Falta poco, pero falta…

Mario Morales

Mario Morales

Columnista

Muy a nuestro estilo, se cerró inexplicablemente y de manera extraoficial la fase de cuidado por pandemia en nuestro país. Eso es lo que se puede colegir de los tumultos, las celebraciones, libaciones y riñas del puente más rumbero de los últimos 20 meses. (Publica El Espectador)

Los anuncios de aperturas y regreso formal y total a la presencialidad previstos para los próximos 60 días terminaron de derrumbar las últimas talanqueras y dieron rienda suelta a lo mejor y lo peor que sabemos hacer: celebrar, beber y agredirnos mutuamente.

De nada parecen servir las nubes negras que se ciernen sobre algunos países europeos que han comenzado a cerrarse por el crecimiento desmesurado de contagios por COVID-19, así como los pronunciamientos del sector salud sobre la conveniencia de ser cautelosos, estrictos y disciplinados, al menos durante otros ocho meses. Tampoco fue óbice la emergencia invernal que afecta casi todo el territorio nacional, como sucede, por ejemplo, en Cundinamarca.

El “gasten, gasten, así no necesiten” del primer día sin IVA pudo más que la prudencia y la ecuanimidad, prometidas como las virtudes que heredaríamos tras la tragedia de la peste. Que la venta de licores en los últimos días haya desplazado la de productos de primera necesidad hacía presentir el jolgorio aplazado, generalizado e irresponsable como si no hubiese mañana.

Las más de 4.000 riñas, 1.300 de ellas en entornos familiares y 1.000 con consumo de bebidas embriagantes, dejan ver a las claras hasta qué punto nos hemos comenzado a “normalizar”, violentando lo que más queremos y atacando todo lo que se mueva cerca, a juzgar por los numerosos conflictos entre vecinos.

La necesidad —porque lo es— de la celebración y del reencuentro no nos puede hacer echar por la borda las medidas que tanto costó interiorizar y socializar. No es momento de soltar las amarras y convertir en profecía la manida frase de Epicuro: comamos y bebamos que mañana moriremos. Falta poco, pero falta…

Calamares en su tinta

Sería grosero por obvio compararnos con El juego del calamar, la exitosa serie de la que tanto se habla y talvez se vea. Acaso seamos su secuela, su mundo paralelo ahora que se agita el cañaveral y permite vernos con todas nuestras miserias.  (Publica El Espectador)

Sobrevivimos, es cierto. Unos más que otros, como en toda sociedad desigual. Más ahora que se inician los juegos de eliminación en que se han convertido nuestras contiendas electoreras, sin ley ni garantías, con manzanillos endeudados hasta el cuello y consecuencias fatales si no ganan. Quizás por ello perdieron el pudor y las formas y se dejan ver con crudeza o se destapan quienes conciben la campaña como su finca y al resto de mortales como súbditos.

Por eso quieren cambiar el censo electoral, por si acaso. Por eso presionan cómo votar a los que no saben a qué van al Congreso; es un decir, lo saben mejor nadie; lo ignorábamos nosotros. Por eso quieren terminar de cooptar las Cortes y desviar la mirada hacia el país vecino, tan parecido en sus métodos al nuestro.

Como el calamar, segregan bilis negra para enturbiar la corriente. Por eso infestan de rabia cada mensaje.  A veces, solo falta una palabra. Expropiar es el nuevo coco, peligro inminente por unas horas, mientras encuentran otro pretexto en la basura de sus tremedales.

Expertos en las mañas de atajar, como el calamar, lanzan chorros de agua para inflar y desinflar globos. Con encuestas, portadas, trinos y bodegas, totalitarios como son, combinan todas las formas de lucha, para quedarse flotando donde están, adhiriendo sus tentáculos.

Y eso que esto no ha empezado, dicen sotto voce, mientras se inventan nuevas tandas de juegos, con dos o tres pre-primeras vueltas, a ver si de donde menos esperan salta la liebre. Por eso no dan descanso. Desmomifican precandidatos o maduran inexpertos a punta de prensa, berrinches, malos entendidos y miedo.

Siguiendo ese otro juego de la saga, el juego de la Sepia, nos entretienen como niños castigados en un sótano, mientras mezclan diferentes géneros para que no sepamos qué es ficción y qué es lo cotidiano

Esa no era la jugada

Mario Morales

Por Mario Morales

Columnista

Al margen de los resultados, lo que deja el clásico capitalino es una sensación de absoluta desolación y abandono. Ya era exagerado sentir físico miedo en las tribunas de ese estadio obsoleto. Más grave aún cuando no era posible expresar las emociones a favor o incluso en contra de los equipos en contienda. (Püblica El Espectador)

Vino luego, infructuosamente, la parcelación de tribunas para que los fanáticos estuvieran separados. Los pañitos de agua tibia no fueron suficientes para impedir que el problema se creciera hasta el punto de restringir el acceso de una de las dos hinchadas en cada fecha y trasladar la guerra —porque eso es— entre desadaptados —muchos de ellos cobijados bajo el eufemismo de barristas— a las inmediaciones, con la reiterada afectación de los barrios y residentes vecinos.

Pero que sean los mismos barristas quienes establezcan filtros de ingreso para que seguidores del equipo rival no puedan asistir —como se denunció en redes— significa que el problema se salió de madre y es momento de parar hasta que alguna autoridad se haga cargo de semejantes exabruptos que desdicen del fútbol como espectáculo, escenario de encuentro o actividad comercial.

Es tan inaceptable como normalizar acciones de violencia entre lunáticos, más que fanáticos; así sucedió en Itagüí y ocurre todas las jornadas en que riñas y confrontaciones se convirtieron en eventos paisajísticos.

Explicaciones de la responsabilidad de directivos, comunicadores irreflexivos y convocantes en canales digitales hay por montones. Lo que se requiere es intervención inmediata con prevención y disuasión, claro, pero sobre todo en vigilancia y castigo de quienes se apropiaron a las malas, como es proverbial en este país, de uno de los pocos espectáculos masivos que les quedaban a los ciudadanos, hoy cercados por cobros excesivos de un deficiente servicio de televisión y por el miedo que generan quienes demencialmente trasladaron traumas e instintos a tribunas, vecindarios y redes sociales. Si no pueden asistir todos, que no entre ninguno.

¿Prueba superada?

Dirán luego que es una frase sacada de contexto, pero eso de abogar porque se retire el uso obligatorio de tapabocas, aun en escenarios al aire libre, como pidió la ANIF, no tiene pies ni cabeza. Una cosa es revisar normas injustas o insulsas en el país de los trámites y requisitos, y otra atreverse, sin sustento científico, a pedir la eliminación de medidas de probada efectividad en el control del contagio de COVID-19 y otras enfermedades. (Publica El Espectador)

Hace recordar esa frase que pasó a ser patrimonio popular y decía algo así como: ahora que estamos tan bueno, ¿para dónde nos vamos?, que expresa miopía y cortoplacismo en momentos en que la pandemia se mantiene en el horizonte como espada de Damocles.

Entidades como esa, de ascendiente social, deberían en cambio liderar su uso permanente, incluso si se logra algún día controlar la peste. Lo mismo pasa con los aforos. Que eventos y negocios no respeten la medida como debieran —el caso de estadios de fútbol y grandes discotecas debería mirarse con lupa— no es patente de corso para regresar sin más al hacinamiento, que puede aguar las celebraciones de fin de año. No parece haber el mismo rasero en la reglamentación de otros escenarios, como los culturales.

Es cierto que las cifras de contagios y mortalidad vienen a la baja y que es menester retomar la movilidad y la presencialidad por razones económicas, de empleo y salud mental, pero precisamente por ello hay que mantener ventilación, distanciamiento y uso de mascarillas. Más aun, con las oscilaciones en el lento proceso de vacunación, que apenas supera la tercera parte de la población.

Ese pronunciamiento es otro síntoma más del relajamiento de autoridades e instancias encargadas de prevenir y hacer pedagogía para no reeditar experiencias que aún no terminamos de superar. A menos que ellos sepan algo que nosotros no.

***

Por otra parte, en medio de asesinatos, linchamientos y exhibicionismo inescrupuloso, se avizora la emergencia del espíritu paramilitar y la cultura traqueta. Yema y clara del huevo de la serpiente, como diría el inmortal genio del cine Ingmar Bergman.

La legalidad de la desigualdad

Miradas en bruto, las cifras sobre desempleo —una disminución de 4,5 puntos porcentuales a agosto de 2021, como lo reporta el DANE— pueden sonar halagüeñas. Pero, aterrizadas en carnitas y huesitos, es indecente seguir considerando empleo toda labor continua que tenga como pago menos de un salario mínimo. (Publica El Espectador)

Que, según la Gran Encuesta Integrada de Hogares, un poco más de seis millones de colombianos hubiesen recibido medio salario mínimo o menos en 2020 es impresentable para esta sociedad que ya comienza a llenarse la boca hablando de recuperación, en medio de la creciente desigualdad, el tercer apellido que tienen la inmensa mayoría de seres a quienes les tocó en suerte nacer en estas tierras.

Esa es la dramática situación de la mitad de trabajadores en Colombia. De ellos, el 46 % no estudiaron nada, es decir, están condenados a vivir en situación de miseria sin esperanza alguna. Es la suma de las inequidades: la del acceso a la educación, la del acceso al empleo regular y la de la imposibilidad de tener ingresos dignos para sí mismos y para sus familias.

Una desigualdad que pasa factura en el día a día y en las cosas pequeñas, pero se legitima y resignifica en otros aspectos estructurales de esta cultura hipócrita que, entre otros muchos aspectos, sigue alabando a los avivatos a la hora de las evasiones y las elusiones en el pago de impuestos, terminando de ampliar la brecha para los que nada tienen.

Avivatos que se exhiben orondos porque no tributan aquí o pagan menos en otras latitudes, como si semejante acto infestado de “legalidad” no fuera una suerte de traición a su país y una sonora y dolorosa bofetada a quienes sí lo hacen y a quienes, con esos tributos, podrían acceder a algún tipo de educación, alimentación o servicio de salud.

Más grave todavía, si semejante “felonía” la cometen quienes ocupan u ocuparon altos cargos en la vida pública. Así las normas los amparen, son responsables por acción, omisión y ejemplo del despeñadero moral y social del país donde la desigualdad parece ser legal. La historia los condenará.

La hora de las utopías

No. El creciente problema de la guerra, porque de la paz se habla cada vez menos —como no sea para evocar la eterna utopía de este país descuadernado—, no debe ser un asunto de campaña. Ya fue suficiente que los fusiles impusieran presidente durante, por lo menos, seis períodos. (Publica El Espectador)

La emergencia del conflicto, acompañado de distintas y cada vez más complejas formas de violencia, es, parafraseando a Clemenceau, un asunto demasiado serio como para dejárselo a políticos o militares.

Más allá de los miedos, la desinformación o la reconstrucción del viejo enemigo único, encarnado en las guerrillas, las voces vivas del país parecen estar ocupadas en otros menesteres, presionados por la otra inseguridad, el cuarto pico o los yerros de este Gobierno, tantos que no es concebible que sean sin intención, sino una insólita adaptación del entretenimiento con fines distractores.

Hasta en la agenda de la mayoría de los medios, combates y escaramuzas ocupan un lugar discreto, imperceptible, sin cubrimiento in situ, supeditados a información centralista o comunicados, sumisos a la patraña uribista de hace más de tres lustros, de impedir reportería dizque por seguridad. Desaparecida la información, hicieron creer que el conflicto no existía.

Pues la guerra está viva, cobrando víctimas y avanzando para cumplir su propia profecía de indomabilidad por su carácter fragmentario, sin mandos únicos ni controles internos distintos a vendettas o delaciones.

Es hora de que la sociedad civil, acompañada de academia y comunidad internacional, se arrogue el derecho de liderar alarmas, relatos y manifestaciones creativas para exigir el cese efectivo de las violencias, habida cuenta de los oídos sordos de este Gobierno y los brazos caídos del Congreso, hoy más remoto que nunca.

Quizá no sea hora aún de abandonar la utopía de la paz, así tengamos que inventarnos otra, tanto o más inalcanzable, para que nos decidamos a pedir o a hacer algo que no termine en una ley o una reforma ni que tenga que pasar por manos de políticos; mucho menos si están, como por estos días, ebrios de poder y bajas pasiones.

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