Twitter ¿imparable?

Hace seis años era sólo un proyecto de investigación. Hace tres, cuando llegó al país la versión en español, no era más que una novedad para tecnófilos. Pero desde entonces Twitter se ha venido tomando, como por asalto, todas las instancias de nuestra cotidianidad. El columnista y catedrático Mario Morales le da una mirada a ese mundo que se expresa en 140 caracteres.

Por Mario Morales

Publica Revista Credencial.

(Un Twitter mal interpretado puede dar lugar a malos entendidos que luego son difíciles de remediar)

El rápido crecimiento de cuentas, seguidores, aplicaciones e interacciones dan para pensar, como creen los más optimistas, que en Colombia hay unos seis millones de usuarios, si bien, como sucede en el resto del mundo, cerca de la tercera parte de las cuentas pueden estar inactivas.

Ninguna red crece con el vértigo que lo hacen los trinos, esa metáfora de la inmediatez, la espontaneidad y el tiempo social que caracterizan a Twitter, pensada para narrarse en apenas 140 caracteres. El epítome de la concreción, de lo breve y de lo fugaz.

Esa caracterización, en vez de ser una limitante, representa un nuevo reto en la forma de comunicarse en el nuevo siglo como lo prueba el hecho de que ni celebridades del corte de Shakira o Juanes, o políticos como el presidente Santos, el expresidente Uribe o el alcalde Petro, los periodistas, activistas, artistas y ciudadanos del común se hayan podido sustraer de la atracción que ejerce esa conversa pública potenciada por el creciente uso de tabletas, teléfonos móviles o computadores portátiles.

Y hemos recorrido de manera desacompasada todas las etapas: sorpresa, desprecio, temor, indiferencia, curiosidad, capacitación y especialización ante esta herramienta ―que no un medio― que ha hecho posible el milagro de devolver a la horizontalidad la conversación entre poderosos y ciudadanos, periodistas y audiencias, estrellas del espectáculo y admiradores. Esa relación propicia una retroalimentación en tiempo real que incide en las prácticas políticas, comunicativas y artísticas en la medida en que logran interpelarse mutuamente.

Twitter cambió drásticamente desde que el star system y los políticos abrieron y promovieron sus cuentas porqueentendieron sus posibilidades y sus lógicas; entonces se volvió famoso, comenzó a tener good will y cierta aureola entre las audiencias adultas y pretendidamente cultas.

El contagio por el voz a voz y las experiencias exitosas hicieron el resto; el resultado fue el advenimiento de eso que los teóricos de las narrativas digitales, como Howard Rheingold, habían previsto: las multitudes inteligentes.

Hay nuevas formas de relación entre políticos y electores, nuevas formas de gobernar y hacer campaña, nuevas formas de cubrimiento y acceso a la información, nuevos modos de convocatoria que han suscitado movilizaciones inmensas… Pero también ha servido como plataforma de mercadeo para empresas, marcas y personas que viven de su imagen, de su nombre o de sus acciones. Todo ello ha suscitado nuevos vínculos y análisis y resultados muy diferentes que apenas estamos comprendiendo.

Pero todo cambió…

Al principio Twitter era pura conversa pública, chat en tiempo real. Luego fue forma de expresión de lo que pensamos y después plataforma para narrar los sucesos en nuestro entorno. Cuando las estadísticas reseñaron que la segunda mayor actividad de los cibernautas era visitar redes sociales después de consultar el correo y antes de leer noticias, llegó la fiebre de los seguidores y esa suma se convirtió, al tiempo que en otra hoguera de las vanidades, en el valor central a la hora de clasificar usuarios, grupos o empresas de manera comparativa, aprovechando que las interfaces están concebidas desde el punto de vista de la exposición cuando no de la exhibición. Aparecieron, para goce y envidia de unos y otros, las mediciones y clasificaciones.

Hoy, detrás de cada trino, de cada nuevo follower, de cada mención, de cada hashtag o etiqueta de un tema público, o de cada retweet o reenvío de un trino de otro, estamos construyendo una imagen que nos ‘vende’ en el ciberespacio, que nos ubica en un escalafón volátil que se ha convertido en una espiral de vértigo para quienes viven de esa imagen pública, como los políticos, los periodistas, los activistas, los empresarios de todos los niveles y hasta quienes lo hacen por engordar su ego.

Desde el avatar, concebido como una foto o una figura representativa, el perfil biográfico o los enlaces hasta el número de seguidores o de menciones, frases geniales, axiomas o aforismos van constituyendo un capital simbólico con el explícito propósito de seducir. En esa dirección subsisten algunos de esos escalafones que miden de manera exclusiva la cifra de followers. Ese fenómeno de usuarios fantasmas, procurados por robots o por intermediación monetaria, ha sido motivo de denuncias y escándalos, incluso a través del mismo Twitter entre empresas comerciales, marcas, campañas políticas y candidatos en elecciones cruciales.

Por eso los expertos prefieren clasificar a los usuarios, antes que por el número de followers, por otros factores que ayudan a construir la reputación, el valor más codiciado de un usuario en las redes sociales, es decir, su imagen pública, su valor social. La audiencia es necesaria pero al mismo nivel se miden la interactividad y los efectos de cada trino, a través de los modos de compartir enlaces o contenidos, la conversa pública y ese oído permanente para establecer los trending topics o temas de moda.

Las métricas que se han venido implementando buscan establecer si hay transmisión de valor desde lo que trina un twitero a su comunidad. Klout.com, por ejemplo, establece parámetros para medir la influencia con base en el alcance de los mensajes, la difusión de los mismos y la importancia de los seguidores.

Antes sonaba poético. Se decía que Twitter era así como la vida: espontáneo dialógico y experimental. Y así fue o trató de serlo. Pero con la profusión de contenidos, la llegada de más personalidades a la plataforma y la referencia permanente a lo que allí ocurre, uno a veces llega a pensar que Twitter es la vida misma.

3 nuevos escenarios

La Tweetpolítica: el nuevo contacto con los votantes

Si bien algunos políticos colombianos han entendido la lógica de diálogo o y debate por Twitter, la mayoría mantiene el nivel vertical de los medios analógicos en tanto que lo utilizan sólo como una herramienta de emisión y no de doble vía. Aprovechan la importancia de sus seguidores para expresar opiniones que tengan eco nacional, pero no oyen.

La experiencia ha enseñado que una cosa es la red social en la candidatura en busca de apoyos y adeptos, y otra la red social para ejercer el poder. Si creemos que comunicar es gobernar, Twitter cumple de manera eficiente con esa labor directa ―sin medios ni mediaciones― de interactuar con el ciudadano. Su dificultad nace cuando no hay procesos o hechos cumplidos, lo que puede generar confusión, desgaste o una imagen de indecisión o carente de convicciones. Una cosa es decir o debatir en la red y otra muy distinta es decidir al calor de las controversias.

El contacto directo con las audiencias, como entendió el presidente Obama, que al comienzo de su gobierno había suspendido ruedas de prensa, no debe ser excluyente con otros medios o periodistas que tienen la capacidad de avalar contenidos de calidad. Por otro lado, la red le abre espacio a la veeduría ciudadana, al escrutinio público y a la posibilidad de crítica.

Un Twitter mal interpretado puede dar lugar a malos entendidos que luego son difíciles de remediar. El manejo personal de la cuenta o por parte de allegados adquiere entonces un carácter de profesionalismo que se pone a prueba en cada trino.

El Tweetperiodismo: muuuucha información

Twitter le ha servido al periodismo de manera eficiente en el feedback con sus audiencias, en la interacción con ellas, a veces asumidas como fuentes y también para establecer tendencias, intereses, corrientes de opinión o de carácter informativo.

En las actuales condiciones de acumulación informativa, la figura del periodista recobra su valor proverbial, en tanto que la sociedad requiere de quien le sistematice, jerarquice, enfoque y le ayude a entender lo que está sucediendo, de manera profesional.

También ha resultado efectivo en la labor de difusión de contenidos, eventos o coyunturas en aras de alcanzar, en esa constante pelea con el tiempo, la calidad periodística.

El Tweetciudadano: un hombre común… con voz

Ya parecen insuficientes los nombres y apellidos. Ni siquiera acompañados de un documento de identificación. Poco a poco nos hemos venido colgando perendengues que hablan de nuestra ubicación, de la forma de encontrarnos, de relatarnos, de contarnos como somos, como aparentamos ser, como queremos ser vistos o como queremos proyectarnos. Por eso vamos incorporando a nuestras señas de identidad números celulares, pings, cuentas de chats y de redes sociales como Facebook y Twitter. Con ellas el ciudadano tiene voz, a veces más potente que la de los líderes de opinión. Con las redes sociales el ciudadano ‘cuenta’ en todos los sentidos del término; tiene un nuevo poder que está aprendiendo a manejar y hay que escucharlo. En esa conversa se están gestando los nuevos modos de decir y los nuevos relatos que hablan de de lo que somos y de lo que pensamos.

¿Para dónde va la televisión colombiana?

Algunos dicen que pasa por su mejor momento; otros, que está en plena crisis. En medio de una programación en la que reinan los ‘realities’ y los dramatizados, uno de los más importantes analistas de medios hace un análisis de lo que vemos ―y veremos― los colombianos en pantalla.

Por Mario Morales

(Publica revista Credencial)

(Fotografías: cortesía Canal Caracol y Canal RCN.)

Uno no sabe qué creer. ¿Es cierto que la televisión colombiana vive su momento más fulgurante?: la pauta publicitaria supera los mil millones de pesos desde 2010 y las ventas de las productoras ya rebasaron el millón de dólares el año pasado. O, por el contrario, como se queja el espectador promedio, ¿será más bien que los contenidos están haciendo crisis, como se puede deducir de la pobreza en la programación del prime (la franja estelar, la de la noche)?

La caracterización de esa franja es bien conocida: a la fatiga de las telenovelas que tuvieron su cuarto de hora, le sucedió el cansancio de las series encuadradas en la versión de delincuentes famosos (que se han llamado ‘sicarescas’ o ‘narconovelas’), que les cedieron el paso a las series basadas en el quehacer policial o judicial, muy al estilo estadounidense, y al regreso de los realities, esta vez enfocados en presuntas habilidades y talentos.
Parece un melodrama; las audiencias están inconformes pero su medio preferido es la televisión en un 94,4%, según el Estudio General de Medios, tercera ola de 2011. Más confuso aún, el 77,2% de los consumidores de medios la ven todos los días.

Esa fidelización a la pantalla habla, por supuesto, de la ausencia de oferta. El espectro está desaprovechado y las opciones se reducen con la práctica sutil y latente que han adoptado los canales, especialmente los privados, de mimetizarse; esto es, adaptar los formatos y géneros exitosos en rating en otras latitudes o en el mismo enfrentado. Es una apuesta segura; no se corren riesgos con narrativas experimentales y al final la audiencia y las ganancias publicitarias se reparten con escasa diferencia. Pero liderar el prime garantiza a quien lo consigue tener la iniciativa en términos de duración de los programas, de extensión de los capítulos y de ‘jugar’ con los arrastres para evitar que el televidente se la juegue con el zapping, más aún con la penetración de la televisión cerrada que a junio de 2011 era de 35,1%, (del cual 31,7% era de suscripción y 3,4% era comunitaria), según la CNTV.

Ganadores y perdedores

En esta pugna, no obstante, pierden muchos. Los noticieros, por ejemplo, que apenas mantienen como fijo el horario estelar de las siete de la noche, pero que han visto cómo se ha desdibujado la emisión más tardía, que ya ronda la medianoche con una duración acorde con las expectativas y conveniencias de cada medio. Paradójicamente se sostienen gracias a aquello que no les es esencial: el entretenimiento, distante de lo periodístico pero muy cercano ala pauta publicitaria que ha empujado su crecimiento, con información leve que ha puesto contra las cuerdas a las mismas noticias duras; hasta el punto de que, con un enfoque sensacionalista, los titulares, las locuciones y las imágenes han entrado a competir descarnadamente por el rating, privilegiando las narrativas asociadas a la violencia y el sexo.

Pierden también los espacios de opinión que fueron desterrados a la franja late, en la que el círculo vicioso de la falta de rentabilidad impide hacer programas creativos les den pautas y contextos a los espectadores sobre los sucesos que afectan su entorno. Así, el país se queda sin mirarse y sin reflexionarse ante la acumulación de informaciones desvertebradas. Subsisten espacios ―como en el Canal Uno― que trabajan otros géneros como la entrevista, tan necesarios para entender los sucesos desde la voz y punto de vista de sus protagonistas.

Pierden libretistas, realizadores y actores de series y telenovelas, sometidos al ritmo angustioso de un clímax narrativo o de suspenso cada cinco minutos por la eventualidad de que toque cortar el programa en cualquier momento, para evitar que el enfrentado suba en el rating cada noche.

Pierden los creativos, obligados a seguir la inercia de la producción internacional, con el pretexto de la globalización, para adaptar libretos y personajes al aquí y al ahora televisivo, que cambian caprichosamente.

Y pierde el ciudadano que sin muchas opciones para emplear su tiempo libre, no admite como una posibilidad la utilización del control remoto para apagar el aparato, y acepta, a regañadientes, los cambios intempestivos de horario, el alargue de los programas exitosos o la desaparición de aquellos que naufragaron entre las preferencias. La gratuidad de la televisión es percibida como un favor antes que como un servicio público o como un derecho.

Los programas piloto

En ese panorama aparecen los realities, hoy por hoy los programas que mejor expresan nuestros modos de decir, nuestras maneras de vernos pero sobre todo los modos de contarnos. O bien desde la necesidad, frente a la cual todo vale: un discreto don para cantar o para bailar; en fin, un golpe de suerte. O bien desde la oportunidad de lograr algún reconocimiento en el ámbito más cercano merced a una aparición fugaz en televisión, un minuto de fama aun en medio del ridículo o la decepción.

Y claro, está el público en el escenario y la opción de votar por teléfono o por Internet para cumplir con el sello de la época: la participación, esa incipiente forma de interactividad en la era de las narrativas digitales colectivas. Pero más que eso, está la posibilidad de emocionarse, en una relación de afecto-indiferencia-odio, para debatir casi con los mismos argumentos básicos de percepción que tienen los jurados, escogidos así, con un bajo nivel de conocimiento acerca de la materia a juzgar, pero con habilidades histriónicas que representen a los diversos públicos inscritos en las audiencias, desde el más escéptico hasta el más ingenuo pasando por el más apasionado.

Nada grave, dirán algunos, como no sea reforzar las creencias, valores y formas de entender la moral con arreglo a fines. Ahí, confrontados gracias a un juicioso proceso de edición, entendemos entonces qué piensan los colombianos de la solidaridad, del corporativismo, de su confusión entre habilidades y talento, entre chispa y don, entre suerte y vocación.

Que mantengan ratings parecidos significa que hay desinterés por la diferencia en el formato y ausencia de fidelización a los canales; desaparece la marca y queda la narrativa de la emoción con una alta presencia del zapping, siguiendo las veleidades de los jurados que logran que las audiencias tomen partido, sin reflexión, a favor o en contra de lo que ellos dicen. Emocionan con su falta de coherencia, que es muy colombiana, así como la forma de privilegiar el físico y la terquedad de mantener una discusión sin argumentos de fondo. Es una estrategia que reivindica en cada jurado lo kitsch, lo pop y lo aséptico, las tres mixturas que dan forma al talante de la sociedad colombiana.

Al final queda el físico entretenimiento, sin memoria y sin historia, fiel exponente de la civilización del espectáculo en la que estamos inmersos, si les creemos al filósofo Debord y al escritor Vargas Llosa. Se salvan del olvido quienes a tono con el programa se presentan para tomar del pelo, para burlarse de sí mismos, del jurado, de los televidentes, expresiones de nuestro proverbial mamagallismo.

¿Y entonces?

Semejante crisis se da en medio de la ausencia de regulación, de la licitación de un tercer o cuarto canales privados y la llegada de la TDT, o televisión digital terrestre, un sistema de transmisión y recepción que amplía el espectro y la posibilidad de nuevos canales pero que ahonda, como sucedió en España, la preocupación por los contenidos que no aparecieron, a pesar de la euforia tecnológica y las promesas vindicatorias, parecidas a las exhibidas cuando llegó aquí la televisión privada o la televisión por suscripción.

A pesar de que el sector está estrenando ley, los augurios no son esperanzadores. En este abril desaparece la Comisión Nacional de Televisión, que tenía la función, entre otras, de regular y controlar la calidad de los contenidos televisivos, que fracasó en un mar de desaciertos infestado de politiquería y clientelismo. Pero su reemplazo, en lo que tiene que ver con contenidos, la ANTV, Autoridad Nacional de Televisión, arranca dependiendo del ejecutivo, en tanto que está conformada por un delegado del presidente ―el ministro de las TIC― y otro de las gobernaciones, frente a un representante de las universidades y uno más de la sociedad civil. De este modo, las decisiones cruciales vuelven a tener de manera casi oficial el tinte político del gobernante de turno.
Una de sus primeras tareas será la licitación de un tercer canal o de otro más, si existe la voluntad política de organizar y limpiar el espectro electromagnético para que esas y otras opciones tengan cabida.

Y después los retos que tendremos, tan anunciados pero para los cuales estaremos poco preparados, como la fragmentación de audiencias, por nichos o intereses, y el consumo según las necesidad de cada televidente, sin importar la hora de emisión ni el sitio de recepción con el advenimiento de la televisión móvil… Suena bonito, pero sin contenidos de calidad no habrá paraíso.

Los nuevos enfrentados

Tras la salida de Clara Elvira Ospina, el canal RCN apostó por un periodista experimentado para que se encargue de la dirección general de sus noticieros de televisión. El economista Rodrigo Pardo ha pasado por buena parte de los medios del país: dirigió Cambieo, El Espectador , y fue subdirector de Seman y El Tiempo. Además fue canciller y pasó por las embajadas de Colombia en Venezuela y Francia. El Canal caracol, en cambio, se fue por el lado de la juventud y el conocimiento del periodismo internacional: Luis Carlos Vélez viene de CNN en españo. Allí llevaba seis años a cargo de la sección finaciera. Entró a reemplazar a Darío Fernando Patiño. Experiencia local vs. juventud internacional. ¿Quién arrasará con la audiencia?

Libertad de prensa en Colombia: y el fantasma ahí

Año y medio de cárcel por opinar contra un político. Este acoso judicial contra un periodista de provincia es parte de la renovada -y más sofisticada- censura contra los medios independientes que hoy está recorriendo a Suramérica: Venezuela, Ecuador, Argentina…y Colombia. Análisis de un periodista reconocidamente independiente.

Por Mario Morales

(Publica Razón Pública)

Andamos mal

Alguien dirá que hemos evolucionado en Colombia. Lo usual era la violencia contra los periodistas. La violencia física, el asesinato o la agresión, como pasa hoy en Guatemala o en México.

Reporteros sin Fronteras (RSF) denomina represión al ambiente que caracteriza la situación de libertad de prensa 2011-2012 en el mundo. Y ahí aparecen también países de difícil ubicación en el mapa como Eritrea y Turkmenistán, o de difícil acceso, como Siria o Irán.

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Luis Agustín González, director del diario Cundinamarca Democrática, condenado por una columna crítica, titulada “No más”, acerca de la política, Leonor Serrano de Camargo. Foto: Flip.

Una mirada desprevenida a los informes sobre el estado de la libertad de prensa en Colombia, como el más reciente de la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), reforzaría la idea de que avanzamos, si nos referimos al count body, por ejemplo. No hubo asesinatos de periodistas el año pasado y solo se documentaron 18 agresiones físicas.

No obstante, seguimos bien abajo en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa de RSF: Colombia, puesto 143 entre 179 países; Venezuela, puesto 120; Ecuador, puesto 104; Cuba, puesto 167; China, puesto174…

Censura cada vez más sofisticada

Así como se ha ido sofisticando el trabajo sincronizado y responsable de organizaciones en Colombia para defender el ejercicio del periodismo, las formas de constreñimiento de la libertad de prensa también se han sofisticado:

  • de la estigmatización, por presunta asociación ideológica con grupos armados ilegales, pasamos tan rápida como impunemente a
  • las interceptaciones ilegales por organismo del Estado, que afectaron por los menos a docena y media de comunicadores y, en el mismo carril de velocidad, a
  • la obstrucción del acceso a la información pública y
  • al hostigamiento judicial, tan viejo en sus intenciones como renovado en sus estrategias.

Entre las múltiples amenazas a la libertad de prensa, quizás la más paradójica aquí y en los países vecinos, es la que se asienta en la ley y el derecho. Ante las denuncias en el ámbito internacional, las técnicas tuvieron que mutar, pero el objetivo sigue siendo el mismo: controlar, limitar o desinformar desde la esfera pública.

En eso se parecen todos: las dictaduras, las dictablandas, los países que dicen portar el estandarte de la democracia… Y son precisamente las estrategias para controlar esa información utilizadas por los poderes — el político, el económico, el mafioso o sus combinaciones — las que permiten determinar la amplitud y el talante del espectro democrático: son su termómetro, quizás su principal indicador.

Acoso judicial

El primer objetivo alcanzado es desviar el debate en torno a la entraña política o ideológica de gobiernos o funcionarios para llevarlo a los terrenos de la interpretación jurídica.

Quizás bastaría con citar la insólita confirmación — hace apenas dos semanas, en segunda instancia por parte del Tribunal Superior de Cundinamarca — de la sentencia por injuria contra el periodista Luis Agustín González, director del diario Cundinamarca Democrática, por una columna crítica, titulada “No más”, acerca de la exgobernadora y congresista Leonor Serrano de Camargo.

Se trata de un perfil crudo, si se quiere, con una buena dosis de adjetivación de una aspirante a un cargo público. Es decir, opinión en un momento coyuntural de las recientes elecciones. Los límites, como sabemos, los impone la buena fe del periodista. Sus únicos activos: el buen nombre y el derecho a la honra. Pero no era una nota informativa sujeta a estándares factuales de verificación, en estricto sentido. El fallo no permite entrever esta disociación de géneros. Su contundencia es angustiante: año y medio de cárcel y cerca de diez millones de pesos de multa. Queda el recurso de casación para determinar la suerte de ese comunicador en particular.

Pero el efecto está logrado: la resurrección del delito de opinión y la jurisprudencia que sienta. Nadie había llegado tan lejos. Intentos hubo: Alfredo Molano, Salud Hernández, Oscar Collazos. Todos ellos sumergidos en largos procesos para estrangular su tiempo y su presupuesto. Todos ellos acompañados de amenazas justicieras y vindicaciones en nombre de la verdad, el bien común, los derechos inalienables de las personas y otro largo etcétera.

Pero esta es una pena de prisión de veras. Se trata de una retaliación por ejercer el derecho de opinar, negando el principio de buena fe y la flexibilidad de las fronteras, que una democracia debe tener para escudriñar las actuaciones de quienes se dedican a la cosa pública, e inclina la balanza a favor de la mordaza frente al proverbial dilema de una prensa desbordada.

La sanción de cárcel, la humillación pública, el constreñimiento del derecho al trabajo y la eliminación de ese género periodístico en la agenda inmediata magnifican el peso del “poder”. Se apela a un fuero que no necesitan y ni siquiera invocan los gobernantes y funcionarios transparentes y honestos. Se cierra de paso el necesario debate sobre la despenalización de la injuria y la calumnia, que hoy tiene lugar en otras latitudes.

El acoso judicial bajo el disfraz de legalidad logra neutralizar al periodista demandado, sirve de escarmiento para sus colegas y retarda las investigaciones periodísticas y judiciales sobre un tema o personaje determinado.

En últimas, salen perdiendo las audiencias urgidas de información necesaria para ser libres y gestionar sus vidas: la base de los elementos del periodismo en términos de los colegas estadounidenses Kovach y Rosenstiel.

La nueva represión

Se está abriendo la caja de Pandora donde reposan los intentos de legislar, sancionar y controlar el ejercicio del periodismo mediante leyes marco sobre comunicación y prensa, que con apariencia de constitucionalidad han adelantado, con éxito o sin él, los gobiernos ecuatoriano, argentino, venezolano y colombiano, entre otros, en los albores de la década

Se trata de proyectos de reformas y nuevas leyes que buscan suministrar herramientas a demandantes o Estados para regular la prensa en términos empresariales, de derecho, y de acceso y circulación de la información, escondiéndose tras el pretendido bien común.

En paralelo con demandas, condenas y penas de periodistas, los medios mismos se han convertido en los países vecinos en objeto de persecuciones, producto de la extrema polarización política, que han terminado en multas impagables, cierres, tomas, suplantaciones, exilio de sus directivos y dueños…y clemencias hipócritas.

Venezuela, Ecuador, Argentina, ejemplos elocuentes

En Venezuela por ejemplo, decisiones de ley ya han dejado muchas víctimas: como Francisco Pérez, columnista del diario El Carabobeño; Guillermo Zuluaga, presidente de Globovision; Leocenis García, editor del semanario Sexto Poder; Laureano Márquez, cuyas sátiras provocaron la ira y una multa de 50 mil dólares; Miguel Angel Rodríguez, por supuestamente incitar al golpe de Estado; en fin, Rafael Toledo, editor de la revista Nuevo País. Juicios que — aparte de servir de advertencia a sus colegas — obligan a las víctimas a buscar el exilio o a someterse al silencio, para no tener que huir.

Este ambiente enrarecido se ha ido materializando en formas cada vez más agresivas: multas millonarias y toma de partes accionarias, como en el caso de Globovisión; suspensión de frecuencias, como la de RTVC; cierres definitivos, como los de 34 estaciones de radio y TV local por “razones administrativas”; leyes, como la denominada ‘Resorte’ para permitir requisas de canales obligados a conectarse al canal del Estado.

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En Ecuador por la “gracia presidencial” de Rafael Correa perdonó al diario El Universo y a tres de sus periodistas, de multas onerosas.

Ecuador sigue las mismas coordenadas en una guerra mediática que ha pasado de los insultos a las demandas o a nuevas leyes, que en nombre del derecho a la comunicación y de la prohibición de monopolios en la propiedad de los medios, avanza hacia la conformación de nuevos estatutos para el periodismo, invocando la seguridad nacional y el orden público, cuyos límites rayan en la censura.

El gobierno, encargado de garantizar la pluralidad y la independencia, ha creado sus propios medios escritos y audiovisuales que no han estado exentos de denuncias por censura interna como en el caso de El Telégrafo.

Los medios de oposición, en cambio, deben lidiar imposiciones e intromisiones en sus parrillas o enfrentar procesos por contenidos que el gobierno no ha encontrado bien alineados, como en el caso de Teleamazonas. Y claro: siempre están abiertas las puertas de la cárcel, como sucedió con Milton Chacaguasay, director de La Verdad, debido a sus denuncias por presunta corrupción.

Pero sin duda, el hecho que atrajo la atención mundial sobre el riesgo de la prensa y de los periodistas en ese Ecuador fue la denominada “gracia presidencial” con la que el gobierno perdonó al diario El Universo y tres de sus periodistas, tras su condena en doble instancia por calumnia injuriosa a 36 meses de cárcel y el pago de 40 millones de dólares al propio presidente Correa.

La salida ideada por el gobierno ecuatoriano como un gesto en defensa de la libertad de expresión, para el resto del continente fue resultado de la insoportable presión de organismos, gobiernos, periodistas y medios que incluso decidieron reproducir la columna de opinión que fue el florero de Llorente en esa confrontación, como lo hicieron muchos medios colombianos. Una de las formas más potentes de censura quedó desenmascarada.

Aunque Argentina ha salido mejor librada en todos los indicadores y aparece entre los primeros 50 países en el escalafón de la libertad de prensa, no ha sido ajena al conflicto entre el gobierno y los medios de oposición, cuyo origen se remonta a La Nación y se hizo extensivo recientemente al grupo Clarín. La promulgación de la Ley de servicios de comunicación audiovisual, con el pretexto de evitar el monopolio de medios, tenía un destinatario específico, habitual crítico de la presidenta de la República.

Ese país es uno de los pocos en la región que avanza de veras hacia la despenalización de la injuria y la calumnia y hacia eliminar la pena de cárcel para esos casos.

El fantasma…ahí

En lo ámbitos descritos el periodismo sigue siendo incómodo, por asumir el papel vertebral y funcional de contrapoder. Y si incomoda es porque determinados poderes centrales, sectoriales o ilegales preferirían reducir las libertades democráticas, y en particular la libertad de prensa.

En fin, no hemos evolucionado tanto… El fantasma sigue ahí, metamorfoséandose para controlar la información y torciendo los derechos y la ley para disfrazar de legal lo que a todas luces es ilegítimo. Por eso estamos donde estamos.
 Mario_Morales_libertad_prensa
* Magíster en Estudios literarios, con estudios en periodismo y especialización en medios y opinión pública. Periodista y analista de medios. Ha sido columnista de El Tiempo, Semana.com, Radiosucesos RCN y actualmente de El Espectador. Dirige actualmente la Especialización en Televisión de la Universidad Javeriana y el campo de periodismo.
www.mariomorales.info

twitter1-1@marioemorales

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