Tevecéntricos, peitárquicos y deseosos

Hay cosas que nos unen, que nos identifican. Claro, pasan al escondido entre las refriegas proverbiales por la reelección inmediata, la burocracia a cambio de votos (y viceversa), la última encuesta de favorabilidad y hasta en el nombre del seleccionador nacional de fútbol.Por ejemplo, y quién puede negarlo, somos un país tevecéntrico del estrato cero al siete. La categoría, estudiada por la analista simbólica de Harvard, Pippa Norris, significa mucho más que el frote manos de la Asociación Nacional de Anunciantes y de los icepresidentes creativos de los canales privados.Según la Norris, existe una íntima relación entre los medios preferidos y la vocación democrática de las naciones. Por ejemplo, los países «tevecéntricos» (como Grecia, Turquía, México, Polonia y Colombia), tienen menor calidad y tradición democrática y mayor injerencia de los gobiernos sobre la prensa. A diferencia de los “diariocéntricos

A prisión, periodista norteamericana por no revelar las fuentes

Envían a prisión a una periodista norteamericana por no revelar las fuentes de un artículo Un juez federal ha ordenado el encarcelamiento por desacato de la periodista Judith Miller, del diario The New York Times, por negarse a revelar sus fuentes de información en un caso vinculado a una agente de la Agencia Central de Información (CIA).

El juez Thomas Hogan decidió que Miller, que podría permanecer en prisión hasta 18 meses si mantiene su negativa, siga en libertad mientras apela el fallo. El caso se remonta a junio de 2003 cuando el columnista Robert Novak publicó en el diario The Washington Post un artículo basado en fuentes oficiales pero anónimas, en el que identificaba como agente encubierta de CIA a Valerie Plame, esposa del ex embajador estadounidense Joseph Wilson.

En Estados Unidos es un delito federal la revelación de la identidad de agentes secretos. Novak, un columnista conservador y bien relacionado con la Casa Blanca, se ha negado a revelar quién le dio la información sobre Plame. La identidad de la agente se hizo pública después de que su esposo, el ex embajador Joseph Wilson, afirmara en una columna periodística que el presidente Bush utilizó información falsa cuando declaró que el derrocado presidente iraquí Sadam Husein intentó comprar uranio en Africa para fabricar armas nucleares.

Floyd Abrams, el abogado de Miller, presentará una apelación de inmediato y señaló que la periodista ni siquiera había escrito un artículo sobre el caso Plame, y sólo había reunido material para escribirlo. El fiscal federal Patrick Fitzgerald, que lleva la investigación, ha citado también a periodistas de la cadena de televisión NBC, la revista Time y el diario The Washington Post.

Algunos han dado información limitada acerca de sus fuentes, especialmente después que Lewis Libby, jefe de gabinete del vicepresidente Dick Cheney, les relevó de su compromiso de mantener la reserva. Miller y el director ejecutivo del New York Times, Bill Keller, han dicho que no aceptarán bajo ninguna circunstancia ofrecer testimonio.

# posted by acrow : 8.10.04

*Dircom Digital.

El escándalo de la retractación de la CBS

La CBS se retracta sobre Bush

Dan Rather.

La cadena CBS y su presentador estrella, el veterano Dan Rather, tuvieron que rectificar ayer en lo que supone uno de los escándalos mediático-políticos más graves de los últimos años en EE.UU. La cadena de televisión admitió que los documentos presentados hace unos días en el programa 60 minutes, relativos a la época del presidente George W. Bush en la Guardia Nacional Aérea de Texas, en plena guerra de Vietnam, podrían no ser auténticos.

Tras negarlo repetidamente, la CBS y Rather han reconocido que no verificaron bien sus fuentes y han pedido perdón. Los documentos, supuestamente redactados por el entonces superior de Bush, el teniente coronel Jerry Killian –ya fallecido–, debían probar que el hoy presidente no se presentó a exámenes médicos obligatorios para seguir siendo piloto e incumplió sus deberes, además de obtener un trato de favor para ser licenciado con honor, todo ello por ser el hijo de un personaje influyente el Texas como el entonces congresista George Bush, que luego sería jefe de la CIA, vicepresidente durante ocho años y presidente durante cuatro.

La Casa Blanca no se dio por satisfecha con las explicaciones de la CBS y pidió que el asunto fuese investigado más a fondo para que se sepa quién fabricó los documentos. El escándalo podría ser el final profesional de Rather, de 72 años, que lleva más de dos decenios presentando las noticias de la noche de la CBS.

EL QUINTO PODER. Por Ignacio Ramonet

La prensa y los medios de comunicación han sido, durante largos decenios, en el marco democrático, un recurso de los ciudadanos contra el abuso de los poderes. Pero en los países democráticos también pueden cometerse graves abusos. El verdadero poder es actualmente detentado por un conjunto de grupos económicos planetarios y de empresas globales cuyo peso en los negocios del mundo resulta a veces más importante que el de los gobiernos y los Estados. Ellos son los ´nuevos amos del mundo´ que se reúnen cada año en Davos, en el marco del Foro Económico Mundial, e inspiran las políticas de la gran Trinidad globalizadora: Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y Organización Mundial del Comercio…07/05/2004:

La prensa y los medios de comunicación han sido, durante largos decenios, en el marco democrático, un recurso de los ciudadanos contra el abuso de los poderes. En efecto, los tres poderes tradicionales -legislativo, ejecutivo y judicial- pueden fallar, confundirse y cometer errores. Mucho más frecuentemente, por supuesto, en los Estados autoritarios y dictatoriales, donde el poder político es el principal responsable de todas las violaciones a los derechos humanos y de todas las censuras contra las libertades.

Pero en los países democráticos también pueden cometerse graves abusos, aunque las leyes sean votadas democráticamente, los gobiernos surjan del sufragio universal y la justicia -en teoría- sea independiente del ejecutivo. Puede ocurrir, por ejemplo, que ésta condene a un inocente (¡cómo olvidar el caso Dreyfus en Francia!); que el Parlamento vote leyes discriminatorias para ciertos sectores de la población (como ha sucedido en Estados Unidos, durante más de un siglo, respecto de los afro-estadounidenses, y sucede actualmente respecto de los oriundos de países musulmanes, en virtud de la «Patriot Act»); que los gobiernos implementen políticas cuyas consecuencias resultarán funestas para todo un sector de la sociedad (como sucede, en la actualidad, en numerosos países europeos, respecto de los inmigrantes «indocumentados»).

En un contexto democrático semejante, los periodistas y los medios de comunicación a menudo han considerado un deber prioritario denunciar dichas violaciones a los derechos. A veces, lo han pagado muy caro: atentados, «desapariciones», asesinatos, como aún ocurre en Colombia, Guatemala, Turquía, Pakistán, Filipinas, y en otros lugares. Por esta razón durante mucho tiempo se ha hablado del «cuarto poder». Ese «cuarto poder» era, en definitiva, gracias al sentido cívico de los medios de comunicación y al coraje de valientes periodistas, aquel del que disponían los ciudadanos para criticar, rechazar, enfrentar, democráticamente, decisiones ilegales que pudieran ser inicuas, injustas, e incluso criminales contra personas inocentes. Era, como se ha dicho a menudo, la voz de los sin-voz.

Desde hace una quincena de años, a medida que se aceleraba la mundialización liberal, este «cuarto poder» fue vaciándose de sentido, perdiendo poco a poco su función esencial de contrapoder. Esta evidencia se impone al estudiar de cerca el funcionamiento de la globalización, al observar cómo llegó a su auge un nuevo tipo de capitalismo, ya no simplemente industrial sino predominantemente financiero, en suma, un capitalismo de la especulación. En esta etapa de la mundialización, asistimos a un brutal enfrentamiento entre el mercado y el Estado, el sector privado y los servicios públicos, el individuo y la sociedad, lo íntimo y lo colectivo, el egoísmo y la solidaridad.

El verdadero poder es actualmente detentado por un conjunto de grupos económicos planetarios y de empresas globales cuyo peso en los negocios del mundo resulta a veces más importante que el de los gobiernos y los Estados. Ellos son los «nuevos amos del mundo» que se reúnen cada año en Davos, en el marco del Foro Económico Mundial, e inspiran las políticas de la gran Trinidad globalizadora: Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y Organización Mundial del Comercio. Es en este marco geoeconómico donde se ha producido una metamorfosis decisiva en el campo de los medios de comunicación masiva, en el corazón mismo de su textura industrial.

Los medios masivos de comunicación (emisoras de radio, prensa escrita, canales de televisión, internet) tienden cada vez más a agruparse en el seno de inmensas estructuras para conformar grupos mediáticos con vocación mundial. Empresas gigantes como News Corps, Viacom, AOL Time Warner, General Electric, Microsoft, Bertelsmann, United Global Com, Disney, Telefónica, RTL Group, France Telecom, etc., tienen ahora nuevas posibilidades de expansión debido a los cambios tecnológicos. La «revolución digital» ha derribado las fronteras que antes separaban las tres formas tradicionales de la comunicación: sonido, escritura, imagen. Permitió el surgimiento y el auge de internet, que representa una cuarta manera de comunicar, una nueva forma de expresarse, de informarse, de distraerse.

Desde entonces, las empresas mediáticas se ven tentadas de conformar «grupos» para reunir en su seno a todos los medios de comunicación tradicionales (prensa, radio, televisión), pero además a todas las actividades de lo que podríamos denominar los sectores de la ultura de masas, de la comunicación y la información. Estas tres esferas antes eran autónomas: por un lado, la cultura de masas con su lógica comercial, sus creaciones populares, sus objetivos esencialmente mercantiles; por el otro, la comunicación, en el sentido publicitario, el marketing, la propaganda, la retórica de la persuasión; y finalmente, la información con sus agencias de noticias, los boletines de radio o televisión, la prensa, los canales de información continua, en suma, el universo de todos los periodismos.

Estas tres esferas, antes tan diferentes, se imbricaron poco a poco para constituir una sola y única esfera ciclópea en cuyo seno resulta cada vez más difícil distinguir las actividades concernientes a la cultura de masas, la comunicación o la información (1). Por añadidura, estas empresas mediáticas gigantes, estos productores en cadena de símbolos multiplican la
difusión de mensajes de todo tipo, donde se entremezclan televisión, dibujos animados, cine, videojuegos, CD musicales, DVD, edición, ciudades temáticas estilo Disneylandia, espectáculos deportivos, etc.

En otras palabras, los grupos mediáticos poseen de ahora en adelante dos nuevas características: primeramente, se ocupan de todo lo concerniente a la escritura, de todo
lo concerniente a la imagen, de todo lo concerniente al sonido, y difunden esto mediante los canales más diversos (prensa escrita, radio, televisión hertziana, por cable o satelital, vía internet y a través de todo tipo de redes digitales). Segunda característica: estos grupos son mundiales, planetarios, globales, y no solamente nacionales o locales.

En 1940, en una célebre película, Orson Welles arremetía contra el «superpoder» de Citizen Kane (en realidad, el magnate de la prensa de comienzos del siglo XX, William Randolph Hearst). Sin embargo, comparado con el de los grandes grupos mundiales de hoy, el poder de Kane era insignificante. Propietario de algunos periódicos en un solo país, Kane disponía de un poder ínfimo (sin por ello carecer de eficacia a nivel local o nacional (2)) en comparación con los archipoderes de los megagrupos mediáticos de nuestro tiempo.
Estas megaempresas contemporáneas, mediante mecanismos de concentración, se apoderan de los sectores mediáticos más diversos en numerosos países, en todos los continentes, y se convierten de esta manera, por su peso económico y su importancia ideológica, en losprincipales actores de la mundialización liberal. Al haberse convertido la comunicación (extendida a la informática, la electrónica y la telefonía) en la industria pesada de nuestro tiempo, estos grandes grupos pretenden ampliar su dimensión a través de incesantes adquisiciones y presionan a los gobiernos para que anulen las leyes que limitan las concentraciones o impiden la constitución de monopolios o duopolios (3).

La mundialización es también la mundialización de los medios de comunicación masiva, de la comunicación y de la información. Preocupados sobre todo por la preservación de su gigantismo, que los obliga a cortejar a los otros poderes, estos grandes grupos ya no se proponen, como objetivo cívico, ser un «cuarto poder» ni denunciar los abusos contra el derecho, ni corregir las disfunciones de la democracia para pulir y perfeccionar el sistema político. Tampoco desean ya erigirse en «cuarto poder» y, menos aun, actuar como un contrapoder.
Si, llegado el caso, constituyeran un «cuarto poder», éste se sumaría a los demás poderes existentes –político y económico- para aplastar a su turno, como poder suplementario, como poder mediático, a los ciudadanos. La cuestión cívica que se nos plantea de ahora en adelante es la siguiente: ¿cómo reaccionar? ¿Cómo defenderse? ¿Cómo resistir a la ofensiva de este nuevo poder que, de alguna manera, ha traicionado a los ciudadanos y se ha pasado con todos sus bártulos al enemigo?.

Es necesario, simplemente, crear un «quinto poder». Un «quinto poder» que nos permita oponer una fuerza cívica ciudadana a la nueva coalición dominante. Un «quinto poder» cuya función sería denunciar el superpoder de los medios de comunicación, de los grandes grupos mediáticos, cómplices y difusores de la globalización liberal. Esos medios de comunicación que, en determinadas circunstancias, no sólo dejan de defender a los ciudadanos, sino que a veces actúan en contra del pueblo en su conjunto. Tal como lo comprobamos en Venezuela. En este país latinoamericano donde la oposición política fue derrotada en 1998 en elecciones libres, plurales y democráticas, los principales grupos de prensa, radio y televisión han desatado una verdadera guerra mediática contra la legitimidad del presidente Hugo Chávez (4). Mientras que éste y su gobierno se mantienen respetuosos al marco democrático, los medios de comunicación, en manos de un puñado de privilegiados, continúan utilizando toda la artillería de las manipulaciones, las mentiras y el lavado de cerebro para tratar de intoxicar la mente de la gente (5). En esta guerra ideológica, han abandonado por completo la función de «cuarto poder»; pretenden desesperadamente defender los privilegios de una casta y se oponen a toda reforma social y a toda distribución un poco más justa de la inmensa riqueza nacional (ver artículo de Maurice Lemoine, páginas 16-17).

El caso venezolano es paradigmático de la nueva situación internacional en la cual grupos mediáticos enfurecidos asumen abiertamente su nueva función de perros guardianes del orden económico establecido, y su nuevo estatuto de poder antipopular y anticiudadano. Estos grandes grupos no sólo se asumen como poder mediático, constituyen sobre todo el brazo ideológico de la mundialización, y su función es contener las reivindicaciones populares que tratan de adueñarse del poder político (como logró hacerlo, democráticamente, en Italia, Silvio Berlusconi, dueño del principal grupo de comunicación trasalpino).

La «guerra sucia mediática» librada en Venezuela contra el presidente Hugo Chávez es la réplica exacta de lo que hizo, de 1970 a 1973, el periódico El Mercurio (6) en Chile contra el gobierno democrático del presidente Salvador Allende, hasta empujar a los militares al golpe de Estado. Campañas semejantes, donde los medios de comunicación pretenden destruir la democracia, podrían reproducirse mañana en Ecuador, Brasil o Argentina contra toda reforma legal que intente modificar la jerarquía social y la desigualdad de la riqueza. Al poder de la oligarquía tradicional y al de los típicos reaccionarios, se suman actualmente los poderes mediáticos. Juntos -¡y en nombre de la libertad de expresión!- atacan los programas que defienden los intereses de la mayoría de la población. Tal es la fachada mediática de la globalización. Revela de la forma más clara, más evidente y más caricaturesca la ideología de la mundialización liberal. Medios de comunicación masiva y mundialización liberal están íntimamente ligados. Por eso, es urgente desarrollar una reflexión sobre la manera en que los ciudadanos pueden exigir a los grandes medios de comunicación mayor ética, verdad, respeto a una deontología que permita a los periodistas actuar en función de su conciencia y no en función de los intereses de los grupos, las empresas y los patrones que los emplean.

En la nueva guerra ideológica que impone la mundialización, los medios de comunicación son utilizados como un arma de combate. La información, debido a su explosión, su multiplicación, su sobreabundancia, se encuentra literalmente contaminada, envenenada por todo tipo de mentiras, por los rumores, las deformaciones, las distorsiones, las manipulaciones. Se produce en este campo lo ocurrido con la alimentación. Durante mucho tiempo, el alimento fue escaso y aún lo es en numerosos lugares del mundo. Pero cuando gracias a las revoluciones agrícolas los campos comenzaron a producir en sobreabundancia, particularmente en los países de Europa occidental o de América del Norte, se observó que numerosos alimentos estaban contaminados, envenenados por pesticidas, que provocaban enfermedades, causaban infecciones, generaban cánceres y todo tipo de problemas de salud, llegando incluso a producir pánico en las masas como el mal de la «vaca loca». En suma, antes uno podía morirse de hambre, ahora uno puede morirse por haber comido alimentos contaminados…

Con la información, sucede lo mismo. Históricamente, ha sido muy escasa. Incluso actualmente, en los países dictatoriales, no existe información fiable, completa, de calidad. En cambio, en los Estados democráticos, desborda por todas partes. Nos asfixia. Empédocles decía que el mundo estaba constituido por la combinación de cuatro elementos: aire, agua, tierra, fuego. La información se ha vuelto tan abundante que constituye, de alguna manera, el quinto elemento de nuestro mundo globalizado. Pero al mismo tiempo, uno comprueba que, al igual que el alimento, la información está contaminada. Nos envenena la mente, nos contamina el cerebro, nos manipula, nos intoxica, intenta instilar en nuestro inconsciente ideas que no son las nuestras. Por eso, es necesario elaborar lo que podría denominarse una «ecología de la información». Con el fin de limpiar, separar la información de la «marea negra» de las mentiras, cuya magnitud ha podido medirse, una vez más, durante la reciente invasión a Irak (7). Es necesario descontaminar la información. Así como han podido obtenerse alimentos «bio», a priori menos contaminados que los demás, debería obtenerse una suerte de información «bio». Los ciudadanos deben movilizarse para exigir que los medios de comunicación pertenecientes a los grandes grupos globales respeten la verdad, porque sólo la búsqueda de la verdad constituye en definitiva la legitimidad de la información.

Por eso, hemos propuesto la creación del Observatorio Internacional de Medios de Comunicación (en inglés: Media Watch Global). Para disponer finalmente de un arma cívica, pacífica, que los ciudadanos podrán utilizar con el fin de oponerse al nuevo superpoder de los grandes medios de comunicación masiva. Este observatorio es una expresión del movimiento social planetario reunido en Porto Alegre (Brasil). En plena ofensiva de la globalización liberal, expresa la preocupación de todos los ciudadanos ante la nueva arrogancia de las industrias gigantes de la comunicación. Los grandes medios de comunicación privilegian sus intereses particulares en detrimento del interés general y confunden su propia libertad con la libertad de empresa, considerada la primera de las libertades. Pero la libertad de empresa no puede, en ningún caso, prevalecer sobre el derecho de los ciudadanos a una información rigurosa y verificada ni servir de pretexto a la difusión consciente de informaciones falsas o difamaciones. La libertad de los medios de comunicación es sólo la extensión de la libertad colectiva de expresión, fundamento de la democracia. Como tal, no puede ser confiscada por un grupo de poderosos. Implica, por añadidura, una «responsabilidad social» y, en consecuencia, su ejercicio debe estar, en última instancia, bajo el control responsable de la sociedad. Es esta convicción la que nos ha llevado a proponer la creación del Observatorio Internacional de Medios de Comunicación, Media Watch Global. Porque los medios de comunicación son actualmente el único poder sin contrapoder, y se genera así un desequilibrio perjudicial para la democracia.
La fuerza de esta asociación es ante todo moral: reprende basándose en la ética y sanciona las faltas de honestidad mediática a través de informes y estudios que elabora, publica y difunde.

El Observatorio Internacional de Medios de Comunicación constituye un contrapeso indispensable para el exceso de poder de los grandes grupos mediáticos que imponen, en materia de información, una sola lógica -la del mercado- y una única ideología, el pensamiento neoliberal. Esta asociación internacional desea ejercer una responsabilidad colectiva, en nombre del interés superior de la sociedad y del derecho de los ciudadanos a estar bien informados. Al respecto, considera de una importancia primordial los desafíos de la próxima Cumbre Mundial sobre la Información que tendrá lugar en diciembre próximo, en Ginebra (8). Propone además prevenir a la sociedad contra las manipulaciones mediáticas que, como epidemias, se han multiplicado estos últimos años.

El Observatorio reúne tres tipos de miembros, que disponen de idénticos derechos: 1) periodistas profesionales u ocasionales, en actividad o jubilados, de todos los medios de comunicación, centrales o alternativos; 2) universitarios e investigadores de todas las disciplinas, y particularmente especialistas en medios de comunicación, porque la Universidad, en el contexto actual, es uno de los pocos lugares parcialmente protegidos contra las ambiciones totalitarias del mercado; 3) usuarios de los medios de comunicación, ciudadanos comunes y personalidades reconocidas por su estatura moral… Los sistemas actuales de regulación de los medios de comunicación son en todas partes insatisfactorios. Al ser la información un bien común, su calidad no podría estar garantizada por organizaciones integradas exclusivamente por periodistas, a menudo vinculados a intereses corporativos. Los códigos deontológicos de cada empresa mediática -cuando existen- se revelan a menudo poco aptos para sancionar y corregir los desvíos, los ocultamientos y las censuras. Es indispensable que la deontología y la ética de la información sean definidas y defendidas por una instancia imparcial, creíble, independiente y objetiva, en cuyo seno los universitarios tengan un papel decisivo. La función de los «ombudsmen» o mediadores, que fue útil en los años 1980 y 1990, está actualmente mercantilizada, desvalorizada y degradada. Es a menudo un instrumento de las empresas, responde a imperativos de imagen y constituye una coartada barata para reforzar artificialmente la credibilidad de los medios.

Uno de los derechos más preciados del ser humano es el de comunicar libremente su pensamiento y sus opiniones. Ninguna ley debe restringir arbitrariamente la libertad de expresión o de prensa. Pero las empresas mediáticas no pueden ejercerla sino bajo la condición de no infringir otros derechos tan sagrados como el de que todo ciudadano pueda acceder a una información no contaminada. Al abrigo de la libertad de expresión, las empresas mediáticas no deben poder difundir informaciones falsas, ni realizar campañas de propaganda ideológica, u otras manipulaciones.

El Observatorio Internacional de Medios de Comunicación considera que la libertad absoluta de los medios de comunicación, reclamada a viva voz por los dueños de losgrandes grupos de comunicación mundiales, no podría ejercerse a costa de la libertad de todos los ciudadanos. Estos grandes grupos deben saber de ahora en adelante que acaba de nacer un contrapoder, con la vocación de reunir a todos aquellos que se reconocen en el movimiento social planetario y que luchan contra la confiscación del derecho de expresión. Periodistas, universitarios, militantes de asociaciones, lectores de diarios, oyentes de radios, telespectadores, usuarios de internet, todos se unen para forjar un arma colectiva de debate y de acción democrática. Los globalizadores habían declarado que el siglo XXI sería el de las empresas globales; la asociación Media Watch Global afirma que será el siglo en el que la comunicación y la información pertenecerán finalmente a todos los ciudadanos.

Ignacio Ramonet
Le Monde Diplomatique, octubre 2003

NOTAS:
Ignacio Ramonet, La tiranía de la comunicación, Madrid, Temas de Debate, 1998; y Propagandas silenciosas, Instituto Cubano del Libro, La Habana,
2001.
Véase, por ejemplo, en Italia, la superpotencia mediática del grupo Fininvest de Silvio Berlusconi, o en Francia, la de los grupos Lagardère o Dassault.
Presionada por los grandes grupos mediáticos estadounidenses, la Federal Communications Commission (FCC) de Estados Unidos autorizó, el 4 de junio de 2003, la flexibilización de los límites a la concentración: una empresa podría controlar hasta el 45% de la audiencia nacional (contra el 35%, en la actualidad). La decisión debía entrar en vigor el 4 de
septiembre último, pero debido a que algunos ven en ella «una grave amenaza para la democracia», fue suspendida por la Corte Suprema.
Ignacio Ramonet,»El crimen perfecto», Le Monde diplomatique, edición española, junio de 2002.
Maurice Lemoine, «Laboratorios de la mentira en Venezuela», Le Monde diplomatique, edición española, agosto de 2002.
Y muchos otros medios de comunicación, como La Tercera, Ultimas Noticias, La Segunda, Canal 13, etc. Véase Patricio Tupper, Allende, la cible des médias chiliens et de la CIA (1970-1973), Editions de l’Amandier, París, 2003.
Armand Mattelart, «La clave del nuevo orden internacional», Le Monde diplomatique, edición española, agosto de 2003.

Malpensados

Por Mario Morales
Lejos de la mente de cualquier colombiano la muy ocurrente idea de que la virtual (el término no puede ser más apropiado) creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación sea un conjuro contra la mala racha que persigue al Gabinete desde que en 2002 quedó conformado por trece carteras. Sì, no hay que ser tan malpensados. Tampoco es concebible creer que aparte de las contiendas en los Juegos Panamericanos. Nuestro país esté compitiendo en número de despachos con sus vecinos del área. Brasil ya suma 23 ministerios; Venezuela, 18; Perú, 16 y Ecuador, 15. Estamos cerca. (Publica el Espectador)

La propuesta la hace la abogada y exministra Martha Lucía Ramírez; pero justo es reconocer que la idea original es, desde 2005, de la economista María del Rosario Guerra, cuando dirigía Colciencias y ya soñaba con tener su propia Cartera.
El proyecto reabre la vieja discusión acerca de si, antes de crear un nuevo ente, esos temas de ciencia y tecnología deberían ser manejados por el Ministerio de Educación, el de Comunicaciones o el de Cultura, aunque éste último sea el primer descartable habida cuenta que está más pobre que el Chocó.
Si desde 2002 aquí cohabitan bajo el mismo techo, la justicia y la política, la industria y el turismo, o el trabajo y la salud, nada de raro tendría que lo de la ciencia y la innovación se lo quisieran anexar otros ministerios, como el Min Minas o el Min Agricultura, a quien dicho sea de paso, no le caería nada mal una porcioncita de educación y de cultura, como quizás propondrían, en su orden, doña Cecilia López y don Salomón Kalmanovitz, luego del fallido debate con el doctor Arias, en torno a las tierras apropiadas por los grupos ilegales.
Pero quizás el problema mayúsculo sea el de conseguir candidatos para tan alto ministerio. Y no es cuestión de rectitud o probidad, cualidades que acreditan una buena cantidad de colombianos, como lo prueba la cifra de 504 profesionales con doctorado sólo en territorio chocoano, según el Dane. El cuello de botella está en la muy escasa retribución salarial que ofrece nuestra agobiado y doliente presupuesto a esa casta de egregios servidores de los fines superiores del Estado. Hoy esos 7500 dólares mensuales en promedio no alcanzan para nada, o para casi nada, a pesar de lo que diga en medio de voladores y buscapiés, y antes de ser rectificado, Oscar Iván Zuluaga. Las renuncias en épocas recientes de Carrasquilla, Junguito, Moreno, Ocampo y la muy diciente de Andrés Peñate, en otro honroso cargo, son campanazos de alerta para quienes disponen del gasto nacional (aunque al referirnos a los cerca de los 285 más altos funcionarios, tendríamos que hablar de inversión).
Para no mencionar a los otros que quieren irse, como el Mintransporte o el mismo Minhacienda (a menos que sean pataletas para que le paren bolas) o los que pueden llegar si el presidente se decide por fin a nombrar un ministro de Trabajo y un ministro de Justicia, así los más osados quieran también uno de Reparación y muy especialmente, uno de Verdad.
Menos mal no los dejan lucirse, porque de lo contrario a las llamativas ofertas que les hace la empresa privada se sumarían las de Chávez y Evo Morales.
Está claro que antes de crear nuevos ministerios u otros altos cargos, hay que hacer competitivos los salarios y las jornadas laborales para evitar la desbandada. Así haya que vender del todo a Isa y a Isagén. No sea que por ahorrarnos unos pesitos, para guiar los destinos del conocimiento y la justicia tengamos que recurrir, como en la Tele, a Jota Mario Valencia y a Jorge Alfredo Vargas, con polígrafo incluido.

Volvamos al ábaco

Por Memorin/Publica Semana.com

Quizás tienen razón en tratarnos como nos tratan, como nos tratamos. Pocos sabemos de nosotros, ni siquiera cuántos somos.

Aterra saber que nadie sabe cuántos pobres hay, para saber a cuántos pobres asistir. Que más de 24 millones dicen los estudios, que apenas veinte millones insiste Planeación.

Que las cifras que maneja la Cancillería y el Dane sobre los colombianos en el exterior difieran en más de 2.700.000 seres humanos parece un chiste cruel. Y eso que falta ver qué datos tiene la Dian de las remesas que mantienen a un buen número (del cual nadie da razón) de colombianos dentro de nuestras fronteras.

Que inteligencia militar diga que entre abatidos, detenidos y reinsertados sumen algo más de 24 mil guerrilleros en los últimos 29 meses, es una prueba fehaciente de que aquí no hay guerra porque la insurgencia ya no existe y quizás tampoco sus auxiliadores, sobre todo si en algunos anales, la cifra de alzados en armas no superaba los 14 mil miembros.

De los desplazados no se puede hablar, también lo están de las estadísticas. El Dane y Planeación saben que las cifras sobre delitos disminuyeron no por falta de ocurrencia de casos y sino por ausencia de denuncias. Quizás las víctimas o sus familiares sí sabían que la impunidad en el país es del 90% como sostienen los especialistas y no del 50% como alegremente dice la Fiscalía.

Habrá que mencionar también el desconocimiento sobre el número de hectáreas con cultivos ilícitos, la cantidad de dólares vendidos a menos de dos mil pesos, el número de armas entregada por los paramilitares.

Por ahora sólo aparecen ciertas las cifras del bajísimo incremento del salario mínimo para el nuevo año y los 1400 millones de dólares millones que dice Forbes que tiene Luis Carlos Sarmiento Angulo, lo que valió su nominación entre los 406 personajes más ricos del mundo.

Cuando se escriba la historia de Colombia entonces tal vez se diga que el nuestro era un país que tenía entre uno y dos millones de metros cuadrados, que tenía entre 30 y cuarenta millones de habitantes, que tuvo un presidente que gobernó entre cuatro y ocho años y que contra todo lo que se diga, desaparecimos antes de poder dilucidar la diferencia entre censar y empadronar.

Y pensar que todo se hubiera solucionado con un ábaco.

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