Pequeñas grandes mentiras para la historia

Por Mario Morales
No es suficiente que un medio que incurre en una mentira monumental pretenda lavarse las manos echándole la culpa a su fuente. La pretendida revelación, aberrante de haber sido cierta, de que el gobierno se gastó 23 mil millones de pesos en peluquería para la primera dama es otro síntoma grave del estado de postración del periodismo, de los politiqueros que, a sabiendas, lo han utilizado y de la sociedad conforme o cómplice que lo acepta como pecado venial.
Y tan grave como el bulo es que el medio no dé la cara por su innegable paternidad, culpe al “sofá de la infidelidad” y que hagan lo mismo medios que reprodujeron la especie sin hacer su trabajo, por el cual pagan lectores y anunciantes.
Para un periodista serio esa es una cifra absurda, per se, que obliga a la confirmación de primera mano, a la contrastación con los implicados y a brindar contextos de verosimilitud. Pero nada de eso se hizo.
El resultado es que, en plena campaña electoral, se convirtió en leit motif de debates, discursos e intervenciones como si hubiese sido, y así quedará para la historia, una verdad sobre mármol.
Las vacunas contra bulos son filtros, editores y adecuadas prácticas periodísticas para no convertirse en idiotas útiles, como se sabe desde hace 190 años cuando “la noticia del siglo” fue que un astrónomo había descubierto vida en la luna a través de un telescopio. O como sucedió con el collar de Doña Elvia o la mal llamada mujer “barriga de trapo”, acerca de las cuales no se conocieron rectificaciones o explicaciones suficientes de quienes publicaron y replicaron.
Un caso diferencial y ejemplar, porque nadie está exento, fue la valiente postura del director de este diario con las notas publicadas con fuentes inventadas de un practicante, al separarlo de inmediato de la redacción, poner la cara a sus lectores y emprender acciones internas para que eso no se vuelva a repetir jamás.
Bajarse por las orejas del burro como si nada hubiese pasado le resta confianza al periodismo. Los medios periodísticos, ni privados ni públicos, pueden ser activistas y mucho menos oposición o gobiernistas. Si la sal pierde su esencia…

El periodismo y su caja de Pandora

Familiares del periodista palestino Mahmoud Wadi lloran su cuerpo en el Hospital Nasser de Khan Younis, en el sur de la Franja de Gaza, el 2 de diciembre de 2025. Wadi, periodista freelance palestino, murió en un ataque israelí en el centro de Khan Younis. EFE/EPA/HAITHAM IMAD

A la preocupación de los periodistas por la estigmatización, violencia y censura –tres indicadores que se repiten año tras año–, en 2025, la prensa en Colombia y la de, por lo menos, la mitad de los países del mundo, vio sumarse el crecimiento desmesurado de otra amenaza que permanecía latente: la de la crisis de sostenibilidad de los medios. Esta ha puesto en vilo la independencia, como lo documenta el reciente informe de Reporteros sin Fronteras.

La situación económica de los medios –sujetos a cierre, fusiones, despidos masivos y disminución en la inversión en cubrimientos de calidad– tiene otros efectos como la presión de la pauta y la pauperización del oficio aún en países del primer mundo que han visto impactados el nivel salarial y las garantías laborales de los reporteros.

Es una nube más para el ejercicio de un oficio que aumenta en las calificaciones de riesgo y en los escalafones domésticos e internacionales en los que la mayoría retrocede o se mantiene igual, como Colombia que apenas mejoró 4 puestos y solo subió unas décimas en la puntuación de RSF del año pasado.
Horroriza lo que pasó con la prensa en Gaza que puso la mitad de los reporteros asesinados el año pasado. Y es más que grave la situación en México que contabiliza once crímenes desde la llegada del nuevo gobierno.
Se profundiza la crisis en Perú, con 4 periodistas muertos, y en El Salvador, Guatemala y Nicaragua. El crimen organizado se pasea por todo el continente con su estela de luto, censura y miedo y, por supuesto, en Colombia, donde es el primer victimario, obligando al desplazamiento forzado o autocensura de los periodistas en las regiones y privando a la ciudadanía de oportuna información local y de proximidad. En por lo menos 260 municipios bajo el control de estos grupos es imposible adelantar labores periodísticas.
Según la Flip y la Ami, el cuadro dramático lo complementan la violencia digital, campañas de desprestigio y el acoso judicial, mordaza que pretender imponer un candidato presidencial que quiere cambiar su penumbroso pasado  a punta de demandas. Se sigue abriendo la Caja de Pandora.

La muerte de la televisión abierta

Por Mario Morales
Todo comenzó como chiste, cuando Groucho Marx predijo el fin de la tv cuando apenas nacía. Después pregoneros investidos como augures el siglo pasado administraron los santos óleos a ese medio tal y como lo conocíamos. Luego llegaron los gurúes fletados que pusieron a conveniencia fecha de cierre a la caja mágica. Detrás estaban intereses de empresas tecnológicas o de politiqueros temerosos de su gigantesca influencia.
Culpables externos no faltaron al inicio de siglo: llegada de internet, implementación de nuevas plataformas o cambios en el consumo. Luego llegaron los internos: privatización y nuevos modelos de negocio que llevaron a los canales en el continente a producir contenidos para plataformas de pago y dejar el residual para sus canales generalistas.
Ayudan la pobreza de contenidos con la disculpa del vértigo, la sobreideologización de franjas noticiosas rayanas en activismos, repetición al extremo de programas otrora exitosos, la inmovilidad con pretendidas fórmulas mágicas del pasado, la radialización de la escena, desconocimiento del lenguaje audiovisual y la permanente e incomprensible referencia a redes y autopistas digitales como lugares para encontrarlo todo, y gratis, hasta la mímesis de sus estéticas y contenidos bajo el patrón de la nadería y el sin sentido.
Han coadyuvado la desidia o antipatía de los gobiernos recientes, que desconocen un medio que tiene legislación antediluviana y lo desprecian o manosean. Esa tv abierta llega a algo más de 700 municipios, pero no termina de bajar a hogares por falta de señal consistente, pedagogía o dispositivos adecuados.
Lo único que faltaba es que algunos de quienes se lucran de ella a través de suscripciones sean los encargados de cantar responsos sobre su cadáver insepulto con tarifas incomparables e impagables que varían mes a mes a gusto del operador, publicidad engañosa, contratos leoninos, intermediaciones innecesarias, cobros anticipados, absurdas cláusulas de reconexión y pagos previos a cualquier reclamación. No se trata ya del apagón analógico, sino de la extinción de un derecho que creímos inextinguible.

Los medios en el gobierno del cambio: ¿Vida o más de lo mismo?

Por Mario Morales

Asistimos a varias guerras simultáneas: la imaginada, sin registros audiovisuales consistentes en Gaza y Ucrania; la cacareada del cambio climático, con cifras apocalípticas cada comienzo de año: la de la desinformación, plagada de fake newss, propaganda sucia y lenguajes de odio; y la de la asignación de sentido a la historia del presente entre políticos mesiánicos, audiencia veleidosas, medios desconcertados y periodistas indignados porque perdieron protagonismo en la intermediación de la información. 

***

El periódico Vida que lanzó recientemente la presidencia de la república, y que sigue la huella de Humanidad, aquel que se publicó, sin mayor influencia cuando Gustavo Petro fue alcalde Bogotá, es una nueva batalla en esa pugna sin fin por el relato nacional entre los polos ideológicos que nos separan desde hace 22 décadas y unos medios masivos que no pocas veces han confundido el rol de guardián de la sociedad con el de oposición

Forma parte de un viraje brusco de estrategia en tres sentidos: Ya no pareció suficiente la agitación presidencial vía redes sociales o discursos en escenarios internacionales a través revelaciones políticas y denuncias, como las denominó Domenach, e incluso voces de orden, es decir, comprimidos semánticos a manera de lemas para resumir toda la plataforma política, como “el gobierno del cambio”. Es acaso necesario competir ahora en géneros y formatos con los medios tradicionales a la hora de reivindicar o de interpretar actividades o logros.

Segundo: reemplazar la inversión publicitaria en medios generalistas, siempre entendida como presión indirecta, y enfocarla en medios públicos como RTVC o propios como el naciente periódico. Ya el año pasado La silla vacía documentaba cómo en el anterior gobierno ese rubro tuvo un 69% en medios de comunicación privados y se redujo drásticamente en esta administración. Así, RTVC pasó de recibir $900 millones con Duque a $5.147 con Petro. Esa disposición del gasto ha sido no pocas veces interpretada como resultado de la animadversión y contienda constante del gobierno actual con los medios masivos.

Y tercero: A la idea inicial de desintermediación mediática y de personajes piloto, con énfasis en redes sociales y apoyo a medios activistas, erróneamente llamados alternativos, le ha seguido la estrategia mediocéntrica, retornando a medios tradicionales, con la pretensión” de equilibrar” el supuesto sesgo en el caudal de información, que más que alimentar, indigesta la opinión pública. Esa ofensiva que comenzó con la toma informativa de los medios públicos continúa con un periódico tipo tabloide de 24 páginas, a todo color, con 500.000 mil ejemplares, distribución gratuita nacional y a un costo de 630 millones de pesos. Esas fueron “las razones” que esgrimieron quienes criticaron la aparición del medio. Primero que fuera un pretendido medio periodístico, segundo que se dedicara a contar las actividades gubernamentales y tercero, el costo.

Lo primero llevó el debate a digresiones. Salvo una sola mención en el editorial (esa de ejercer un periodismo responsable), Vida es, a todas luces, un órgano de comunicación política del gobierno Petro. No cuenta con estándares de calidad periodísticos porque su objetivo es esencialmente propagandístico: “contarles a los colombianos los avances y logros del primer gobierno popular en Colombia”, dice. Y la comunicación política y la propaganda son opciones legítimas de todos los gobiernos dentro de márgenes de pertinencia y mesura presupuestal.

La propaganda escueta de la primera mitad de la centuria pasado, la de los efectos mínimos de mediados del siglo veinte y la comunicación política de orden cognitivo, estudiada por teorías como los usos y las gratificaciones, la espiral del silencio, y la agenda setting, forman parte de la proverbial y necesaria información desde los poderes públicos, de la urgente pedagogía y la persuasión para lograr la aquiescencia o fidelización de la opinión pública en las metas comunes. Ya lo decía Napoleón, «Para ser justo no basta con hacer el bien; es necesario, además, que los gobernados estén convencidos de ello. La fuerza se funda en la opinión. ¿Qué es el gobierno? Cuando le falta la opinión, nada». Claro, otra cosa es dedicarla a impresionar, a sugestionar, a la personalización de la política, al culto a la imagen o búsqueda de favorabilidades ajenas al interés general.

¿Por qué y para qué un periódico en plena época de declive en la lecturabilidad de los impresos? Para plantar duelo en el mismo terreno de los medios hegemónicos, manteniendo la inveterada reverencia a la palabra en papel y al paradigma de su indisolubilidad, propio de sociedades en extinción, esas que al decir del mito hegeliano todavía entienden la ‘lectura del diario como la plegaria matutina del hombre moderno».

Y obviamente, en una sociedad doblemoralista como la nuestra no podía faltar el falso dilema del presupuesto y su presunta mejor inversión en otros menesteres. La memoria es flaca; según la Flip, durante el segundo periodo de Juan Manuel Santos se gastaron 36 mil millones de pesos en publicidad gubernamental. La misma entidad documentó que en sus 4 años Duque empleó más de 40 mil millones de pesos, incluyendo su programa televisivo Prevención y Acción que comenzó con un requerimiento pedagógico en medio de la pandemia y degeneró en politiquería o retórica a favor de la imagen presidencial. Gasto que fue polémico porque parte de esos fondos salieron del fondo para la paz, sin contar un contrato superior a 3 mil millones para una empresa publicitaria, que lideró la campaña del No en el plebiscito por la paz, con la intención de definir e implementar la estrategia de imagen y posicionamiento online del presidente Duque.

Pero ¿y el periódico? 

En medio de la polémica planteada arriba sobre la conveniencia de distribuir un medio impreso en estos tiempos digitales, agravada por la ausencia de una cultura mediática en el consumo de periódicos para encontrar la información necesaria para los ciudadanos y así tomar decisiones, urge preguntarse sobre la calidad en contenido y estéticas del medio propagandístico de este gobierno.

Se habla de distribución en 32 ciudades, pero sin suficiente claridad sobre su operación y con señalamientos de uso de canales destinados a otros fines. Son 24 páginas a todo color, en formato tabloide, con un diseño esencialmente tradicional y conservador, donde lo sobrio se confunde con lo escueto.

En el logo se integran los tres colores primarios, vitales, en concordancia con el nombre y la alusión gráfica al mapa de Colombia: tiene un eslogan a manera de voz de orden propagandística: “avanza el cambio”, con mandatos manifiestos como ir contra el silenciamiento mediático, romper con el centralismo y circular en las calles como escenario de las movilizaciones. Es decir, ideología pura.

Habla de pluralismo, pero escasean voces distintas en el consejo editorial. Su talón de Aquiles es la fotografía, comenzando por la que aparece en primera página, una suerte de selfi desangelada con una joven en medio de una multitud y con una llave figurada y un título a manera de eslogan “tierras para la paz” pero sin conexión real entre la frase y la ilustración. No emociona. Las demás fotos utilizadas son desafortunadas, posudas, estáticas, sin vida y sin relato. Salvo aquella donde aparece el alcalde Galán quieto, pasivo, de espaldas, saludando al presidente, activo y avanzando.  La intención es clara. Se salvan también las imágenes de la última página, para quienes lleguen hasta allá, esas sí espontáneas y plenas de acción y contenido.

Los titulares son fríos, todos construidos con la redacción del siglo pasado: sujeto, verbo y predicado, pero sin historia porque gana la intencionalidad publicitaria. La cuarta parte de ellos están fundamentados en las cifras, que no tuvieron el suficiente cuidado a juzgar por los reparos que le hizo La Silla Vacía a aquellas referidas a la compra y formalización de tierras, la columna vertebral de esa primera edición.

El contenido está construido sobre la clásica pirámide invertida según los temas de interés del gobierno. Tanto que termina con entretenimiento, cultura y deportes. Pero el eje del 75% de los artículos gira en torno a la economía, la inversión o el presupuesto, con una estructura repetida, denotando una mirada unidireccional y mecánica que deja en evidencia la formación y experiencia del editor.

También, y en contravía de la visión de mundo que plantea el gobierno, la narrativa es vertical: en las formas redaccionales el gobierno es activo, dinámico y asistencialista: da, destina, invierte, planea, prioriza, entrega, consolida, propone, establece, protege, activa, logra, apoya, se la juega… y las poblaciones reciben, les llega, aceptan, si acaso celebran resignadas a su papel de pacientes de las acciones gubernamentales.

La palabra que más aparece con variaciones es logro, en esa intención vendedora. De hecho, el carácter aspiracional y futurista aparece en once de las veinte notas principales; solo nueve hablan de hechos cumplidos, obras iniciadas o acciones adelantas.

Los leads pierden fuerza, se aplazan, se diluyen en medio de la premura por el autobombo. Le gana la agenda al relato; los títulos están más cerca de los bullets de las plataformas o programas electorales que de la creatividad y las estéticas llamativas, cuando no de los lugares comunes: “las comunidades energéticas tienen vida”, “una vía para fortalecer organizaciones culturales”, “alianza para soluciones de fondo”.

En fin, un periódico no solo difícil de leer sino de ojear. Denso, aburrido, pero sobre todo tardío. Esa periodicidad, que oscila ente lo mensual y el “cadapuediario”, que quizás intentará solventar la versión digital, le llega fuera de tiempo al debate, a la desinformación, a las verdades a medias y a la pedagogía que, como es apenas obvio, debe anteceder a los hechos y no solo repetirlos cuando ya casi están en el olvido.

¿Y los medios públicos?

Si el periódico representa una alternativa legítima, aunque insípida, el trato que están recibiendo los medios públicos nacionales por el gobierno actual, va en contravía del mandato que esos medios tienen, en tanto que son medios ciudadanos por excelencia y no cajas de resonancia o perifoneos para la comunicación política o la propaganda del gobierno. Son el resultado de una confusión malintencionada entre lo estatal y la injerencia de los gobiernos nacional, regionales y locales no solo en la nominación de gerentes y directivos tanto en la parte informativa y de ficción, sino también en las líneas editoriales, las decisiones sobre los contenidos o el tratamiento que deben tener, amén de los señalamientos por abusos y las brechas explícitas que hablan de ambientes laborales hostiles, fragmentados y enfrentados.

Pierde Petro una oportunidad de oro de devolverle esos medios a sus verdaderos dueños: los ciudadanos. Una cosa es que el gobierno tenga espacios, como ya los hay en las parrillas de programación, dedicados a la difusión de logros, pedagogía sobre los cambios o reformas que se pretenden o posiciones o claridades sobre los debates y dilemas políticos, y otra que esa pretensión contamine todas las franjas y todos los programas, insultando la inteligencia de oyentes y televidentes.

Como no se veía hace mucho tiempo, ahora RTVC tiene un mayor presupuesto, pero se requiere materializar el tan presumido pluralismo y la tan reiterada participación ciudadana en asuntos decisorios sobre los medios. Hace falta una junta multipartita y diversa que tome decisiones de fondo, que esté integrada por representantes de la sociedad civil, la de las ciudades y la de los territorios; por representantes de la academia, por representantes de la comunidad internacional, de los colectivos de expertos audiovisuales organizados y, por qué no, una silla para un representante del gobierno.

Es hora que la retórica y la agitación le den paso a la transformación requerida para comenzar a creer que el eslogan que acompaña al periódico Vida y a la discursiva presidencial no es letra muerta y que “el cambio avanza!”. Que se note. Medios públicos para los ciudadanos.

La confianza, el periodismo y el escándalo politico

Por Mario Morales 

Se desploma la confianza, ese debería ser el titular a manera de reflexión que medios, políticos e instituciones deberían hacer en medio del ambiente contaminante de sectarización, escándalo político, desinformación y bodegas que ha terminado por desfigurar la opinión pública. 

Prima facie, es como si en medio de la confusión, cada uno de los agentes citados hubiese perdido su norte: Informar, gobernar y normativizar el comportamiento ciudadano. 

En un segundo nivel queda la percepción de unos medios engolosinados con el clickbait en un grito desesperado de competividad o supervivencia, unos políticos mutuamente sorprendidos por prácticas fratricidas e improvisadas y unas instituciones presuntamente tambaleantes, al decir de unos y otros. 

Pero, miradas más en profundidad se puede decir que trata de dinámicas reconfiguradas de comunicación en medio de nuevas realidades con la emergencia de otra cultura política, encuadradas en el escándalo político, asociadas a la propaganda y a la contrapropaganda en la lucha por la atención o la visibilidad mediatizada para priorizar o imponer iniciativas o ideologías con base en una agenda informativa disímil, fundamentada en las emociones, especialmente la rabia y la indignación. 

DE LOS GOZOSOS A LOS DOLOROSOS 

Los primeros meses del actual gobierno fueron un monólogo del presidente Petro a través de twitter, la plaza pública, los escenarios nacionales e internacionales y una que otra entrevista.  En esos terrenos sucumbieron o no germinaron los liderazgos de la oposición, que recibieron un segundo aire por el denominado “fuego amigo” y por unos medios militantes, seguidos luego por los tradicionales, que hicieron del escándalo político su estrategia en la idea de construir una narrativa que se opusiera a la del cambio. 

La reacción gubernamental, fruto de sus consabidos errores de comunicación en la idea de desintermediar la información a los ciudadanos, así como la priorización de las redes sociales, fue la respuesta directa a periodistas y medios, seguida de señalamientos leves y luego de ataques injustamente generalizados, que terminaron por viciar el ambiente propicio con el que se había iniciado la actual administración, hasta el extremo del desaguisado de una congresista del Pacto Histórico pidiendo intervención de un medio, como ha sucedido soterrada o abiertamente por parte de entes fiscalizadores con Noticias Uno y la revista Cambio. 

El clamor de los reporteros, el respaldo de los gremios y las voces especializadas allende las fronteras fueron unánimes en condenar el desequilibrio de la interacción del presidente en sus trinos, la estigmatización y el riesgo para la libertad de prensa y la libertad de expresión con signos preocupantes en el horizonte como las denuncias públicas de periodistas de acoso digital, matoneo, censura indirecta o autocensura o intentos de cancelación por su posición crítica a las políticas del gobierno. En ese sentido, la Flip ha documentado 58 amenazas a reporteros en 22 departamentos y 175 violaciones a la libertad de expresión en lo que va corrido del año. No hay comunicación sin efecto, más aún si proviene de la majestad presidencial.  

Pero, decíamos, había más. Mutatis mutandis, la prensa de oposición, que la hay en nuestro país con rostro militante, activista o de agitación, apoyada por funcionarios afines con información privilegiada, influenciadores sin límite en las redes sociales y las proverbiales bodegas o granjas, encontraron en las fisuras de la coalición de gobierno, en los decires deslenguados de advenedizos, en las actuaciones indelicadas o violatorias de la ley en la gestión pública y en las cadenas de escándalos que no cesan, un bastión para arrebatarle al presidente, antes que nada, la iniciativa en la agenda mediática, luego en la agenda política y finalmente en la pública, y con ello la posibilidad de configurar una narrativa que arrancó por el desprestigio, continuó con la percepción del mal de muchos que hace gobiernos iguales, y que ha devenido en esa aparente incapacidad del ejecutivo y de la bancada de gobierno para cumplir con lo prometido.  

Así, un sector de la prensa, dejo su inveterado papel de testigo de los acontecimientos y  pasó a ser protagonista de los mismos, dejando de lado los estándares de calidad o los mandatos éticos, para entrar en la construcción mediática del escándalo político y la consecuente alteración de la esfera pública que deviene desconfianza, pesimismo, impotencia y rabia, pues como, decía Lippman, los ciudadanos no actúan en relación como suceden o creen que suceden los acontecimientos, sino con base en lo que los medios representan a través de su narrativa, esto es, de su construcción de realidad. 

El objetivo del escándalo político, siguiendo a John Thompson, no es debatir o demostrar sino deconstruir, fragmentar, personalizar, desfigurar para resignificar con base en la sobrexcitación de los sentidos para llevar a la indignación, la espectacularización y el sensacionalismo acumulativo, sin dar tiempo para pensar, con el objetivo de persuadir, tal y como se ha observado en acontecimientos como el robo en la casa de la jefe de gabinete, el uso indebido de polígrafos, origen y cantidad del dinero y las múltiples versiones, suposiciones y decires, sin pruebas, no pocas veces rayanas en la fantasía, alrededor de la muerte del coronel Dávila. 

El escándalo, como sabemos, se fundamenta en una dramaturgia verosímil, que suscita reconocimiento o gratificación de las audiencias que consumen las historias sobre una estructura mítica, de héroes y villanos, del bien contra el mal, de paraísos perdidos, con ingredientes estéticos de la novela negra, el suspense y el amarillismo informativo. Allí no hay cortapisas morales, ni fuentes acreditadas, ni verificaciones previas, ni coherencia en el relato en beneficio del infoentretenimiento. Es el enraizamiento de lo que Sartori llamó videopolítica y que Beatriz Sarlo acercó al actual ecosistema mediático, donde no es importante la verdad sino la sensación de verdad, con base en la desacralización de la política hasta desnudarla en todas sus miserias, en un continuum donde solo importa el presente, el talante mediático de los acontecimientos y el desplazamiento de la democracia representativa hacia la democracia de opinión, la misma de que hablara, qué coincidencia,  el expresidente Uribe. 

Así el escándalo político entra en escena en la competencia por el relato entre las élites del poder político y el poder mediático, donde éstas tienen las de ganar si logran que ese relato se masifique o se viralice para constituir una historia oficial difícilmente controvertible o sustituible. Pareciera estrategia de manual.  

Dice Thompson que el escándalo político es eficiente  cuando toca códigos morales y conductas sexuales, alrededor de las cuales algunas voces han querido involucrar al presidente; o cuando tienen que ver con la corrupción, que es el segundo caballo de batalla de la oposición; y finalmente, cuando tiene que ver con la regulación del ejercicio del poder político, que en el caso de Petro siempre está en cuestión, comparado con estándares políticos desuetos  pero  con fuerte recordación, como los procesos que adelantó el castrochavismo, otro leitmotiv de la derecha. 

El resultado es la estigmatización que, paradójicamente, también está al comienzo del proceso de escandalización, y que no busca, siguiendo a Thompson, seguidores fieles, sino votantes no comprometidos como muestra de la decadencia de la política ideológica y la emergencia de la política de la confianza, esa que como decíamos al comienzo de este artículo, está de capa caída en el centro de la esfera pública. 

La pregunta es entonces si hubo cambio intencional en la estrategia de comunicación política de esa oposición, en la cual hay ciudadanos convencidos o que adhieren por el estado de alarma continuo y de miedo  inminente. ¿Se pasó de la construcción del enemigo con base en la ofensa o la confrontación, y Petro es el mejor ejemplo de ello, a su desfiguración y debilitamiento mediante ese continuum de ataques permanentes, signado por el escándalo, sin que tenga tiempo de responder o de hacerlo de manera adecuada?  

¿Tiene que ver en ello el interés de hacerse directamente a medios como está sucediendo con la familia Gilinski con publicaciones Semana, El País de Cali y, como parece, El Heraldo de Barranquilla? 

A la vera del camino queda expuesta y en riesgo la confianza en los medios, hoy como casi nunca protagonistas de la ruptura del corporativismo, esa cobija bajo la cual se ocultaban vacíos, errores y bajas pasiones, y que hoy se exponen a mandíbula batiente. Confianza que hoy mantiene, según estudio de Reuters, una de cada tres personas, a la espera del periodismo de calidad por el que numerosos medios y periodistas siguen batallando, no obstante la escasez de recursos, la ausencia de editores y de maestros en el oficio para lidiar con  las emociones y los sesgos conscientes e inconscientes, para establecer el diálogo necesario, para insistir en la autorregulación como única alternativa y, sobre todo, para aislar iniciativas de control y vigilancia que son, de suyo, censura maquillada, no obstante “la prensa” desbordada, que, a pesar de ello, tiene derecho a existir, así como la crítica argumentada y la necesaria reflexión que ponga de manifiesto la importancia, hoy más que nunca, del buen periodismo

La mala hierba

El solo hecho de haber incluido el orangután con penas a quienes critiquen a funcionarios públicos en el proyecto de ley anticorrupción, más allá de su aprobación, no solo es una amenaza tácita a medios, periodistas y ciudadanos que levantan la voz, sino la evidencia cruda del talante autoritario y antidemocrático de quienes, paradójicamente, están llamados a defender libertades civiles y derechos humanos. (Publica el Espectador)

No es la primera vez, dirán, que desde instancias de poder y el Congreso —que debiera ser lugar de representatividad de voces diversas y plurales— tratan de acallar, con marrullas, veedurías periodísticas y expresiones de los colombianos hoy potenciadas por canales digitales.

Expuesta la farsa de que los legisladores representaban a los que no tienen voz, ahora, cíclicamente, quieren aplastar sus manifestaciones en internet, la protesta callejera y hasta expresiones artísticas que irrumpen en el paisaje urbano para dejar ver descontento, criticar o simplemente para incomodar.

Más grave aún si, como se dice, miembros del Gobierno, partidos afines e incluso por lo menos una de las ías auparon, respaldaron y empujaron semejante estropicio. Uno más en el oprobioso legado con el que escupen en la cara a electores y a quienes aún creen en el cada vez más oscuro sistema político colombiano.

Suma a la desidia legislativa en pandemia el absurdo respaldo a actividades ilegítimas de ministros y colegas, como en el caso de la, increíblemente, presidenta de la Cámara, Jennifer Arias. También, la tomadura de pelo en proyectos de mínima decencia, como la disminución de la vagancia pomposamente llamada receso legislativo, otra de las insultantes prebendas de los mal llamados padres de la patria en tiempos de orfandad, dolor y miseria.

Razones suficientes para pensar en un remezón casi total, aunque excepciones haya. La obvia idea de un simple voto para un gran cambio no tiene buenos augurios si las nuevas generaciones miran estos escándalos con la misma abulia con que asumieron el reto de los Consejos Locales de Juventud. La mala hierba hay que combatirla desde la raíz.

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