por Mario Morales | Jul 30, 2025 | Blog, Com. Política, Opinión
No cuaja, afuera de sus cuarteles, la estrategia de victimización del expresidente Uribe y del cada vez más reducido séquito de plañideras que dice seguirlo, luego de que se quedó sin alternativas frente a la firmeza de la administración de justicia y la contundencia de las pruebas que llevaron a declararlo culpable en dos delitos civiles.
Tampoco florecen, más allá de los fuegos de artificio, las presiones simbólicas, mediáticas ni reales, hasta el punto de exacerbar los miedos por lo que podía suceder si era encontrado culpable. Una vez más, la rama judicial, con aplomo y transparencia pudo resguardar la institucionalidad, la justicia y el sentido común.
En lo único que ha sido eficiente la diezmada oposición es en el vilipendiado arte de combinar la sapería con lagartería para buscar aprobación en la reducción de ayuda económica en la Cámara estadounidense y las intromisiones en forma de declaración de miembros del gobierno de ese país y de congresistas republicanos contra el valiente sentido de fallo emitido el lunes. Es una jugada de kamikazes con pretendido efecto en esta campaña pero que, en cualquier caso, afectará al próximo gobierno y al país todo.
Más allá de la sentencia, las apelaciones y revisiones, el episodio tiende a marcar, así sea subrepticiamente, el punto de giro y declive de la relación del expresidente con su bancada toda vez que pasa a convertirse en un fardo al tiempo que en un blanco fácil de campaña.
De fenómeno político, Uribe pasó a ser fenómeno de opinión y luego, escasamente, fenómeno algorítmico en la idea avivar la rabia que otrora le permitió resucitar y liderar un combo de admiradores e interesados que se agotó en sí mismo.
El juicio sirvió, eso sí, para que a politiqueros y líderes de opinión, entre ellos periodistas, se les cayeran las caretas o lo que quedaba de ellas. En medio de ese naufragio no es difícil predecir el éxodo paulatino y taimado de precandidatos de esa bancada hacia terrenos menos yermos. Y la aparición fugaz de supuestos herederos de formas de hacer política que, entre líneas, también fueron condenadas tras larguísimos 13 años de proceso judicial. Pero dofícil que fragüe alguno…
por Mario Morales | Jul 23, 2025 | Blog, Opinión
Lo sucedido en el Capitolio el domingo ayuda a explicar el 38 % de favorabilidad de Petro en la encuesta Pulso País publicada el lunes, y viceversa. El presidente es más hábil comunicando que gobernando, como lo demostró con su discurso en el lugar y ante el auditorio que parecen inspirarlo, muy distinto del tono cansino y digresor de otras alocuciones. A diferencia de sus opositores, que siguieron una matriz ciega, Petro adaptó su discurso para responder al balbuciente e impreciso presidente del congreso, a veces sorprendido con lo que mal leía.
La apuesta presidencial fue una suerte de rendición de cuentas. De la mano de las cifras, incluyendo grises e inexactitudes, descolocó a la oposición a la hora de la réplica y la dejó ver, en las tres intervenciones, como repetitiva, beligerante y efectista para provocar al auditorio, pero sin controvertir al primer mandatario.
Petro acudió esta vez a la razón; sus adversarios, a la emoción y a la diatriba libreteada con visos de lenguaje de odio. El presidente le habló al país, por momentos con lenguaje especializado y con cargas de profundidad, al congreso allí presente y a los que han sido parlamentarios este siglo. Los voceros de la oposición hablaron a sus barras, exaltándolas, pero especialmente a sus jefes.
En la narrativa gubernamental, Petro quiso posar como víctima en el discurso y en el relato digital posterior, y le dejó a la oposición el rol antagonista, de ataques personalistas, de querer sacarse la espina, y allí volvieron a caer algunos periodistas, transformados en activistas, hasta el punto de construir un relato alarmista e irresponsable en torno a la seguridad de la representante Lina Garrido, que solo piensa en el Senado.
Fue el inicio formal de campaña en la que el gobierno está metido de cabeza, y de una oposición vacilante tratando al tiempo de salvar a Uribe Vélez, de ganar indulgencias particulares, o insuflar la descertificación del país en la lucha contra las drogas, el aire que le falta a Petro para mejorar en encuestas. Miren a Lula en Brasil. Lástima, eso sí, que aquí todo sea un asunto de discursos.
por Mario Morales | Jul 16, 2025 | Ética, Lib. expresión, Opinión
A este paso va tocar exigirle a algunas agencias, medios y redes sociales que, como en el caso de la publicidad política pagada, incluyan advertencia de que sus “noticias” están situadas en el contexto de la #CE o campaña electoral.
Y es que la fabricación de “hechos políticos” con segundas intenciones raya en la absurdidad, la ingenuidad, la insania o el desocupe. Baste citar el dislate ese de proponer al expresidente Uribe como fórmula vicepresidencial. Posible en el papel, pero inconstitucional en la práctica, y puesta a rodar más para presionar el fallo en el juicio que se le sigue o ambientar una salida si le es desfavorable.
O las notas repetidas en los puntos de expedición de pasaportes a base de vox pópuli, o voz ciudadana no calificada, para forzar el verosímil, como en el cuento de Gabo, de que “algo muy grave va a pasar en este pueblo”. Al día siguiente la fila siempre será más larga.
O el seguimiento a las demandas que “anuncia” la oposición todos los días contra alguna medida gubernamental, al estilo terco de la senadora Cabal, con tal de tener sus quince segundos para el improperio.
O el despliegue al forito virtual del Centro Democrático en la idea de reposicionar la seguridad (la del conflicto territorial) como el problema más importante, a pesar de que los contradiga la población incluso en las encuestas de sus aliados.
O la insistencia en polémicas adobados con chisme como las relaciones en el palacio de Nariño. Ida la Sarabia, ya le encontraron reemplazo en el elenco. ¡Y solo tiene 22 años! dicen salivando. Por cierto, ¿ya se olvidaron de Manta? ¿Insistirán en indisponer a las Fuerzas Armadas?
Mientras, nos quedamos en Babia en relación con hechos reales como las actuaciones de los tres últimos cancilleres con Thomas Greg and sons, los cómplices de Leyva y hasta con la apresurada, incompleta e inconsulta, pero necesaria nueva ley de encuestas de intención de voto.
Difícil que el ciudadano discierna entre esos dos mundos. Salvo que encuentre la marquilla esa de “ultraprocesado” o “alto en sesgos saturados”.
por Mario Morales | Sep 15, 2024 | Análisis, Com. Política
Mario Morales
Ya estamos en temporada preelectoral. La cascada de directrices emanadas del gobierno Petro en días recientes revela dos estrategias:
- el endurecimiento discursivo para mantener el —por ahora— disminuido apoyo popular;
- el énfasis en relatos que exhortan emociones negativas para enfrentar reformas, investigaciones, escándalos y discusiones.
Las 33 directrices de la fiscal Camargo para proteger la protesta pacífica, las orientaciones dadas a los 1500 medios comunitarios reunidos en Armenia, los llamados para ambientar las asambleas y movilizaciones sociales de esta semana y la directiva presidencial para la interacción de funcionarios públicos con periodistas: todas indican que el gobierno ahora le apunta al lenguaje directo y confrontacional; a la reunión y unidad de sus bases, y a tamizar adhesiones y adeptos para recuperar la opinión pública y apuntalar la estrategia para los próximos veinte meses de campaña electoral —que ya palpita a fuego lento—.
Lineamientos de relación con la prensa
El cambio más sensible es la concentración en el manejo emocional del relato de Petro en redes sociales, de sus seguidores y de los contenidos que pasan por los
Por Mario Morales
Estamos en temporada. La cascada de directrices emanadas del gobierno Petro en días recientes deja ver, por un lado, el endurecimiento discursivo con el objetivo de mantener el, por ahora, disminuido apoyo popular y por otro, el desbalance intencional de los relatos con emociones negativas en relación con las positivas para enfrentar reformas, investigaciones, escándalos y confrontaciones con diferentes instancias del país.
Las 33 directrices de la fiscal Camargo para proteger la protesta pacífica, las orientaciones dadas a los 1500 medios comunitarios reunidos en Armenia, los llamados para ambientar las asambleas y movilizaciones sociales de esta semana y la directiva presidencial para la interacción de funcionarios públicos con periodistas evidencian la restructuración del régimen comunicativo del actual gobierno que ahora le apunta al lenguaje directo y confrontacional, a la reunión y unidad de sus bases y a tamizar adhesiones y adeptos con el fin de recuperar favorabilidad en la opinión pública y apuntalar la estrategia para los próximos veinte meses de campaña electoral que ya palpita a fuego lento.
El cambio más sensible es la concentración en el manejo emocional del relato del presidente en redes sociales, de sus seguidores y de los contenidos que pasan por los sistemas de medios públicos. Manejo que ahora se ha concentrado en azuzar emociones básicas como el miedo, la indignación y la frustración, condimentado con climas de opinión que nacen y se marchitan, como el de la socorrida constituyente, y se renuevan en la coyuntura como el golpe blando, y que cumplen a la vez la misión de tener ocupados a la oposición y a acérrimos críticos mediáticos.
Por eso acontecimientos que apuntan a emociones positivas y esperanzadoras como los once lineamientos de relacionamiento con la prensa nacional tienden a diluirse, primero por el empuje de la recurrente comunicación política basada en la crudeza y el instinto.
Segundo, porque si no fuera por los hechos, los excesos y los peligros del ejercicio periodístico deberían enfocarse en el llamado a cumplir lo que ya está escrito, con las correspondientes sanciones, sin correr el riesgo de convertirse en un pleonasmo del deber ser democrático del Estado, suficientemente expuesto en la constitución, leyes y normas, en términos de participación, pluralismo y diversidad.
Tercero, porque si no parte del ejemplo del alto poder, resulta como ya viene sucediendo, en un saludo a la bandera.
ERA NECESARIO
Si bien, en un país de tradición santanderista, amante de la retórica y la prosodia, lo que no está escrito y repetido hasta la saciedad no existe, el aval de la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión (RELE) de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en la construcción de la directiva presidencial refuerza el pedido a gritos de la sociedad por debates con altura atenidos a elementos básicos de respeto y ética como evitar la estigmatización y la discriminación de periodistas, los lenguajes de odio o las instigaciones a la violencia en el marco de referencia de la libertad de expresión, y reaviva el reclamo permanente por el acceso a información verificada, no contaminada y oportuna que permitan el papel fiscalizador de la prensa y su mandato de entregar información para que los ciudadanos tomen decisiones informadas.
De ello, así como también de no obstaculizar el trabajo periodístico de control social, garantizar el escrutinio de la función pública, o abstenerse de ejercer poder e influencia pública para censurar ideas, opiniones o información sobre las autoridades o los funcionarios, hay suficiente ilustración con quejas, denuncias y reclamos en estudios académicos, encuestas y en informes sobre la libertad de expresión en nuestro país, como los de la Flip, que en relación con la directiva dejan cifras preocupantes como los 120 periodistas agredidos por funcionarios públicos el año pasado y con expectativas de superarlo este año, toda vez que ya se cuentan 90 casos así como como 51 estigmatizaciones a la fecha.
LO QUE FALTA
En lo que si queda en deuda el documento de la directiva es el espíritu de procuración. Eso de fomentar un ambiente de respeto, diálogo y tolerancia hacia todas las opiniones está claramente contradicho del presidente hacia abajo. Una cosa es que, como ya se ha dicho acá, haya un desequilibrio informativo en algunos medios, periodistas y quienes quieren parecerlo por sesgos, intereses personales, activismos y ramplona ignorancia y otra que haya señalamientos gubernamentales generalistas, simplificados y por ende ofensivos que terminan por herir la susceptibilidad y maltratar al gremio y sus audiencias.
Es cierto que quienes detentan el poder tienen no solo el derecho sino la obligación de aclarar desinformaciones, mentiras o calumnias para descontaminar la esfera pública, pero esa labor debe ser proporcionada, respetuosa y siguiendo las instancias de ley. Probar inconsistencias o construcciones periodísticas falaces o injuriosas debe ser una tarea distanciada de la ideología, la propaganda política, pero sobre todo de la personalización o auto victimización que termina nivelando por lo bajo el debate público en desmedro de la calidad informativa.
También está en déficit el gobierno en la propuesta de fomentar el libre intercambio de ideas, información y opiniones. Los medios públicos son un lamentable ejemplo de ello. Cerrado a una visión utilitarista de un proyecto político, se han alejado del interés público, de su misión institucional y del desafío de ser, por primera vez, medios ciudadanos, hoy otra vez confundidos con medios alternativos, partiendo de dicotomías partidistas y untados de moralismos a conveniencia. Los medios públicos, como el mismo ejercicio gubernamental deben ser de todos y para todos. En eso se diferencian del millar y medio de medios alternativos que, como quedó claro en los discursos de instalación tienen una misión de difusión y orquestación del ideario petrista apoyados con pauta publicitaria. Si bien esos medios alternativos tienen todo el derecho a existir, el presupuesto publicitario debería incluir otras corrientes políticas, si de fomentar el pluralismo se trata como reza la directiva. Es extensión del mismo derecho de crítica del que habla el presidente, que no es otro que la misma libertad de expresión distanciada e incluso opuesta. Intentar separar esas libertades no es más que una estrategia retórica.
Así mismo la novena directiva, que habla de garantizar la existencia y el funcionamiento de canales de comunicación permanentes que permitan la interacción libre, oportuna y eficaz entre medios de comunicación y autoridades, no solo está en deuda, sino que, con la lógica de comunicación en redes, discursos in situ y réplica de esos discursos en pronunciamientos televisados, verticaliza el conducto y cierra el flujo informativo. Ese tipo de mediatización sirve a los propósitos de hiper emocionalización de que hablamos al comienzo, pero retrae la argumentación como vía de diálogo o gestión de disensos. Las ya casi jubiladas ruedas de prensa, las entrevistas a cara a cara, el diálogo formal e informal de gobierno y reporteros ayuda a clarificar la información, a zanjar diferencias, a resolver dudas y a comprender proyectos. Ahí de nuevo los medios públicos tienen una promesa incumplida.
La “X-dependencia” puede, además, jugar en contra del presidente, sobre todo ahora que en su rutinaria construcción de enemigos desafía a Elon Musk, dueños de esa red social. ¿Qué pasaría si como profetiza Petro, cierran su cuenta? ¿se derrumbaría la estrategia y quedaríamos a expensas de medios alternativos, medios públicos, alocuciones y las infaltables bodegas?
LOS MATICES DE LAS RECOMENDACIONES
Pero también en las recomendaciones que incluye la directiva hay rendijas. La segunda de ellas habla de las acciones frente a “información contraria a la verdad, parcializada, descontextualizada o estigmatizante, o que vulnera los derechos de una población, deben brindar información suficiente para la rectificación, complementación o corrección necesaria, sin recurrir a la descalificación o descrédito”. ¿quién determina lo que es verdad o no lo es? ¿cuáles son los criterios gubernamentales para determinar que es parcializada o estigmatizante, más aún cuando se trata de noticas en desarrollo? ¿a través de qué medios? ¿con cuáles estándares?
Se habla también de liderar un programa integral de capacitación para las áreas de comunicación de la administración pública y de formación necesaria para cumplir con los estándares establecidos en esta directiva. Liderada y realizada desde adentro es corre el riesgo de terminar de politizar los contenidos informativos. ¿Por qué no aparece la academia y la sociedad civil experta en estas instancias, más aún cuando se habla de participación e inclusión?
Sí. Algo es algo frente a la aridez en la relación del gobierno con la prensa que parece deteriorarse cada día. Apropiar e implementar esas directrices prácticas es el reto del presidente y algunos de los voceros de su círculo cercano para corresponder a las organizaciones internacionales que ayudaron a construirlas, para que la propaganda no le gane a la información en la pugna por el apoyo popular, para que no se archive como otra manifestación de nuestro talante leguleyo distanciado de la realidad, para que una vez matizadas y complementadas, el balón quede en la cancha del periodismo, sus gremios, medios y trabajadores que no pueden se ajenos a su cuota de responsabilidad directa e indirecta en el calentamiento de la esfera pública y a los respectivos correctivos y oportunidades de mejora. Está bien la retórica, pero se necesita el ejemplo de las buenas prácticas. Si todos somos parte del problema…
por Mario Morales | Jul 8, 2024 | Análisis, Lib. expresión
Por Mario Morales
Sumario
Juegan con candela. Quizás creen que las instituciones, que han resistido embates centenarios y que todos dicen defender, no son inflamables. En la lucha por el relato de los tiempos que corren todos salen un poco chamuscados: los pirómanos de oficio que, con el pretexto de la oposición, son botafuegos de todo y por todo; el gobierno mismo que, en lugar de ser una tea en defensa de la libertad de expresión, esparce gasolina a través de trinos presidenciales o de su mano derecha; activistas disfrazados de periodistas, periodistas transformados en activistas, políticos infiltrados en el periodismo, periodistas que quieren infiltrarse en la política, comunicadores fletados, tuiteros que se creen figuras públicas, posteadores que se creen influenciadores y las grandes bodegas de los dos extremos han contaminado de tal manera la esfera pública y han arrinconado al buen periodismo, a las organizaciones y a los medios que hacen la tarea y los han puesto entre la hoguera y el estigma, en medio de tres guerras distintas y un solo caos verdadero.
***
El contexto
Lo nuestro es el conflicto, como lo sabe en carne propia, por lo menos, medio país desde que tiene memoria. Como se deduce con esas nueve cajas chinas que buscan dialogar con los armados ilegales. En el mismo origen o por el mismo efecto, junto a esa violencia interminable, asistimos escandalizados a otras guerras y por otros medios: la primera, la guerra por el relato, a sabiendas de que la historia ya no la escriben los vencedores, (como dice la manida frase cuya autoría se pelean Walter Benjamin, George Orwell y Winston Churchill), sino, como parece, quien tenga más likes, más bodegueros y más viralización.
La segunda, en continuidad con la anterior, la guerra por el control de la agenda pública que hace tiempo se llevó por delante la agenda mediática y la agenda política, por debilidad, ignorancia o falta de convicción de periodistas y políticos de oficio.
Y la tercera, la guerra por el poder, o lo que eso signifique, y que algunos asocian al poder gubernamental, otros al poder económico, otros al poder de hecho y otros al poder simbólico. En esos escenarios es necesario preguntarse en primera instancia quién ostenta el poder; si es acaso el gobierno que escasamente ha podido salvar las dos últimas legislaturas en su ambicioso plan de reformas; o si es la oposición en su rol de palafrenero en los procesos de cambio para insistir que las cosas se hacen a su modo; o si son las mafias enquistadas que siguen esquilmando el presupuesto ante el estupor general. En ese orden de ideas cabe interrogarse cómo se reconfigura el rol de contrapoder de los medios periodísticos y si debe vigilar a todas las expresiones mencionadas o se circunscribe, a juzgar por la posición de algunos medios, a la vigilancia del poder político, y que por su tono y obcecación se puede confundir con oposición ideológica, sobre todo si ese control se hace desde orillas con intereses políticos definidos y más aún, con intenciones proselitistas y electoreras.
El resultado de tantos frentes de batalla es este caos generalizado en el que, invocando diversos métodos que van desde la agresión y la violencia verbal hasta la legitimación de información mentirosa y engañosa, todos los contendientes dicen estar defendiendo la democracia, maestro. Habría que parafrasear a la derrotada Madame Rolland en la revolución francesa: Oh democracia cuántos crímenes se cometen en tu nombre”.
Tras de cotudos…
Como si fuera poco con la rampante crisis de los medios por razones de sostenibilidad, fragmentación, competencia, mercado y legislación, se ha desatado una guerra inédita contra los medios, desde algunos medios y entre algunos medios y periodistas que solían debatir sus diferencias en privado y parecer unidos en públicos. ¿Porqué?
Ya los espíritus estaban alterados. La sectarización creciente, el uso de la estrategia del escándalo como arma de comunicación política, la propaganda sucia, la pauperización del debate público y la suplantación del argumento por el insulto y la posverdad aumentaron la temperatura interna a límites insostenibles. La chispa la produjo el señalamiento del uso de tribunas o posiciones periodísticas como plataforma de futuras campañas. Chispa que se fue extendiendo con trinos frecuentes del presidente y su confrontación personalizada sobre la veracidad de publicaciones de periodistas o medios; con la construcción endeble de “casos judiciales” sobre decires, versiones, rumores o especulaciones; con la oposición abierta o velada de algunos medios, ya no solo desde espacios editoriales sino de realidades alternativas en las que los hechos fueron reemplazados por opiniones de fuentes de un mismo origen, cuando no de fuentes anónimas; con la construcción amañada del vox populi; con el abuso de la presunción ya no para hablar de inocencia, como instancia garantista, sino de escudo para sentenciar responsabilidad y culpabilidad; con la instrumentalización del periodismo desde cargos públicos; con la cooptación del oficio para engañar o para mentir; con la confusión entre opinión pública y la opinión privada expresa públicamente; con la legitimación de la voz ciudadana como voz periodística; con la utilización de medios públicos con fines políticos regionales o nacionales y con la publicación estudios como el del Reporte de Reuters y Oxford que dan cuenta de la baja de la confianza en los medios, hasta un 35%, y la consecuente evasión o huida de las audiencias, en un 44%, de los medios noticiosos ya fuera por exceso, miedo, ansiedad o la polemización fútil en X de ”la mayoría de las élites periodísticas, académicas, económicas y políticas, a menudo de modo tóxico y descortés”.
Hasta que llegó el conato de incendio: la estigmatización, por parte del presidente Petro a la Flip, uno de los pocos bastiones que tiene la libertad de prensa y de expresión en nuestro país. Con alusiones a un periodismo Mossad en asociación a filtraciones y espionajes de la agencia israelí, o con injustas vinculaciones actuales con políticos de derecha, Petro optó por escalar las diferencias con algunos reporteros por razones de veracidad y comprobación de la información, a confrontación directa con la prensa en general, infamando sus organizaciones o atacando a periodistas renombrados por el solo hecho de preguntar.
Atacar a la Flip, cuyo mandato está enfocado en la defensa de los periodistas y el libre ejercicio del oficio, no solo fue desproporcionado, sino que puso en contradicción algunas de las actuaciones del presidente en el pasado en relación con el respeto por los derechos humanos ante instancias internacionales que, al unísono, CIDH, RSF, SIP y demás salieron en apoyo de la fundación colombiana, de quienes la lideran y de sus actividades.
¿Qué buscaba el presidente?
Por un lado, sentar un precedente contra esa “prensa hegemónica tradicional” y dar, de paso, un velado apoyo a medios alternativos y comunitarios de los cuales ha hablado reiteradamente pero no ha podido organizar. Por otra parte, elegir un “enemigo” calificado para desvirtuar periodistas en particular con los cuales ha sostenido frecuentes encontrones; pero, además, alinderar fuerzas con dos claros mensajes: quien no está conmigo esta contra mí, y los amigos o defensores de mis enemigos son también mis enemigos. Finalmente, y en medio de la confusión, abrir un debate sobre la necesidad de una instancia, en este caso la Flip, que diferencie el buen periodismo del mal periodismo y actué en ese sentido.
Era necesario que la Flip reafirmara, como lo hizo, cuál es su función específica. La otra, la que quieren endilgarle como tribunal, agente evaluador o calificador de la labor periodística la aparta de su competencia para ponerla en el ojo del huracán, como efectivamente ha venido sucediendo en las tendencias de redes sociales en las que sin asomo de justicia se ha puesto en entredicho la idoneidad de la organización y la honestidad de sus directivos.
Sin generalizar
Tienen razón los medios y periodistas en exigirle al gobierno, como lo hicieron a través de una carta firmada por decenas de reporteros y líderes de opinión, que haya garantías para el oficio y que cesen los ataques multiplicados por los áulicos digitales, que debilitan el ejercicio democrático. Como los medios, las redes sociales gubernamentales construyen realidad, generan o refuerzan imaginarios y legitiman representaciones que van más allá de la reputación y ponen en riesgo la integridad de los comunicadores, afectan su salud mental y alteran sus rutinas profesionales. No deja de ser paradójico que esos ataques a la prensa se den justo cuando se tenía prevista la expedición de una directiva presidencial, con apoyo de la CIDH, para prohibir la estigmatización gubernamental a los periodistas.
La respuesta a las investigaciones periodísticas no puede ser el insulto o la descalificación, y las preguntas, independientemente de su tono, no pueden ser respondidas con amenazas desde la prepotencia de los cargos y mucho menos con demandas de cualquier índole, que comienzan a configurar acoso judicial y tienen la nefasta intención de limitar y censurar, por otra vía, a los implicados y advertir a los demás colegas.
Es cierto que el escrutinio periodístico puede llegar a ser agobiante, pero es necesario en aras de la transparencia y la rendición de cuentas, más aún cuando el gobierno no cesa de verse envuelto en escándalos, investigaciones, polémicas y señalamientos, especialmente provenientes de fuego amigo.
Es cierto que espontáneos o políticos se han disfrazado de periodistas con interés particular pervirtiendo el interés público y contaminando la percepción ciudadana de este digno oficio. Una cosa es que la constitución garantice la libertad de prensa y otra que individuos sin formación o politiqueros con bajas pasiones utilicen el periodismo en venganzas, querellas o disputas ideológicas o se valgan de él para lograr reconocimiento público, seguidores y esquilmar la confianza de sus seguidores para saltar a la arena política. Peor aún que lo hagan a través de estrategias algorítmicas aprovechando el perfilamiento que hacen para explotar sus emociones. Como en otras profesiones y oficios, advenedizos e impostores deben quedar al descubierto.
Pero también es cierto que, en correspondencia con un ambiente sano de libertad de expresión, con el que el gobierno debe comprometerse, los medios y los periodistas están llamados a cumplir con los principios centenarios del oficio, más allá de los reclamos gubernamentales, tal y como lo dice el artículo 20 de la Constitución, citado por el exmagistrado José Gregorio Hernández, y que consagra el derecho a informar sin censura que asiste a los periodistas, pero también el deber de que la información sea veraz, imparcial y comprobada.
Y aquí vuelve a tener razón la Flip, le corresponde a la sociedad civil, a la academia, a las defensorías de audiencias, a los observatorios de medios, a las veedurías ciudadanas y a los individuos informados servirle como contra peso a esos medios con una mirada crítica constructiva que ponga en evidencia malas prácticas legitimadas como la suplantación del periodismo de hechos por el periodismo de versiones y rumores; la contaminación del periodismo informativo por opiniones no pedidas y sesgadas del reportero; la “reportería” que pasa por encima de derechos consagrados como la privacidad y la intimidad cuando no hay afectación pública y devienen deshumanización, descalificación u ofensa; la ideologización de medios públicos en defensa o haciendo propaganda a gobiernos en ejercicio; la ausencia de calle, esto es, de reportería y presencialidad; el arribismo, el racismo y el clasismo mimetizados en el escrutinio y el seguimiento; la doble vida de personajes que sirven por una parte a intereses empresariales privados no confesados y en otras instancias se presentan como periodistas, columnistas u opinadores sin dar a conocer sus conflictos éticos o de intereses, llevándose por delante la perspectiva de verdad, afectando la memoria histórica y, lo que es peor, en contra de las víctimas de todas las violencias, como se ha denunciado recientemente.
Aún en medio de estas malas prácticas, nada justifica el estigma o la descalificación gubernamental y mucho menos generalizado con etiquetas como “la prensa” o “el periodismo” que pueden resultar incendiarias.
No sobra recordar que la columna vertebral del periodismo son sus principios que no son enajenables ni adaptables ni permutables, y que la médula de esos principios la componen la libertad de prensa y la libertad de expresión, un triduo que es, a su vez, más que soporte, sello y rostro de la democracia.
Por eso se extraña que en los llamados que viene haciendo el gobierno a la unidad y al consenso no haya mención a una zona de distensión con los medios, el periodismo y el mundo de la comunicación. Hay que comenzar a apagar el fuego. Todos somos bomberos voluntarios. El pluralismo del que tanto se habla, pasa por el respeto a la diferencia y por el diálogo franco entre gobierno y reporteros, aún aquellos que patean los estándares de calidad del periodismo: diálogo que debe estar mediado y en presencia de la sociedad civil, si es verdad que la participación está en la entraña del mentado acuerdo nacional y si es cierto que el objetivo es la paz, que sin el periodismo no puede ser total.