La dictadura de las estrategias
Por Mario Morales
A Oswald Spengler, autor de La Decadencia de occidente, que anticipó el declive la cultura y su reemplazo por una civilización decrépita como antesala del cesarismo o poder ejecutivo autoritario, solo le faltó predecir su carácter tragicómico, eso sí, sin final feliz.
Por culpa de las utopías no anticipó que las estrategias, desplazando a la política o en su nombre, para decepción de Clausewitz, iban a ser la verdadera guerra por otros medios. Ni que iban a degenerar en “stand up” transnacionales, pero no por ello menos plebeyos que vemos en redes sociales y, revestidos de falsa solemnidad, en medios tradicionales.
Sirva como ejemplo lo que no iba a ser más que una caricatura, ideada por un estratega recién llegado, en la que un presidente arenga, como en la saga de Marvel, a formar el ejército de salvación del mundo, y que, respondida por asesores caricaturescos, caídos en provocación, potenciaron una proclama particular como relato global, el clásico efecto Streissand de perifonear lo que se quiere acallar.
Es el resultado de otros malos estrategas que enviaron a alcaldes y legisladores arrodillados a planear con homólogos gringos la manera de encuellar a un presidente sin tocar la economía, no solo por razones propagandísticas sino por los efectos futuros en el país que aspiran a refundar. Les salió mal: con sanciones pierden ellos porque construyen la figura de un perseguido; sin sanciones aúpan la voz del agitador.
No son los únicos rehenes de los “gurúes del marketing”; ahí tienen a una candidata dándose tiros cada que habla o grita, a un exacalde cultivando su fama de lamesuelas, a un eterno candidato simulando discursos de mano dura, a un excorista tratando de saltar del cartón de la impostura; a unos viejitos gagás repitiendo tácticas del pasado condenadas al fracaso y a un redil de ingenuos cometiendo excentricidades sin pudor.
El resultado es esta oclocracia, al decir de Rousseau, o democracia desnaturalizada por culpa de estrategias en buscade clics y likes que usurpan la voluntad general, con pretendido tono tragicómico… si al menos fueran ingeniosas.
Requisitos para ser presidenciable
De manifestaciones, proclamas, arengas y protestas
Esquilmados casi todos los derechos, en este neodarwinismo político y socioeconómico, solo les quedan a las masas las plazas, las vías y las redes. Es poco, pero lo simboliza todo. Como lo dejó ver el manifiesto de la premiada actriz judía Hannah Einbinder en los Emmy: “…que se joda el ICE (control aduanero y migratorio), y libertad para Palestina”; y que han hecho suyo y ampliado y mejorado otros valientes actores y actrices que van de Cate Blanchet a Javier Bardem, pasando por Julie Christie, Livia Colman y Josh O’Connor.
Enseña, que han gritado pacíficamente más de cien mil personas en Madrid en el cierre de la Vuelta a España, en medio del trasnochado debate de si el deporte, como las artes, deben separarse de la política, y que la UCI, ese otro conglomerado de mercachifles del ciclismo en provecho propio, quiso aislar, como lo querrá hacer la FIFA, pidiendo, para colmo de atrocidades, respeto por valores olímpicos y ¡por la paz!
Si es así, en nombre de lo que queda de humanidad, que todo el calendario deportivo se reemplace por manifestaciones hasta que cesen el genocidio en Gaza y el sportwahsing o lavado de imagen del estado de Israel, al que hay que distinguir de los judíos, como pedía Eibinder.
Proclamas que deben ser extensivas contra asesinatos sin juicio previo en aguas internacionales del Caribe, pero también contra el talante autoritario, vetusto y humillante con el que nos acaban de descertificar simbólica e injustamente en la lucha contra las drogas, calvario de esta nación que echó a perder su norte y la vida de algunos de sus mejores hijos, mientras el resto son tratados como parias al vaivén de caprichos despóticos.
Faltan líneas para referirse desde las arengas en Ucrania hasta las justísimas protestas de ayer de los bogotanos, sin movilidad, con basuras y sin administración.
Pero, es lo que nos queda, antes que los darwinianos avanzados decidan, como hicieron en contra de la moral y la justicia que los humanos no somos una sola raza, así como han demostrado con la fuerza de su brutalidad que no pertenecen a la misma especie, la de los homos sapiens.
El país del desparche
Por Mario Morales
Cualquiera diría que aquí nos la pasamos de desparche; que como no hay nada que hacer, porque todo fluye en el país de las maravillas, hay que inventarse actividades para justificar salarios y parecer que trabajamos.
Basta mirar el desocupe de los alcaldes de grandes ciudades que, ante el florecimiento de sus urbes fueron a darse una vueltecita no sabemos si a Washington, donde tienen poco o nada que hacer y hay menos lugares certificados para entretenerse que Miami, por ejemplo, que tenía el atractivo de los premios MTV, cuyo primer ganador fue Ricky Martin que puso a gozar a todos con su Living la vida loca, como si los alcaldes hubieran estado en el escenario.
A última hora se bajó de ese Transmilenio el “alca-rénder” Galán, no solo porque prefería ver el inocuo viaje en realidad virtual, sino porque anda de holganza recolectando fotos de los vagones del Metro que, vaya paradoja, llegan a Bogotá en camiones y que durante añitos servirán, si acaso, como lugares turísticos para quienes, como su burgomaestre, no tengan mejor plan.
Es evidente el desocupe de Vargas Lleras que en su realidad paralela funge y finge como
presunto determinador de lo que pasa en su país imaginario, a pesar de que para el resto de ciudadanos su nombre no suena ni truena, ni siquiera en las falsas encuestas falsas que hoy llenan el ocio de los más de 102 candidatos que no tienen otra cosa que hacer que lanzarse a las urnas como si estuvieran en el balneario de moda.
Menos mal no faltan pasatiempos para la oposición, como el de vestir o criticar el gusto personal del presidente, montarle o difundir videos con inteligencia artificial o de apostarle a sus juegos de (debajo de la) mesa, o a los juegos de roles para hacer trizas al país para ver si alguien acierta a refundar la patria.
Quizás sea hora de repensar lo de la disminución de la jornada laboral, la ley Emiliani, las pausas activas antes que, fruto de la envidia, terminemos certificados ya no como el país de belleza, sino de la pereza.
