¿Directrices para el gobierno o buenas prácticas para periodistas?, el reto comunicacional del gobierno Petro
Mario Morales
Ya estamos en temporada preelectoral. La cascada de directrices emanadas del gobierno Petro en días recientes revela dos estrategias:
- el endurecimiento discursivo para mantener el —por ahora— disminuido apoyo popular;
- el énfasis en relatos que exhortan emociones negativas para enfrentar reformas, investigaciones, escándalos y discusiones.
Las 33 directrices de la fiscal Camargo para proteger la protesta pacífica, las orientaciones dadas a los 1500 medios comunitarios reunidos en Armenia, los llamados para ambientar las asambleas y movilizaciones sociales de esta semana y la directiva presidencial para la interacción de funcionarios públicos con periodistas: todas indican que el gobierno ahora le apunta al lenguaje directo y confrontacional; a la reunión y unidad de sus bases, y a tamizar adhesiones y adeptos para recuperar la opinión pública y apuntalar la estrategia para los próximos veinte meses de campaña electoral —que ya palpita a fuego lento—.
Lineamientos de relación con la prensa
El cambio más sensible es la concentración en el manejo emocional del relato de Petro en redes sociales, de sus seguidores y de los contenidos que pasan por los
Por Mario Morales
El periodismo en Colombia: entre la hoguera y el estigma
Por Mario Morales
Sumario
Juegan con candela. Quizás creen que las instituciones, que han resistido embates centenarios y que todos dicen defender, no son inflamables. En la lucha por el relato de los tiempos que corren todos salen un poco chamuscados: los pirómanos de oficio que, con el pretexto de la oposición, son botafuegos de todo y por todo; el gobierno mismo que, en lugar de ser una tea en defensa de la libertad de expresión, esparce gasolina a través de trinos presidenciales o de su mano derecha; activistas disfrazados de periodistas, periodistas transformados en activistas, políticos infiltrados en el periodismo, periodistas que quieren infiltrarse en la política, comunicadores fletados, tuiteros que se creen figuras públicas, posteadores que se creen influenciadores y las grandes bodegas de los dos extremos han contaminado de tal manera la esfera pública y han arrinconado al buen periodismo, a las organizaciones y a los medios que hacen la tarea y los han puesto entre la hoguera y el estigma, en medio de tres guerras distintas y un solo caos verdadero.
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El contexto
Lo nuestro es el conflicto, como lo sabe en carne propia, por lo menos, medio país desde que tiene memoria. Como se deduce con esas nueve cajas chinas que buscan dialogar con los armados ilegales. En el mismo origen o por el mismo efecto, junto a esa violencia interminable, asistimos escandalizados a otras guerras y por otros medios: la primera, la guerra por el relato, a sabiendas de que la historia ya no la escriben los vencedores, (como dice la manida frase cuya autoría se pelean Walter Benjamin, George Orwell y Winston Churchill), sino, como parece, quien tenga más likes, más bodegueros y más viralización.
La segunda, en continuidad con la anterior, la guerra por el control de la agenda pública que hace tiempo se llevó por delante la agenda mediática y la agenda política, por debilidad, ignorancia o falta de convicción de periodistas y políticos de oficio.
Y la tercera, la guerra por el poder, o lo que eso signifique, y que algunos asocian al poder gubernamental, otros al poder económico, otros al poder de hecho y otros al poder simbólico. En esos escenarios es necesario preguntarse en primera instancia quién ostenta el poder; si es acaso el gobierno que escasamente ha podido salvar las dos últimas legislaturas en su ambicioso plan de reformas; o si es la oposición en su rol de palafrenero en los procesos de cambio para insistir que las cosas se hacen a su modo; o si son las mafias enquistadas que siguen esquilmando el presupuesto ante el estupor general. En ese orden de ideas cabe interrogarse cómo se reconfigura el rol de contrapoder de los medios periodísticos y si debe vigilar a todas las expresiones mencionadas o se circunscribe, a juzgar por la posición de algunos medios, a la vigilancia del poder político, y que por su tono y obcecación se puede confundir con oposición ideológica, sobre todo si ese control se hace desde orillas con intereses políticos definidos y más aún, con intenciones proselitistas y electoreras.
El resultado de tantos frentes de batalla es este caos generalizado en el que, invocando diversos métodos que van desde la agresión y la violencia verbal hasta la legitimación de información mentirosa y engañosa, todos los contendientes dicen estar defendiendo la democracia, maestro. Habría que parafrasear a la derrotada Madame Rolland en la revolución francesa: Oh democracia cuántos crímenes se cometen en tu nombre”.
Tras de cotudos…
Como si fuera poco con la rampante crisis de los medios por razones de sostenibilidad, fragmentación, competencia, mercado y legislación, se ha desatado una guerra inédita contra los medios, desde algunos medios y entre algunos medios y periodistas que solían debatir sus diferencias en privado y parecer unidos en públicos. ¿Porqué?
Ya los espíritus estaban alterados. La sectarización creciente, el uso de la estrategia del escándalo como arma de comunicación política, la propaganda sucia, la pauperización del debate público y la suplantación del argumento por el insulto y la posverdad aumentaron la temperatura interna a límites insostenibles. La chispa la produjo el señalamiento del uso de tribunas o posiciones periodísticas como plataforma de futuras campañas. Chispa que se fue extendiendo con trinos frecuentes del presidente y su confrontación personalizada sobre la veracidad de publicaciones de periodistas o medios; con la construcción endeble de “casos judiciales” sobre decires, versiones, rumores o especulaciones; con la oposición abierta o velada de algunos medios, ya no solo desde espacios editoriales sino de realidades alternativas en las que los hechos fueron reemplazados por opiniones de fuentes de un mismo origen, cuando no de fuentes anónimas; con la construcción amañada del vox populi; con el abuso de la presunción ya no para hablar de inocencia, como instancia garantista, sino de escudo para sentenciar responsabilidad y culpabilidad; con la instrumentalización del periodismo desde cargos públicos; con la cooptación del oficio para engañar o para mentir; con la confusión entre opinión pública y la opinión privada expresa públicamente; con la legitimación de la voz ciudadana como voz periodística; con la utilización de medios públicos con fines políticos regionales o nacionales y con la publicación estudios como el del Reporte de Reuters y Oxford que dan cuenta de la baja de la confianza en los medios, hasta un 35%, y la consecuente evasión o huida de las audiencias, en un 44%, de los medios noticiosos ya fuera por exceso, miedo, ansiedad o la polemización fútil en X de ”la mayoría de las élites periodísticas, académicas, económicas y políticas, a menudo de modo tóxico y descortés”.
Hasta que llegó el conato de incendio: la estigmatización, por parte del presidente Petro a la Flip, uno de los pocos bastiones que tiene la libertad de prensa y de expresión en nuestro país. Con alusiones a un periodismo Mossad en asociación a filtraciones y espionajes de la agencia israelí, o con injustas vinculaciones actuales con políticos de derecha, Petro optó por escalar las diferencias con algunos reporteros por razones de veracidad y comprobación de la información, a confrontación directa con la prensa en general, infamando sus organizaciones o atacando a periodistas renombrados por el solo hecho de preguntar.
Atacar a la Flip, cuyo mandato está enfocado en la defensa de los periodistas y el libre ejercicio del oficio, no solo fue desproporcionado, sino que puso en contradicción algunas de las actuaciones del presidente en el pasado en relación con el respeto por los derechos humanos ante instancias internacionales que, al unísono, CIDH, RSF, SIP y demás salieron en apoyo de la fundación colombiana, de quienes la lideran y de sus actividades.
¿Qué buscaba el presidente?
Por un lado, sentar un precedente contra esa “prensa hegemónica tradicional” y dar, de paso, un velado apoyo a medios alternativos y comunitarios de los cuales ha hablado reiteradamente pero no ha podido organizar. Por otra parte, elegir un “enemigo” calificado para desvirtuar periodistas en particular con los cuales ha sostenido frecuentes encontrones; pero, además, alinderar fuerzas con dos claros mensajes: quien no está conmigo esta contra mí, y los amigos o defensores de mis enemigos son también mis enemigos. Finalmente, y en medio de la confusión, abrir un debate sobre la necesidad de una instancia, en este caso la Flip, que diferencie el buen periodismo del mal periodismo y actué en ese sentido.
Era necesario que la Flip reafirmara, como lo hizo, cuál es su función específica. La otra, la que quieren endilgarle como tribunal, agente evaluador o calificador de la labor periodística la aparta de su competencia para ponerla en el ojo del huracán, como efectivamente ha venido sucediendo en las tendencias de redes sociales en las que sin asomo de justicia se ha puesto en entredicho la idoneidad de la organización y la honestidad de sus directivos.
Sin generalizar
Tienen razón los medios y periodistas en exigirle al gobierno, como lo hicieron a través de una carta firmada por decenas de reporteros y líderes de opinión, que haya garantías para el oficio y que cesen los ataques multiplicados por los áulicos digitales, que debilitan el ejercicio democrático. Como los medios, las redes sociales gubernamentales construyen realidad, generan o refuerzan imaginarios y legitiman representaciones que van más allá de la reputación y ponen en riesgo la integridad de los comunicadores, afectan su salud mental y alteran sus rutinas profesionales. No deja de ser paradójico que esos ataques a la prensa se den justo cuando se tenía prevista la expedición de una directiva presidencial, con apoyo de la CIDH, para prohibir la estigmatización gubernamental a los periodistas.
La respuesta a las investigaciones periodísticas no puede ser el insulto o la descalificación, y las preguntas, independientemente de su tono, no pueden ser respondidas con amenazas desde la prepotencia de los cargos y mucho menos con demandas de cualquier índole, que comienzan a configurar acoso judicial y tienen la nefasta intención de limitar y censurar, por otra vía, a los implicados y advertir a los demás colegas.
Es cierto que el escrutinio periodístico puede llegar a ser agobiante, pero es necesario en aras de la transparencia y la rendición de cuentas, más aún cuando el gobierno no cesa de verse envuelto en escándalos, investigaciones, polémicas y señalamientos, especialmente provenientes de fuego amigo.
Es cierto que espontáneos o políticos se han disfrazado de periodistas con interés particular pervirtiendo el interés público y contaminando la percepción ciudadana de este digno oficio. Una cosa es que la constitución garantice la libertad de prensa y otra que individuos sin formación o politiqueros con bajas pasiones utilicen el periodismo en venganzas, querellas o disputas ideológicas o se valgan de él para lograr reconocimiento público, seguidores y esquilmar la confianza de sus seguidores para saltar a la arena política. Peor aún que lo hagan a través de estrategias algorítmicas aprovechando el perfilamiento que hacen para explotar sus emociones. Como en otras profesiones y oficios, advenedizos e impostores deben quedar al descubierto.
Pero también es cierto que, en correspondencia con un ambiente sano de libertad de expresión, con el que el gobierno debe comprometerse, los medios y los periodistas están llamados a cumplir con los principios centenarios del oficio, más allá de los reclamos gubernamentales, tal y como lo dice el artículo 20 de la Constitución, citado por el exmagistrado José Gregorio Hernández, y que consagra el derecho a informar sin censura que asiste a los periodistas, pero también el deber de que la información sea veraz, imparcial y comprobada.
Y aquí vuelve a tener razón la Flip, le corresponde a la sociedad civil, a la academia, a las defensorías de audiencias, a los observatorios de medios, a las veedurías ciudadanas y a los individuos informados servirle como contra peso a esos medios con una mirada crítica constructiva que ponga en evidencia malas prácticas legitimadas como la suplantación del periodismo de hechos por el periodismo de versiones y rumores; la contaminación del periodismo informativo por opiniones no pedidas y sesgadas del reportero; la “reportería” que pasa por encima de derechos consagrados como la privacidad y la intimidad cuando no hay afectación pública y devienen deshumanización, descalificación u ofensa; la ideologización de medios públicos en defensa o haciendo propaganda a gobiernos en ejercicio; la ausencia de calle, esto es, de reportería y presencialidad; el arribismo, el racismo y el clasismo mimetizados en el escrutinio y el seguimiento; la doble vida de personajes que sirven por una parte a intereses empresariales privados no confesados y en otras instancias se presentan como periodistas, columnistas u opinadores sin dar a conocer sus conflictos éticos o de intereses, llevándose por delante la perspectiva de verdad, afectando la memoria histórica y, lo que es peor, en contra de las víctimas de todas las violencias, como se ha denunciado recientemente.
Aún en medio de estas malas prácticas, nada justifica el estigma o la descalificación gubernamental y mucho menos generalizado con etiquetas como “la prensa” o “el periodismo” que pueden resultar incendiarias.
No sobra recordar que la columna vertebral del periodismo son sus principios que no son enajenables ni adaptables ni permutables, y que la médula de esos principios la componen la libertad de prensa y la libertad de expresión, un triduo que es, a su vez, más que soporte, sello y rostro de la democracia.
Por eso se extraña que en los llamados que viene haciendo el gobierno a la unidad y al consenso no haya mención a una zona de distensión con los medios, el periodismo y el mundo de la comunicación. Hay que comenzar a apagar el fuego. Todos somos bomberos voluntarios. El pluralismo del que tanto se habla, pasa por el respeto a la diferencia y por el diálogo franco entre gobierno y reporteros, aún aquellos que patean los estándares de calidad del periodismo: diálogo que debe estar mediado y en presencia de la sociedad civil, si es verdad que la participación está en la entraña del mentado acuerdo nacional y si es cierto que el objetivo es la paz, que sin el periodismo no puede ser total.
Los medios en el gobierno del cambio: ¿Vida o más de lo mismo?
Por Mario Morales
Asistimos a varias guerras simultáneas: la imaginada, sin registros audiovisuales consistentes en Gaza y Ucrania; la cacareada del cambio climático, con cifras apocalípticas cada comienzo de año: la de la desinformación, plagada de fake newss, propaganda sucia y lenguajes de odio; y la de la asignación de sentido a la historia del presente entre políticos mesiánicos, audiencia veleidosas, medios desconcertados y periodistas indignados porque perdieron protagonismo en la intermediación de la información.
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El periódico Vida que lanzó recientemente la presidencia de la república, y que sigue la huella de Humanidad, aquel que se publicó, sin mayor influencia cuando Gustavo Petro fue alcalde Bogotá, es una nueva batalla en esa pugna sin fin por el relato nacional entre los polos ideológicos que nos separan desde hace 22 décadas y unos medios masivos que no pocas veces han confundido el rol de guardián de la sociedad con el de oposición
Forma parte de un viraje brusco de estrategia en tres sentidos: Ya no pareció suficiente la agitación presidencial vía redes sociales o discursos en escenarios internacionales a través revelaciones políticas y denuncias, como las denominó Domenach, e incluso voces de orden, es decir, comprimidos semánticos a manera de lemas para resumir toda la plataforma política, como “el gobierno del cambio”. Es acaso necesario competir ahora en géneros y formatos con los medios tradicionales a la hora de reivindicar o de interpretar actividades o logros.
Segundo: reemplazar la inversión publicitaria en medios generalistas, siempre entendida como presión indirecta, y enfocarla en medios públicos como RTVC o propios como el naciente periódico. Ya el año pasado La silla vacía documentaba cómo en el anterior gobierno ese rubro tuvo un 69% en medios de comunicación privados y se redujo drásticamente en esta administración. Así, RTVC pasó de recibir $900 millones con Duque a $5.147 con Petro. Esa disposición del gasto ha sido no pocas veces interpretada como resultado de la animadversión y contienda constante del gobierno actual con los medios masivos.
Y tercero: A la idea inicial de desintermediación mediática y de personajes piloto, con énfasis en redes sociales y apoyo a medios activistas, erróneamente llamados alternativos, le ha seguido la estrategia mediocéntrica, retornando a medios tradicionales, con la pretensión” de equilibrar” el supuesto sesgo en el caudal de información, que más que alimentar, indigesta la opinión pública. Esa ofensiva que comenzó con la toma informativa de los medios públicos continúa con un periódico tipo tabloide de 24 páginas, a todo color, con 500.000 mil ejemplares, distribución gratuita nacional y a un costo de 630 millones de pesos. Esas fueron “las razones” que esgrimieron quienes criticaron la aparición del medio. Primero que fuera un pretendido medio periodístico, segundo que se dedicara a contar las actividades gubernamentales y tercero, el costo.
Lo primero llevó el debate a digresiones. Salvo una sola mención en el editorial (esa de ejercer un periodismo responsable), Vida es, a todas luces, un órgano de comunicación política del gobierno Petro. No cuenta con estándares de calidad periodísticos porque su objetivo es esencialmente propagandístico: “contarles a los colombianos los avances y logros del primer gobierno popular en Colombia”, dice. Y la comunicación política y la propaganda son opciones legítimas de todos los gobiernos dentro de márgenes de pertinencia y mesura presupuestal.
La propaganda escueta de la primera mitad de la centuria pasado, la de los efectos mínimos de mediados del siglo veinte y la comunicación política de orden cognitivo, estudiada por teorías como los usos y las gratificaciones, la espiral del silencio, y la agenda setting, forman parte de la proverbial y necesaria información desde los poderes públicos, de la urgente pedagogía y la persuasión para lograr la aquiescencia o fidelización de la opinión pública en las metas comunes. Ya lo decía Napoleón, «Para ser justo no basta con hacer el bien; es necesario, además, que los gobernados estén convencidos de ello. La fuerza se funda en la opinión. ¿Qué es el gobierno? Cuando le falta la opinión, nada». Claro, otra cosa es dedicarla a impresionar, a sugestionar, a la personalización de la política, al culto a la imagen o búsqueda de favorabilidades ajenas al interés general.
¿Por qué y para qué un periódico en plena época de declive en la lecturabilidad de los impresos? Para plantar duelo en el mismo terreno de los medios hegemónicos, manteniendo la inveterada reverencia a la palabra en papel y al paradigma de su indisolubilidad, propio de sociedades en extinción, esas que al decir del mito hegeliano todavía entienden la ‘lectura del diario como la plegaria matutina del hombre moderno».
Y obviamente, en una sociedad doblemoralista como la nuestra no podía faltar el falso dilema del presupuesto y su presunta mejor inversión en otros menesteres. La memoria es flaca; según la Flip, durante el segundo periodo de Juan Manuel Santos se gastaron 36 mil millones de pesos en publicidad gubernamental. La misma entidad documentó que en sus 4 años Duque empleó más de 40 mil millones de pesos, incluyendo su programa televisivo Prevención y Acción que comenzó con un requerimiento pedagógico en medio de la pandemia y degeneró en politiquería o retórica a favor de la imagen presidencial. Gasto que fue polémico porque parte de esos fondos salieron del fondo para la paz, sin contar un contrato superior a 3 mil millones para una empresa publicitaria, que lideró la campaña del No en el plebiscito por la paz, con la intención de definir e implementar la estrategia de imagen y posicionamiento online del presidente Duque.
Pero ¿y el periódico?
En medio de la polémica planteada arriba sobre la conveniencia de distribuir un medio impreso en estos tiempos digitales, agravada por la ausencia de una cultura mediática en el consumo de periódicos para encontrar la información necesaria para los ciudadanos y así tomar decisiones, urge preguntarse sobre la calidad en contenido y estéticas del medio propagandístico de este gobierno.
Se habla de distribución en 32 ciudades, pero sin suficiente claridad sobre su operación y con señalamientos de uso de canales destinados a otros fines. Son 24 páginas a todo color, en formato tabloide, con un diseño esencialmente tradicional y conservador, donde lo sobrio se confunde con lo escueto.
En el logo se integran los tres colores primarios, vitales, en concordancia con el nombre y la alusión gráfica al mapa de Colombia: tiene un eslogan a manera de voz de orden propagandística: “avanza el cambio”, con mandatos manifiestos como ir contra el silenciamiento mediático, romper con el centralismo y circular en las calles como escenario de las movilizaciones. Es decir, ideología pura.
Habla de pluralismo, pero escasean voces distintas en el consejo editorial. Su talón de Aquiles es la fotografía, comenzando por la que aparece en primera página, una suerte de selfi desangelada con una joven en medio de una multitud y con una llave figurada y un título a manera de eslogan “tierras para la paz” pero sin conexión real entre la frase y la ilustración. No emociona. Las demás fotos utilizadas son desafortunadas, posudas, estáticas, sin vida y sin relato. Salvo aquella donde aparece el alcalde Galán quieto, pasivo, de espaldas, saludando al presidente, activo y avanzando. La intención es clara. Se salvan también las imágenes de la última página, para quienes lleguen hasta allá, esas sí espontáneas y plenas de acción y contenido.
Los titulares son fríos, todos construidos con la redacción del siglo pasado: sujeto, verbo y predicado, pero sin historia porque gana la intencionalidad publicitaria. La cuarta parte de ellos están fundamentados en las cifras, que no tuvieron el suficiente cuidado a juzgar por los reparos que le hizo La Silla Vacía a aquellas referidas a la compra y formalización de tierras, la columna vertebral de esa primera edición.
El contenido está construido sobre la clásica pirámide invertida según los temas de interés del gobierno. Tanto que termina con entretenimiento, cultura y deportes. Pero el eje del 75% de los artículos gira en torno a la economía, la inversión o el presupuesto, con una estructura repetida, denotando una mirada unidireccional y mecánica que deja en evidencia la formación y experiencia del editor.
También, y en contravía de la visión de mundo que plantea el gobierno, la narrativa es vertical: en las formas redaccionales el gobierno es activo, dinámico y asistencialista: da, destina, invierte, planea, prioriza, entrega, consolida, propone, establece, protege, activa, logra, apoya, se la juega… y las poblaciones reciben, les llega, aceptan, si acaso celebran resignadas a su papel de pacientes de las acciones gubernamentales.
La palabra que más aparece con variaciones es logro, en esa intención vendedora. De hecho, el carácter aspiracional y futurista aparece en once de las veinte notas principales; solo nueve hablan de hechos cumplidos, obras iniciadas o acciones adelantas.
Los leads pierden fuerza, se aplazan, se diluyen en medio de la premura por el autobombo. Le gana la agenda al relato; los títulos están más cerca de los bullets de las plataformas o programas electorales que de la creatividad y las estéticas llamativas, cuando no de los lugares comunes: “las comunidades energéticas tienen vida”, “una vía para fortalecer organizaciones culturales”, “alianza para soluciones de fondo”.
En fin, un periódico no solo difícil de leer sino de ojear. Denso, aburrido, pero sobre todo tardío. Esa periodicidad, que oscila ente lo mensual y el “cadapuediario”, que quizás intentará solventar la versión digital, le llega fuera de tiempo al debate, a la desinformación, a las verdades a medias y a la pedagogía que, como es apenas obvio, debe anteceder a los hechos y no solo repetirlos cuando ya casi están en el olvido.
¿Y los medios públicos?
Si el periódico representa una alternativa legítima, aunque insípida, el trato que están recibiendo los medios públicos nacionales por el gobierno actual, va en contravía del mandato que esos medios tienen, en tanto que son medios ciudadanos por excelencia y no cajas de resonancia o perifoneos para la comunicación política o la propaganda del gobierno. Son el resultado de una confusión malintencionada entre lo estatal y la injerencia de los gobiernos nacional, regionales y locales no solo en la nominación de gerentes y directivos tanto en la parte informativa y de ficción, sino también en las líneas editoriales, las decisiones sobre los contenidos o el tratamiento que deben tener, amén de los señalamientos por abusos y las brechas explícitas que hablan de ambientes laborales hostiles, fragmentados y enfrentados.
Pierde Petro una oportunidad de oro de devolverle esos medios a sus verdaderos dueños: los ciudadanos. Una cosa es que el gobierno tenga espacios, como ya los hay en las parrillas de programación, dedicados a la difusión de logros, pedagogía sobre los cambios o reformas que se pretenden o posiciones o claridades sobre los debates y dilemas políticos, y otra que esa pretensión contamine todas las franjas y todos los programas, insultando la inteligencia de oyentes y televidentes.
Como no se veía hace mucho tiempo, ahora RTVC tiene un mayor presupuesto, pero se requiere materializar el tan presumido pluralismo y la tan reiterada participación ciudadana en asuntos decisorios sobre los medios. Hace falta una junta multipartita y diversa que tome decisiones de fondo, que esté integrada por representantes de la sociedad civil, la de las ciudades y la de los territorios; por representantes de la academia, por representantes de la comunidad internacional, de los colectivos de expertos audiovisuales organizados y, por qué no, una silla para un representante del gobierno.
Es hora que la retórica y la agitación le den paso a la transformación requerida para comenzar a creer que el eslogan que acompaña al periódico Vida y a la discursiva presidencial no es letra muerta y que “el cambio avanza!”. Que se note. Medios públicos para los ciudadanos.
La esquizofrenia de la comunicación política actual:entre la agresión y el escándalo
Por Mario Morales
Decía Konrad Lorenz que el patrón de comportamiento de los seres vivos es la agresión y no imaginaba las redes sociales. Esa parece ser una de las dos esquizofrenias de esta década en la arena política. La otra es el escándalo como acontecimiento, como forma de comunicación.
No son, como pudiera pensarse, coyunturas emocionales, espontáneas o instintivas, sino estrategias recurrentes que han desplazado la reputación como el valor central en la generación de opinión pública y han puesto en su lugar la visibilidad a toda costa, esa luz tenue y pasajera que se confunde, por su malversación, con la figuración, la fama y el reconocimiento. Emociones puras y básicas, como lo desnudó Cambridge Analítica. El resto es seguir el libreto.
La ideología ha muerto, que viva el clic es la enseña en la gestión, consecución y promoción de puestos públicos, pero también en sus formas desairadas y cínicas de comunicación.
Lo prueba el rifirrafe de una fiscal y una congresista -hija legítima de esa forma de habitar la esfera pública, conmoviéndola- ya ni siquiera por la posesión de la verdad en sus confidencias inanes, aunque coherentes con ese oportunismo tan nuestro de aspirar a vivir del Estado, que no logran ocultar que por debajo hay mutuos ajustes de cuentas por desalineamientos con la agenda legislativa del gobierno. Agresiones con mentiras de todos los calibres a bordo en forma de descrédito mientras las citas y métricas suben como la espuma que comprueban que perder es ganar un poco. Porque eso tiene la agresividad, alindera bandos y ratifica adhesiones, ciegas por supuesto, porque refuerza los sesgos de sus seguidores o sus intereses. Y luego emerge la carga moral, porque en ese tipo de escándalos también se enfrentan la sevicia y la compasión con la víctima; así como el odio y el apoyo viscerales con el victimario. La moraleja: eso no se hace, pero había que hacerlo…
En ese ambiente contaminado de rabia y escándalo, la verdad oscila como un péndulo entre la duda y el bluff. Parafraseado al pretor Julio César, “más que serlo, la verdad tiene que parecerlo” para que, sobre todo, emocione, se comparta luego y se viralice antes que se descubra su dosis de mentira y engaño; para entonces el daño estará hecho y toda rectificación llegará fuera de contexto, en medio de la incredulidad, aplastada por la acumulación de contenidos. Lo sabían quienes, desde la oposición difundieron el relato amañado de una asamblea de la ONU ajena y desinteresada en el discurso del presidente Petro; pero también quienes, desde la otra orilla y con las misma ardides, montaron vítores y aplausos ajenos para ganar indulgencias. La mengua de la reputación, en ambos casos, pasa a ser un daño colateral, un daño controlado. El objetivo del atiborramiento de cráneos, esto es, de la sobrexcitación sin espacio para la reflexión, en cada caso, ya se había logrado: la denuncia tiene más efecto que la rectificación a despecho del juicioso trabajo de fact checking que expuso las mentiras de ambos bandos. Y así como no sirve como pretexto a los primeros el poder del gobernante para intentar controvertirlo mediante todas las formas de lucha, tampoco sirve a los segundos como mampara el evidente desequilibrio de los medios masivos, incapaces hasta ahora de narrar, con estándares de calidad periodística, de manera adecuada, y en todas sus aristas, el primer gobierno de izquierda de nuestra historia republicana. Controvertir los sesgos, a veces descarados de los medios privados utilizando los medios públicos para diseminar la propaganda política, es un despropósito con las promesas del gobierno y el deber ser de esos medios. Segunda moraleja… No todo vale.
Filtrar información, y hacerlo de manera descarada como con el interrogatorio a Nicolás Petro, con el fin de intervenir en la agenda política a través de la agenda mediática es, sin duda agresivo y cada vez menos escandalizante, a pesar del intento de construir un reflejo condicionado semanal a punta de papel y clics. La información, pero sobre todo la información contaminada no es una necesidad que suscite actos reflejos; su efecto se mengua en la repetición. Comienza a cansar.
La agresión simbólica, la física, -como en la lamentable y rechazable toma de un medio de comunicación por la minga indígena- y la personal buscan paralizar a través del miedo como advertencia; pretenden inmovilizar mientras se convierten en otro proceso comunicativo, vertical y autoritario, para reemplazar el argumento, el debate y el disenso.
El escándalo buscar sacar al señalado de su zona de confort para llevarlo a responder en otro contexto, tardíamente, sin el mismo nivel de contundencia y a la defensiva; lo obliga a repetir y reforzar lo denunciado en el intento de desmentirlo. Descalificar escandaliza al tiempo que teje una cortina de humo sobre el tema principal que queda condenado a morir como línea narrativa de contexto o de referencia.
Lo sabe Uribe cuando ataca en lo personal y en lo ético a un columnista que lo insta a responsabilizarse en medio de las denuncias e investigaciones de los falsos positivos.
Lo sabe el alcalde Quintero cuando ataca a una periodista radial que lo interroga por las denuncias de una veeduría sobre asuntos de transparencia.
Lo sabe el presidente Petro cuando personaliza sus exigencias a críticas a periodistas y medios a través de redes sociales.
Lo saben, pero es eficiente para su comunicación política porque desplaza un clima de opinión naciente por un clima de fuerza en medio de la polarización que se genera, en un conflicto redivivo en cada comentario nuevo, en cada nueva reacción… Floreros de Lorente a diestra y siniestra…
El resultado es este ambiente caldeado en el que antes que manejar la agenda pública desde lo discursivo, como enseñaba el canon, se busca llevar a extremos los instintos primarios incluso si, o con ese fin, invisibilizan la agenda misma.
Por esa razón, de un lado se trazan líneas para distinguirse de los demás en los espejos retrovisores portátiles para insistir en denuncias como la compra desmesurada de medicamentos contra la malaria en el gobierno Duque o su presunta falta de información acerca de cortes e inhibidores de internet y la eventual vulneración de derechos durante el paro de 2021. Y del otro lado se insiste en el escándalo contado mil veces y con la misma única fuente sin calidad en esa construcción narrativa de que no es posible lanzar piedras por el común rabo de paja.
Todo ello explica el constante estado de agitación, la continuación invitación a marchas de adhesión, la desfiguración visceral de los rivales en busca de su cancelación o aniquilamiento moral, las versiones o los montajes de rumores para proveer de escándalos, es decir de relato, la sed inagotable de los ciudadanos de tomar partido, así ya lo tengan definido, por creencias y prejuicios, desde su primera infancia, y lo reafirmen de manera sectaria en actuaciones y modos de decir. Escándalos que, mediatizados, buscan suplantar los estrados con aires justicieristas, por la vía del escarnio ajeno o la autovictimización sobrepasando los límites de la ética y la decencia, y que son acontecimientos efímeros y fútiles, como lo expresó el profesor John Thompson con su teoría de la ausencia de consecuencias.
Agresiones o escándalos que, no obstante, no pasan, en muchas ocasiones de ser socialmente calculadas o poses, así sus efectos sean tangibles en amenazas y vías de hecho, porque, retomando a Lorenz, la agresividad tanto controlada como reactiva son el camino corto al poder o, comunicación al fin y al cabo, su manera de expresarlo sin ambages. Mientras que el escándalo, retomando a Thompson, ya no es una herramienta de control social, sino un intento continuo de control de la agenda o la forma directa de retomar la iniciativa a través de lo que otros llaman el contagio síquico o de las múltiples expresiones del bluff.
Decía Castells, a comienzos de siglo, que la política era esencialmente una política mediatizada; habría que complementarlo no solo por la multicanalidad actual, sino porque la nuestra es una política fundamentalmente agresiva, como estrategia, y escandalizante, como máscara, pero más que nada fugaz y tristemente inútil, menos para quienes la protagonizan con tan pocos dones y escasa gracia.
La confianza, el periodismo y el escándalo politico
Por Mario Morales
Se desploma la confianza, ese debería ser el titular a manera de reflexión que medios, políticos e instituciones deberían hacer en medio del ambiente contaminante de sectarización, escándalo político, desinformación y bodegas que ha terminado por desfigurar la opinión pública.
Prima facie, es como si en medio de la confusión, cada uno de los agentes citados hubiese perdido su norte: Informar, gobernar y normativizar el comportamiento ciudadano.
En un segundo nivel queda la percepción de unos medios engolosinados con el clickbait en un grito desesperado de competividad o supervivencia, unos políticos mutuamente sorprendidos por prácticas fratricidas e improvisadas y unas instituciones presuntamente tambaleantes, al decir de unos y otros.
Pero, miradas más en profundidad se puede decir que trata de dinámicas reconfiguradas de comunicación en medio de nuevas realidades con la emergencia de otra cultura política, encuadradas en el escándalo político, asociadas a la propaganda y a la contrapropaganda en la lucha por la atención o la visibilidad mediatizada para priorizar o imponer iniciativas o ideologías con base en una agenda informativa disímil, fundamentada en las emociones, especialmente la rabia y la indignación.
DE LOS GOZOSOS A LOS DOLOROSOS
Los primeros meses del actual gobierno fueron un monólogo del presidente Petro a través de twitter, la plaza pública, los escenarios nacionales e internacionales y una que otra entrevista. En esos terrenos sucumbieron o no germinaron los liderazgos de la oposición, que recibieron un segundo aire por el denominado “fuego amigo” y por unos medios militantes, seguidos luego por los tradicionales, que hicieron del escándalo político su estrategia en la idea de construir una narrativa que se opusiera a la del cambio.
La reacción gubernamental, fruto de sus consabidos errores de comunicación en la idea de desintermediar la información a los ciudadanos, así como la priorización de las redes sociales, fue la respuesta directa a periodistas y medios, seguida de señalamientos leves y luego de ataques injustamente generalizados, que terminaron por viciar el ambiente propicio con el que se había iniciado la actual administración, hasta el extremo del desaguisado de una congresista del Pacto Histórico pidiendo intervención de un medio, como ha sucedido soterrada o abiertamente por parte de entes fiscalizadores con Noticias Uno y la revista Cambio.
El clamor de los reporteros, el respaldo de los gremios y las voces especializadas allende las fronteras fueron unánimes en condenar el desequilibrio de la interacción del presidente en sus trinos, la estigmatización y el riesgo para la libertad de prensa y la libertad de expresión con signos preocupantes en el horizonte como las denuncias públicas de periodistas de acoso digital, matoneo, censura indirecta o autocensura o intentos de cancelación por su posición crítica a las políticas del gobierno. En ese sentido, la Flip ha documentado 58 amenazas a reporteros en 22 departamentos y 175 violaciones a la libertad de expresión en lo que va corrido del año. No hay comunicación sin efecto, más aún si proviene de la majestad presidencial.
Pero, decíamos, había más. Mutatis mutandis, la prensa de oposición, que la hay en nuestro país con rostro militante, activista o de agitación, apoyada por funcionarios afines con información privilegiada, influenciadores sin límite en las redes sociales y las proverbiales bodegas o granjas, encontraron en las fisuras de la coalición de gobierno, en los decires deslenguados de advenedizos, en las actuaciones indelicadas o violatorias de la ley en la gestión pública y en las cadenas de escándalos que no cesan, un bastión para arrebatarle al presidente, antes que nada, la iniciativa en la agenda mediática, luego en la agenda política y finalmente en la pública, y con ello la posibilidad de configurar una narrativa que arrancó por el desprestigio, continuó con la percepción del mal de muchos que hace gobiernos iguales, y que ha devenido en esa aparente incapacidad del ejecutivo y de la bancada de gobierno para cumplir con lo prometido.
Así, un sector de la prensa, dejo su inveterado papel de testigo de los acontecimientos y pasó a ser protagonista de los mismos, dejando de lado los estándares de calidad o los mandatos éticos, para entrar en la construcción mediática del escándalo político y la consecuente alteración de la esfera pública que deviene desconfianza, pesimismo, impotencia y rabia, pues como, decía Lippman, los ciudadanos no actúan en relación como suceden o creen que suceden los acontecimientos, sino con base en lo que los medios representan a través de su narrativa, esto es, de su construcción de realidad.
El objetivo del escándalo político, siguiendo a John Thompson, no es debatir o demostrar sino deconstruir, fragmentar, personalizar, desfigurar para resignificar con base en la sobrexcitación de los sentidos para llevar a la indignación, la espectacularización y el sensacionalismo acumulativo, sin dar tiempo para pensar, con el objetivo de persuadir, tal y como se ha observado en acontecimientos como el robo en la casa de la jefe de gabinete, el uso indebido de polígrafos, origen y cantidad del dinero y las múltiples versiones, suposiciones y decires, sin pruebas, no pocas veces rayanas en la fantasía, alrededor de la muerte del coronel Dávila.
El escándalo, como sabemos, se fundamenta en una dramaturgia verosímil, que suscita reconocimiento o gratificación de las audiencias que consumen las historias sobre una estructura mítica, de héroes y villanos, del bien contra el mal, de paraísos perdidos, con ingredientes estéticos de la novela negra, el suspense y el amarillismo informativo. Allí no hay cortapisas morales, ni fuentes acreditadas, ni verificaciones previas, ni coherencia en el relato en beneficio del infoentretenimiento. Es el enraizamiento de lo que Sartori llamó videopolítica y que Beatriz Sarlo acercó al actual ecosistema mediático, donde no es importante la verdad sino la sensación de verdad, con base en la desacralización de la política hasta desnudarla en todas sus miserias, en un continuum donde solo importa el presente, el talante mediático de los acontecimientos y el desplazamiento de la democracia representativa hacia la democracia de opinión, la misma de que hablara, qué coincidencia, el expresidente Uribe.
Así el escándalo político entra en escena en la competencia por el relato entre las élites del poder político y el poder mediático, donde éstas tienen las de ganar si logran que ese relato se masifique o se viralice para constituir una historia oficial difícilmente controvertible o sustituible. Pareciera estrategia de manual.
Dice Thompson que el escándalo político es eficiente cuando toca códigos morales y conductas sexuales, alrededor de las cuales algunas voces han querido involucrar al presidente; o cuando tienen que ver con la corrupción, que es el segundo caballo de batalla de la oposición; y finalmente, cuando tiene que ver con la regulación del ejercicio del poder político, que en el caso de Petro siempre está en cuestión, comparado con estándares políticos desuetos pero con fuerte recordación, como los procesos que adelantó el castrochavismo, otro leitmotiv de la derecha.
El resultado es la estigmatización que, paradójicamente, también está al comienzo del proceso de escandalización, y que no busca, siguiendo a Thompson, seguidores fieles, sino votantes no comprometidos como muestra de la decadencia de la política ideológica y la emergencia de la política de la confianza, esa que como decíamos al comienzo de este artículo, está de capa caída en el centro de la esfera pública.
La pregunta es entonces si hubo cambio intencional en la estrategia de comunicación política de esa oposición, en la cual hay ciudadanos convencidos o que adhieren por el estado de alarma continuo y de miedo inminente. ¿Se pasó de la construcción del enemigo con base en la ofensa o la confrontación, y Petro es el mejor ejemplo de ello, a su desfiguración y debilitamiento mediante ese continuum de ataques permanentes, signado por el escándalo, sin que tenga tiempo de responder o de hacerlo de manera adecuada?
¿Tiene que ver en ello el interés de hacerse directamente a medios como está sucediendo con la familia Gilinski con publicaciones Semana, El País de Cali y, como parece, El Heraldo de Barranquilla?
A la vera del camino queda expuesta y en riesgo la confianza en los medios, hoy como casi nunca protagonistas de la ruptura del corporativismo, esa cobija bajo la cual se ocultaban vacíos, errores y bajas pasiones, y que hoy se exponen a mandíbula batiente. Confianza que hoy mantiene, según estudio de Reuters, una de cada tres personas, a la espera del periodismo de calidad por el que numerosos medios y periodistas siguen batallando, no obstante la escasez de recursos, la ausencia de editores y de maestros en el oficio para lidiar con las emociones y los sesgos conscientes e inconscientes, para establecer el diálogo necesario, para insistir en la autorregulación como única alternativa y, sobre todo, para aislar iniciativas de control y vigilancia que son, de suyo, censura maquillada, no obstante “la prensa” desbordada, que, a pesar de ello, tiene derecho a existir, así como la crítica argumentada y la necesaria reflexión que ponga de manifiesto la importancia, hoy más que nunca, del buen periodismo
