Entre la decadencia y la incredulidad

Por Mario Morales

La decadencia de una casa comienza cuando al jefe del clan dejan de creerle. Solo la sostienen la costumbre y un poco respeto que termina de minar el jefe venido a menos, cuando no la ambición por la pretendida herencia.

Es lo que dejan ver los entretelones de la extrema derecha y la rapiña por una candidatura.  Porque no han sido pocos los errores del expresidente Uribe, como nominador, ni las veces que ha violado los acuerdos con sus seguidores que solo lo obedecen porque al fin y al cabo es el dueño del partido, como dicen entre dientes.

Uribe ha pasado de ser, como dijera Baltasar Gracián a propósito de las metáforas de las edades, “a los cincuenta, una serpiente; a los sesenta, un perro, y a los setenta un mono”, como lo dejan ver sus argucias, groseras por obvias, como la renuncia a la prescripción de su caso por el que está condenado, para que la sentencia en firme se siga extendiendo a su antojo.

Difícil creer que la iniciativa fuera de Miguel Uribe Londoño para aprovecharse, sin hígados, del asesinato de su hijo para autopostularse como precandidato. Sabe que no tiene fondo. Discretísimo concejal, discretísimo congresista, será un discretísimo precandidato cuando las rabias reposen. Pero esa decisión ha dejado ver por primera vez el malestar y la rebeldía de los otros cuatro aspirantes, que mutatis mutandis ha ido confrontando los visos autoritarios e inconsultos de su jefe, en nombres y plazos, mientras da tumbos en busca de un perfil que le dé alguna opción.

Perdida la plena confianza, las precandidatas solo atinan a ponerle freno; otros, como Abelardo, aspiran sin disimulo a sustituirlo, algunos como Pinzón quieren imitarlo y el resto sueña con heredarlo, mientras lo lisonjean hasta donde se los permite la ambición, la necesidad o la hipocresía, haciéndole creer que todavía es el gran elector, en contravía de las encuestas; o que este país es el mismo de hace cinco lustros… Parafrasendo a Iñaki Gabilondo: “…convencidos de que gestionan una verdad de orden superior, se están negando a entender su decadencia.”

En serio ¿Comenzó la campaña?

Por Mario Morales
Sería exageración decir que comenzó la campaña electoral en serio. Antes que programas y propuestas han comenzado a aparecer actos y performances para deleite de redes, desprograme de medios y ocasión para que casi todos los (pre) candidatos que no tienen nada que hacer en las (in)justas electorales gocen de sus quince minutos de mala fama y, como en realities de canto, confirmen nuestra inveterada vocación para el ridículo.
Sin sonrojo, los estrategas, expertos en inflar figuras como si estuviéramos en una feria de tube men, echan mano de puestas en escena imposibles para llamar la atención en esta sociedad sesgada y fraccionada en burbujas y clubes selectos como lo vino a comprobar, sin gracia, Daniel Quintero en el conciliábulo de la Andi.
O como lo vino a saber esa suerte de sky dancer en que se ha convertido Abelardo de la Espriella tocando a las puertas del pandemonium del Centro Democrático, al que no llegó a clasificar a pesar de su histrionismo corroncho, trasvestismo político, cosmética conversión religiosa y toda la silicona dialéctica para engatusar ingenuos.
O como lo dejan ver las muchas y repetidas bumper balls, esos otros inflables con que se revisten para chocar quienes crecieron creyendo que la vida es un ring y los demás, sparrings para poder hacer parte del club de la pelea que, como se sabe, se reservan tanto el derecho de agresión como de admisión.
O como quienes, expertos en micos, presentan proyectos electoreros, como ese del referendo para tumbar el proceso de paz con las Farc, con el que uno diría que sueña Uribe, si sus ojos brotados, tics y gestos no demostraran el insomnio, la peste que parece aquejarlo y cuyos dos síntomas protuberantes, según Gabo, son ausencia de sueño y pérdida de la memoria de lo que fueron sus oscuros gobiernos.
Eso sí, ellos parecen cumplir las reglas de entrada, presentes o en cuerpo ajeno, a ese otro selecto club de aspirantes a estar en el tarjetón, y que se resumen en perderle el miedo a la vergüenza, estar vacunado contra el ridículo o poseídos por el cinismo.

En serio ¿Comenzó la campaña?

Por Mario Morales
Sería exageración decir que comenzó la campaña electoral en serio. Antes que programas y propuestas han comenzado a aparecer actos y performances para deleite de redes, desprograme de medios y ocasión para que casi todos los (pre) candidatos que no tienen nada que hacer en las (in)justas electorales gocen de sus quince minutos de mala fama y, como en realities de canto, confirmen nuestra inveterada vocación para el ridículo.
Sin sonrojo, los estrategas, expertos en inflar figuras como si estuviéramos en una feria de tube men, echan mano de puestas en escena imposibles para llamar la atención en esta sociedad sesgada y fraccionada en burbujas y clubes selectos como lo vino a comprobar, sin gracia, Daniel Quintero en el conciliábulo de la Andi.
O como lo vino a saber esa suerte de sky dancer en que se ha convertido Abelardo de la Espriella tocando a las puertas del pandemonium del Centro Democrático, al que no llegó a clasificar a pesar de su histrionismo corroncho, trasvestismo político, cosmética conversión religiosa y toda la silicona dialéctica para engatusar ingenuos.
O como lo dejan ver las muchas y repetidas bumper balls, esos otros inflables con que se revisten para chocar quienes crecieron creyendo que la vida es un ring y los demás, sparrings para poder hacer parte del club de la pelea que, como se sabe, se reservan tanto el derecho de agresión como de admisión.
O como quienes, expertos en micos, presentan proyectos electoreros, como ese del referendo para tumbar el proceso de paz con las Farc, con el que uno diría que sueña Uribe, si sus ojos brotados, tics y gestos no demostraran el insomnio, la peste que parece aquejarlo y cuyos dos síntomas protuberantes, según Gabo, son ausencia de sueño y pérdida de la memoria de lo que fueron sus oscuros gobiernos.
Eso sí, ellos parecen cumplir las reglas de entrada, presentes o en cuerpo ajeno, a ese otro selecto club de aspirantes a estar en el tarjetón, y que se resumen en perderle el miedo a la vergüenza, estar vacunado contra el ridículo o poseídos por el cinismo

Trump y la ciudad de las maravillas

Por Mario Morales

Se ha demorado el alcalde Galán en declarar persona no grata al aprendiz Trump por comparar en criminalidad a nuestra honrosa, segura y aseada ciudad con Washington DC, ese villorrio de cemento que apenas alcanza los setecientos mil habitantes.

Debe ser que el hijo de emigrantes escoceses no conoce esta ciudad de las maravillas que tan bien se ve en 3D y en 8K y a la cual se pasaron a vivir el acalde, funcionarios y algunos reporteros que cubren esa fuente.

Ya es hora que se entere, por desclasificación de archivos o incluso filtraciones, de la metrópoli de las imágenes grandiosas, que envidiarían parques temáticos en La Florida, como la del portentoso tren, envidia estadounidense, no solo porque es chino sino porque ellos se movilizan en vejestorios casi del siglo XIX. Eso sí tocará mantenerlo en rénder para que no lo conviertan en otro Transmilenio, el mejor sistema del mundo, venido a menos por exceso de popularidad.

¿Acaso no han dejado ver a Donald el constructor la magnificencia del nuevo estadio de fútbol, que ya se pelean, viendo imágenes digitalizadas, para sus conciertos artistas globales a pesar de la mala propaganda que le hacen opositores con secuencias distorsionadas de divertido pogos de “fans” como si fueran agarrones entre barristas prepago?

Pues si eso pasa con las imágenes, ¡qué no habrán hecho con las estadísticas de criminalidad que tienen allá! Más si fueron traducidas al inglés con IA. ¡Qué inseguridad con los datos!

Es hora, alcalde, que salga de la virtualidad, donde trabaja, y acabe con las deepfakes que muestran a Bogotá llena de basuras, sin mobiliario ni baños públicos, y en el peor de los casos, con sicariatos, fleteos, atracos y robos de celulares producidos por creadores de contenido que solo buscan likes. Con razón aquí se graba tanta ficción.

Es hora de darnos a conocer como lo que somos, así el costo sea que nos convirtamos en destino global y corramos el riesgo de parecernos en indicadores de inseguridad, por culpa de los turistas, a Lima o Ciudad de México, pero, eso sí, nunca a Washington DC.

No, era al revés.

Esa frase repetida de “un fallo político” desnudó la estrategia defensiva del expresidente Uribe. No se trataba de utilizar el fallo judicial condenatorio como base en la exigua plataforma política de sus huestes. Saben que entre ellos no hay opción de una candidatura viable. El objetivo es utilizar la campaña electoral para salvar su nombre de la picota pública que ahora ocupa para la historia.

Hacer invivible la república con mensajes virulentos que les funcionaron hace seis años, pero hoy suenan repetitivos; hacer lobby internacional para allegar pronunciamientos y hasta sanciones, así tenga que pagar la población; o construir denuncias moralistas o desinformaciones descalificadoras buscan meter miedo para amilanar o arrinconar a los jueces que revisarán la andanada de tutelas que se viene y luego la apelación para esquivar la condena y ratificar ese imaginario de que con él no se mete nadie.

Eso, entre los leales que le quedan (el resto son interesados o no tienen a dónde ir), implica el sacrificio de simplificar cualquier propuesta y unificar el discurso sobre la pretendida injusticia contra Uribe, cacareando, a falta de jurisprudencia, los más peregrinos argumentos como ese de “cómo es posible que otros delinquieron y están libres y Uribe no”, o de que “él nunca se enteró de las andanzas y triquiñuelas de su círculo cercano investigado o detenido”. Se trata de una directriz que trastoca los planes de quienes siguen pensando en el “favor de Uribe”, porque los obliga a aplazar una vez más sus aspiraciones personales, con un condicionante aún más paralizante: que si Miguel Uribe se recupera, él sería el candidato formal.

Ese conformismo explica la invisibilidad de todos ellos en las encuestas. Ciertamente no merecen un rol de liderazgo en su gallinero ni en el vecindario donde cada día llega un gallo nuevo a cantar, con el mismo tono gritón, agresivo y escandalizante. ¿Se les acabaron las neuronas a los asesores de campaña?

De repente ya no se trata de política ni “salvar al país”, sino de salvar a Uribe, como sea.

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