la pandemia ha hecho que las cosas sean todavía más difíciles: tanto el gobierno nacional como los gobiernos locales han optado por la comunicación directa con los ciudadanos a través de redes sociales. Esto ha desplazado en mucho la labor mediadora de los periodistas y su función de interpretar los contextos y dar significado a las noticias.

En 2020, Reporteros Sin Fronteras clasificó a Colombia en el lugar 130 de 180 en su índice de libertad de prensa

La falta de ruedas de prensa y entrevistas presenciales en tiempo real ha reducido la labor periodística a reproducir lo que dicen los medios internacionales y las cifras de contagios y muertes. Confundidos, los medios dudan entre ejercer su labor crítica o convertirse en mensajeros de la esperanza.

Sumidos en el terreno pantanoso de las cifras y de las fechas, la información periodística se ha vuelto un “constante presente”, sin mañana y sin conexión entre los diferentes hechos.

Financiación e independencia

Cada vez son más comunes las intervenciones de los dueños de los medios en las decisiones editoriales y los contenidos de sus publicaciones. El viejo debate sobre si un medio podía o debía expresar su línea editorial y su posición ideológica ha quedado superado.

Esto ha creado una especie de “sectarización” de la prensa que, en algunos casos, convoca a hordas de seguidores fanáticos y no a audiencias o usuarios en busca de información. La omnipresencia del capital ha echado por tierra, si aún existía, el mito de los mecenazgos, y ha reavivado la polémica sobre la concentración de poder y su legitimación por parte de los medios.

Es verdad que las empresas privadas pueden tomar decisiones de acuerdo con sus propios planes y criterios. Pero también es cierto que, a diferencia de otros negocios, el de la información tiene un vínculo insoslayable con la ciudadanía y con la democracia, que impone deberes y responsabilidades ante el oficio y ante la sociedad.

Para dar un ejemplo, una cosa es que los dueños de El Tiempo se sientan ofendidos por una columna de opinión publicada en su propio periódico y que quieran controvertirla o pedirle claridad o pruebas. Otra muy distinta es que se salten el conducto regular del editor de opinión e incluso del director para controvertir y advertir a su autora.

Como deberían saberlo estas personas, en el periodismo las formas también cuentan. Si estamos hablando en el terreno sagrado de la libertad de expresión, más hubiera valido que El Tiempo publicara una carta abierta a la columnista o que abriera un debate interno y después uno público.

Hoy, en medio de una oferta creciente, los ciudadanos deben sopesar su inversión en recursos y tiempo frente a la credibilidad y la calidad de un medio. Decisiones como la de El Tiempo amenazan la fidelización de los usuarios y anunciantes y, en últimas, la sostenibilidad misma del medio.

La continuidad de El Tiempo, de su tradición y su línea editorial son fundamentales para el ecosistema mediático, pero también para el ejercicio democrático. No hay margen de error. Ahí están a la vista los espejos del fracaso o la decadencia de medios que rompieron el pacto con sus audiencias, cambiaron la línea editorial y reemplazaron a los periodistas por políticos o ejecutivos.

Foto: Pixinio Es cierto que, en medio de la explosión de programas de debate y opinión en múltiples medios, la trampa de la lógica del adversario es vendedora”.

Ideología, desinformación y “guerra de clics”

Pero hay más: siguiendo el ejemplo de los medios ideologizados, se han vuelto cada vez más comunes los reporteros que se dedican a la propaganda política y el proselitismo en redes sociales.

El acceso, la jerarquización, selección, elaboración y difusión de la información no son potestades o favores del periodista a la sociedad, sino un derecho humano de sus audiencias. Por eso el periodista debe reflexionar sobre los límites que tiene su derecho a expresar públicamente sus opiniones privadas.

Una cosa es que los dueños de El Tiempo se sientan ofendidos por una columna de opinión publicada en su propio periódico y que quieran controvertirla y otra que se salten el conducto regular del editor de opinión

Es cierto que, en medio de la explosión de programas de debate y opinión en múltiples medios, la trampa de la lógica del adversario es “vendedora”; pero abusar de la parte y la contraparte y del maniqueísmo distorsiona la realidad. Más aún si se incurre en la nociva práctica de tener en cada panel las mismas voces de los políticos de siempre.

La fragmentación de audiencias, el pago por contenidos y la diáspora de la pauta publicitaria han desenfrenado la guerra del clic y de la titulación engañosa. Se trata de una estrategia que trasciende la curiosidad para llegar al morbo, con el pretexto de que eso le interesa al ciudadano.

El resultado es una agenda milimétrica, donde los medios siguen la liebre ilusoria del rating o de las tendencias y dejan de lado, como un relleno, los asuntos trascendentales.

La desinformación y la posverdad avanzan y, en lugar de ayudar a interpretar y comprender, muchos medios se han enfocado en convencer.

Por eso, las prácticas periodísticas cambiaron y, tal vez, para siempre: cada vez es más común la voz autorial sin interrelaciones, sin la necesaria retroalimentación entre pares o entre el autor y el editor. La rutina de pedir respuestas atemporales, asincrónicas y sin posibilidad de interacción pauperizan la reportería. Así, se deja en manos de las fuentes el criterio de cada informe, con material de segunda mano que, además, pierde su naturalidad y su espontaneidad.

Si permitimos que esta tendencia se siga registrando, si no asumimos abierta y claramente el proceso de dignificación del oficio, quizás está cercano el momento de cumplir esa fatídica frase populista de que cualquiera puede ser periodista.

Entre la mermelada y el fuego amigo

Entre la mermelada y el fuego amigo

Una cosa es haber hecho del descache una actividad profesional, otra muy distinta es estar prendiendo teas en los inflamables escenarios donde se decide la vida institucional del país, como lo viene haciendo el reducto de amigos del presidente Duque o, uno ya no sabe, de las prebendas del poder, por más resquebrajado que esté.

Ternar o hacer que se elijan amigos, condiscípulos o recomendados en instancias decisorias como las “ías” puede parecerles funcional y conveniente a aquellos “copartidarios” que hoy se frotan las manos, pero olvidan que al calendario le quedan 18 hojas para el cambio de tercio, como seguramente sucederá si queda algo de sentido común.

Esos y otros zarpazos, como el de nominar vía decreto presidencial a su propio juez en tutelas sobre erradicación de cultivos y seguridad nacional, a algunos cercanos les pueden parecer otro capítulo del ya extenso libro de “ducadas”, que no les afectan directamente.

Pero el empeño que le puso el Gobierno a la desfigurada e inhumana reforma tributaria y al acatamiento de la orden de promover al hijo de Uribe como precandidato presidencial le pueden costar, como ya está sucediendo, el derrumbe de los pocos apoyos que le quedan tras bambalinas, así en los micrófonos y redes parezcan estar del mismo lado.

Al amago de hecatombe de la tal reforma, enterrada antes de nacer por el desmarque de Vargas Lleras, los partidos de oposición y de César Gaviria con denuncias de mermelada, le sobrevendrán las presiones variopintas de los pocos áulicos a la hora de las aprobaciones en el Congreso y el voto negativo conveniente de partidos y futuros candidatos en pleno año electoral.

Pero lo que no resistiría un envión en la descosida unidad de partidos de gobierno sería la oficialización como aspirante del delfín uribista, no solo porque todos, incluso los que rodean a Duque, saben que el país no resistiría un segundo y magro período en cuerpo ajeno, sino porque entre esos aliados hay quienes no están dispuestos a sacrificar una vez más aspiraciones, egos y carreras. Entre la mermelada y el fuego amigo. Quién lo creyera.

No nos mueve ni el asombro

Somos una caja de sorpresas. No solo por los hechos inverosímiles que nos acompañan cada día, sino por todo lo que aparece o desaparece aquí sin que nos demos cuenta. Un día estamos en las estadísticas; otro, ya no sabemos.

Como se sabe, estábamos proyectados para ser 50 millones; hace 10 meses éramos 45,5; después de las aproximaciones del DANE, llegamos a los 44,2. Pero luego de un pequeño ajuste de algo más de cuatro millones, parece que somos 48’258.494, una cifra exacta que habla de toda nuestra incertidumbre.

Por eso no debe sorprendernos que súbitamente ahora hayan aparecido 1,9 millones de indígenas colombianos, o de personas que se autorreconozcan como tales; es decir, uno de cada 24 colombianos. Justo cuando se acumulaban los estudios de razas y etnias en vías de extinción.

He ahí donde aparece otra novedad, y es que cuando creíamos —prejuiciosos que somos— que le habíamos dado la patada a nuestros orígenes, creyéndonos mexicanos, gringos con ascendiente latino o centroeuropeos, el número de habitantes que se autorreconocen (debería escribir, para estar a tono, que nos autorreconocemos) como indígenas crece seis veces más rápido que el resto de la población, así uno de cada cinco viva en cabeceras municipales y no en bohíos como cuenta el relato popular. Lo preocupante es que esas cifras poco tienen que ver con la planeación, como se verá cuando se hable de brechas, desigualdad y ausencia de servicios primarios.

Paradójica y dramáticamente crecen las cifras de desaparecidos por causa del conflicto armado en nuestro país, como lo reporta la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas, que en un solo año ya tiene 3.700 solicitudes. Se suman a las 48.000 desapariciones que, según Medicina Legal, se contabilizan desde 2008. De ellas, 3.811 han ocurrido en lo que va de este año, 17 cada día.

Es la diferencia entre la opción, cuando la hay, y la violencia sistemática. Con un común denominador, la pasividad exasperante de quienes llevan las cuentas y de quienes deberían actuar. No los mueve ni el asombro.

Empeorando, gracias.

Por Mario Morales

Que todo lo que está mal es susceptible de empeorar lo demuestra este país en sus fronteras, regiones y hasta en su capital. En un chasquido pasamos o volvimos a estar con los pelos de punta mientras vemos cómo el crimen y los delincuentes de todas las calañas se enseñorean con una soberbia sin antecedentes.

Como si no fuera suficiente con el éxodo venezolano y la crisis comercial, los juegos de guerra fronterizos son la moneda de cambio por el culiprontismo de este gobierno al ofrecerse “pá´ las que sea” en la idea estadounidense, (por eso tanta visita dizque honrosa), de derrocar la dictadura en el hermano país. Una cosa es ser solidario y otra ofrecerse como teatro de operaciones, en medio de la “diplomacia del micrófono” al decir del nuncio apostólico.

Como si la prioridad del gobierno no fuera atajar la bola de nieve en la que se les están convirtiendo las trizas en que quisieron convertir el proceso de paz, como lo prueba la inestabilidad en plena campaña electoral, que ya deja seis víctimas mortales y una cadena interminable de amenazados y miedos ciudadanos en los territorios. Razón tiene el defensor del pueblo al achacarle esta incertidumbre al lenguaje de odio que se volvió estrategia para politiqueros, manzanillos y candidatos fletados.

De esa táctica western no escapa ni la capital de la república, ahora escenario de duelos de mafiosos y bandas criminales que se enfrentan a plena luz del día con armamento pesado, o dejan entre las sombras mensajes escalofriantes con cuerpos descuartizados.

Ni en lo nacional, regional o local parece haber oídos para el clamor popular, como dicen las encuestas, para que alguien algo para trancar la inseguridad… Duque anda ocupado con el maquillaje a la presidencia, cambiando funcionarios de segundo orden; gobiernos territoriales tratando de amarrar su legado y Peñalosa despilfarrando el erario en publicidad para mejorar su imagen, confundiendo las migajas de pintura y cemento con eficiencia, en contravía de una ciudad trancada y deteriorada, en cuyas calles uno ya no se puede ni parar… De mal en peor.

Publicar o no publicar

los medios y el escándalo de los falsos positivos.

Mario MoralesA raíz de la publicación en el New York Times de una denuncia que ya conocía la revista Semana, revive la controversia sobre la independencia de los medios y su compromiso con los ciudadanos.

Mario Morales*

Un suceso representativo

Como decía Borges: hay momentos cuando un hombre representa a toda la humanidad. También hay circunstancias en las que un solo suceso deja ver el talante de una sociedad. Eso es lo que acaba de suceder en torno a la publicación del New York Times sobre el riesgo de que vuelvan los “falsos positivos” o las ejecuciones extrajudiciales a Colombia.

Este caso ha despertado indignación por la amenaza criminal que se cierne sobre los derechos de las victimas eventuales y, además, por la decisión editorial de la revista Semana de aplazar su publicación por razones que no han sido suficientemente aclaradas.

Además, el episodio ha desatado un lenguaje de odio contra el periodismo por parte de ciertos líderes políticos y ha sembrado confusiones en todos los ciudadanos, supuestos depositarios naturales del trabajo de todos los demás actores en esta situación.

La publicación del New York Times ha sido ampliamente reafirmada y respaldada, no solo por la validez y pertinencia de la propia pieza, sustentada en fuentes y reportería a fondo, sino por el respaldo editorial del medio, de varios políticos estadounidenses y de voces de organismos internacionales.

Por eso queda en el ambiente la inquietud: ¿por qué Semana no publicó el reportaje si tuvo durante un mes la información? ¿Qué tanta responsabilidad les cabe a determinados líderes políticos por la inseguridad, el acoso y la estigmatización del trabajo periodístico y la pérdida de credibilidad de los medios? Por último, ¿hay un plan sistemático para crear caos e incertidumbre en el régimen comunicativo actual?

Sea cual fuere la razón que explique la demora o renuencia de Semana a publicar esta información, los efectos de esta decisión serán devastadores para el periodismo y para la democracia.

Alrededor de estos motivos ya hay varias hipótesis, que han presentado medios como La Silla Vacía o columnistas como Daniel Coronell:

  • La “interacción” entre directivos de la publicación y representantes del gobierno Duque, mediada por los intereses de cada uno;
  • Razones ideológicas o políticas, que dejan al periodismo y al ciudadano en un segundo plano;
  • Asuntos de conveniencia económica fundamentada en la pauta oficial;
  • Debates editoriales internos.

El hecho es que con la (falta de) decisión de la revista, perdimos todos.

Lea en Razón Pública: Las mentiras oficiales y los medios de comunicación.

Los medios en la encrucijada

La verdadera crisis está en los medios, que a su vez endosan o achacan la responsabilidad a las tecnologías, a los medios digitales o al capricho de las audiencias.

Pero la nuez de esta crisis está en la forma como se están resolviendo dilemas que creíamos superados: entre la credibilidad y la sostenibilidad, y entre la lealtad con el poder o con los ciudadanos y las audiencias.

Cuales son las responsabilidades de los periodistas

Foto: Estado de Nueva York
¿Cuáles son las responsabilidades de los periodistas? ¿Son un contrapoder o un observador del poder?

Resulta aleccionador que en medio de este ambiente contaminado sobresalga la estatura editorial del New York Times, un medio que ha comenzado a resolver sus problemas de financiación a través de los suscriptores. Este es el grado máximo de credibilidad de las audiencias y el sustento ideal de un medio en un entorno democrático.

Ocultar información trascendental anula el pacto de confianza que deben tener los medios con sus audiencias. Que un medio diga que tiene libertad editorial, sin tener en cuenta el interés ciudadano o, peor aún, esconderse detrás de él, hace tambalear su prestigio, remueve los principios fundamentales del oficio que sistematizaron Kovach y Rosenstiel y pone en juego toda la democracia.

Ocultar información trascendental anula el pacto de confianza que deben tener los medios con sus audiencias.

La conveniencia política que puede argüir el gobierno o un medio en casos como este puede acabar por usurpar el nombre y el papel del ciudadano, además de alejarlo como audiencia.

Sin duda, uno de los aportes de los nuevos medios ha sido demostrar que los medios tradicionales no conocían a sus usuarios, aunque hablaban en su nombre, para justificar decisiones, es decir, para justificarse a sí mismos.

Hoy ya no es posible hablar del periodismo como cooptación de la voz de los que no tienen voz, en medio de la conversación social que se viene tomando la agenda mediática. Se entiende, entonces, el decrecimiento en la confianza en los medios de comunicación, como lo expresan encuestas recientes.

Puede leer: La crisis del buen periodismo: ¿cómo diablos financiarlo?

Medios y poder

La cercanía del periodismo con los poderosos echa por tierra el principio fundamental de este oficio, que se debate entre ser observador independiente del poder y ser decididamente contrapoder.

Esto es así inclusive si se esgrime el pretexto del interés general y el necesario equilibrio que plantea Jack Fuller entre el daño causado por publicar algo y el daño causado por no hacerlo. En el dilema entre los medios y el poder, el periodismo debe estar de parte de los ciudadanos.

Si la razón que se esgrime para ciertas decisiones es la sostenibilidad económica, es muy posible que se esté desechando una estrategia a largo plazo: se está optando por un modelo de negocio cortoplacista, de pauta oficial —o buscando el fácil acceso a la información gubernamental—. Es la lógica del sálvese quien pueda.

Pero si se trata de salvaguardar los intereses de las empresas que financian los medios —y en este caso no se puede ignorar la reciente compra del 50 por ciento de Semana por el grupo Gilinski—, es probable que se cumpla la vieja profecía de que sobrevivan esas empresas pero desaparezcan los medios.

El dilema de la línea editorial y del sesgo político no pocas veces es suplantado por el peso del interés económico. No obstante, este interés debe estar supeditado al mandato ético que planteó en 1933 Eugene Meyer en The Washington Post cuando dijo que: “En su búsqueda de la verdad, este diario está preparado para sacrificar su fortuna material si ello es necesario para el bien público”.

En Colombia ha habido ejemplos de valentía, transparencia y coherencia. Basta con citar los casos paradigmáticos de El Espectador, QAP, AlternativaLa Prensa o Cambio, para mencionar los más recordados.

Los políticos contra los periodistas

A la par con la incertidumbre que creo esta situación, resurgió el debate sobre la creciente estigmatización de periodistas y medios por parte de líderes políticos que buscan desprestigiar a quienes fundamentan su trabajo en la reportería, la verificación y el trabajo de campo.

Los recientes señalamientos contra el New York Times, presentados con lenguajes de odio, recuerdan los libelos de políticos colombianos contra medios y periodistas que ejercen su labor informativa con independencia y probidad. Estos señalamientos, al tiempo que minan la posibilidad de tener referentes creíbles, ponen en riesgo la vida y honra de los reporteros.

The New York Times en una semana

Foto: Los Angeles county
¿Tiene justificación que Semana no haya logrado en meses lo que logró un periodista de The New York Times en una semana

Hay que recordar que en la clasificación de libertad de prensa de Reporteros Sin Fronteras (RSF) en 2018 Colombia apareció en el puesto 129 entre 180 países; y la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) se ha referido a nuestros medios en 2019 como “una prensa acorralada, un juego entre violentos y poderosos”.

En el dilema entre los medios y el poder, el periodismo debe estar de parte de los ciudadanos.

Esta es una razón más para preocuparse acerca del futuro del periodismo colombiano porque, como dice Christophe Deloire de RSF: Si el debate político cae subrepticia o manifiestamente en un ambiente de guerra civil, en el que los periodistas se vuelven víctimas expiatorias, los modelos democráticos están en gran peligro”.

Como se ve, hay motivos para exigir, como propone la misma RSF, que se cree el puesto de representante especial del secretario general de las Naciones Unidas para la seguridad de los periodistas, un cargo que debería tener un capítulo colombiano, en vista del aumento de las amenazas y agresiones contra la prensa.

Le recomendamos: Los medios y el gobierno Duque: ¿cómo lo están tratando?

Más allá de las estrategias de sobrevivencia de los medios en medio de una crisis tan severa, o de la imagen de un gobierno, o de una institución particular, o de las narrativas de odio de líderes políticos venidos a menos, está en juego el pacto que asumimos como sociedad.

El soporte de este pacto es la labor periodística, fundamentada en la idea de que el reportero, por encima del medio, no tiene ataduras, y que sus sesgos se borran ante el imperativo categórico de informar siendo leal, ante todo, al ciudadano.

 

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