Nunca imaginamos que la nueva normalidad iba a ser esta, la de los más de 500 muertos diarios sin que nadie, salvo sus deudos, pestañeara. Suspirar, persignarse, mirar para otro lado y olvidarse cada noche de esa cifra, que sube o baja como la cotización de una divisa. Un albur, un juego de azar permanente para contagiarse, hospitalizarse, ir a urgencias o a camas UCI. En Bogotá quedan pocos boletos. (Publica El Espectador)
Esa normalidad de los desaparecidos. Que son 91, dice el reporte oficial, por lo tanto incompleto. Pero no son tantos, truenan los indolentes en las redes. Sin contar otros 135 sin mayores datos. Desaparecidos entre los desaparecidos. Todo pasado fue peor, remilgan algunos en busca de consuelo.
Esa normalidad de muertes violentas en las calles, heridos, golpeados, ojos perdidos y sangre derramada. De los bloqueos, de las refriegas, de los estruendos como un telón de fondo, como una banda sonora a la que las ciudades se han ido acostumbrando mientras van de compras, comen helado y golpean en las puertas de los bares.
Esa sordina de los mendicantes, los rebuscadores, los debutantes que ensayan frases para conminar a la compasión, de los veteranos de mil crisis esperando las migajas, en medio de la insensibilidad, los audífonos a todo volumen o la cruel indiferencia.
Esa normalidad de los grafitis y las pancartas en los días, y muros blanqueados, hipócritas y censurados en las noches. De los pretendidos nuevos uniformes para disimular conciencias y maquillar a brocha gorda los desmanes y oprobios.
La de las arengas reclamando justicia, opacadas por los gritos de gol de una selección que dejó de serlo el día que traicionó el sentimiento nacional para sacar a un técnico y vuelve a hacerlo cada vez que patea hinchas con su silencio inexplicable.
Esa nueva normalidad que ahora empieza, sin que nadie entienda cómo ni por qué, en medio de este olor creciente a muerte, sangre y miseria que nadie quiere percibir con sus múltiples tapabocas, que les hacen creer que no están contagiados solo porque nunca tuvieron olfato.
No, no estamos en 2001. Significaría aceptar que es el mismo país cándido de entonces, que creyó en promesas autoritarias y justicierismo por propia mano, sin sospechar sus alcances y efectos. Hoy el enemigo está en otra parte. (Publica El Espectdoar)
Vean las marchas del domingo, que transcurrieron y se encontraron por momentos. Las de protestas legítimas e incansables que creen en el poder de la palabra y del andar para corregir los extravíos. Las de quienes tienen otras y válidas razones para pedir diálogo, negociación y cambios inaplazables, como les prometieron en 2018. Las de quienes, cansados de limitaciones a sus privilegios, piden vía libre para extender sus prerrogativas. No faltan los obcecados, confundidos o prepagos que siguen pensando que por un voto, un empleo miserable o un puestico de dulces en la calle hay que salir a defender, como sea, la institucionalidad, esa que les venden empaquetada en publicidad política o propaganda distorsionada. Y, claro, los que recurren, presas del delirio, como en la leyenda gansteril, al camarada máuser. De todo hay en la viña del Señor.
Pero este presente, con sus marchas, arengas, debates y trinos, deja ver otro país, otros países que habitan en las generaciones intermedias que se han ido desplazando de la derecha prejuiciosa e irracional hacia el centro conciliador. Hoy son tres de cada cuatro los que se oponen a las vías de hecho, la eliminación del otro o las guerras fratricidas, según lo dicen encuestas y conversaciones cotidianas. Hace cinco años eran la mitad. El nunca bien ponderado plebiscito resultó ser el pharmakon griego, veneno y cura a la vez, que nos restriega en la conciencia la oportunidad que dejamos pasar.
Esta semana es crucial, con visita de la CIDH, para exigir, sí, no más bloqueos, pero también no más violencia policial ni ciudadanos armados; para que tengan algo concreto que mostrar, aparte del maquillaje barato que ya comenzaron a aplicar. La militarización solo aumenta la lista de peticiones, esa que al vargasllerismo y al uribismo les parece tan larga y que todos ellos por acción y omisión ayudaron a construir.
Sí era, es y sigue siendo desespero, caos y ambición, como lo presentíamos. No de otra manera se podía explicar la cadena de yerros, contradicciones y absurdidades en el manejo del país. La renuncia y la sacada de trapitos al sol del comisionado para la Paz dejan ver atisbos de las guerras intestinas que se libran desde hace tiempo entre el presidente Duque, con sus asesores aprendices, el Centro Democrático y el furibismo; unos por las minucias del poder, otros por los cargos y la burocracia, y algunos más pensando en las próximas elecciones para conservar el poder en las sombras. (publica el Espectador)
Que Ceballos no estuviera al tanto de las movidas de Uribe para buscar acercamientos con el Eln —como lo ha hecho siempre, infructuosamente, cerca de elecciones— deja ver la fractura entre esos tres podercitos, pero más que nada la falta de respeto por la figura presidencial. Tal vez tenga razón Duque cuando reclama con enojo que no es ningún títere; no, ni siquiera eso, es que no lo tienen en cuenta, salvo para presionarlo por puestos, designaciones y ministerios.
Eso explica que se la siga jugando por los leales, a sabiendas de que no cuentan ni con las calidades ni con la experiencia para tan altos menesteres, como vuelve a suceder con la designación del nuevo comisionado para la Paz, salvo porque ha representado a un gremio de apoyo, como el bananero, y porque de entrada se ubica en las contradicciones a la JEP y al proceso de paz, únicas condiciones no negociables de los partidos de gobierno. Otro descache intencionado.
Esa jugadita de Uribe dinamita el proceso que con buena fe se adelantaba con mediación del Vaticano y trata de poner en agenda al único antagonista que le da réditos al expresidente: la guerrilla. Se entiende por qué vienen engordándola y sobredimensionándola para hacerla creíble, no obstante su fraccionamiento y baja incidencia.
Mientras se sigue develando quiénes más le reportan al expresidente y quiénes están ahítos de mermelada, en esa repartija no concertada, la historia contará que a Duque le tocó la peor parte, la de rey de burlas.
Uno tiene que preocuparse cuando acabados —o ni siquiera esbozados— los argumentos del Gobierno para enfrentar el descontento de los ciudadanos, se circunscriben a defender eso que llaman “la institucionalidad”, sobre todo si la entienden —y hay quienes se lo creen— como defensa de altos cargos públicos o de quienes los ocupan. (Publica el Espectador)
Mencionar el ejemplo del fiscal general sería perogrullada, pero le ha dado por seguirle los pasos a Miguel Ceballos, que tiene poco o nada que mostrar como comisionado de Paz, salvo cortinas de humo como esa de que avanzan diálogos con el Eln, a sabiendas de que están en esas a regañadientes, según dice Pablo Beltrán, y que hubieran pateado la mesa de no ser por la persistencia de Naciones Unidas y el Vaticano.
Ante evidente escasez de materia prima, Ceballos fue escogido para coordinar la —ya veremos hasta dónde— concertación en medio del paro nacional. Decisión presidencial a dos bandas: contar con uno de los pocos leales que le quedan en su cada vez más pequeño círculo de condiscípulos sin atributos y parecer duro, habida cuenta de la terquedad de su representante.
Sectario como pocos, se cobija bajo falsos dilemas cuando dice, sin rubor, que deslegitimar al comisionado de Paz es deslegitimar la institucionalidad. O cuando, para justificar la tardanza en hablar con líderes del paro, señala que primero hay que hacerlo con la institucionalidad, para invocar a partidos de gobierno y a los nuevos mejores amigos en las cortes.
Aparte de desmedida autoestima, hace gala de una creencia convertida en prejuicio: creer, como tantos otros políticos, que hay que defender “al país” de bloqueos y manifestantes, como si estos últimos fueran parias. El mismo prejuicio de los medios cuando excluyen y crean rivalidades con etiquetas como “ciudadanos vs. indígenas”, o la aprensión de algunos miembros de la Fuerza Pública que dicen ser la ley, dejando por fuera a quienes se atrevan a criticarlos.
Pero que ciudadanos en redes repliquen esos imaginarios explica por qué esos funcionarios están ahí. Se reconocen ahí.
Son lo más parecido a las estatuas. No solo por inmovilidad en acciones e ideas, sino porque creen que nos quedamos congelados en el tiempo. Subidos en pedestales desgastados, con índices señaladores y caballos amenazantes, cuando no con armas aterradoras, acuden al anacronismo de la obediencia ciega que alguna vez los encumbró al poder. (Publica el Espectador)
Por eso creen que al hablar con sus voces fantasmales, tuitear o contestar entrevistas con displicencia están notificando o publicando edictos, lacrados con la vieja rúbrica de comuníquese y cúmplase.
Se creen investidos de autoridad divina, la cual invocan, sin vergüenza, en contravía de sus actos. Y acomodan su discurso cansino acusando de terrorismo (porque el estigma de vandalismo se les quedó chiquito) a todo lo que ponga en riesgo sus privilegios y megalomanía.
Manipularon el lenguaje, los símbolos y las esperanzas ciudadanas con promesas de consensos que terminaron en alianzas espurias entre élites, invocaron la autoridad de una pretendida ilustración, esa masa informe de politiquería y tecnocracia, para descrestar o aplazar, mientras ignoraban las voces, quejas y llantos de los gobernados.
No supieron leer los signos de cambio y saturaron con su negligencia, despropósitos y abusos la paciencia de las gentes. Creyeron que aquí no iba a pasar nada, que éramos un barril sin fondo, que no tenían que rendir cuentas. Apenas ahora despiertan para enterarse de que el país cambió, que la movilización social es imparable y que son un estorbo, sobran.
Su llamado a la militarización, con el maquillaje de seguridad y orden, no es más que estertor autoritario para advertir que no se van a ir por las buenas y que el único terror a la vista es el de sentirse despojados.
Quieren ignorar que, en medio de tantas frustraciones, las turbas, como las llaman, aprendieron a superar el miedo, no obstante la docena y media de muertos y cerca del millar de heridos; a descreer de palabras distorsionadas, como “consensos”, “acuerdos” o “conversaciones”, y especialmente a perder respeto por esas estatuas obsoletas, símbolos de los viejos traumas y de mitos superados.
Puede que les resulte, así sea de carambola, pero las estrategias kamikaze que vienen utilizando las derechas (que aquí son muchas, así no se distingan entre sí, salvo por las ambiciones) dejan ver el estado de desacuerdo y desesperación con miras al 2022. (Publica El Espectador)
Estaban confiados en que, con la labor de descrédito, apoyada en bodegas, líderes de opinión y propaganda sucia, podrían derrotar en segunda vuelta a Gustavo Petro, a quien han construido como el enemigo perfecto, no solo porque ha opacado otras opciones del centro a la extrema izquierda, sino porque lo consideraban blanco fácil con su repetida estratagema de recurrir a su pasado insurgente, su cercanía de hace unos años a Venezuela y Cuba y otros imaginarios de miedo en países vecinos.
Pero el crecimiento desmesurado de Petro en las encuestas públicas e internas, y ante la falta de nuevos elementos para desinflar al candidato, los ha llevado a improvisar en agenda consejas y suposiciones sobre una presunta vinculación suya con el cartel de Cali en boca de un experto en artimañas y componendas como Néstor Humberto Martínez, de cuya lengua viperina dan fe algunos de los más sonados casos judiciales y políticos del país.
Desvirtuado el show de las bolsas de dinero, atacan la columna vertebral de Petro, reconocido por sus debates contra la corrupción, pero no lo hacen con hechos, sino que enrarecen la atmósfera con dudas y cascaritas para controvertir su aceptación popular, habida cuenta de que el ambiente de caos y desolación juegan a su favor en lo que queda de año.
Pero apostarle a la táctica al presidente “fusible”, como lo viene haciendo el exsenador Uribe desmarcándose él mismo y al Centro Democrático de Iván Duque, sí que patea el tablero de las estrategias para evitar la descolgada en la deteriorada imagen de quien se creyó dueño del teflón.
Corren el riesgo, quienes, a punta de declaraciones, tinta, micrófonos y lenguaje de odio, quieren repetir la historia en las dos últimas dos décadas, de convertirse en quintacolumnistas inopinados del cambio pendular con el que amenazaron hasta el cansancio a sus conciudadanos. Efecto bumerán, que llaman
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