por Mario Morales | Nov 8, 2016 | Blog, Opinión
Por Mario Morales
El desdén, la soberbia y la ausencia de reconocimiento en el otro de un interlocutor legítimo tienen en ascuas la negociación del Gobierno con el Eln.
Pero no son los únicos valores básicos de la resolución de conflictos que se han resquebrajado en el tira y afloje mutuo con miras a llegar fortificados al arranque formal de los diálogos que ya va cumplir dos semanas de retraso. El más afectado es el de la confianza por faltas incomprensibles a la verdad y a la palabra empeñada. (Publica El Espectador)
Y son incomprensibles para la inmensa mayoría de los que no conocemos los intríngulis de los acercamientos y que ignoramos los alcances de lo realmente acordado confidencialmente.
A primera vista se antoja que han sido sucesivos los golpes de mano de ambas partes, como la inclusión, aparentemente inesperada, de la liberación de Odín Sánchez como condición para instalar la mesa. Tampoco quedan claro los contextos jurídicos negociados en torno al indulto de dos guerrilleros para que funjan como gestores de paz y que son escollos para el necesario entendimiento que impulse el arranque de las conversaciones.
Unos y otros parecen estar en el proceso “como por no dejar”, a sabiendas de que los tiempos no dan ni en las cuentas del más optimista. Son concientes también que la eventual mesa con los elenos no puede seguir jugando el rol de comodín para elevar los bajonazos de ánimo colectivos ni ser el sombrero del ahogado si no se cristaliza el acuerdo con las Farc, proceso que luce paquidérmico con los más de 500 puntos de los tres temas de la agenda negociados con los líderes del No y que ahora deben ser retocados con las Farc en La Habana.
Esos vaivenes, rectificaciones y contradicciones de micrófono no solo contaminan el ambiente para echar a andar la mesa formal, sino que incide en el distanciamiento, apoyo y credibilidad de la población que muestra síntomas de fatiga por acumulación enlo que tiene que ver con las Farc, y de pesimismo en lo que toca al Eln.
Cuadro clínico que muestra de que no se está haciendo la tarea y que no se aprendió de la pasada lección.
por Mario Morales | Nov 1, 2016 | Blog, Com. Política, Opinión
Por Mario Morales
Y entonces uno quiere huir de esa parafernalia del protocolo en que nos metió el presidente Santos con su visita a Londres y se encuentra con esas tribunas atestadas donde se proclama o practica el nuevo deporte nacional, el del matoneo. (Publica El Espectador)
Por eso no es fácil vivir en esta sociedad, si hacerlo significa, representarlo con los modos de decir o los modos de ver que muelen los medios exultados por el boato de la visita presidencial o por el barroco excesivo en los gestos, ademanes y en esa solemnidad tan ajena a este trópico desabrochado que, no obstante, reserva un rescoldo para los suspiros de estas generaciones nuestras criadas a punta de cuentos principescos, heráldicas y blasones. Soñando con lo que no somos, como en las encuestas.
Una paradoja, si la comparamos con ese modo interior, inveteradamente soliviantado y pelión que tratamos de ocultar, pero que termina aflorando ante la menor disputa o el más pequeño disparate. Primero fuimos maestros en la envidia, como dijera Cochise; luego expertos en la criticadera, como lo sabemos todos; pero vamos a graduarnos en el vulgar matoneo que a veces pasa de las palabras a los hechos como lo demuestran esas ocho muertes diarias a cuchillo, casi seis por culpa de riñas.
Y comienza con el terror infligido a personas con orientaciones sexuales distintas en colegios, como se ventila esta semana. O a los que piensan distinto, como ese absurdo ataque de los autodenominados antifascitas contra manifestantes que reivindicaban el No en el plebiscito. O a los hinchas del fútbol como hacen esos vándalos disfrazados de barristas, como los que decían ser del Pereira luego de la derrota en Techo. O de los poderosos, al estilo Uribe, que arremeten contra el periodismo, descargándose en el mensajero. O de los anónimos como tratan de hacer contra la frentera escritora y docente Carolina Sanín.
No, definitivamente no somos los protagonistas de los desfiles en palacios y principados desuetos. Somos estos plebeyos que no nos soportamos unos a otros.
por Mario Morales | Oct 24, 2016 | Blog, Libertad de Prensa, Opinión
Por Mario Morales
A veces sirve. No siempre la escandola de las redes sociales es inoficiosa. Ocasionalmente funge como catarsis, alerta temprana o repositorio de los signos de nuestra época. Es lo que está pasando a raíz de narrativas violentas y piezas publicitarias ofensivas, cínicas y oportunistas que delatan lo que piensa y cómo ve esta sociedad enfermiza a sus mujeres. (Publica El Espectador)
No obstante que ya están retiradas, esas cuñas que hablaban de Transmilenio como lugar seguro para negocios (y como cosa de hombres), y para chismes (como cosa de mujeres) no parecen ingenuas o como errores de percepción. La intencionalidad, como sucedió con la aerolínea y su imaginario de las mozas, es evidente en la idea de notoriedad, debate público y conocimiento de las marcas, aun a precio de la reputación.
¿A qué le apuntan? A prejuicios instalados, arquetipos repetidos por generaciones, es decir, a memoria colectiva que hace parte de la mentalidad adulta de esta sociedad que de dientes para fuera dice condenarlo, pero lo acepta y pone en práctica porque hace parte de su educación sentimental. Cinismo y efectismo en bruto.
Lo más grave es la legitimación de esos prejuicios aberrantes que de esa manera tienden a “normalizarse” y a normalizar narrativas paralelas, periodísticas y digitales, en las que la mujer y su cuerpo no solo son objetuales, sino que están al servicio de la instintividad machista que nos caracteriza.
Golpizas de futbolistas, confesiones de candidatos presidenciales, empalamiento de adolescentes, amenazas a jugadoras que cambiaron de divisa y cuñas estigmatizantes se refuerzan entre sí y generan el ambiente para que pasen desapercibidos hechos como la violación de una mujer cada hora, en promedio, como dice ONU.
No es suficiente con arrepentimientos tempranos y convenientes, como los del jugador y creativos. Debe haber acciones concertadas: educación enfocada en la primera infancia que es cuando se forman los prejuicios; castigos ejemplares a victimarios, y el resto de esta sociedad cómplice a terapias de choque.
por Mario Morales | Oct 18, 2016 | Blog, Ética, Libertad de Prensa, Opinión, Palabreando, Redes Sociales
Por Mario Morales
El lenguaje, y no la lengua, es la patria, se suele decir, o al revés, en medio de fuertes debates. Pero si tal significado existe, no hay duda de que el nuestro, el lenguaje colombiano, el tono que impregna la intencionalidad de lo que queremos expresar, ha construido imaginarios, a cual más inapropiados o inexactos por culpa de generalizaciones y de las exageraciones, que han ayudado a definir nuestra cultura. (Publica El Espectador)
Ese tono que no se detiene en los términos medios ni en los matices nos ha llevado durante siglos, por la vía de la esquizofrenia, a extremos de los que hacemos gala, disculpados por nuestra presunta personalidad macondiana.
Y así vamos por la vida creyéndonos unas veces paradigma del trabajo honrado y esforzado y, otras veces, encarnación misma de la picardía y la trapacería. Aquí todo es cuestión de vida o muerte, hasta el juego de rana dominical. En estas latitudes la historia “se parte en dos”, en promedio cada semana.
En nuestro ámbito se define el futuro del país en cada debate y, más grave aún, en cada declaración. Los grises y las posiciones que orbitan los centros son descalificados por tibios y la ponderación dejó de ser una virtud para convertirse en una tara conversacional.
De nada, pues, servirá la guerra que queremos dejar atrás si no entendemos que en este collage pluriétnico habitan distintos que piensan diferente y tienen ideas y soluciones diversas. Nada significará todo este pandemónium alrededor del plebiscito si no comenzamos por aceptar que entre el Sí rotundo e incondicional y el No obcecado y pertinaz hay conglomerados variopintos obligados a callar porque les huyen a rótulos, etiquetas y la inamovilidad.
Hay más país, otros países que conviven aquí y que son omitidos por un lenguaje que solo distingue entre ilustres y ninguneados, entre arriesgados y borregos, entre iluminados y duros de corazón, entre virtuosos y malos por vocación.
Quizás antes que nuevas constituciones o acuerdos políticos, debamos comenzar por cambiar el lenguaje en que debatimos y nos narramos. O por lo menos una parte, para no ser generalistas ni exagerados.
por Mario Morales | Oct 11, 2016 | Blog, Com. Política, Opinión, Otros Medios Digitales
Por Mario Morales
Recomenzamos, pero recomenzamos mal. Como si no hubiéramos aprendido de las duras lecciones del plebiscito. Se nos llena la boca diciendo que ahora sí va la paz total con el inicio de la fase pública con el Eln, pero seguimos sin escuchar a quienes, sin matrícula, estuvieron física o anímicamente con el No, a los que estuvieron con el Sí aunque con peros y a quienes en el 62 % de abstención se hartaron del dogmatismo, la presión de la presunta mayoría y de la soberbia moral e intelectual que seguimos exhibiendo todos, como si siguiéramos en contienda. (Publica El Espectador)
En la agenda política y en la mediática parece no haber cambiado nada. Seguimos considerando el proceso como una pugna personalizada entre Santos (aupado por el Nobel) y Uribe, a quien graduamos sin prueba y sin derecho como dueño de esos seis millones de votos que algunos quieren convertir en fetiche.
Seguimos todos (Gobierno, líderes de opinión y periodismo) narrando y calificando con estereotipos o con simplificaciones. Pretendemos hacer creer que Uribe ahora sí es una mansa paloma, desconociendo su carácter recalcitrante y destructivo, pero ignoramos a la población que, estando lejos del uribismo, le negó su voto al plebiscito por razones personales, morales o conceptuales y que fueron silenciadas con falsos dilemas o argumentos que antes que de autoridad estuvieron cerca del autoritarismo.
Seguimos exacerbados en la emoción con cada premio, con cada anuncio y con cada marcha como lo estuvimos durante estos últimos cuatro años: pensando con el deseo.
Por eso hoy somos presa fácil de las soluciones fáciles, como esa de dejar que Uribe y sus intereses les metan mano a los acuerdos; los lobos cuidando a las ovejas.
Por eso hoy somos rehenes de las soluciones rápidas, de que se haga cualquier cosa antes de que llegue el 31.
La opción perdida no fue la del plebiscito, como se ha dicho, sino la de no aprovechar la coyuntura para redescubrirnos, escuchar otras voces y tener la oportunidad de cambiar, por lo menos un poquito, de opinión.