Pullas y tatequietos

Por Mario Morales

Pulla va, pulla viene. Ya apesta ese rifirrafe entre el actual y el pasado gobierno y sus mutuas acusaciones de corrupción, la madre de todos nuestros males. Algo deben saber, que los encargados de impartir justicia no, quienes sugieren que anteriores o presentes funcionarios, familiares, amigos, financiadores y defensores tienen rabo de paja. Pero apenas sugieren, sin pasar del mutuo señalamiento o de esparcir cizaña. (Publica El Espectador)

Esas murmuraciones, especulaciones y chismes baratos servirían para algo si no supiéramos que están enunciados como simples “tatequietos” o vulgares advertencias a los adversarios para recordarse sus malos pasos. El manido y muy mencionado por estos días, “hagámonos pasito”.

En cambio refuerzan los imaginarios populares de una clase política descompuesta, deshonesta y oportunista. Ahí está la raíz de la aversión de la gente a la política, del distanciamiento de los partidos y de quienes se autoproclaman líderes políticos en medio del desprestigio.

Cosa distinta sería si esos dedos señaladores se hicieran acompañar de pruebas que permitieran la apertura de procesos serios que develaran los intríngulis que desangran los bienes públicos y defraudan la confianza de los ciudadanos.

Pero no, seguimos a expensas de las investigaciones de autoridades internacionales o de las delaciones convenientes de los cómplices, que ofrecen chivos expiatorios para esconder a otros responsables, como siempre sucede en el bajo mundo.

Y en medio de ello, la indolencia general que no pasa del murmullo indignado, bien porque la narrativa de la corrupción está contada de manera abstracta, sin víctimas de carne y hueso; bien porque realmente creen que esos dineros no son de todos y no salen de sus bolsillos; o bien porque en los estándares morales transmitidos de generación en degeneración ese, el de esquilmar el tesoro o la fe públicas, es un mal menor; eso sí, mientras a cada uno se le presenta la oportunidad de ordeñar al Estado por propia mano.

Ingenuo pero necesario

La vida es sueño y soñar que esa pequeña parte del No que se tomó la vocería iba a ceder a favor del nuevo acuerdo de paz era ingenuo pero necesario. Ingenuo porque ya se sabía que no se iban a conformar con perder el protagonismo con el que se autoinvistieron, y porque es claro que van por más, confundidos como están, creyendo que el resultado del plebiscito era un espaldarazo para que conegociaran y luego cogobernaran. (Publica el Esepctador)

Pero también era necesario conversar con ellos para ganar legitimidad en un proceso que ha pretendido ser consensuado, que se debe complementar en los debates parlamentarios y que requiere de avales constitucionales.

Si esa parte de voceros del No realmente está interesada en construir la paz con un “mejor acuerdo” que esta renegociación, que prepare argumentos para debatir en el Congreso o en una mesa paralela con el Gobierno sobre los temas en los que ellos no concuerdan y en los que puede haber, y hay que reconocerlo, mejorías razonables: los que tienen que ver con el secuestro, garantías a los derechos de la mujer sin enfoque de género y las preocupaciones de los integrantes de las Fuerzas Armadas.

Es momento de despojarse de terrores infundados como ultimátums o pateadas a las mesas de diálogo. Las profecías sobre hecatombes, luego de todo lo que ha pasado, ya no son creíbles. Unos y otros deben superar las “formas” en que se han tratado y que se endilgan mutuamente, superar la soberbia del poder o de haber ganado una elección y entender que se necesitan inevitablemente.

Con la cooptación de espacios de violencia, el renacer de acciones paramilitares, asesinatos de policías —van cuatro en Antioquia— y los 70 activistas de derechos humanos, el tiempo juega en contra de todos, de los ciudadanos inermes, de la Fuerza Pública que debe concentrarse en otros quehaceres y de la institucionalidad de este país que se resiste a soñar distinto, así parezca ingenuo, enquistado como está en la pesadilla de odio y de guerra.

Ponderación, por favor

Por Mario Morales

Debe primar la ponderación. Y de eso no tienen en estos momentos los voceros del No y los del Gobierno para mirar con ecuanimidad si son sustantivos los cambios en el nuevo acuerdo de paz con las Farc. Perdida la credibilidad tanto en el denominado “mejor acuerdo posible”, como en el “espíritu constructivo” de quienes se le opusieron en el pasado plebiscito, van quedando pocas alternativas para salir del berenjenal de egos, afanes e intereses en el que se convirtió la renegociación. (Publica el Esepctador)

La primera, escuchar una vez más los reparos de la oposición, para socializar e introducir por última vez aportes, adendas y precisiones que no afecten el grueso del acuerdo y que no obliguen a nueva negociación en La Habana.

La segunda, cerrar el ciclo de discusiones y comenzar el proceso legislativo de refrendación, con la posibilidad de que en los debates parlamentarios puedan incluirse temas y acciones consensuadas sobre la marcha.

La tercera, la más improbable, buscar la mediación con un órgano ad hoc consensuado, que, con plazo y reglas fijas, estudie, integre y avale aquellos puntos donde hoy hay diferencias irreconciliables.

Pero lo que no se puede hacer, y en eso tiene razón Humberto de la Calle, es dejar abierta esa puerta de manera indefinida. No le hace bien al proceso el ritmo atropellado del Gobierno, dejando la idea de barnizado y embellecimiento del primer acuerdo; como tampoco la calma chicha enranchada en la pausa y la demora de quienes quieren confundir la negativa en la urnas al plebiscito con un mandato de cogobierno en la toma de decisiones.

Es menester que la renegociación cuente con el aval de quienes dijeron No el 2 de octubre, pero no al precio de convertirla en la conversación más larga del mundo.

Moraleja: Hemos tocado fondo en el debate por la paz. Ojalá no lleguemos a la mezquindad de involucrar la salud presidencial en estas discusiones.

¿Príncipes o plebeyos?

Por Mario Morales

Y entonces uno quiere huir de esa parafernalia del protocolo en que nos metió el presidente Santos con su visita a Londres y se encuentra con esas tribunas atestadas donde se proclama o practica el nuevo deporte nacional, el del matoneo. (Publica El Espectador)

Por eso no es fácil vivir en esta sociedad, si hacerlo significa, representarlo con los modos de decir o los modos de ver que muelen los medios exultados por el boato de la visita presidencial o por el barroco excesivo en los gestos, ademanes y en esa solemnidad tan ajena a este trópico desabrochado que, no obstante, reserva un rescoldo para los suspiros de estas generaciones nuestras criadas a punta de cuentos principescos, heráldicas y blasones. Soñando con lo que no somos, como en las encuestas.

Una paradoja, si la comparamos con ese modo interior, inveteradamente soliviantado y pelión que tratamos de ocultar, pero que termina aflorando ante la menor disputa o el más pequeño disparate. Primero fuimos maestros en la envidia, como dijera Cochise; luego expertos en la criticadera, como lo sabemos todos; pero vamos a graduarnos en el vulgar matoneo que a veces pasa de las palabras a los hechos como lo demuestran esas ocho muertes diarias a cuchillo, casi seis por culpa de riñas.

Y comienza con el terror infligido a personas con orientaciones sexuales distintas en colegios, como se ventila esta semana. O a los que piensan distinto, como ese absurdo ataque de los autodenominados antifascitas contra manifestantes que reivindicaban el No en el plebiscito. O a los hinchas del fútbol como hacen esos vándalos disfrazados de barristas, como los que decían ser del Pereira luego de la derrota en Techo. O de los poderosos, al estilo Uribe, que arremeten contra el periodismo, descargándose en el mensajero. O de los anónimos como tratan de hacer contra la frentera escritora y docente Carolina Sanín.

No, definitivamente no somos los protagonistas de los desfiles en palacios y principados desuetos. Somos estos plebeyos que no nos soportamos unos a otros.

La opción perdida

Por Mario Morales

Recomenzamos, pero recomenzamos mal. Como si no hubiéramos aprendido de las duras lecciones del plebiscito. Se nos llena la boca diciendo que ahora sí va la paz total con el inicio de la fase pública con el Eln, pero seguimos sin escuchar a quienes, sin matrícula, estuvieron física o anímicamente con el No, a los que estuvieron con el Sí aunque con peros y a quienes en el 62 % de abstención se hartaron del dogmatismo, la presión de la presunta mayoría y de la soberbia moral e intelectual que seguimos exhibiendo todos, como si siguiéramos en contienda. (Publica El Espectador)

En la agenda política y en la mediática parece no haber cambiado nada. Seguimos considerando el proceso como una pugna personalizada entre Santos (aupado por el Nobel) y Uribe, a quien graduamos sin prueba y sin derecho como dueño de esos seis millones de votos que algunos quieren convertir en fetiche.

Seguimos todos (Gobierno, líderes de opinión y periodismo) narrando y calificando con estereotipos o con simplificaciones. Pretendemos hacer creer que Uribe ahora sí es una mansa paloma, desconociendo su carácter recalcitrante y destructivo, pero ignoramos a la población que, estando lejos del uribismo, le negó su voto al plebiscito por razones personales, morales o conceptuales y que fueron silenciadas con falsos dilemas o argumentos que antes que de autoridad estuvieron cerca del autoritarismo.

Seguimos exacerbados en la emoción con cada premio, con cada anuncio y con cada marcha como lo estuvimos durante estos últimos cuatro años: pensando con el deseo.

Por eso hoy somos presa fácil de las soluciones fáciles, como esa de dejar que Uribe y sus intereses les metan mano a los acuerdos; los lobos cuidando a las ovejas.

Por eso hoy somos rehenes de las soluciones rápidas, de que se haga cualquier cosa antes de que llegue el 31.

La opción perdida no fue la del plebiscito, como se ha dicho, sino la de no aprovechar la coyuntura para redescubrirnos, escuchar otras voces y tener la oportunidad de cambiar, por lo menos un poquito, de opinión.

Medievales

Por Mario Morales

Es duro reconocerlo, pero luego del plebiscidio no hay más remedio que asumir que nuestras expectativas como sociedad y cultura estaban sobrevaloradas. Por más que intentemos explicar la hecatombe con los errores crasos de los partidos, la infrapedagogía, la equivocada propaganda política y hasta en los factores climáticos, la verdad monda y lironda es que seguimos anclados en esa época pacata, hipócrita y ultraconservadora de mediados del siglo XX. La misma que dio lugar a este país arrejuntado, sectario, violento y excluyente, amarrado al mástil del terror y sordo a los ecos de la posmodernidad. (Publica El Espectador)

Una democracia tendría que asumirse como capaz de aceptar incluso este tipo de ideas y creencias congeladas en el tiempo. Lo que es inaceptable es la doble moral de quienes piensan así, que son mayoría indudable, que se niegan a salir del clóset, actúan al escondido y, de manera vergonzante, se presentan como contemporáneos y hasta de avanzada.

Ese complejo de apariencia ayuda a entender no solo el descache de las encuestas, sino la vigencia de pretendidos caudillos, propios de un país que les tiene pavor a la libertad y a la autodeterminación y deposita su confianza en fantasmas autoritarios encarnados en los gamonales y capataces de siempre.

De ahí el estupor internacional y de quienes no entienden que sigamos enraizados en el medioevo de chismes conventuales y costumbres de regimiento.

Es pues exagerado decir que la historia se repite; aquí el tiempo está detenido. Las vanguardias han sucumbido a la ley de la gravedad y al determinismo, y la indiferencia de los jóvenes se replica de generación en generación, como una tara.

De nuevo serán “las fuerzas vivas”, es decir, las élites trasnochadas, las que decidan el rumbo, con las velas plegadas y las naves ancladas. Reverdece el frentenacionalismo con la vieja disculpa de que solo así todos cabemos.

Ya vienen los acuerdos para que nada cambie y eso que llamarán paz sea solo un paréntesis entre nuestros odios eternos.

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