¿Directrices para el gobierno o buenas prácticas para periodistas?, el reto comunicacional del gobierno Petro

Mario Morales

Ya estamos en temporada preelectoral. La cascada de directrices emanadas del gobierno Petro en días recientes revela dos estrategias:

  • el endurecimiento discursivo para mantener el —por ahora— disminuido apoyo popular;
  • el énfasis en relatos que exhortan emociones negativas para enfrentar reformas, investigaciones, escándalos y discusiones.

Las 33 directrices de la fiscal Camargo para proteger la protesta pacífica, las orientaciones dadas a los 1500 medios comunitarios reunidos en Armenia, los llamados para ambientar las asambleas y movilizaciones sociales de esta semana y la directiva presidencial para la interacción de funcionarios públicos con periodistas: todas indican que el gobierno ahora le apunta al lenguaje directo y confrontacional; a la reunión y unidad de sus bases, y a tamizar adhesiones y adeptos para recuperar la opinión pública y apuntalar la estrategia para los próximos veinte meses de campaña electoral —que ya palpita a fuego lento—.

Lineamientos de relación con la prensa

El cambio más sensible es la concentración en el manejo emocional del relato de Petro en redes sociales, de sus seguidores y de los contenidos que pasan por los

Por Mario Morales

Estamos en temporada. La cascada de directrices emanadas del gobierno Petro en días recientes deja ver, por un lado, el endurecimiento discursivo con el objetivo de mantener el, por ahora, disminuido apoyo popular y por otro, el desbalance intencional de los relatos con emociones negativas en relación con las positivas para enfrentar reformas, investigaciones, escándalos y confrontaciones con diferentes instancias del país.
Las 33 directrices de la fiscal Camargo para proteger la protesta pacífica, las orientaciones dadas a los 1500 medios comunitarios reunidos en Armenia, los llamados para ambientar las asambleas y movilizaciones sociales de esta semana y la directiva presidencial  para la interacción de funcionarios públicos con periodistas evidencian la restructuración del régimen comunicativo del actual gobierno que ahora le apunta al lenguaje directo y confrontacional, a la reunión y unidad de sus bases y a tamizar adhesiones y adeptos con el fin de recuperar favorabilidad en la opinión pública y apuntalar la estrategia para los  próximos veinte meses de campaña electoral que ya palpita a fuego lento.
El cambio más sensible es la concentración en el manejo emocional del relato del presidente en redes sociales, de sus seguidores y de los contenidos que pasan por los sistemas de medios públicos. Manejo que ahora se ha concentrado en azuzar emociones básicas como el miedo, la indignación y la frustración, condimentado con climas de opinión que nacen y se marchitan, como el de la socorrida constituyente, y se renuevan en la coyuntura como el golpe blando, y que cumplen a la vez la misión de tener ocupados a la oposición y a acérrimos críticos mediáticos.
Por eso acontecimientos que apuntan a emociones positivas y esperanzadoras como los once lineamientos de relacionamiento con la prensa nacional tienden a diluirse, primero por el empuje de la recurrente comunicación política basada en la crudeza y el instinto.
Segundo, porque si no fuera por los hechos, los excesos y los peligros del ejercicio periodístico deberían enfocarse en el llamado a cumplir lo que ya está escrito, con las correspondientes sanciones, sin correr el riesgo de convertirse en un pleonasmo del deber ser democrático del Estado, suficientemente expuesto en la constitución, leyes y normas, en términos de participación, pluralismo y diversidad.
Tercero, porque si no parte del ejemplo del alto poder, resulta como ya viene sucediendo, en un saludo a la bandera.
ERA NECESARIO
Si bien, en un país de tradición santanderista, amante de la retórica y la prosodia, lo que no está escrito y repetido hasta la saciedad no existe, el aval de la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión (RELE) de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en la construcción de la directiva presidencial refuerza el pedido a gritos de la sociedad por debates con altura atenidos a elementos básicos de respeto y ética como evitar la estigmatización y la discriminación de periodistas, los lenguajes de odio o las instigaciones a la violencia en el marco de referencia de la libertad de expresión, y reaviva el reclamo permanente por el acceso a información verificada, no contaminada y oportuna que permitan el papel fiscalizador de la prensa y su mandato de entregar información para que los ciudadanos tomen decisiones informadas.
De ello, así como también de no obstaculizar el trabajo periodístico de control social, garantizar el escrutinio de la función pública, o abstenerse de ejercer poder e influencia pública para censurar ideas, opiniones o información sobre las autoridades o los funcionarios, hay suficiente ilustración con quejas, denuncias y reclamos en estudios académicos, encuestas y en informes sobre la libertad de expresión en nuestro país, como los de la Flip, que en relación con la directiva dejan cifras preocupantes como  los 120 periodistas agredidos por funcionarios públicos el año pasado y con expectativas de superarlo este año, toda vez que ya se cuentan 90 casos así como como 51 estigmatizaciones a la fecha.
LO QUE FALTA
En lo que si queda en deuda el documento de la directiva es el espíritu de procuración. Eso de fomentar un ambiente de respeto, diálogo y tolerancia hacia todas las opiniones está claramente contradicho del presidente hacia abajo. Una cosa es que, como ya se ha dicho acá, haya un desequilibrio informativo en algunos medios, periodistas y quienes quieren parecerlo por sesgos, intereses personales, activismos y ramplona ignorancia y otra que haya señalamientos gubernamentales generalistas, simplificados y por ende ofensivos que terminan por herir la susceptibilidad y maltratar al gremio y sus audiencias.
Es cierto que quienes detentan el poder tienen no solo el derecho sino la obligación de aclarar desinformaciones, mentiras o calumnias para descontaminar la esfera pública, pero esa labor debe ser proporcionada, respetuosa y siguiendo las instancias de ley. Probar inconsistencias o construcciones periodísticas falaces o injuriosas debe ser una tarea distanciada de la ideología, la propaganda política, pero sobre todo de la personalización o auto victimización que termina nivelando por lo bajo el debate público en desmedro de la calidad informativa.
También está en déficit el gobierno en la propuesta de fomentar el libre intercambio de ideas, información y opiniones. Los medios públicos son un lamentable ejemplo de ello. Cerrado a una visión utilitarista de un proyecto político, se han alejado del interés público, de su misión institucional y del desafío de ser, por primera vez, medios ciudadanos, hoy otra vez confundidos con medios alternativos, partiendo de dicotomías partidistas y untados de moralismos a conveniencia. Los medios públicos, como el mismo ejercicio gubernamental deben ser de todos y para todos.  En eso se diferencian del millar y medio de medios alternativos que, como quedó claro en los discursos de instalación tienen una misión de difusión y orquestación del ideario petrista apoyados con pauta publicitaria. Si bien esos medios alternativos tienen todo el derecho a existir, el presupuesto publicitario debería incluir otras corrientes políticas, si de fomentar el pluralismo se trata como reza la directiva. Es extensión del mismo derecho de crítica del que habla el presidente, que no es otro que la misma libertad de expresión distanciada e incluso opuesta. Intentar separar esas libertades no es más que una estrategia retórica.
Así mismo la novena directiva, que habla de garantizar la existencia y el funcionamiento de canales de comunicación permanentes que permitan la interacción libre, oportuna y eficaz entre medios de comunicación y autoridades, no solo está en deuda, sino que, con la lógica de comunicación en redes, discursos in situ y réplica de esos discursos en pronunciamientos televisados, verticaliza el conducto y cierra el flujo informativo. Ese tipo de mediatización sirve a los propósitos de hiper emocionalización de que hablamos al comienzo, pero retrae la argumentación como vía de diálogo o gestión de disensos. Las ya casi jubiladas ruedas de prensa, las entrevistas a cara a cara, el diálogo formal e informal de gobierno y reporteros ayuda a clarificar la información, a zanjar diferencias, a resolver dudas y a comprender proyectos. Ahí de nuevo los medios públicos tienen una promesa incumplida.
La “X-dependencia” puede, además, jugar en contra del presidente, sobre todo ahora que en su rutinaria construcción de enemigos desafía a Elon Musk, dueños de esa red social. ¿Qué pasaría si como profetiza Petro, cierran su cuenta? ¿se derrumbaría la estrategia y quedaríamos a expensas de medios alternativos, medios públicos, alocuciones y las infaltables bodegas?
LOS MATICES DE LAS RECOMENDACIONES
Pero también en las recomendaciones que incluye la directiva hay rendijas. La segunda de ellas habla de las acciones frente a “información contraria a la verdad, parcializada, descontextualizada o estigmatizante, o que vulnera los derechos de una población, deben brindar información suficiente para la rectificación, complementación o corrección necesaria, sin recurrir a la descalificación o descrédito”. ¿quién determina lo que es verdad o no lo es? ¿cuáles son los criterios gubernamentales para determinar que es parcializada o estigmatizante, más aún cuando se trata de noticas en desarrollo? ¿a través de qué medios? ¿con cuáles estándares?
Se habla también de liderar un programa integral de capacitación para las áreas de comunicación de la administración pública y de formación necesaria para cumplir con los estándares establecidos en esta directiva. Liderada y realizada desde adentro es corre el riesgo de terminar de politizar los contenidos informativos. ¿Por qué no aparece la academia y la sociedad civil experta en estas instancias, más aún cuando se habla de participación e inclusión?
Sí. Algo es algo frente a la aridez en la relación del gobierno con la prensa que parece deteriorarse cada día. Apropiar e implementar esas directrices prácticas es el reto del presidente y algunos de los voceros de su círculo cercano para corresponder a las organizaciones internacionales que ayudaron a construirlas, para que la propaganda no le gane a la información en la pugna por el apoyo popular, para que no se archive como otra manifestación de nuestro talante leguleyo distanciado de la realidad, para que una vez matizadas y complementadas, el balón quede en la cancha del periodismo, sus gremios, medios y trabajadores que no pueden se ajenos a su cuota de responsabilidad directa e indirecta en el calentamiento de la esfera pública y a los respectivos correctivos y oportunidades de mejora. Está bien la retórica, pero se necesita el ejemplo de las buenas prácticas. Si todos somos parte del problema…

La esquizofrenia de la comunicación política actual:entre la agresión y el escándalo

Por Mario Morales 

 

Decía Konrad Lorenz que el patrón de comportamiento de los seres vivos es la agresión y no imaginaba las redes sociales.  Esa parece ser una de las dos esquizofrenias de esta década en la arena política. La otra es el escándalo como acontecimiento, como forma de comunicación. 

No son, como pudiera pensarse, coyunturas emocionales, espontáneas o instintivas, sino estrategias recurrentes que han desplazado la reputación como el valor central en la generación de opinión pública y han puesto en su lugar la visibilidad a toda costa, esa luz tenue y pasajera que se confunde, por su malversación, con la figuración, la fama y el reconocimiento. Emociones puras y básicas, como lo desnudó Cambridge Analítica. El resto es seguir el libreto. 

La ideología ha muerto, que viva el clic es la enseña en la gestión, consecución y promoción de puestos públicos, pero también en sus formas desairadas y cínicas de comunicación. 

Lo prueba el rifirrafe de una fiscal y una congresista -hija legítima de esa forma de habitar la esfera pública, conmoviéndola- ya ni siquiera por la posesión de la verdad en sus confidencias inanes, aunque coherentes con ese oportunismo tan nuestro de aspirar a vivir del Estado, que no logran ocultar que por debajo hay mutuos ajustes de cuentas por desalineamientos con la agenda legislativa del gobierno. Agresiones con mentiras de todos los calibres a bordo en forma de descrédito mientras las citas y métricas suben como la espuma que comprueban que perder es ganar un poco. Porque eso tiene la agresividad, alindera bandos y ratifica adhesiones, ciegas por supuesto, porque refuerza los sesgos de sus seguidores o sus intereses. Y luego emerge la carga moral, porque en ese tipo de escándalos también se enfrentan la sevicia y la compasión con la víctima; así como el odio y el apoyo viscerales con el victimario. La moraleja: eso no se hace, pero había que hacerlo… 

En ese ambiente contaminado de rabia y escándalo, la verdad oscila como un péndulo entre la duda y el bluff. Parafraseado al pretor Julio César, “más que serlo, la verdad tiene que parecerlo” para que, sobre todo, emocione, se comparta luego y se viralice antes que se descubra su dosis de mentira y engaño; para entonces el daño estará hecho y toda rectificación llegará fuera de contexto, en medio de la incredulidad, aplastada por la acumulación de contenidos. Lo sabían quienes, desde la oposición difundieron el relato amañado de una asamblea de la ONU ajena y desinteresada en el discurso del presidente Petro; pero también quienes, desde la otra orilla y con las misma ardides, montaron vítores y aplausos ajenos para ganar indulgencias. La mengua de la reputación, en ambos casos, pasa a ser un daño colateral, un daño controlado. El objetivo del atiborramiento de cráneos, esto es, de la sobrexcitación sin espacio para la reflexión, en cada caso, ya se había logrado: la denuncia tiene más efecto que la rectificación a despecho del juicioso trabajo de fact checking que expuso las mentiras de ambos bandos. Y así como no sirve como pretexto a los primeros el poder del gobernante para intentar controvertirlo mediante todas las formas de lucha, tampoco sirve a los segundos como mampara el evidente desequilibrio de los medios masivos, incapaces hasta ahora de narrar, con estándares de calidad periodística, de manera adecuada, y en todas sus aristas, el primer gobierno de izquierda de nuestra historia republicana. Controvertir los sesgos, a veces descarados de los medios privados utilizando los medios públicos para diseminar la propaganda política, es un despropósito con las promesas del gobierno y el deber ser de esos medios. Segunda moraleja… No todo vale. 

Filtrar información, y hacerlo de manera descarada como con el interrogatorio a Nicolás Petro, con el fin de intervenir en la agenda política a través de la agenda mediática es, sin duda agresivo y cada vez menos escandalizante, a pesar del intento de construir un reflejo condicionado semanal a punta de papel y clics. La información, pero sobre todo la información contaminada no es una necesidad que suscite actos reflejos; su efecto se mengua en la repetición. Comienza a cansar. 

La agresión simbólica, la física, -como en la lamentable y rechazable toma de un medio de comunicación por la minga indígena- y la personal buscan paralizar a través del miedo como advertencia; pretenden inmovilizar mientras se convierten en otro proceso comunicativo, vertical y autoritario, para reemplazar el argumento, el debate y el disenso. 

El escándalo buscar sacar al señalado de su zona de confort para llevarlo a responder en otro contexto, tardíamente, sin el mismo nivel de contundencia y a la defensiva; lo obliga a repetir y reforzar lo denunciado en el intento de desmentirlo. Descalificar escandaliza al tiempo que teje una cortina de humo sobre el tema principal que queda condenado a morir como línea narrativa de contexto o de referencia.   

Lo sabe Uribe cuando ataca en lo personal y en lo ético a un columnista que lo insta a responsabilizarse en medio de las denuncias e investigaciones de los falsos positivos. 

Lo sabe el alcalde Quintero cuando ataca a una periodista radial que lo interroga por las denuncias de una veeduría sobre asuntos de transparencia. 

Lo sabe el presidente Petro cuando personaliza sus exigencias a críticas a periodistas y medios a través de redes sociales. 

Lo saben, pero es eficiente para su comunicación política porque desplaza un clima de opinión naciente por un clima de fuerza en medio de la polarización que se genera, en un conflicto redivivo en cada comentario nuevo, en cada nueva reacción… Floreros de Lorente a diestra y siniestra… 

El resultado es este ambiente caldeado en el que antes que manejar la agenda pública desde lo discursivo, como enseñaba el canon, se busca llevar a extremos los instintos primarios incluso si, o con ese fin, invisibilizan la agenda misma.  

Por esa razón, de un lado se trazan líneas para distinguirse de los demás en los espejos retrovisores portátiles para insistir en denuncias como la compra desmesurada de medicamentos contra la malaria en el gobierno Duque o su presunta falta de información acerca de cortes e inhibidores de internet y la eventual vulneración de derechos durante el paro de 2021. Y del otro lado se insiste en el escándalo contado mil veces y con la misma única fuente sin calidad en esa construcción narrativa de que no es posible lanzar piedras por el común rabo de paja. 

Todo ello explica el constante estado de agitación, la continuación invitación a marchas de adhesión, la desfiguración visceral de los rivales en busca de su cancelación o aniquilamiento moral, las versiones o los montajes de rumores para proveer de escándalos, es decir de relato, la sed inagotable de los ciudadanos de tomar partido, así ya lo tengan definido, por creencias y prejuicios, desde su primera infancia, y lo reafirmen de manera sectaria en actuaciones y modos de decir. Escándalos que, mediatizados, buscan suplantar los estrados con aires justicieristas, por la vía del escarnio ajeno o la autovictimización sobrepasando los límites de la ética y la decencia, y que son acontecimientos efímeros y fútiles, como lo expresó el profesor John Thompson con su teoría de la ausencia de consecuencias.   

Agresiones o escándalos que, no obstante, no pasan, en muchas ocasiones de ser socialmente calculadas o poses, así sus efectos sean tangibles en amenazas y vías de hecho, porque, retomando a Lorenz, la agresividad tanto controlada como  reactiva son el camino corto al poder o, comunicación al fin y al cabo, su manera de expresarlo sin ambages. Mientras que el escándalo, retomando a Thompson, ya no es una herramienta de control social, sino un intento continuo de control de la agenda o la forma directa de retomar la iniciativa a través de lo que otros llaman el contagio síquico o de las múltiples expresiones del bluff. 

Decía Castells, a comienzos de siglo, que la política era esencialmente una política mediatizada; habría que complementarlo no solo por la multicanalidad actual, sino porque la nuestra es una política fundamentalmente agresiva, como estrategia, y escandalizante, como máscara, pero más que nada fugaz y tristemente inútil, menos para quienes la protagonizan con tan pocos dones y escasa gracia. 

 

De ironías y posverdades

Vamos a necesitar, siguiendo la saga macondiana, el remedio de Melquíades para combatir esta pandemia de olvido frente a tanta incertidumbre, pero sobre todo de su habilidad para descifrar los lenguajes y tonos con que se construyen los confusos pergaminos propagandísticos en estas latitudes. (Publica El Espectador)

No solo por la proverbial mitomanía de quienes usan la palabra sino por su aura críptica, para entender cuándo lo que dicen es textual y cuándo hacen gala del sarcasmo, para que cada quien asuma según su leal saber y entender.

Como en el caso de António Guterres, el entusiasta secretario general de la ONU, que, en vez de evaluar el proceso de paz, parecía indicar, con aire de procurador, lo que la comunidad internacional espera de manera tangible, tras la ingente inversión monetaria, diplomática y actitudinal, frente al magro 30 % en resultados por culpa de un Gobierno doble faz que vende una versión internacional con fes de errores continuas y construye una realidad doméstica bien distinta.

Necesitaríamos que el viejo gitano otra vez volviera de la muerte para descifrar o desenmascarar al mismo presidente, que montó una narrativa contradictoria y acomodada que amenaza con ser intraducible o ininteligible.

O para entender a De la Calle cuando ironiza diciendo que Duque por fin vio la luz del proceso e ingresó al sí, a pesar de que siga eclipsado en la mitad del socavón a medianoche.

O para entender las indirectas de la senadora Cabal frente al sinuoso método de encuestas de su partido, arguyendo que habría que acudir a lo que dicen sus seguidores, suponiendo que los tenga, quienes se fueron lanza en ristre contra las formas y el resultado.

O para desentrañar el retorcido discurso del mismo Uribe, que inauguró oficialmente la temporada de fake news, exageraciones y posverdad, declarando como inspirador e ideólogo del chavismo a Gustavo Petro. A ese paso, pronto lo será del castrismo y hasta del leninismo.

Ingenio parece haber, pero escasean traductores probos para saber si frente a la oleada de sarcasmos y dobles sentidos debemos emberracarnos o comenzar a celebrar.

El baile de los que sobran

No se atrevieron. Unos, por físico miedo. Haber elegido a María Fernanda Cabal como candidata del autodenominado Centro Democrático era hacer realidad un imposible racional y político. Qué tal que ganara la consulta de la ultraderecha en marzo y llegara con opciones a la Presidencia… Una cosa es jugar con candela…

Otros, por física incredulidad. No es uribista por convicción y se sabe que no es de total preferencia del expresidente. Es antiduquista por conveniencia y exhibicionista de ocasión. De sus propuestas poco se conoce, salvo lo que no le gusta. Sin solidez en sus ideas, solo es radical en sus métodos que pasan por decires sin freno y sin filtro. Efectista por naturaleza. (Publica el Espectador)

Otros, por física estrategia. Esos que dijeron que la apoyaban, pero miraban para otro lado. Los que se repetían que más vale malo conocido que bueno por conocer. Los que han manejado las riendas de lo que Duque dejó como partido y quieren seguirlo haciendo. Los que en el naufragio se agarran a la última tabla a la vista.

Fue un proceso frío y aburrido. Comenzando por la misma Cabal que, sabedora de las lógicas del clic-periodismo dando titulares y diciendo frases polémicas, en la última fase se abstuvo para parecer seria y coherente. Debe estar arrepentida.

Era el baile de los que sobran, pero por otras razones. Un sketch pobre de contenido, que no logró motivar a la frustrada tribuna ni a las repetitivas bodegas, a pesar o a causa de esa rara combinación entre el ridículo y las quejas de mal perdedor que parecen o son del siglo pasado.

Les queda la opción de esa otra guachafita desangelada que está armando el quinteto de alcaldes y funcionarios de derecha, hoy más ocupados en camerinos para maquillar sus verdaderos orígenes que en prender la fiesta.

Esa consulta de marzo no promete. Quizás tenga razón Juan Carlos Echeverry cuando a la hora de explicar por qué se lanzaba a la contienda dijo que veía candidatos muy malos… Y llegaron él y Zuluaga para confirmar la hipótesis…

Entre la mermelada y el fuego amigo

Entre la mermelada y el fuego amigo

Una cosa es haber hecho del descache una actividad profesional, otra muy distinta es estar prendiendo teas en los inflamables escenarios donde se decide la vida institucional del país, como lo viene haciendo el reducto de amigos del presidente Duque o, uno ya no sabe, de las prebendas del poder, por más resquebrajado que esté.

Ternar o hacer que se elijan amigos, condiscípulos o recomendados en instancias decisorias como las “ías” puede parecerles funcional y conveniente a aquellos “copartidarios” que hoy se frotan las manos, pero olvidan que al calendario le quedan 18 hojas para el cambio de tercio, como seguramente sucederá si queda algo de sentido común.

Esos y otros zarpazos, como el de nominar vía decreto presidencial a su propio juez en tutelas sobre erradicación de cultivos y seguridad nacional, a algunos cercanos les pueden parecer otro capítulo del ya extenso libro de “ducadas”, que no les afectan directamente.

Pero el empeño que le puso el Gobierno a la desfigurada e inhumana reforma tributaria y al acatamiento de la orden de promover al hijo de Uribe como precandidato presidencial le pueden costar, como ya está sucediendo, el derrumbe de los pocos apoyos que le quedan tras bambalinas, así en los micrófonos y redes parezcan estar del mismo lado.

Al amago de hecatombe de la tal reforma, enterrada antes de nacer por el desmarque de Vargas Lleras, los partidos de oposición y de César Gaviria con denuncias de mermelada, le sobrevendrán las presiones variopintas de los pocos áulicos a la hora de las aprobaciones en el Congreso y el voto negativo conveniente de partidos y futuros candidatos en pleno año electoral.

Pero lo que no resistiría un envión en la descosida unidad de partidos de gobierno sería la oficialización como aspirante del delfín uribista, no solo porque todos, incluso los que rodean a Duque, saben que el país no resistiría un segundo y magro período en cuerpo ajeno, sino porque entre esos aliados hay quienes no están dispuestos a sacrificar una vez más aspiraciones, egos y carreras. Entre la mermelada y el fuego amigo. Quién lo creyera.

¿Es en serio?

Por Mario Morales

De veras, ¿la visibilidad por los hechos coyunturales con Venezuela y el debate por los protocolos con el Eln son suficientes para erigir al canciller como ministro estrella? y, peor aún, ¿eso ya le da patente para autonominarse como aspirante a la Presidencia? (Publica El Espectador)

Es cierto que las calidades y méritos no son el común denominador de quienes rodean al actual Gobierno, como lo demuestra el pobre balance de ministros y funcionarios de primer nivel, lo que reclama la revisión urgente de logros, pendientes y desaciertos que hacen parecer la actual administración como si estuviera en interinidad; pero de ahí a pensar que, y supongamos que así es, el simple cumplimiento de las tareas lo inviste de liderazgo y calidades para dirigir los destinos del país quiere decir que la vara está demasiado baja.

O ¿va a ser más importante el tonito, la intransigencia y la invocación de la mano dura? Por ese camino de las poses o convicciones altisonantes e inamovibles es que el país produce miedo. No es sino ver la interpretación tergiversada, engañosa o agresiva que están tomando las voces de quienes ocupan cargos de cualquier nivel, o aspiran a hacerlo, como prueba de que conocen y aplican, a ultranza, “la doctrina” y que pueden llegar a ser más papistas que el papa.

Contrasta la disculpa peregrina del canciller, aludiendo que se trataba de una respuesta jocosa, con la responsabilidad política que su aspiración genera desde el cargo donde está, y que fundamenta el proceso preventivo que ya inició la Procuraduría.

Ya estuvo suficiente de actuaciones, declaraciones o publicaciones basadas en ambiciones personales, delirios, insultos o engaños, como el caso de quien está (o estaba) llamado a dirigir el Centro de Memoria Histórica, para después salir con retractaciones a las malas, como si la honra de las personas y la suerte del país se pudieran refundar con el pretendido “borrón y cuenta nueva”.

Es verdad que ese culiprontismo verbal de quienes nombran y quienes son nombrados los está retratando, o delatando, mejor que cualquier perfil. Pero ya son seis meses. En serio…

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