por Mario Morales | May 5, 2015 | Blog, Opinión
Por Mario Morales
SI ALGO HABÍAMOS AGRADECIDO AL presidente Santos fue desacostumbrarnos a la política del miedo, a esa desazón permanente, fruto de amenazas abiertas y encubiertas con las que el anterior gobierno manipuló imaginarios, esperanzas y proyecciones del país que queríamos. (Publica El Espectador)
Merced a esa tensión permanente aprendimos a desconfiar de todos y de todo, de los vecinos extranjeros, regionales, y hasta los del barrio, percibidos todos como encarnación misma de una amenaza terrorista.
Esa desazón sigue revoloteando por ahí y a veces anida oronda, como ayer con la intimidante carta-comunicado del senador Uribe a su exsubalterna, María del Pilar Hurtado, en la que la reta a vérselas con él.
La táctica le ha dado resultado, combinada con el desprecio a la justicia y la cacareada persecución contra su núcleo cercano. La prueba es que ya hasta líderes de opinión hablan de hostigamiento, cuando no ha habido más que pequeños avances para castigar probadas empresas criminales.
De ahí a la cultura del miedo, de la que han hablado desde Chomsky hasta Michael Moore, solo hay un paso.
Por miedo construido hay quienes ya aborrecen el proceso de paz. Y eso que las cifras dicen que los insurgentes ahora son solo diez mil.
Por miedo insuflado cercaron a Petro, así no tuviera mucho para dar, como ha quedado claro. Eso del infundado castrochavismo ha surtido sus efectos.
Por miedo inoculado a Clara López se ha inflado la imagen de una de las versiones de Peñalosa. No falta quien extrañe su talante neoliberal y su mano fuerte.
Por miedo compartido, y aquí los medios como en los casos anteriores no pueden esquivar su enorme responsabilidad, se echó por tierra lo poco que había de afecto al transporte público. Algo va de la información necesaria al pánico infundido con el que hoy abren, por rutina y efectismo, algunos telenoticieros y periódicos.
No dejan alternativa… De regreso a los bunkers, al carro blindado y a la seguridad privada… Como hace 14 años.
por Mario Morales | Abr 28, 2015 | Blog, Opinión
Por Mario Morales
VUELVE Y JUEGA. NO LE HACEN NADA bien al debate público ni a la búsqueda de solución al paro del magisterio las comparaciones simplistas (como las llamó la misma mineducación), ni las frases hechas —de ambas partes— con intenciones de convertirse en titulares. (Publica El Espectador)
Parapetarse en el único argumento de la indefensión de ocho millones de niños que no tienen clase por el paro, no sólo es una suerte de chantaje emocional, sino que deslegitima la protesta social de un sector inveteradamente maltratado en lo económico y en lo reputacional. Esa vacancia se pudo evitar hasta hace una semana. Y acudir a frases engañosas como esa de que se negocia con la insurgencia y no con la docencia, caldea los ánimos, conduce a la reactividad y transmite un mensaje equivocado sobre los diálogos de La Habana. Ahí perdemos todos, porque en medio de la polarización ya no argumental, sino emocionalizada, se traspapelan los porqués y paraqués de la movilización.
Se les sirve un suculento plato a las muchas especies depredadoras que se mimetizan en el ciberespacio y a ciertos medios que parecen “gozar” con diatribas y matoneos, ora de la ministra, ora de los protestantes.
Otros medios —no nos cansaremos de insistir— sólo relatan el paro desde la perspectiva del trancón, caos de movilidad y afectación de otros ciudadanos. Las razones de la movilización aparecen, cuando lo hacen, como contexto. Por otra parte, las aspiraciones salariales de un solo golpe suenan elevadas, pero a mediano plazo pueden ser razonables, para usar el término de la Procuraduría. Y la evaluación docente es un imperativo categórico, con los correctivos que haya que hacerle.
Con ese par de insumos, menos micrófono de las partes y la idea de negociar primero y cara a cara garantías para levantar el paro y luego hablar del resto del pliego, hay esperanzas de seguir dignificando la labor docente y que el Gobierno deje su terquedad y soberbia. Las clases se recuperan…
por Mario Morales | Abr 21, 2015 | Blog, Opinión
Por Mario Morales
Sí. Hechos, por supuesto. Es lo que pedimos a la guerrilla, a la mesa y al Gobierno en esta instancia crítica del proceso de paz. Pero el primero de todos, ajeno (con perdón del presidente Santos) a la mala retórica, es una dosis de verdad de todas las partes, si es que se quiere recuperar la confianza entre ellos y la esperanza del país. (Pu8blica El Espectador)
La primera verdad, la de la guerrilla y su explicación inmediata de lo que pasó en Cauca, sin dilaciones ni ambages de “investigaciones internas”. Debe dar la cara, pedir perdón y contarnos las medidas de castigo y prevención para que esas acciones no se repitan. Necesitamos saber si actúa y piensa como un solo bloque o está fracturada.
La segunda, la de la mesa, que debe dejar de hablar desde trincheras y en contra del “otro”, para emplear el “nosotros” en medio de las diferencias. Esa verdad debe pasar por una estrategia de información común, periódica y transparente sobre lo que sucede en La Habana. No más espacio a especulaciones y noticias o fotos falsas, como la del Twitter de Uribe, que llaman a confusión.
Y la tercera, la del Gobierno, que debe ser firme en sus posiciones y dejar de dar contentillo a todos, especialmente a la derecha recalcitrante que no cambiará un centímetro su posición. Por eso debe evitar la trampa de los plazos que le permitirían a la guerrilla el manejo absoluto del timing de las conversaciones, y les daría alas a los que petardean la posibilidad de un acuerdo. Sería como aceptar la mesa por cárcel.
El rechazo unánime y genuino, en la mayoría de los casos, al asesinato de los soldados en el Cauca, es una demostración del avance del país en la recuperación de la sensibilidad y del sentido de dignidad de la vida humana. Por eso hay que insistir en los diálogos poniendo por encima de todas las diferencias el valor de la vida de cada colombiano.
Sí, hechos. Sí, premura. Pero lo primero que necesita el país es dosis de información y de verdad.
por Mario Morales | Abr 14, 2015 | Blog, Opinión
Por Mario Morales
CÍNICO Y HUMILLANTE, SI SE QUIERE, el papel de rangeles, plinios, palomas y demás perifoneadores de la hecatombe nacional, fabricada a base de mentiras y deformaciones, aun a costa del falso prestigio de sus autores. (Publica el Espectador)
Humillante como bajar la cabeza luego de que Uribe les hiciera cambiar el voto para impedir que pasara en el Senado la inhabilidad de cuatro años con la que Vargas Lleras no podría ser candidato presidencial.
Y cínico como pretender hacer creer que el vicemindefensa Bedoya había desmentido al presidente Santos acerca del mejoramiento de la seguridad en el país. Bastaba leer el comunicado del vice, o su Twitter, donde defendía logros contra el secuestro extorsivo, el terrorismo y los homicidios, entre otros, cuyas cifras son las más bajas en los últimos 10 o 15 años. Sí, pero es un rol efectivo por contaminante. Mezclar propaganda, mentiras y desinformación siempre ha sido un coctel explosivo; y entre más grande sea la mentira, mejor su efecto.
El resultado es primero la provocación, luego la deformación, y en el peor de los casos, la sustitución de la realidad a punta de manipular signos (siguiendo al teórico Guy Durandin), esto es, hacer percibir como ciertos, falsos documentos o falsas declaraciones. El objetivo es fragmentar la opinión, confundir y desanimar. Busca crear otros mitos del porvenir (en términos de Durandin) valiéndose de argumentos retorcidos. Porque si Santos anda empeñado en crear sus mitos del futuro con base en la ensoñación, la oposición de derecha busca crear los suyos con asiento en la tragedia y el miedo.
Y el Gobierno da papaya, comunicándose en condicional y apostándoles a las ambigüedades de los porcentajes que no se comparan con hechos sino consigo mismos en términos absolutos. Ya lo decía Domenach, la fórmula para contrarrestar esa propaganda contaminada es hablar con simplicidad y franqueza, aun dejando ver debilidades. De allí a la solidaridad hay apenas un paso.
por Mario Morales | Abr 7, 2015 | Blog, Opinión
Por Mario Morales
EN SU COLUMNA DEL DOMINGO, PIEdad Bonnett lleva al terreno de prejuicios y estereotipos la crítica que hice, hace dos semanas, a Juan Manuel Santos en su idea de convertirse en “presidente de las regiones”; una imagen que, dije, “No termina de cuajar”. (Por Mario Morales)
Y no cuaja por su evidente distanciamiento con el país de la calle, comunicándose desde su urna de confort.
No era, no es, como interpreta Piedad, problema de clase social o populismo, sino de lógicas de un gobierno centralista e hiperlocalista, sin conexión con el sentir ciudadano. Ni él ni Petro han sabido “contarse” a la población.
Pasa Piedad por encima de la evidente ironía cuando reclamé que hasta el conversatorio sobre la presunta reducción de la pobreza tuviese como escenario el blindaje del Palacio de Nariño, lejos del clamor de la cuarta parte del país que la padece y de quienes, como dijo Noticias Uno, atribuyen la “tal disminución” a que antes era pobre quien ganara menos de $220 mil y ahora el que gane menos de $180 mil.
La imagen, como sabe Piedad, no sólo se construye con “escenarios”, sino con cifras y volteretas matemáticas. Y aunque ella se niegue a creerlo, con cirugías, maquillajes y asesores que fabriquen frases impactantes y, esas sí, de tono popular, para vender espontaneidad.
Si Santos se asumiera como el que es, como dice Piedad, no estaría metido en berenjenales propagandísticos para tratar de lavar su imagen negativa, que es del 53% según Gallup y del 56% según la Polimétrica de Cifras y Conceptos.
Pero lo está, y creo que tiene el derecho a hacerlo, así no lo haga bien. Pero una cosa es una campaña presidencial, donde juegan vanidades personales o intereses partidistas, y afloran esos prejuicios de que habla Piedad, y otra el momento decisivo del proceso de paz que toca a estas y a futuras generaciones.
Y para lograrlo, para contagiarnos, tiene que, repito, bajarse del pedestal, dejarse de prejuicios y ser o hacernos creer que es uno de nosotros, especialmente en las regiones, que es donde se construye la paz.
por Mario Morales | Mar 31, 2015 | Blog, Opinión
Por Mario Morales
En un país decente, la famosa Ley 966, o de Garantías, sería obscena por obvia. En un país con algo de pudor sería algo menos que innecesaria. (Publica El Espectador)
Pero en un país como el nuestro, corroído por la corrupción y las más bajas pasiones, mantener cortapisas al incremento burocrático que respalde causas o campañas, o la pretendida inversión para que el mandatario de turno obtenga ventajas indebidas, es absolutamente procedente.
Así lo ha entendido la opinión pública con la excepción, poco razonable, de los directamente interesados en que se derogue la ley: mandatarios locales o regionales y el presidente. Los primeros porque requieren de mermelada para la tostada electorera, y el último en la perspectiva de aceitar el mecanismo de refrendación de los acuerdos de La Habana.
Les quedarían menos de tres meses para comprometer fidelidades, con el lance de que después de junio se acabe el pegante de las adhesiones. Un riesgo alto para tanta platica como hay en juego. Y ese precisamente es el argumento más indignante, que alcaldes y presidente babeen con la cifra, $5,8 billones, en vez de hablar de proyectos estratégicos y necesidades específicas del país y sus regiones. ¿Gastar en vez de invertir?
Algo debe tener la dichosa ley en sus límites que despierta tantas sensibilidades entre los contratantes, como si esa fuera la única opción de “irrigar la economía para impulsar el empleo”, como dice el perifoneo oficial. ¿Acaso no quedan las alternativas de subastas, licitaciones, invitaciones, etc.?
Luego de la barahúnda circundante, y así no fragüe la iniciativa, sale ganando Santos. Primero, porque a los mandatarios regionales a quienes prometió reelección les queda claro que por lo menos lo intentó. Y segundo, porque pone a pelear a la oposición con otros molinos de viento y le da un airecito al candente proceso de paz.
Que se olviden de ese dinero. Los proyectos serios y planeados aseguraron financiación. Lo demás es politiquería o improvisación.